¿Quién había podido atar el cordero al lobo, y cosa más incomprensible

aún, el lobo al cordero?... Porque el lobo amaba al cordero; porque

el ser feroz adoraba al ser débil; porque, durante nueve años, el

ángel había tenido por punto de apoyo al monstruo. La infancia y la

adolescencia de Cosette, su nacimiento á la luz, su virginal desarrollo

hacia la vida y la libertad, habían encontrado abrigo en aquella

solicitud disforme.

Aquí las cuestiones se deshojaban, por así decirlo, en innumerables

enigmas; los abismos se abrían en el fondo de los abismos, y Mario no

podía inclinarse hacia Juan Valjean sin vértigo. ¿Quién era, pues,

aquel hombre precipicio?

Los antiguos símbolos genesíacos son eternos; en la sociedad humana,

tal cual hoy existe, y hasta el día que la cambie una claridad mayor,

habrá siempre dos hombres; superior el uno, inferior el otro: el que

se dirige al bien es Abel, y Caín el que se hunde en el mal. ¿Quién

era entonces aquel Caín tierno? ¿Quién era aquel bandido, absorto

religiosamente en la adoración de una virgen, velando por ella,

educándola, custodiándola, dignificándola y envolviéndola á ella él,

impuro, de pureza?

¿Qué significaba aquella sentina venerando aquella inocencia, hasta el

punto de no dejar en ella mancha alguna? ¿Qué significaba aquel Juan

Valjean dirigiendo la educación de Cosette? ¿Qué venía á ser aquella

figura tenebrosa dedicándose exclusivamente á preservar de toda sombra

y de toda nube la aparición de un astro?

Éste era el secreto de Juan Valjean, como era también el secreto de

Dios. Ante ese doble secreto, Mario retrocedía. En cierta manera,

el uno le tranquilizaba respecto del otro. Dios, en esa ventura, se

patentizaba tanto como Juan Valjean. Dios tiene sus instrumentos, y

se sirve del que más le acomoda, porque no es responsable ante los

hombres. ¿Sabemos nosotros como obra Dios?

Juan Valjean había trabajado en Cosette, contribuyendo un poco á formar

su alma; esto era incontestable. ¿Y qué? El obrero podía ser horrible,

pero la obra resultaba admirable. Dios produce sus milagros como mejor

le parece. Había construido aquella embelesadora Cosette, empleando en

ello á Juan Valjean. Le plugo escoger á tan extraño colaborador. ¿Qué

cuentas le podemos pedir? ¿Es la primera vez que el fiemo ayuda á la

primavera á hacer la rosa?

Mario se respondía á sí mismo, y calificaba de buenas sus respuestas.

No había osado insistir con Juan Valjean sobre los puntos que acabamos

de indicar, y esto sin confesarse á sí mismo que no se atrevía. Adoraba

á Cosette; la poseía; Cosette era espléndidamente pura. Esto le

bastaba. ¿Para qué otra aclaración? Lo tenía todo. ¿Qué podía desear?

¿Acaso todo no es bastante? Los negocios personales de Juan Valjean no

le incumbían.

Al inclinarse á la sombra fatal de aquel hombre tomaba acta de aquella

declaración solemne del miserable: «_No soy nada de Cosette. Hace diez

años que ignoraba que ella existiese_».

Juan Valjean era un pasajero, como él mismo había dicho. Pasaba, pues,

y quien quiera que fuese, su misión había concluido.

Mario le sucedía en cumplir las funciones de providencia al lado de

Cosette. Cosette había encontrado en las regiones etéreas á su igual, á

su amante, á su esposo, á su celestial compañero. Al remontarse Cosette

á las alturas, alada y transfigurada, dejaba tras de sí en la tierra su

crisálida vacía y repugnante: Juan Valjean.

