El oficial Teódulo Guillenormand, ya capitán, había venido de Chartres,

donde se hallaba de guarnición, para asistir á la boda de su primo

Pontmercy. Cosette no le conoció.

Y él por su parte, acostumbrado á parecer lindo á todas las mujeres, no

se acordaba más de Cosette que de otra cualquiera.

--¡Qué bien hice en no creer aquel cuento del oficial de

lanceros!--decía para sí Guillenormand.

Cosette no había demostrado nunca más cariño á Juan Valjean, estando

así al nivel del viejo Guillenormand; mientras éste expresaba su

alegría por medio de aforismos y máximas, ella exhalaba el amor y la

bondad como un perfume. La dicha quiere dichoso á todo el mundo.

Para hablar á Juan Valjean, hallaba inflexiones de voz del tiempo de su

niñez, y le acariciaba con su sonrisa.

Habíase dispuesto el banquete en el comedor.

Un alumbrado esplendente como el sol, es el sazonamiento indispensable

de las grandes alegrías. Los dichosos no aceptan la bruma ni la

obscuridad; no consienten en estar entre sombras. Noche, sí; tinieblas,

no. Á falta de sol es menester crear uno.

El comedor estaba hecho un ascua de alegría. Colgaba en el centro,

por encima de la mesa blanca y resplandeciente, una araña de Venecia

de almendras chatas y con toda clase de matices de color; azules,

violados, rojos y verdes, destacándose en medio de las bujías.

Alrededor de la araña, candelabros; en la pared, cornucopias con grupos

de tres y cinco velas. Espejos, cristalería, vajilla, porcelana, loza,

servicio, orfebrería, plata, todos los ramos, con tal profusión, que

donde no había una luz había una flor.

En la antecámara, una flauta, dos violines y un violoncello, ejecutaban

á la sordina cuartetos de Haydn.

Juan Valjean se había sentado en una silla del salón detrás de la

puerta, cuya hoja casi le ocultaba. Algunos momentos antes de sentarse

á la mesa, Cosette, como por una corazonada, fué á hacerle una gran

reverencia, extendiendo con ambas manos la falda de su vestido de

novia, y preguntóle con picaresca mirada:

--¿Estáis contento, padre?

--Sí,--dijo Juan Valjean,--estoy contento.

--Bien; reíos entonces.

Juan Valjean sonrió.

Poco después anunciaba Vasco que estaba servida la sopa.

Los convidados, precedidos del señor Guillenormand, quien daba el brazo

á Cosette, entraron en el comedor, y se fueron colocando, según el

orden establecido, alrededor de la mesa.

Figuraban en ella dos grandes sillones colocados á derecha é izquierda

de la novia, el primero para Guillenormand y el segundo para Juan

Valjean. Sentóse Guillenormand, pero el otro sillón quedó vacío.

Buscóse con la vista al señor Fauchelvent.

No estaba allí.

Guillenormand preguntó á Vasco:

--¿Sabes dónde está el señor Fauchelvent?

--Señor,--respondió Vasco,--precisamente acaba de salir, encargándome

de deciros, que molestado un poco por su mano enferma, lo cual le

impedía sentarse á la mesa con el señor barón y la señora baronesa,

rogaba se le dispensase, que vendría mañana á primera hora.

Aquel sillón vacío enfrió un poco la efusión del banquete nupcial: pero

ausente Fauchelvent, allí estaba Guillenormand, y el abuelo brillaba

por dos. Dijo que Fauchelvent hacía bien en acostarse temprano, si la

mano le molestaba, y que aquello no era sino «pupa». Esta declaración

bastó. Por otra parte, ¿qué es un punto obscuro en medio de una

inundación de alegría? Cosette y Mario se encontraban en uno de esos

momentos egoístas y bienaventurados en que todas las facultades

se encuentran en la percepción de la felicidad. Y luego, al señor

Guillenormand se le ocurrió una buena idea: «¡Pardiez! Ya que está

vacío ese sillón pasa tú, Mario. Tu tía, aunque tenga derechos sobre

ti, te lo permitirá. Ese sillón es para ti. Es de ley y de gracia.

