Corazones profundos, espíritus ilustrados, tomad la vida como Dios la

ha hecho; la vida es una larga prueba, una preparación ininteligible

para el destino desconocido. Este destino, el verdadero, principia para

el hombre en el primer escalón interior de la tumba. Entonces se le

aparece algo, y comienza á distinguir lo definitivo. ¡Lo definitivo!

Pensad en esta palabra. Los vivos ven lo infinito; lo definitivo no se

deja ver más que de los muertos. Mientras esperáis, amad y padeced,

esperad y contemplad. ¡Desgraciado el que no haya amado más que

cuerpos, formas, apariencias! La muerte se lo arrebatará todo. Procurad

amar las almas, y volveréis á encontrarlas.

* * * * *

He encontrado en la calle un joven muy pobre que amaba. Su sombrero era

viejo, su vestido usado y raído por los codos; el agua le entraba por

los zapatos, y los astros penetraban en su alma.

* * * * *

¡Qué cosa tan grande es ser amado! ¡Pero aún es más grande amar! El

corazón se hace heroico á fuerza de pasión. No se compone sino de

pureza; se apoya solamente en lo más grande y elevado. En él no puede

germinar un pensamiento indigno, como no puede germinar una ortiga en

un ventisquero. El alma elevada y serena, inaccesible á las pasiones

y á las emociones vulgares, que domina las nubes y las sombras de

este mundo, las locuras, las mentiras, los odios, las vanidades,

las miserias, habita en el azul del cielo, y no siente más que las

conmociones profundas y subterráneas del destino, como las cumbres de

las montañas sienten los temblores de tierra.

* * * * *

Si no hubiera alguien que amase, se extinguiría el sol.

V

=Cosette después de la carta=

Durante esta lectura, Cosette iba poniéndose pensativa poco á poco.

En el instante en que levantó los ojos de la última línea del cuaderno,

el lindo oficial pasó triunfante por delante de la verja.

Cosette le encontró repugnante.

Volvió á fijarse en el cuaderno.

Está escrito, pensaba Cosette, con una letra encantadora; de la misma

mano, pero con diversa tinta, ya negra, ya blanquecina como cuando se

echa la tinta en el tintero, y por consiguiente en distintos días.

Era, pues, aquello, un pensamiento que se había derramado allí, suspiro

á suspiro, irregularmente, sin orden, sin elección, sin objeto, al azar.

Cosette no había leído nunca nada semejante.

Aquel manuscrito en que veía más luz que obscuridad, le causaba el

mismo efecto que un santuario entreabierto.

Cada una de sus misteriosas líneas resplandecía á sus ojos, inundaba su

corazón de una luz extraña.

La educación que había recibido le había hablado siempre del alma y

nunca del amor; así como si se hablase del tizón sin hablar de la llama.

Aquel manuscrito de quince páginas le revelaba suave y repentinamente

todo el amor, el destino, la vida, la eternidad, el principio y el fin.

Era como una mano que se hubiese abierto y le hubiese arrojado

súbitamente un puñado de rayos.

Descubría en aquellas líneas una naturaleza apasionada, ardiente,

generosa, honrada; una voluntad sagrada, un inmenso dolor, y una

esperanza inmensa; un corazón oprimido, y un éxtasis manifestado.

¿Y qué era aquel manuscrito? Una carta. Una carta sin señas, sin

nombre, sin fecha, sin firma, apremiante y desinteresada, enigma

compuesto de verdades; mensaje de amor escrito para ser llevado por un

ángel, y leído por una virgen; cita dada fuera de la tierra; billete

amoroso de un fantasma á una sombra.

Era un ausente tranquilo y oprimido, que parecía dispuesto á refugiarse

en la muerte, y que enviaba á la ausente el secreto de su destino, la

clave de la vida: el amor.

Aquello había sido escrito con los pies en la tumba y el dedo en el

cielo.

Aquellas líneas, que habían caído una á una sobre el papel, podrían

llamarse gotas del alma.