En cualquier círculo de ideas que girase Mario, siempre se reproducía

cierto horror á Juan Valjean. Horror sagrado quizás, porque, como hemos

indicado, presentía un _quid divinum_ en aquel hombre. Sin embargo, por

más atenuaciones que buscase, le era preciso siempre acabar por aquello

de, es un presidiario; es decir, el ser que, en la escala social,

carece hasta de sitio, por hallarse más abajo del último escalón.

Después del último de los hombres, viene el presidiario. El presidiario

no es, por así decirlo, hermano de los demás vivientes. La ley le ha

destituido de toda la cantidad de humanidad que puede quitar á un

hombre.

Mario en las cuestiones penales admitía, aunque demócrata, el sistema

inexorable, y tenía acerca de los que la ley toca, todas las ideas de

la ley. No había aceptado aún, preciso es decirlo, todos los progresos.

No era todavía capaz de distinguir entre lo escrito por el hombre y

lo escrito por Dios; entre la ley y el derecho. No había examinado y

pesado el derecho que se arroga el hombre de disponer de lo irrevocable

y de lo irreparable. No se rebelaba contra la palabra _vindicta_.

Parecíale muy natural que ciertas infracciones de la ley escrita fuesen

seguidas de penas eternas, y aceptaba de esas ideas, salvo avanzar más

tarde infaliblemente, pues su índole era buena y compuesta en el fondo

de progreso latente.

En medio, pues, de esas ideas, aparecíale Juan Valjean disforme y

repulsivo. Era el réprobo, era el presidiario. Esta palabra era para

él como el eco de la trompeta del juicio final; y después de haber

contemplado un buen espacio de tiempo á Juan Valjean, su último gesto

fué volver la cabeza, exclamando interiormente: _Vade retro_.

Mario, debemos reconocerlo, é insistir en ello, aún interrogando á Juan

Valjean hasta el punto de que éste le dijera: _Me estáis confesando_,

no le había dirigido, sin embargo, dos ó tres preguntas decisivas.

No porque no se le hubiesen ocurrido, sino por miedo. ¿El desván de

Jondrette? ¿La barricada? ¿Javert?

¿Quién sabe adónde habrían llegado las revelaciones? Juan Valjean no

parecía hombre capaz de retroceder. ¿Y quién sabe si Mario, después de

empujarle, no hubiera querido retenerle?

¿No nos ha sucedido á todos, que en circunstancias supremas, nos

hayamos permitido hacer una pregunta, taparnos luego los oídos para

no oir la respuesta? Esos temores los sienten muy particularmente los

enamorados. No es prudente interrogar á un cuerpo descubierto todas

las situaciones siniestras; especialmente cuando al lado indisoluble

de nuestra propia vida se encuentra fatalmente unido á ellas. De las

explicaciones desesperadas de Juan Valjean podía brotar alguna luz

siniestra. ¿Y quién sabe si esa horrible claridad no se extendiera

hasta Cosette, esparciendo una especie de fulgor infernal sobre la

frente de aquel ángel? Las chispas de un relámpago son también rayo. La

fatalidad participa de esas solidaridades, en que la huella del crimen

se graba en la inocencia misma por la sombría ley de los reflejos

colorantes. Las imágenes más puras pueden conservar eternamente la

reverberación de una vecindad horrible. Con razón ó sin ella, Mario

había tenido miedo. Sabía ya demasiado, prefiriendo antes aturdirse que

despejarse.

Desatinado llevaba entre sus brazos á Cosette, cerrando los ojos por no

ver á Juan Valjean.

Este hombre era la noche, noche positiva y terrible. ¿Cómo atreverse á

inquirir el fondo? Es espantoso interrogar á la sombra. ¿Quién sabe lo

que va á responder? El alba podría quedar obscurecida para siempre.

En semejante estado de ánimo, era para Mario una perplejidad dolorosa

pensar que aquel hombre tuviera el roce más insignificante con Cosette.

