NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
En la versión de texto sin formatear el texto en cursiva está
encerrado entre guiones bajos (_cursiva_), el texto en negritas está
marcado =así=, el texto en Versalitas está marcado en MAYÚSCULAS y un
superíndice (texto en tamaño más pequeño por encima de la línea de
escritura) está indicado por el símbolo ^, de modo que, por ejemplo, ^e
representa al superíndice e.
El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido en
general el de respetar las reglas vigentes de la Real Academia Española
cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector
interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la
Real Academia Española.
En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas
acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el
acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está
en mayúsculas.
El Índice y la lista de ilustraciones han sido reubicados al
principio de la obra.
Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores
tipográficos y de ortografía.
La portada incluida en este libro electrónico fue modificada por el
transcriptor y se concede al dominio público.
El transcriptor quiere expresar su agradecimiento a quienes, con sus
opiniones en el foro del proyecto, ayudaron a resolver algunos puntos
importantes.
Algunas aclaraciones que conviene mencionar:
1) El traductor ha traducido "sous" (vigésima parte de un franco) del
francés a "sueldo", lo cual es correcto, ya que "sueldo", además de
"salario", en español se refiere a moneda, de distinto valor según los
tiempos y países, igual a la vigésima parte de la libra respectiva.
2) En el original, el autor haciendo referencia a la actitud de Javert,
uno de los principales personajes de la obra escribe:
Lo que ocurría en Javert era el Fampoux de una conciencia recta, el
descarrilamiento de un alma, el aplastamiento de una probidad lanzada
irresistiblemente en línea recta y destrozándose contra Dios.
El esmero de un revisor del texto del presente proyecto, permitió
establecer que Fampoux se refiere a un accidente ferroviario que
ocurrió en 1846, debido a un descarrilamiento en una localidad con ese
nombre.
3) En el siglo XIX, fecha en que se tradujo la presente obra, era una
costumbre muy habitual la utilización de los pronombres enclíticos.
Los pronombres enclíticos son los pronombres personales que aparecen
pospuestos cuando se adjuntan al verbo. En el español actual se
adjuntan sólo a los infinitivos, a los gerundios y a los imperativos
afirmativos. Durante la transcripción de esta obra se respetó la
utilización de los pronombres enclíticos independientemente del modo
verbal, salvo en el caso del pretérito indefinido, modo indicativo, del
verbo "ir" (fue). Se prefirió cambiar "fuese" en este modo verbal por
"se fue" porque "fuese" también es la forma de los verbos "ir" y "ser"
en pretérito, modo subjuntivo, y se consideró que esa circunstancia,
producto de una costumbre no fundada en el uso correcto de la lengua,
podría llegar a generar alguna confusión en la interpretación correcta
del texto.
* * * * *
LOS MISERABLES
LOS MISERABLES
POR
VÍCTOR HUGO
_Edición adornada con láminas al cromo y grabados intercalados en el texto_
VERSIÓN ESPAÑOLA
DE
J. A. R.
TOMO II
BARCELONA
Casa Editorial «MAUCCI»
296, CONSEJO DE CIENTO, 296
1897
Establecimiento Tipográfico de
Timoteo Susany.--Valldoncella, 20, Barcelona.
[Illustración]
ÍNDICE
DE LO QUE CONTIENE ESTE SEGUNDO TOMO
=LIBRO SÉPTIMO.=--PATRON-MINETTE
Pág.