Pero ¿de quién podían ser aquellas páginas? ¿Quién las había escrito?

Cosette no dudó ni un instante. Sólo un hombre.

¡Él!

Habíase iluminado su alma; todo había vuelto á aparecer; sentía una

alegría indecible y una angustia profunda.

¡Era él! ¡Él, quien escribía! ¡Él, que estaba allí! ¡Él, que había

pasado el brazo á través de la verja! Mientras ella le olvidaba, él la

había encontrado.

Pero ¿le había olvidado? ¡No! ¡Nunca!

Era una locura creerlo un sólo instante; le había amado y adorado

siempre.

El fuego se había cubierto, y había estado oculto algún tiempo; pero

ella le veía; no había hecho más que ahondar un poco, y ya brillaba de

nuevo y la abrasaba toda entera.

Aquel cuaderno era como una chispa de otra alma caída en la suya.

Sentía renacer el fuego; nuevamente se penetraba de cada palabra del

manuscrito:

--¡Ah, sí!--decía.--¡Cómo reconozco todo esto! Es lo que he leído en

sus ojos.

Cuando acababa de leer por tercera vez, el teniente Teódulo volvió á

pasar delante de la verja haciendo sonar las espuelas, lo que hizo que

levantara Cosette los ojos y que le pareciese soso, tonto, necio, vano,

fatuo, desagradable, impertinente y feo.

El oficial creyó que debía dirigirle una sonrisa.

Cosette se volvió avergonzada é indignada. De buena gana le hubiera

tirado algo á la cabeza.

Marchóse pues, entró en la casa, y se encerró en su cuarto para volver

á leer el manuscrito, para aprendérselo de memoria, y para pensar.

Cuando lo hubo leído y releído, lo besó y se lo guardó en el corsé.

Era ya un hecho; Cosette había caído en la profundidad del amor

seráfico; acababa de abrirse el abismo Edén.

Cosette pasó todo el día sumida en una especie de aturdimiento.

Apenas pensaba; sus ideas estaban en el estado de un ovillo enredado

en su cerebro; no acertaba á conjeturar; esperaba al través de su

turbación ¿el qué? algo vago.

No se atrevía á prometerse nada, y nada quería desechar; cruzaban su

frente sombras pálidas, y temblaba su cuerpo.

Parecíale á veces que penetraba en lo quimérico, y se decía: «¿Es esto

real?». Y tentaba el papel querido bajo su vestido, le oprimía contra

su corazón, sentía los dobleces sobre su pecho; y si Juan Valjean la

hubiera visto en aquel momento, se habría estremecido ante aquella

alegría luminosa y desconocida que brotaba de sus ojos.

--¡Oh, sí!--pensaba ella.--¡Es indudablemente él! ¡Esto es de él para

mí!

Y creía que una intervención de los ángeles, que una casualidad

celestial lo había puesto á su alcance.

¡Oh transfiguraciones del amor! ¡Oh sueños! Aquella casualidad

celestial, aquella intervención de los ángeles, era la bolita de pan

lanzada de un ladrón á otro ladrón; del patio de Carlomagno á la cueva

de los Leones, por encima de los tejados de la Fuerza.

VI

=Los viejos están hechos para ser oportunos=

Llegada la noche salió Juan Valjean, y Cosette se vistió.

Peinóse del modo que le sentaba mejor, y se puso un vestido, cuyo

cuerpo había recibido una tijeretada más, y descubría por la escotadura

el nacimiento del cuello; era, como dicen las jóvenes, «algo inocente».

No lo era en realidad, ni en grado mínimo, pero era más bonito que otro.

¡Se vistió de aquel modo sin saber por qué!

¿Quería salir? No.

¿Esperaba alguna visita? Tampoco.

Al anochecer bajó al jardín. La tía Santos estaba ocupada en la cocina,

que daba al patio de detrás.

Empezó á pasear bajo los árboles, separando las ramas de cuando en

cuando con la mano, porque las había muy bajas.