Aquellas formidables preguntas, ante las cuales había retrocedido, y de

las que hubiera podido surgir una decisión implacable y definitiva, se

las echaba en cara por no haberlas hecho.

Creíase harto bueno, harto generoso, ¿y por qué no decirlo? harto

débil; debilidad que le había arrastrado á una concesión imprudente. Se

había dejado conmover, lo cual era un error, puesto que debía pura y

simplemente haber rechazado á Juan Valjean.

Juan Valjean era el fuego que habría debido alejar, desembarazando su

casa de aquel hombre.

Indignábase contra sí; indignábase contra el brusco torbellino

de emociones que le había aturdido, cegado y arrastrado. Estaba

descontento de sí mismo.

¿Qué hacer entonces? Las visitas de Juan Valjean le repugnaban

profundamente. ¿Á qué objeto aquel hombre en su casa? ¿Qué hacer? Esta

reflexión le aturdía, no queriendo profundizar, no queriendo ahondar,

no queriendo sondarse á sí mismo. Había prometido; se había dejado

llevar hasta prometer; Juan Valjean contaba con su promesa; y hay que

cumplir la palabra, aunque sea á un presidiario, y sobre todo á un

presidiario á quien se da. Sin embargo, su principal deber era para

Cosette.

En suma, sentíase poseído de una repulsión que le dominaba todo, que le

sublevaba.

Mario resolvía este confuso encadenamiento de ideas en su cerebro,

pasando de una á otra, y excitado por todas. De ahí una turbación

profunda.

No le fué fácil ocultar aquella turbación á Cossette; pero el amor es

un talento, y Mario lo tuvo.

Por lo demás, dirigió, sin objeto aparente, algunas preguntas á

Cosette, cándida como es blanca una paloma, y sin recelar nada; hablóle

de su infancia y de su juventud, y convencióse más y más de que todo

lo que puede tener un hombre de paternal y respetable, lo había aquel

presidiario derramado sobre Cosette.

Todo lo que Mario había entrevisto y supuesto era una realidad. Aquella

siniestra ortiga había amado y protegido á aquel lirio.

LIBRO OCTAVO

DECRECIMIENTO CREPUSCULAR

I

=El cuarto bajo=

Al día siguiente, al anochecer, Juan Valjean llamó á la puerta cochera

de la casa del señor Gillenormand. Vasco fué quien le recibió. Vasco

estaba en el patio como á propósito y obedeciendo una orden. Á veces

basta con decir á un criado: «Estad atento para cuando venga Fulano».

Vasco, sin aguardar á que Juan Valjean se adelantase hacia él, le

dirigió la palabra:

--El señor barón me ha encargado os pregunte si deseáis subir, ó

esperar aquí.

--Quedarme aquí,--respondió Juan Valjean.

Vasco, respetuoso como siempre, abrió la puerta de la sala baja, y

dijo:--Voy á avisar á la señora.

La pieza en que entró Juan Valjean era un cuarto bajo, abovedado

y húmedo, que servía á veces de bodega, con salida á la calle,

enladrillado de baldosas encarnadas y mal alumbrado por una ventana

enrejada.

No era este cuarto de los que dan mucho que hacer á los zorros, el

plumero y la escoba. El polvo yacía allí tranquilo. La persecución

de las arañas no estaba, en verdad, organizada. Una hermosa tela,

anchamente desplegada, muy negra, adornada de moscas muertas, giraba

al rededor de uno de los vidrios de la ventana. La sala, pequeña y

baja de techo, estaba amueblada con una porción de botellas vacías,

amontonadas en un rincón. La pared, enjalbegada de ocre amarillo, se

iba desarrevocando á grandes trozos. Había en el fondo una chimenea con

repisa estrecha de madera, pintada de negro. En esta chimenea había

fuego; lo cual daba á entender que se había contado con la respuesta de

Juan Valjean: «Quedarme aquí».