Fortunato junto á Fortunata».

Aplauso general de toda la mesa.

Mario ocupó junto á Cosette el sitio destinado á Juan Valjean; y las

cosas se arreglaron de manera que Cosette, triste al principio por

ausencia de Juan Valjean, acabó por ponerse contenta. Desde el momento

que era Mario quien le reemplazaba, Cosette no hubiera echado de menos

á Dios mismo.

Y puso ella su lindo pie, calzado de raso blanco, sobre el pie de Mario.

Ocupado ya el sillón, no se echó ya de menos al señor Fauchelvent; y

cinco minutos después, la risa y el júbilo reinaban de un extremo á

otro de la mesa con toda la animación del olvido.

Á los postres, el señor Guillenormand, de pie con una copa de vino

champaña en la mano, á medio llenar para que el temblor de sus noventa

y dos años no la hiciera desbordar, brindó por los novios.

--No os librareis por cierto de dos sermones,--exclamó.--Por la mañana

habéis tenido el del cura; vais á tener esta noche el del abuelo.

Atended, pues: voy á daros un consejo: Adoraos. Yo no amontono giros

y circunloquios, voy derecho al blanco: ¡Sed felices! No hay en la

creación otros sabios que los tortolitos. Los filósofos dicen: «Moderad

vuestra alegría». Pero yo digo: «Dad rienda suelta á la alegría. Sed

apasionados como diablos; sed incansables». Los filósofos desbarran. Yo

quisiera hacerles tragar de nuevo toda su filosofía.

«¿Pueden sobrar por ventura nunca en la vida los perfumes, los capullos

de rosa entreabiertos, los ruiseñores cantando, las hojas verdes ni las

auroras? ¿Puede estar nunca de más el amor? ¿Puede ser jamás excesivo

el amor mutuo? ¡Cuidado, Estela, que eres demasiado linda! ¡Alerta,

Nemoroso, que eres demasiado bello! ¡Disparates! ¿Es nunca demasiado

embelesarse, demasiado halagarse, excesivo quererse? ¿Pueden ser nunca

jamás desmedidas las dichas ni la vida?

«Moderar la alegría. ¡Mucho que sí! ¡Abajo los filósofos! La sabiduría

es el júbilo. Regocijaos; regocijémonos todos. ¿Somos dichosos porque

somos buenos, ó somos buenos porque somos dichosos? ¿El famoso diamante

_Sancy_ (cienseis) se llama así por haber pertenecido á Harley de

_Sancy_, ó porque pesa ciento seis quilates? No lo sé; abundan en la

vida estos problemas; pero lo que importa es poseer el Sancy y la

felicidad. Seamos dichosos, sin escudriñar.

«Obedezcamos ciegamente al sol. ¿Qué es el sol? Es el amor; y quien

dice amor, dice mujer. ¡Ay! ¡ay! he aquí una potencia absoluta, la

mujer. Preguntadle á ese demagogo de Mario si no es esclavo de esa

tiranuela de Cosette. ¡Y de buena gana, cobardón! ¡La mujer! No hay

ningún Robespierre que la resista. La mujer reina. Ya no soy realista

de otra realeza. ¿Qué es Adán? El reino de Eva. Para Eva no hay 89.

«Hubo el cetro real coronado de una flor de lis, el cetro imperial

coronado de un globo, el cetro de Carlo-Magno que era de hierro, el

cetro de Luis el Grande que era de oro; torciólos la Revolución entre

su pulgar y su índice como pajuelas; todo acabó, todo se quebró y rodó

por el suelo: ya no hay cetros; pero ¡sublevaos contra ese pañolito

bordado que huele á pachulí! Me gustaría verlo. Probad. ¿Por qué es tan

sólido? Porque es un trapo.