Así llegó al banco. Allí estaba todavía la piedra.

Sentóse, y dejó caer su blanca mano sobre la piedra, como si quisiese

acariciarla y manifestarle agradecimiento.

De pronto sintió esa impresión indefinible que experimentamos aún sin

ver, cuando está detrás de nosotros alguien de pie.

Volvió la cabeza, y se levantó. Era él.

Tenía la cabeza descubierta; parecía pálido y flaco; apenas se

distinguía su traje negro.

El crepúsculo blanqueaba su hermosa frente, y cubría sus ojos de

tinieblas.

Tenía algo propio de la muerte y de la noche, bajo un velo de

incomparable dulzura.

Su rostro aparecía iluminado por la claridad del día que muere, y por

el pensamiento de un alma que se va.

Parecía que no era aún fantasma; pero que no era ya hombre.

Su sombrero estaba caído á algunos pasos entre la yerba.

Cosette, próxima á desfallecer, no dió ni un grito.

Retrocedió lentamente, porque se sentía atraída.

Él no se movió. Cosette sentía la mirada de sus ojos, que no podía

distinguir entre el velo inefable y triste que le rodeaba.

Cosette, al retroceder, encontró un árbol y se apoyó en él; sin aquel

árbol, hubiera caído al suelo.

Entonces oyó su voz, aquella voz que realmente no había oído nunca, y

que apenas sobresalía del susurro de las hojas, y que murmuraba:

--Perdonadme, aquí estoy. Tengo el corazón henchido; no podía vivir

como estaba, y he venido. ¿Habéis leído lo que he puesto en ese banco?

¿Me conocéis? No tengáis miedo de mí. ¿Os acordáis de aquel día, hace

ya mucho tiempo, en que me mirasteis? Fué en el Luxemburgo, junto al

Gladiador. ¿Y del día que pasasteis cerca de mí? El 16 de junio y el 2

de julio, hace cerca de un año. ¡Cuánto tiempo he pasado sin veros!

«He preguntado á la alquiladora de sillas, y me ha dicho que ya no

os veía. Vivíais en la calle del Oeste en un tercer piso de una casa

nueva; ya veis que lo sé. Yo os seguía. ¿Qué había de hacer? Después

desaparecisteis. Creí veros pasar una vez cuando estaba yo leyendo los

periódicos bajo los arcos del Odeón, y corrí; pero no, era una joven

que llevaba un sombrero como el vuestro.

«Por la noche vengo aquí. No temáis, nadie me ve; vengo á mirar

de cerca vuestras ventanas. Ando muy quedo para que no lo oigáis,

porque podríais tener miedo. La otra noche estaba detrás vuestro; os

volvisteis y huí. Una vez os oí cantar, y fuí dichoso. ¿Os incomoda que

os oiga cantar á través de las persianas? Esto no os molesta, ¿verdad?

«Ya lo veis, sois mi ángel; dejadme venir; creo que me voy á morir. ¡Sí

supierais! ¡Os adoro! Perdonadme; os hablo, y no sé lo que os digo. Os

incomodo tal vez. ¿Es verdad que os incomodo?».

--¡Oh, madre mía!--dijo Cosette.

Y se dobló sobre sí misma como si se muriera.

Él la cogió; ella desfallecía. Tomóla en sus brazos, la apretó

estrechamente sin tener conciencia de lo que hacía, y la sostuvo

vacilante.

Estaba como si tuviese la cabeza llena de humo; veía pasar relámpagos

ante sus ojos; sus ideas se desvanecían; le parecía que realizaba un

acto religioso, y que cometía una profanación.

Por lo demás, no experimentaba el menor deseo hacia aquella mujer

seductora, cuyas formas sentía sobre su pecho.

Estaba perdido de amor.

Le tomó una mano y se la puso sobre el corazón.

Sintió el papel que tenía allí, y balbuceó:

--¿Me amabais pues?

Cosette respondió en una voz tan baja, que no era sino un suspiro casi

imperceptible:

--¡Cállate; ya lo sabes!