Á ambos lados de la chimenea había un sillón, y entre estos, se

extendía haciendo de alfombra, una antigua esterita de pie de cama,

mostrando más urdimbre que trama.

Tenía la habitación por alumbrado la llama de la chimenea y el

crepúsculo de la ventana.

Juan Valjean estaba fatigado. Hacía algunos días que no comía ni

descansaba. Dejóse caer en uno de los sillones.

Vasco volvió, puso sobre la chimenea una bujía encendida y se retiró,

sin que Juan Valjean, con la cabeza inclinada y la barba sobre el

pecho, advirtiera la presencia de Vasco ni la bujía.

De repente se levantó como sobresaltado. Cosette estaba detrás de él.

No la había visto entrar; pero había sentido que entraba.

Volvió la cabeza y contemplóla. Estaba adorablemente bella; pero lo que

él contemplaba con su profunda mirada no era la belleza, era el alma.

--Padre,--exclamó Cosette,--ya yo me sabía vuestras singularidades,

pero jamás me hubiera figurado que llegasen á tanto. ¡Vaya una

ocurrencia! Me ha dicho Mario que sois vos quien se empeña en que le

reciba aquí.

--Sí, yo soy.

--Ya me esperaba no obstante esta respuesta. Está bien. Os prevengo que

voy á armar un escándalo. Empecemos por el principio. Padre, abrazadme.

Y le presentó la mejilla.

Juan Valjean permaneció inmóvil.

--No os movéis. Está visto; actitud de culpable. Pero no importa, os

perdono. Jesucristo ha dicho: «Presentad la otra mejilla». Aquí la

tenéis.

Juan Valjean no se movió tampoco; parecía tener los pies clavados en el

suelo.

--Esto se pone serio,--dijo Cosette.--¿Qué os he hecho yo? Me creo

ofendida, y me debéis una satisfacción. Comeréis con nosotros.

--He comido ya.

--No es verdad. Haré que el señor Guillenormand os reprenda. Los

abuelos son los encargados de regañar á los padres. Vamos, subid

conmigo á la sala enseguida.

--Imposible.

Aquí perdió Cosette un poco de terreno. Cesó de mandar y pasó á las

preguntas.

--Pero ¿por qué? ¡Y habéis escogido para visitarme el cuarto peor de la

casa! Esto es horrible.

--Tú sabes...

Juan Valjean rectificó:

--Ya lo sabéis, señora, soy algo raro, tengo mis manías.

Cosette chocó sus pequeñas manos una contra otra.

--¡Señora!... ¡sabéis!... ¡Otra novedad! ¿Qué significa esto?

Juan Valjean le dirigió aquella sonrisa dolorosa á que de vez en cuando

recurría.

--Habéis querido ser señora, y ya lo sois.

--Pero no para vos, padre.

--No me llaméis padre.

--¿Cómo?

--Llamadme señor Juan, Juan, si queréis.

--¿No sois ya mi padre? ¿No soy ya Cosette? ¿Vos sois el señor Juan?

¿Qué significa todo esto? ¿Qué revolución es ésta? ¿Qué ha pasado?

Miradme á la cara. ¡Y no aceptáis el vivir con nosotros! ¡Y no queréis

el cuarto que se os tenía destinado! ¿Qué os he hecho yo? ¿Qué os he

hecho? ¡Ha de haber aquí algo que!...

--Nada.

--Pues, ¿y entonces?

--Todo sigue lo mismo.

--¿Por qué cambiáis de nombre?

--También habéis vos cambiado el vuestro.

Sonrióse entonces como antes, y añadió:

--Puesto que sois la señora de Pontmercy, muy bien puedo ser yo el

señor Juan.

--Nada comprendo. Todo esto raya en lo bárbaro. Pediré permiso á mi

marido para que seáis el señor Juan, y espero que no ha de consentirlo.

Me causáis pesadumbre. En hora buena que se tengan manías, mas no hasta

el punto de dar pena á su hijita Cosette. Malo es esto; y vos no tenéis

derecho para las cosas malas, vos que sois tan bueno.