«¡Ah! ¡Sois el siglo XIX! ¿Y qué? Nosotros éramos del siglo XVIII, ¡tan

bárbaros como vosotros! No creáis haber cambiado mucho el universo,

porque vuestro galanteador se llame el cólera morbo, y vuestro verdugo

se llame la cachucha; en el fondo siempre habrá que amar á las mujeres.

Os desafío á que salgáis de aquí. Esos diablillos son nuestros ángeles.

Sí; el amor, la mujer y el beso; éste es el círculo de que os desafío

á salir. Por mi parte, de buena gana volvería á entrar en él. ¿Quién

de vosotros ha visto elevarse en el infinito, apaciguándolo todo á sus

pies, contemplando las ondas como una mujer, á la estrella Venus, á la

gran coqueta del abismo, la Celimena del océano? ¡El océano! ¡Terrible

Alcestes! Pues bien; en vano se alborota; aparece Venus, y hace que

sonría. La fiera salvaje se somete. Así somos todos. Cólera, tempestad,

rayos, espuma, todo sube hasta el techo. Entra una mujer en escena,

es una estrella que se eleva; ¡á tierra todo el mundo! Mario se batía

hace seis meses, y hoy se casa. Perfectamente. Sí, Mario, sí; Cosette;

tenéis razón. Sed osados el uno para el otro; haceos el amor, haced

que estallemos de rabia los que no podemos imitaros; idolatraos. Tomad

en vuestros picos todas las briznas de felicidad que hay en la tierra,

y arreglaos un nido para toda la vida. ¡Pardiez! ¡que amar y ser

amado, no es ningún milagro cuando se es joven! No os figuréis haberlo

inventado vosotros. También yo he soñado, también yo he divagado,

también yo he suspirado, también yo he tenido límpida el alma.

«El amor es un niño de seis mil años. El amor tiene derecho á una gran

barba blanca. Matusalén es un niño al lado de Cupido. Hace sesenta

siglos que el hombre y la mujer salen, amándose, de todos sus apuros.

El diablo, como maligno, se ha puesto á aborrecer al hombre; y el

hombre, que es más maligno aún, se ha puesto á amar á la mujer; de lo

cual ha resultado ser mayor el bien que ha conseguido, que el mal que

le ha hecho el diablo. Esta fineza fué encontrada ya en el Paraíso

terrenal. La invención, amigos míos, es vieja, y sin embargo conserva

toda su novedad. Aprovechaos. Sed Dafne y Cloé, mientras llega el

tiempo de que seáis Filemón y Baucis. Portaos de manera que, cuando

estéis juntos, nada os falte, y que Cosette sea el sol para Mario, y

Mario el universo para Cosette. Cosette, que la sonrisa de tu marido

sea el buen tiempo; Mario, que las lágrimas de tu mujer sean la lluvia,

y que no llueva jamás en vuestro hogar. Habéis robado á la lotería

el buen número, el amor en el sacramento; tenéis el premio gordo,

guardadlo bajo llave, no lo derrochéis; adoraos, y no os cuidéis de lo

demás.

«Creedme. El sano juicio os habla por mi boca, y el sano juicio no

puede mentir. Sed religiosamente el uno para el otro. Cada cual tiene

su manera de adorar á Dios. ¡Diantre! ¡El mejor modo de adorar á Dios,

es amar á la mujer! ¡Yo te amo! Tal es mi catecismo. Todo el que ama,

quien quiera que sea, es ortodoxo.

«El juramento de Enrique IV coloca la santidad entre la francachela

y la embriaguez. ¡Por la pechuga de San Gris! Mi religión no tiene

nada que ver con tal juramento. Se olvida la mujer, y esto me asombra

tratándose con un jurador como Enrique IV. Amigos míos, ¡viva la mujer!