Y ocultó su frente ruborizada en el pecho del joven altivo y embriagado.

Cayó él sobre el banco, y ella á su lado.

No tenían ya palabras.

Las estrellas empezaban á brillar.

¿Cómo fué que sus labios se encontraron?

¿Cómo es que el pájaro canta, que la nieve se funde, que la rosa se

abre, que mayo extiende su fragancia, que el alba blanquea detrás de

las negras arboledas en la cumbre ondulante de las colinas?

Un beso; esto fué todo.

Los dos se estremecieron, y se miraron en la sombra con ojos

deslumbradores.

No sentían ni el frío de la noche, ni la frialdad de la piedra, ni

la humedad de la tierra, ni la yerba mojada. Se miraban, y tenían el

corazón lleno de pensamientos.

Se habían cogido las manos sin saberlo.

Ella no le preguntaba nada; no pensaba ni aún por dónde había entrado,

y cómo había penetrado en el jardín.

¡Le parecía ya tan sencillo que estuviese allí!

De cuando en cuando la rodilla de Mario tocaba la rodilla de Cosette, y

ambos se estremecían.

Por intervalos, Cosette tartamudeaba alguna palabra vaga.

Su alma temblaba en sus labios como una gota de rocío en una flor.

Poco á poco se hablaron.

La expansión sucedió al silencio, que es la plenitud.

La noche brillaba serena y espléndida sobre sus cabezas.

Aquellos dos seres puros como dos espíritus, se lo dijeron todo;

sus sueños, sus felicidades, sus éxtasis, sus quimeras, sus

desfallecimientos; cómo se habían adorado de lejos, cómo se habían

deseado, y su desesperación cuando habían dejado de verse.

Se confiaron en una intimidad ideal, que nada podía aumentar lo que

tenían más oculto y misterioso.

Se contaron con una fe cándida en sus ilusiones todo lo que el amor, la

juventud y el resto de la infancia que había en ellos les hacía pensar.

Aquellos dos corazones se derramaron uno en otro, de modo que al cabo

de una hora, él poseía el alma de ella y ella el alma de él.

Se compenetraron, se encantaron, se deslumbraron.

Cuando acabaron, cuando se lo hubieron dicho todo, ella reposó su

cabeza en el hombro de Mario, y le preguntó:

--¿Cómo os llamáis?

--Me llamo Mario,--dijo él.--¿Y vos?

--Yo me llamo Cosette.

LIBRO SEXTO

EL NIÑO GAVROCHE

I

=Endiabladuras del viento=

Desde 1823, mientras que el bodegón de Montfermeil se obscurecía y

desaparecía poco á poco, no en el abismo de una bancarrota, sino en la

cloaca de las pequeñas deudas, los Thénardier habían tenido otros dos

hijos, varones ambos. Con estos eran cinco, dos hembras y tres varones;

lo cual era mucho.

La Thénardier se había desembarazado de los dos últimos, cuando eran

aún pequeñitos, con una felicidad singular.

Hemos dicho desembarazado, y realmente ésta es la palabra, porque en

aquella mujer no había más que un fragmento de naturaleza; fenómeno del

que hay otros ejemplos.

Como la mariscala de Lamothe Houdancourt, la Thénardier sólo era madre

para sus hijas.

Allí terminaba su maternidad.

Su odio al género humano empezaba en sus hijos; por el lado de éstos su

maldad estaba, por así decirlo, cortada á pico, y su corazón tenía en

este lugar una lúgubre escarpadura.

Como ya hemos visto, detestaba al mayor, y execraba á los otros dos.

¿Por qué? Porque sí.

El más terrible de los motivos, y la más indiscutible de las

respuestas: Porque sí.

--No necesito una manada de chicos,--decía la tal madre.

Expliquemos cómo los Thénardier habían llegado á librarse de sus dos

últimos hijos, y hasta á sacar provecho de ellos.