Juan Valjean no respondió.

Tomóle ella vivamente ambas manos, y con un movimiento irresistible,

levantándolas al nivel de su rostro, las estrechó contra su cuello

junto á la barba, lo cual es un gesto de profundo cariño.

--¡Oh!--le dijo.--¡Sed bueno!

Y prosiguió:

--Ved á lo que yo llamo ser bueno, ser amable: venid á vivir en nuestra

compañía; aquí hay pájaros como en la calle Plumet; dejad ese tabuco de

la calle del Hombre Armado; no me hagáis adivinar charadas, sed como

los demás hombres; almorzad y comed con nosotros; sed, como os tengo

dicho, mi padre.

Él apartó las manos.

--No necesitáis ya de padre; tenéis ya marido.

Cosette se incomodó.

--¡Que no necesito padre! Esto está fuera del sentido común. ¡En verdad

que no sé qué he de deciros!

--Si la tía Santos estuviese aquí,--repuso Juan Valjean, como quien

busca testigos para asirse hasta de un cabello,--sería la primera en

convenir que siempre he obrado á mi modo. Nada hay en todo ello de

particular. Siempre me ha gustado mi obscuro rinconcito.

--Pero aquí hace frío, aquí apenas se ve. Es abominable esa de quererse

llamar señor Juan. Y yo me opongo á que me tratéis de vos.

--Al venir,--respondió Juan Valjean,--he visto en la calle de San Luis

un gracioso mueble, en casa de un ebanista. Si yo fuese mujer y bonita,

no dejaría de comprarlo. Es un tocador magnífico, de estos que llamáis

de palo de rosa, tiene incrustaciones y una luna muy grande. Tiene sus

cajoncitos. Es bellísimo.

--¡Oh! ¡Qué hombre tan raro!--replicó Cosette.

Y con exquisito donaire, apretando los dientes y separando los labios,

sopló contra Juan Valjean. Era una Gracia copiando á una gata.

--Estoy furiosa,--prosiguió.--Desde ayer me estáis haciendo todos

rabiar; estoy muy incomodada. No comprendo una palabra. Ni vos me

defendéis contra Mario, ni Mario me ampara contra vos; estoy sola.

Arreglo un cuarto bonitamente; á Dios mismo habría puesto en él

si hubiese podido. Y me dejáis desairada con mi cuarto. Encargo á

Nicolasita una buena comida, y veo despreciado mi convite. Mi padre

Fauchelvent quiere que le llame señor Juan, y que le reciba en una

cueva vieja y húmeda, en cuyas paredes nacen barbas y donde, por

cristales, hay botellas vacías, y por cortinas telarañas. Sois un

hombre muy raro, convengo en ello; tenéis este carácter; pero ¿no se

ha de conceder alguna tregua á los que se casan? ¿Por qué volver tan

pronto á vuestras rarezas? ¿Vais, pues, á vivir muy contento en vuestra

abominable calle del Hombre Armado? ¿Y cuánto me he desesperado yo en

ella? ¿Estáis resentido contra mí? Me estáis apenando en alto grado.

¡Id, pues!

Y formalizándose de repente, clavó la vista en Juan Valjean, añadiendo:

--Esto es demostrar que no queréis que sea yo feliz.

La ingenuidad, sin saberlo, penetra á veces en lo más hondo. Estas

palabras, sencillas para Cosette, eran profundas para Juan Valjean.

Cosette quería solo arañar, y destrozaba.

Juan Valjean palideció.

Permaneció un instante sin responder; luego con acento indescriptible y

hablando consigo mismo, murmuró:

--Su felicidad era el único fin de mi vida. Dios puede hoy echarme de

este mundo. Cosette, eres dichosa, y mi misión ha terminado.

--¡Ah! ¡Me habéis tuteado!--exclamó Cosette.