Soy viejo, según se dice, pero es admirable como me siento dispuesto á

ser joven. Quisiera ir á oir las zampoñas de los bosques. Me embelesa

ver á los muchachos que aciertan á ser lindos y dichosos. Me casaría de

buena gana si encontrase con quien; es imposible imaginar que Dios nos

haya criado para otra cosa: idolatrar, arrullar, galantear, ser palomo,

ser gallo, picotear á los enamorados desde la mañana hasta la noche,

mirarse en su mujercita, erguirse, triunfar, hinchar la papada: he aquí

el objeto de la vida. Así pensábamos nosotros en hacerlo cuando éramos

jóvenes. ¡Ah, virtud pintada! ¡y qué preciosas mujeres había entonces!

¡Qué caras! ¡Qué pimpollos! Allí sí que era yo devastador.

«Amaos, pues. Para no amarse, yo no sé de qué serviría la primavera;

por mi parte, rogaría á Dios que encerrase las maravillas que nos pone

de manifiesto, que nos privase de ellas, que volviese á su caja las

flores, las aves y las mujeres guapas.

«Hijos míos, recibid la bendición de este buen viejo».

La noche se pasó rápida, gozosa y alegremente. El soberano buen humor

del abuelo dió tono á la fiesta, y todos trataron de corresponder á

aquella cordialidad casi centenaria. Se bailó un poco, se rió mucho;

fué una boda inocente. Hubieran podido convidar á ella al viejo

bonachón. Y en verdad que estaba allí representado en la persona del

señor Guillenormand.

Hubo bullicio y luego silencio.

Desaparecieron los novios.

Poco después de las doce, la casa del señor Guillenormand se trocó en

templo.

Aquí nos detenemos. En el umbral de las noches de boda hay un ángel en

pie, sonriendo, con el dedo sobre los labios.

El alma se anega en la contemplación ante ese santuario, donde se

celebra el amor.

Debe haber resplandores sobre tales moradas. El goce que encierran debe

escaparse á través de las piedras de los muros, convertido en claridad,

é irradiar vagamente en las tinieblas. Es imposible que esta fiesta

sagrada y fatal no eleve un rayo celeste al infinito. El amor es el

crisol sublime donde se verifica la fusión del hombre y de la mujer; el

ser uno, el ser triple, el ser final, la trinidad humana sale de él.

Ese nacimiento de dos almas en una ha de ser forzosamente una emoción

para la sombra. El amante es sacerdote; la virgen enajenada se asombra.

Y algo de ese gozo llega hasta Dios. Donde hay realmente matrimonio, es

decir, amor, entra el idealismo.

Un lecho nupcial es un fulgor de aurora en las tinieblas. Si fuese dado

á la pupila de carne percibir las visiones terribles y agradables de

la vida superior, es probable que veríamos las formas de la noche, los

desconocidos alados, los caminantes azules de lo invisible, inclinarse,

en multitud de cabezas sombrías, alrededor de la casa luminosa

satisfechos, benditos, mostrándose unos á otros, á la virgen esposa

dulcemente asombrada, y ostentando el reflejo de la felicidad humana en

sus rostros divinos. Si en tan suprema hora, deslumbrados los esposos

por el deleite, y creyéndose solos, escuchasen, oirían en su cuarto

un aleteo confuso. La dicha perfecta implica la solidaridad de los

ángeles. La obscura y reducida alcoba tiene todo el cielo por techo.

Cuando dos bocas, consagradas por el amor, se aproximan para

crear, es imposible que sobre aquel beso inefable no se realice un

estremecimiento en el misterio inmenso de las estrellas.

Estas felicidades son las verdaderas. No existe el goce fuera de estos

goces. El amor es el único éxtasis. Todo lo demás llora.

Amar ó haber amado, esto basta. No pidáis nada luego. No se puede

encontrar otra perla en los piélagos tenebrosos de la vida. Amar es el

cumplimiento del más alto deber.

III

=La inseparable=

¿Qué había sido de Juan Valjean?