I La mina y los mineros 5
II La hondonada 7
III Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse 8
IV Composición de la cuadrilla 10
=LIBRO OCTAVO.=--EL MAL POBRE
I Buscando Mario una joven con sombrero, encuentra
un hombre con gorra 13
II Hallazgo 14
III Cuatro personajes 16
IV Una rosa en la miseria 19
V El ojo de la providencia 25
VI El hombre embrutecido, en su madriguera 27
VII Estrategia y táctica 31
VIII El rayo de luz en la caverna 34
IX Jondrette casi llora 35
X Tarifa de los carruajes de alquiler: dos francos por hora 39
XI Ofertas de servicio de la miseria al dolor 41
XII Solus cum solo, in loco remoto, non cogitabuntur orare
pater noster 48
XIII Donde un agente de policía proporciona dos cachorrillos
á un abogado 50
XIV Jondrette hace sus compras 53
XV Donde volverá á encontrarse la canción sobre música
inglesa de moda en 1832 55
XVI Empleo de la moneda de cinco francos de Mario 58
XVII Las dos sillas de Mario frente á frente 61
XVIII Preocuparse de los fondos oscuros 63
XIX La emboscada 68
XX Se debería empezar siempre por prender á las víctimas 86
XXI El chiquillo que lloraba en la segunda parte 89
CUARTA PARTE
EL IDILIO DE LA CALLE DE PLUMET Y LA EPOPEYA DE
LA CALLE DE SAN DIONISIO
=LIBRO PRIMERO.=--ALGUNAS PÁGINAS DE HISTORIA
I Bien cortado 91
II Mal cosido 96
III Luis Felipe 98
IV Grietas en la base 104
V Hechos de los que sale la historia y que la historia
ignora 111
VI Enjolrás y sus tenientes 121
=LIBRO SEGUNDO.=--EPONINE
I El campo de la Alondra 125
II Formación embrionaria de los crímenes en la incubación de
las cárceles 130
III La aparición del señor Mabeuf 134
IV Aparición de Mario 137
=LIBRO TERCERO.=--LA CASA DE LA CALLE DE PLUMET
I La casa del secreto 141
II Juan Valjean guardia nacional 145
III Foliis ac Frondibus 147
IV Cambio de reja 150
V La rosa descubre que es una máquina de guerra 155
VI Comienza la batalla 158
VII Á tristeza, tristeza y media 161
VIII La cadena 166
=LIBRO CUARTO.=--SOCORROS DE ABAJO QUE PUEDEN SER
SOCORROS DE ARRIBA
I Herida exterior, curación interna 174
II La tía Plutarco se apura mucho para dar la explicación
de un fenómeno 176
=LIBRO QUINTO.=--CUYO FIN NO SE PARECE AL PRINCIPIO
I La soledad y el cuartel en combinación 183
II Miedos de Cosette 185
III Enriquecido con comentarios de la tía Santos 188
IV Un corazón bajo una piedra 190
V Cosette después de la carta 193
VI Los viejos están hechos para ser oportunos 196
=LIBRO SEXTO.=--EL NIÑO GAVROCHE
I Endiabladuras del viento 198
II Donde el pequeño Gavroche saca partida de Napoleón
el Grande 202
III Peripecias de la evasión 221
=LIBRO SÉPTIMO.=--LA GERMANÍA
I Origen 233
II Raíces 239
III Germanía que llora y germanía que ríe 247
IV Los dos deberes: velar y esperar 251
=LIBRO OCTAVO.=--ENCANTOS Y DESOLACIONES
I Plena luz 255
II El aturdimiento de la felicidad completa 260
III Principio de sombra 262
IV Cab: rueda en inglés y ladra en germanía 265
V Cosas de la noche 271
VI Mario retrocede hasta la realidad, llegando á dar las
señas de su casa á Cosette 271
=LIBRO NOVENO.=--¿Á DÓNDE VAN?