Y saltó á su cuello.

Juan Valjean, desvanecido, la estrechó contra su pecho, pareciéndole

casi que la recobraba.

--¡Gracias, padre!--le dijo Cosette.

Semejante arrebato iba á volverse doloroso para Juan Valjean.

Desprendióse dulcemente de los brazos de Cosette, y tomó su sombrero.

--¿Qué es eso?--preguntó Cosette.

Juan Valjean respondió:

--Me retiro, señora; os están aguardando.

Y desde el umbral de la puerta añadió:

--Os he tuteado. Decid á vuestro esposo que no me volverá á suceder.

Perdonadme.

Y Juan Valjean se fué, dejando á Cosette estupefacta con tan enigmática

despedida.

II

=Otro paso atrás=

Al día siguiente á la misma hora volvió Juan Valjean.

Cosette no le hizo ya preguntas, ni se mostró admirada, ni dijo que

sentía frío, ni habló más de la sala; evitó también llamarle padre,

ni señor Juan; dejando que la tratase de vos y que la llamase señora

solamente.

Había en su semblante menos alegría. Casi estaba triste y lo habría

estado, si le hubiese sido posible.

Probablemente había tenido con Mario una de esas conversaciones en que

el hombre amado dice lo que quiere, y sin explicar nada satisface á la

mujer amada. La curiosidad de los enamorados no acostumbra á salirse de

los límites de su amor.

La sala baja estaba un poco más decente. Vasco había suprimido las

botellas y Nicolasita las arañas.

Todos los días que se iban sucediendo conducían allí á la misma hora

á Juan Valjean; no tuvo éste valor para tomar las palabras de Mario

de otro modo que á la letra. Mario, por su parte, para no tener que

asistir, se ingenió de manera que siempre se encontraba ausente á las

horas en que iba Juan Valjean. Las personas de la casa se acostumbraron

á aquel nuevo capricho del señor Fauchelvent. La tía Santos contribuyó

á ello, repitiendo que _el señor había sido siempre así_. El abuelo

decretó que era «muy original». Y esto basta. Además, á los noventa

años no son posibles ya nuevas relaciones; todo es juxtaposición; un

recién venido es una molestia. No hay sitio para él, todos los hábitos

están adquiridos.

El señor Guillenormand se alegró de verse desembarazado de «aquel

señor», de aquel Fauchelvent ó Tranchalvent, y añadió: «Esos tipos

extravagantes son muy comunes. Hacen toda clase de rarezas, y sin el

menor motivo. El marqués de Canaples era peor aún, pues compró un

palacio para vivir en las buhardillas. Son apariencias fantásticas que

dan á ciertas gentes».

Nadie entrevió la siniestra realidad. ¿Ni quién había de ir á adivinar

tal cosa? Hay pantanos de éstos en la India; el agua ofrece un

aspecto extraordinario, inexplicable, que se estremece sin impulsarla

el viento, que se agita cuando debiera estar en calma. Se ven los

borbotones sin causa en la superficie, no se distingue la hidra que se

arrastra en el fondo.

Muchos hombres tienen también un monstruo secreto, un mal que

alimentan, un dragón que los roe, una desesperación que anida en su

obscuridad. Individuo hay que se parece á los demás individuos, va y

viene, y nadie sabe que lleva en su seno un terrible dolor parásito

que le está devorando con sus mil dientes, el cual vive dentro del

miserable, á quien mata. Nadie sabe que aquel hombre es un abismo. Está

estancado, pero profundo. De vez en cuando se nota cierta conmoción

incomprensible en la superficie. Fórmase una onda misteriosa, que

se desvanece y vuelve luego á aparecer. Una burbuja de aire sube y

revienta. Aquella cosa, insignificante al parecer, es terrible. Es la

respiración del animal desconocido.