Inmediatamente después de haberse reído, cediendo á la graciosa

intimación de Cosette, aprovechó Juan Valjean un instante en que nadie

le miraba, y salió á la antecámara. Era la misma sala en la que, ocho

meses antes, había entrado cubierto de cieno, de sangre y de polvo,

trayéndole el nieto al abuelo. El antiguo revestimiento de madera

estaba adornado con guirnaldas de hojas y flores; los músicos estaban

sentados en el mismo canapé en que había dejado á Mario.

Vasco, vestido de negro, con calzón corto, medias y guantes blancos,

estaba colocando coronas de rosas alrededor de los platos que iban á

servirse. Juan Valjean le mostró su brazo en cabestrillo, y se marchó

después de encargarle explicase el motivo de su ausencia.

Las ventanas del comedor daban á la calle. Juan Valjean permaneció

de pie algunos minutos, inmóvil entre la obscuridad, bajo aquellas

ventanas radiantes. Estaba escuchando. El confuso ruido del banquete

llegaba hasta él. Oía la voz alta y magistral del abuelo, los violines,

el retintín de los platos y los vasos, las carcajadas y, en medio

de todo aquel alegre rumor, distinguía la dulce y regocijada voz de

Cosette.

Dejó la calle de las Hijas del Calvario, y se volvió á la calle del

Hombre Armado.

Tomó para volverse las calles de San Luis, Culture Sainte Cathérine

y Blancs Manteaux, y aunque era el curso más largo, era el mismo que

tenía la costumbre de seguir hacía tres meses, evitando así el tropel

de transeúntes y los barros de la calle Vieille du Temple, cuando desde

la calle del Hombre Armado iba todos los días con Cosette á la calle de

las Hijas del Calvario.

Este camino que había recorrido con Cosette excluía para él todo otro

itinerario.

Juan Valjean entró en su casa. Encendió su vela y subió.

La habitación estaba vacía. Ni siquiera había en ella la tía Santos.

Las pisadas de Juan Valjean producían en los cuartos mayor ruido que

ordinariamente. Todos los armarios estaban abiertos. Penetró en el

cuarto de Cosette.

No había sábanas en la cama. La almohada de cutí, sin funda y sin

guarniciones, estaba colocada sobre los cobertores doblados al pie de

los colchones, cuya tela se veía, y donde ya nadie había de acostarse.

Los pequeños objetos femeninos pertenecientes á Cosette habían

desaparecido, quedando únicamente los muebles grandes y las cuatro

paredes. La cama de la tía Santos estaba igualmente desaparejada. Una

sola cama hecha, parecía esperar á alguien: era la de Juan Valjean.

Juan Valjean miró las paredes; cerró algunas puertas de los armarios,

pasando del uno al otro cuarto.

Luego entró en el suyo, dejando la vela sobre una mesa.

Había sacado el brazo del cabestrillo, y se servía de la mano derecha

como si nada tuviese en ella.

Acercóse á su cama; y sus ojos, fuese por casualidad, fuese de intento,

se fijaron en _la inseparable_, que había dado celos á Cosette; en la

maleta de que no se separaba jamás. El 4 de junio, al llegar á la calle

del Hombre Armado, la había colocado en un velador junto á su cabecera.

Dirigióse al velador con cierta excitación, sacó una llavecita del

bolsillo y abrió la maleta.

Fué sacando de ella poco á poco los vestidos con que diez años antes

había dejado Cosette á Montfermeil; primero el vestido negro, después

el pañolito negro, enseguida los zapatos fuertes de niña que casi

habrían podido servir todavía á Cosette, tan breve era su pie; el jubón

de bombasí tupido, el refajo de punto, el delantal con bolsillos y las

medias de lana. Estas últimas, donde se veía señalada aún la forma de

una pierna infantil, eran poco más largas que la mano de Juan Valjean.