I Juan Valjean 287
II Mario 289
III El señor Mabeuf 291
=LIBRO DÉCIMO.=--EL 5 DE JUNIO DE 1832
I El exterior de la cuestión 295
II El fondo de la cuestión 298
III Un entierro: ocasión de renacer 303
IV El hervor de otros tiempos 308
V Originalidad de París 313
=LIBRO DECIMOPRIMERO.=--EL ÁTOMO FRATERNIZANDO CON EL HURACÁN
I Algunas notas aclaratorias acerca de los orígenes de la
poesía de Gavroche, é influencia de un académico en
dicha poesía 316
II Gavroche en marcha 318
III Justa indignación de un peluquero 321
IV El niño se admira del anciano 322
V El anciano 324
VI Reclutas 325
=LIBRO DECIMOSEGUNDO.=--CORINTO
I Historia de Corinto desde su fundación 327
II Alegrías previas 331
III La noche empieza á dominar sobre Grantaire 340
IV Prueba de consuelo hacia la viuda Haucheloup 342
V Los preparativos 346
VI Esperando 347
VII El hombre reclutado en la calle de Billettes 350
VIII Varias preguntas á propósito de un tal Cabuc, que quizá
no se llamaba Cabuc 353
=LIBRO DECIMOTERCERO.=--MARIO ENTRA EN LA SOMBRA
I Desde la calle Plumet al barrio de San Dionisio 357
II París á vista de búho 359
III El último extremo 361
=LIBRO DECIMOCUARTO.=--GRANDEZAS DE LA DESESPERACIÓN
I La bandera: primer acto 367
II La bandera: acto segundo 369
III Más le hubiera valido á Gavroche tomar la carabina
de Enjolrás 371
IV El barril de pólvora 372
V Fin de los versos de Juan Provaire 375
VI La agonía de la muerte después de la agonía de la vida 376
VII Gavroche, profundo calculador de distancias 380
=LIBRO DECIMOQUINTO.=--LA CALLE DEL HOMBRE ARMADO
I Carta canta 383
II El pilluelo enemigo de las luces 390
III Durante el sueño de Cosette y Santos 394
IV El exceso de celo de Gavroche 395
QUINTA PARTE
JUAN VALJEAN
=LIBRO PRIMERO.=--LA GUERRA ENTRE CUATRO PAREDES
I La Caribdis del arrabal de San Antonio, y la Scila del
arrabal del Temple 400
II Qué se ha de hacer en el abismo sino hablar 407
III Luz y sombra 410
IV Cinco de menos y uno más 412
V ¡El horizonte que se descubre desde lo alto de la
barricada! 417
VI Mario rudo y Javert lacónico 421
VII La situación se agrava 423
VIII La artillería se va poniendo seria 426
IX Empleo de aquel talento de cazador furtivo y de aquella
puntería infalible, que influyó en la condena de 1796 429
X Aurora 430
XI Un tiro que no deja de ser certero ni mata á nadie 433
XII El desorden partidario del orden 434
XIII Luces que pasan 437
XIV Donde se leerá el nombre de la querida de Enjolrás 439
XV Gavroche fuera 441
XVI De cómo un hermano puede trocarse en padre 448
XVII Mortuus pater, filium expectat 451
XVIII El buitre convertido en presa 452
XIX Venganza de Juan Valjean 456
XX Los muertos tienen razón y los vivos no se equivocan 458
XXI Los héroes 466
XXII Palmo á palmo 470
XXIII Orestes en ayunas y Pilades borracho 473
XXIV Prisionero 476
=LIBRO SEGUNDO.=--EL INTESTINO DE LEVIATÁN
I La tierra empobrecida por el mar 478
II Historia antigua del alcantarillado 482
III Bruneseau 484
IV Detalles ignorados 487
V Progreso actual 490
VI Progreso futuro 491
=LIBRO TERCERO.=--CIENO Y ALMA
I La cloaca y sus sorpresas 495
II Explicación 500
III El hombre filado 502
IV También lleva su cruz 506
V La arena como la mujer, tiene cierta finura pérfida 509
VI El hundidero 513
VII Á veces se encalla donde se cree desembarcar 514
VIII El jirón de la levita 516
IX Mario produce el efecto de un cadáver á alguien que lo
entiende 521
X La vuelta del hijo pródigo de su vida 524
XI Sacudimiento de lo absoluto 526
XII El abuelo 527
LIBRO CUARTO
I Javert desviado 532
=LIBRO QUINTO.=--ABUELO Y NIETO
I Donde se ve de nuevo el árbol de la plancha de cinc 542