Ciertas costumbres extrañas: al llegar á la hora en que los demás se

marchan, el ocultarse cuando los otros se dejan ver, el cubrirse en

todas ocasiones con la capa que podría llamarse de color de pared,

buscar el paseo solitario, preferir la calle desierta, no mezclarse

en las conversaciones, evitar las multitudes y las fiestas, aparentar

que se está bien y vivir pobremente, tener, aunque rico, la llave de

la casa en el bolsillo y la vela en la portería, entrar por la puerta

excusada, subir por la escalera secreta; todas estas singularidades

insignificantes, es decir, ondas, burbujas, círculos fugitivos en la

superficie, provienen muchas veces de un fondo formidable.

Se pasaron así muchas semanas. Poco á poco entró Cosette en una vida

nueva: las relaciones que crea el matrimonio, las visitas, los cuidados

de la casa, las diversiones, estos grandes deberes. Las diversiones no

eran costosas; reducíanse á una sola: estar con Mario. La principal

ocupación de Cosette era salir con él y no separarse de su lado. Ambos

sentían un placer cada vez mayor en pasearse asidos del brazo, á la luz

del sol, en plena calle, á la vista de todo el mundo, los dos solos.

Cosette experimentó una contrariedad. La tía Santos no pudo llevarse

bien con Nicolasita; el choque de dos solteronas es imposible, y se

marchó. El abuelo seguía contento y satisfecho; Mario defendía alguno

que otro pleito y la tía Guillenormand vivía agradablemente en la nueva

familia una vida lateral que parecía bastarle. Juan Valjean hacía todos

los días su visita.

Desaparecido el tuteo, el vos, el señora, el señor Juan, todo esto le

hacían parecer otro á los ojos de Cosette. El cuidado que él mismo

había puesto en desapegarla de él, iba produciendo su resultado. Ella

estaba cada vez más alegre, pero menos tierna. Sin embargo, Cosette

seguía siendo siempre la misma queriéndole mucho, y él lo sabía.

Un día le dijo ella de súbito: Érais mi padre, y habéis dejado

de serlo; fuísteis mi tío, y no lo sois tampoco: érais el señor

Fauchelvent, y ahora sois el señor Juan. ¿Quién sois pues realmente?

Nada de esto me agrada. Si no supiera cuán bueno sois, os tendría miedo.

Él continuaba viviendo en la calle del Hombre Armado, no pudiendo

resolverse á dejar el barrio en que habitaba Cosette.

Al principio no permanecía al lado de Cosette sino unos cuantos

minutos, y luego se iba.

Poco á poco se fué acostumbrando á prolongar sus visitas, como si

aprovechase la autorización de los días que crecían también. Llegaba

más pronto y se despedía, más tarde.

Un día se le escapó á Cosette llamarle «padre». Un relámpago de alegría

iluminó el ya continuamente sombrío rostro de Juan Valjean. Pero

advirtió que debía llamarle Juan.

--¡Ah! es verdad,--dijo ella riéndose,--señor Juan.

--Esto es,--dijo él, volviendo la cabeza para que ella no le viese

enjugarse los ojos.

III

=Recuerdan el jardín de la calle Plumet=

Esta fué la última vez. Después de aquel resplandor, vino la completa

extinción.

Nada de familiaridad, nada de buenos días acompañados de un beso, nada

de repetir esta palabra tan profundamente dulce: «¡Padre mío!». Por su

propia súplica y complicidad, veíase sucesivamente despojado de todas

sus dichas, y su mayor miseria consistía en que, después de haber

perdido á Cosette por completo en un solo día, le era preciso perderla

entonces nuevamente en detalle.

La vista acaba por acostumbrarse á la luz de una cueva. En suma,

tener diariamente una aparición de Cosette le era suficiente. Toda su

existencia se concentraba en aquella hora. Sentábase á su lado, la

contemplaba silenciosamente, ó le hablaba de los años de su infancia,

del convento y de sus amiguitas de entonces.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 60 / 64 段