Todo aquello era negro, y era él quien había llevado á Montfermeil

aquellos vestidos para Cosette.

Á medida que los sacaba de la maleta, los iba dejando sobre la cama.

Pensaba y recordaba. Era en invierno, en un mes de diciembre harto

frío, ella tiritaba medio desnuda, apenas cubierta de harapos, con

sus pobres y amoratados piececitos metidos en unos malos zuecos. Él,

Juan Valjean, le había hecho dejar aquellos andrajos y ponerse aquel

traje de luto. La madre debió regocijarse en su tumba al ver á su

hija enlutada por ella, y sobre todo, al verla vestida y abrigada.

Recordaba aquel bosque de Montfermeil, que había atravesado en compañía

de Cosette: recordaba la crudeza del tiempo que hacía, los árboles sin

hojas, las ramas sin pájaros, el cielo sin sol. Así y todo, aquello

había sido un embeleso. Ordenó cuidadosamente las ropitas sobre la

cama, el pañuelo junto á la saya, las medias cerca de los zapatos, y el

jubón junto al zagalejo, contemplándolas una tras otra, y diciendo para

sí: «Así era ella; llevaba su gran muñeca en brazos, había guardado su

luis de oro en el bolsillo de este delantal, se reía, é íbamos los dos

asidos de la mano; no contaba en el mundo más que conmigo...».

Aquí, su venerable cabeza blanca cayó sobre el lecho; su corazón,

constantemente estoico, estalló abismando, por así decirlo, su faz en

los vestidos de Cosette, y si alguien hubiese pasado á la sazón por la

escalera, habría podido oir perfectamente su horroroso llanto.

IV

=Immortale jecur=

La antigua y formidable lucha, de la que hemos visto ya diferentes

fases, vuelve á empezar.

Jacob no luchó con el ángel más que una noche. ¡Ay! ¡Cuántas veces

hemos visto á Juan Valjean luchando en medio de las tinieblas, cuerpo á

cuerpo con su conciencia, y luchando perdidamente contra ella!

¡Lucha inaudita! ¡En ciertos momentos el pie se desliza; en otros se

hunde el suelo!

¡Cuántas veces aquella conciencia, precipitándose furiosa hacia el

bien, le había estrechado y abrumado! ¡Cuántas veces la verdad le

había puesto la inexorable rodilla sobre el pecho! ¡Cuántas veces,

derribado á fuerza de luz, le había pedido perdón! ¡Cuántas veces esa

luz implacable, encendida en él y sobre él por el obispo, le había

deslumbrado violentamente cuando más deseaba cegar!

¡Cuántas veces, en lo más crudo de la pelea, se había vuelto á

enderezar, asido de la roca, apoyado en el sofisma, arrastrado entre

el polvo, tan pronto derribando á los pies su propia conciencia, tan

pronto derribado por ella! Cuántas veces, después de un equívoco,

después de un razonamiento traidor y especioso del egoísmo, había

oído á su conciencia irritada gritarle al oído: «¡Zancadilla!

¡Miserable!». ¡Cuántas veces su pensamiento refractario había agonizado

convulsivamente bajo la evidencia del deber!

Resistencia á Dios. Sudores fúnebres. ¡Cuántas heridas secretas, que

solamente él sentía manar!

¡Cuántos desgarros en su lamentable existencia! ¡Cuántas veces se había

levantado nuevamente ensangrentado, quebrantado, lacio, iluminado,

desesperado el corazón y serena el alma! ¡Sintiéndose vencedor siendo

vencido! Y después de haberle dislocado, atenaceado y deshecho su

propia conciencia, de pie, formidable, luminosa, tranquila, le decía:

«Ya puedes ir en paz».

Pero ¡Ay! ¡Qué paz tan lúgubre al salir de tan sombría lucha!

No obstante, aquella noche, comprendía Juan Valjean que empeñaba su

postrer combate.

Una sola cuestión se le presentaba dolorosa.