Aquella muchacha Magnon, de quien hemos hablado en otro lugar,

era la misma que había conseguido sacar una pensión al buen señor

Guillenormand para los dos hijos que tenía.

Vivía en el muelle de los Celestinos, en el ángulo de la antigua calle

del Almizcle, que ha hecho lo posible por cambiar en buen olor su mala

fama.

Muchos recordamos la gran epidemia del garrotillo que devastó hace

treinta años los barrios ribereños del Sena en París, y de que la

ciencia se aprovechó para experimentar en gran escala la eficacia de

las insuflaciones de alumbre, tan útilmente reemplazadas hoy por la

tintura externa de yodo.

En aquella epidemia la Magnon perdió en un mismo día sus dos hijos,

pequeños aún, uno por la mañana y otro por la tarde.

Esto fué un gran golpe, porque aquellas criaturas eran muy necesarias á

su madre; representaban ambas diez y seis duros al mes.

Estos diez y seis duros eran pagados exactamente en nombre del señor

Guillenormand, por su procurador Barge, ujier ó alguacil retirado, que

vivía en la calle del Rey de Sicilia.

Muertos los niños, la pensión quedaba enterrada.

La Magnon buscó un expediente.

En aquella tenebrosa masonería del mal, de que formaba parte, se guarda

el secreto, y se prestan todos mutuo auxilio.

La Magnon necesitaba dos hijos, la Thénardier los tenía, y precisamente

del mismo sexo, y de la misma edad.

Buen acomodo para la una, y una buena colocación para la otra.

Los hijos de la Thénardier se convirtieron en hijos de la Magnon.

Ésta se mudó del muelle de los Celestinos á la calle Clocheperce. En

París la identidad que liga á un individuo á sí mismo se rompe de una

calle á otra.

El estado civil, no advertido por nada, no reclamó, y la sustitución se

hizo del modo más fácil del mundo.

Sólo la Thénardier exigió, por el préstamo de sus hijos, dos duros al

mes, que la Magnon prometió, y aun pagó.

No hay que decir que el señor Guillenormand continuó pagando.

Cada seis meses iba á ver á los niños, y no notó el cambio.

--Señor,--le decía la Magnon,--¡cómo se os parecen!

El señor Guillenormand se encogía de hombros sonriendo.

Thénardier, que encontraba fáciles todos los disfraces, aprovechó esta

ocasión para convertirse en Jondrette.

Sus dos hijas y Gavroche apenas habían tenido tiempo de notar que

tenían dos hermanitos.

En cierto grado de miseria se apodera del alma una especie de

indiferencia espectral, y se ve á los seres como larvas.

Las personas más allegadas aparecen á veces como vagas formas de

la sombra, que apenas se distinguen del fondo nebuloso de la vida,

confundiéndose fácilmente en lo invisible.

La noche del día en que había hecho entrega de sus dos hijos á la

Magnon, con voluntad expresa de renunciar á ellos para siempre, la

Thénardier había tenido, ó aparentado tener, un escrúpulo, y había

dicho á su marido:

--¡Pero esto es abandonar á estas criaturas!

Thénardier, magistral y flemático, cauterizó el escrúpulo con esta

sentencia:

--¡Juan Jacobo Rousseau hizo todavía más!

La madre pasó entonces del escrúpulo á la inquietud.

--¿Y si la policía nos persiguiese? Dime, amigo, ¿es esto permitido?

Thénardier respondió:

--Todo es permitido. Nadie verá en esto más que una trasparencia. Por

otra parte, en muchachos que no tienen un sueldo, á nadie le importa

mirar muy de cerca.

La Magnon era una especie de elegante del crimen. Se vestía con esmero.

Compartía su habitación, amueblada de una manera afectada y miserable,

con una astuta ladrona inglesa afrancesada.

Esta inglesa, naturalizada parisiense, recomendable por sus buenas

relaciones, íntimamente ligada á las medallas de la Biblioteca y á

los diamantes de la actriz Mars, fué después célebre en los anales

judiciarios. Llamábanla _la señorita Miss_.