Las predestinaciones no son siempre directas; no se desarrollan en

línea recta ante el predestinado; tienen sus callejones sin salida, sus

laberintos, sus travesías obscuras y sus encrucijadas alarmantes en su

multitud de vías. Juan Valjean había hecho alto en lo más peligroso de

todas aquellas encrucijadas.

Había llegado al supremo empalme del bien y del mal. Tenía esta

tenebrosa intersección á la vista. Como le había sucedido en otras

peripecias dolorosas, dos caminos se abrían delante de él: uno

tentador, otro horroroso. ¿Cuál de ambos elegir?

El que aterraba, le era aconsejado por el misterioso dedo indicador que

todos percibimos cuando fijamos la vista en la sombra.

Juan Valjean tenía que escoger una vez más entre el puerto terrible y

la sonriente emboscada.

¿Es, pues, verdad que el alma puede curar y no la suerte? ¡Terrible

cosa, un destino irremediable!

He aquí la cuestión que se presentaba:

¿De qué manera iba á portarse Juan Valjean con relación á la felicidad

de Cosette y Mario? Él era quien había querido, quien había hecho

aquella felicidad, por más que le destrozase las entrañas; y á la

sazón, contemplándola, podía sentir la especie de satisfacción que

sentiría un armero al reconocer la marca de su fábrica en un cuchillo,

al arrancarlo humeante de su pecho herido.

Cosette tenía á Mario, Mario poseía á Cosette. Todo lo tenían, incluso

la riqueza, y esto era obra suya.

Pero una vez formada, una vez existente aquella dicha, ¿qué le

correspondía hacer á Juan Valjean? ¿Imponerse á ella y tratarla como si

le perteneciera?

Sin duda, Cosette era ya de otro; pero ¿retendría Juan Valjean de

Cosette todo lo que podía retener de ella? ¿Continuaría siendo la

especie de padre, entrevisto, pero respetado, que había venido

siendo hasta entonces? ¿Se introduciría tranquilamente en casa de

Cosette? ¿Uniría, sin decir una palabra, su pasado á aquel porvenir?

¿Presentaríase, como asistido de su derecho, é iría á sentarse,

envuelto en sombras, sobre aquel hogar luminoso? ¿Cogería, sonriendo,

la mano de aquellos inocentes entre sus manos trágicas? ¿Posaría sus

pies en la apacible chimenea del salón de Guillenormand, aquellos pies

que arrastraban tras sí la infamante sombra de la ley? ¿Participaría él

de la suerte reservada á Cosette y á Mario? ¿Aumentaría la obscuridad

sobre su propia frente y las nubes sobre la de ellos? ¿Colocaría en

tercer lugar, entre aquellas dos felicidades su propia catástrofe?

¿Persistiría en su silencio? En una palabra; ¿sería él, junto á

aquellos dos seres dichosos, el siniestro nudo del destino?

Es preciso estar acostumbrado á los golpes de la fatalidad para

atreverse á alzar los ojos cuando aparecen ciertas cuestiones en toda

su horrible desnudez. El bien ó el mal se hallan detrás de este severo

interrogante.--¿Qué vas á hacer?--pregunta la esfinge.

Juan Valjean poseía el hábito de la prueba, y miró fijamente á la

esfinge.

Examinó el despiadado problema bajo todas sus fases.

Cosette, aquella existencia alegre, era la tabla de salvación de aquel

náufrago. ¿Qué hacer? ¿Asirse á ella fuertemente ó abandonarla?

Si se asía, escapaba al desastre, tornaba á ver el sol, dejaba escurrir

el agua amarga de sus vestidos y sus cabellos; se había salvado: vivía.

¿Iba á soltar su presa?

Entonces, el abismo.

Aconsejábase así dolorosamente con su pensamiento, ó mejor dicho,

combatía furioso, dentro de sí mismo, tan pronto contra su voluntad,

como contra su convicción.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 57 / 64 段