Los dos niños que, por decirlo así, cayeron en suerte á la Magnon, no

tuvieron de qué quejarse.

Recomendados por los diez y seis duros, estaban cuidados como todo lo

que es explotado; no estaban mal vestidos ni mal alimentados; se les

trataba como á unos «señoritos», mejor por su falsa madre que por la

verdadera.

La Magnon se hacía la señora, y no hablaba en germanía delante de ellos.

Así pasaron algunos años.

Thénardier auguraba bien.

Un día que la Magnon le entregaba sus diez francos mensuales, le dijo:

--Será preciso que «el padre» les dé educación.

Pero de repente, aquellos dos pobres niños, bastante protegidos hasta

allí, aun por su mala suerte, fueron lanzados bruscamente en la vida y

obligados á empezar á recorrerla.

Un arresto en masa de malhechores como la de la covacha de Jondrette,

que necesariamente había de complicarse con requisitorias y prisiones

ulteriores, es un verdadero desastre para esa horrible contra-sociedad

oculta, que vive bajo la sociedad pública; una aventura de ese género

arrastra tras sí toda clase de derrumbamientos en ese mundo sombrío.

La catástrofe de los Thénardier produjo la catástrofe de la Magnon.

Un día, poco tiempo después que la Magnon hubo dado á Eponina el

billete relativo á la calle Plumet, se verificó en la calle Clocheperce

una repentina visita de la policía; la Magnon fué presa, lo mismo que

la señorita Miss, y toda la vecindad, que era sospechosa, tuvo que

pasar por la redada.

Los dos chiquitines estaban jugando en aquel momento en un patio, y no

vieron nada de la catástrofe.

Cuando volvieron hallaron la puerta cerrada y la casa vacía.

Un zapatero de un portal de enfrente les llamó, y les dió un papel que

su «madre» había dejado para ellos.

En el papel había escritas unas señas: Barge, recaudador de rentas,

calle del Rey de Sicilia, número 8.

El hombre del portal les dijo:

--Ya no vivís ahí. Id allá. Está muy cerca. La primera calle á la

izquierda. Preguntad el camino con este papel.

Los chicos se fueron, el mayor conduciendo al menor, y llevando el

papel que debía guiarlos en la mano. Tenía frío; sus deditos hinchados

se cerraban mal, y apenas sostenían el papel.

Al dar la vuelta de la calle Clocheperce, se lo arrancó una ráfaga de

viento, y como caía la noche, el chiquillo no pudo encontrarle.

Comenzaron, por lo tanto, á vagar al azar por las calles.

II

=Donde el pequeño Gavroche saca partido de Napoleón el Grande=

La primavera en París suele ser interrumpida por brisas ásperas y

rudas, que le dejan á uno, no precisamente helado, pero sí aterido de

frío; estas brisas, que entristecen los más hermosos días, causan el

mismo efecto que aquellos soplos de aire glacial que penetran en un

cuarto templado, por las rendijas de las ventanas ó por las puertas mal

cerradas.

Parece que la sombría puerta del invierno se ha quedado entreabierta, y

deja penetrar el aire.

En la primavera de 1832, época en que apareció la primera gran epidemia

de este siglo en Europa, aquellas brisas fueron más acres y punzantes

que nunca; era que estaba medio abierta una puerta más fría aún que la

del invierno; era la puerta del sepulcro.

Sentíase en las tales brisas el aliento del cólera.

Bajo el punto de vista meteorológico, estos vientos fríos tenían de

particular que no excluían una fuerte tensión eléctrica; y estallaron

en aquella época frecuentes tempestades acompañadas de relámpagos y

truenos.

Una tarde en que estas brisas soplaban rudamente, de modo que parecía

haber vuelto el mes de enero, y las gentes se habían vuelto á poner los

abrigos, el niño Gavroche, temblando siempre alegremente de frío bajo

sus harapos, estaba de pie y como en éxtasis delante de una peluquería

de los alrededores del Olmo de San Gervasio.

Llevaba un pañuelo de lana de mujer, sacado de no sabemos dónde, el

cual había habilitado de tapa-bocas; parecía que estaba admirando

profundamente una figura de cera escotada y adornada con flores de

azahar, que daba vueltas en el escaparate, mostrando su sonrisa á los

transeúntes entre dos quinqués; pero en realidad observaba la tienda

para ver si podía «birlar» del escaparate una pastilla de jabón, que

iría á vender enseguida por dos sueldos á un «peluquero» de las afueras.

Muchos días almorzaba con una de aquellas pastillas, y llamaba á este

género de trabajo, para el cual tenía cierto talento, «hacer la barba á

los barberos».

Contemplando, pues, la novia de cera y flechando á la vez la pastilla,

decía entre dientes:

--Martes. No es martes. ¿Es acaso martes? Quizá es martes. Sí, martes

es.

Nunca se ha sabido á qué se refería este monólogo.

Si por casualidad se refería á la última vez que había comido, hacía ya

tres días, porque era viernes.

El barbero en su tienda, templada por una buena chimenea, afeitaba á

un parroquiano, y dirigía de cuando en cuando una mirada de soslayo á

aquel enemigo, á aquel pilluelo helado y descarado que tenía las dos

manos en los bolsillos, pero el espíritu evidentemente desenvainado.

Mientras que Gavroche examinaba la figura, el escaparate y los jabones

de Windsor, dos niños, de estatura desigual, vestidos con esmero y

menores que él, uno como de siete años, y otro de cinco, hicieron

girar tímidamente el picaporte y entraron en la tienda pidiendo algo,

una limosna quizá, con un murmullo lastimero, que parecía más bien un

gemido que una súplica.

Hablaban ambos á la vez, y sus palabras eran ininteligibles, porque los

sollozos ahogaban la voz del menor, y el frío hacía temblar los dientes

del mayor.

El barbero se volvió con rostro airado, y sin abandonar la navaja,

empujando al mayor con la mano izquierda, y al pequeño con la rodilla,

los echó á la calle y cerró la puerta, diciendo:

--¡Venir á enfriarnos para nada!

Los dos niños volvieron á emprender su marcha llorando.

Á todo esto había sobrevenido una nube, y comenzaba á llover.

Gavrochillo, corrió detrás de ellos, les alcanzó, y les dijo:

--¿Qué os pasa, muchachos?

--No sabemos dónde dormir,--respondió el mayor.

--¿Y es eso todo? ¡Vaya una gran cosa! ¿Y lloras por eso? ¡Tontuelos!

Y tomando, á través de su superioridad algo burlona, cierto acento de

tierna autoridad y dulce protección, añadió:

--Monigotes, veníos conmigo.

--Sí, señor,--prorrumpió el mayor.

Y los dos niños le siguieron, como hubieran podido seguir á un

arzobispo, dejando de llorar.

Gavroche les hizo subir por la calle de San Antonio en dirección de la

Bastilla.

Y al tiempo que se alejaba, dirigió una mirada indignada y

retrospectiva á la peluquería.

--No tiene corazón ese bacalao,--murmuró;--es un inglesote.

Una muchacha, que vió marchar á los tres en fila y Gavroche á la

cabeza, soltó una ruidosa carcajada.

Esta risa era una falta de respeto al grupo.

--Buenos días, señorita Ómnibus,--díjole Gavroche.

Y un instante después, acordándose del peluquero, añadió:

--He equivocado la bestia; no es un bacalao, sino una serpiente.

Peluquero, ya buscaré un herrero y haré que te ponga un cascabel en la

cola.

Aquel peluquero, le había vuelto agresivo, y apostrofó, saltando un

arroyo, á una portera barbuda y digna de encontrar á Fausto en el

Brocken, la cual tenía su escoba en la mano.

--Señora,--le dijo,--¿salís vos con vuestro caballo?

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 19 / 64 段