II Deja Mario la guerra civil y se apresta para la guerra
doméstica 545
III Mario ataca 549
IV La señorita Guillenormand acaba por no parecerle mal que
el señor Fauchelvent hubiese entrado con algo bajo
el brazo 552
V Depositad antes el dinero en un bosque cualquiera
que en casa de un notario 556
VI Los dos viejos, cada uno á su modo, hacen
cuanto pueden para que Cosette sea feliz 557
VII Efectos del sueño mezclados á la felicidad 564
VIII Dos hombres imposibles de encontrar 568
=LIBRO SEXTO.=--NOCHE CLARA
I El 16 de febrero de 1833 569
II Juan Valjean continúa con el brazo en cabestrillo 577
III La inseparable 584
IV Immortale jecur 586
=LIBRO SÉPTIMO.=--LA ÚLTIMA GOTA DEL CÁLIZ
I El séptimo círculo y el octavo cielo 590
II Obscuridades que puede contener una revelación 605
=LIBRO OCTAVO.=--DECRECIMIENTO CREPUSCULAR
I El cuarto bajo 611
II Otro paso atrás 615
III Recuerdan el jardín de la calle Plumet 617
IV Atracción y extinción 621
=LIBRO NOVENO.=--SUPREMA SOMBRA, SUPREMA AURORA
I Piedad para los desgraciados, é indulgencia para los
dichosos 622
II Últimas palpitaciones de la lámpara sin aceite 624
III Encuentra pesada una pluma quien pudo levantar la carreta
de Fauchelvent 625
IV Botella de tinta que sólo blanquea 628
V Noche tras de la cual se encuentra el día 643
VI La yerba guarda y la lluvia borra 653
PLANTILLA
Para la colocación de las láminas del tomo 2.º
Traigo una carta para vos señor Mario 20
Era un sobre de papel blanco 190
Inspector Javert,--dijo Juan Valjean 523
Cosette y Mario, ahogados por el llanto 651
LIBRO SÉPTIMO
PATRON-MINETTE
I
=Las minas y los mineros=
Las sociedades humanas tienen todas lo que en los teatros se llama _el
foso_. El suelo social está por lo tanto minado por todas partes, ya
en favor del bien, ya en favor del mal. Estas obras se superponen. Hay
las minas superiores y las minas inferiores. Hay un alto y un bajo en
ese obscuro subsuelo que se abre á veces bajo la civilización, y que
nuestra indiferencia y dejadez huellan á cada paso. La Enciclopedia del
siglo último era una mina casi á cielo abierto.
Las tinieblas, esas sombrías incubadoras del cristianismo primitivo,
sólo esperaban una ocasión para explotar en tiempo de los Césares, y
para inundar de luz al género humano. Porque en las tinieblas sagradas
hay luz latente. Los volcanes están llenos de una sombra capaz de
arrojar llamas. Toda lava comienza por ser noche. Las catacumbas, donde
se dijo la primera misa, no eran sólo la cueva de Roma, sino que eran á
la vez el subterráneo del mundo.
Hay bajo el edificio social, la complicada maravilla de los sótanos
de todo edificio grande, excavaciones de todas clases. Hay la mina
religiosa, la mina filosófica, la mina política, la mina económica y la
mina revolucionaria. Unos cavan con las ideas, otros con las cifras,
otros con la cólera. Se llaman y se responden desde una catacumba
á otra. Las utopías caminan por bajo tierra en las galerías, y se
ramifican en todos sentidos. Encuéntranse á veces y fraternizan. Juan
Jacobo presta su piqueta á Diógenes, quien á su vez le presta su
linterna. Algunas veces luchan. Calvino anda á la greña con Socino.
Pero nada detiene ni interrumpe la tensión de todas esas energías hacia
su fin, ni la vasta actividad simultánea que va y viene, sube, baja, y
vuelve á subir en aquellas obscuridades, y que transforma lentamente lo
superior desde abajo, y lo exterior desde dentro; inmenso hormiguero
desconocido. La sociedad apenas sospecha esta excavación, que le deja
la superficie y le cambia las entrañas. Tantos pisos subterráneos
suponen otros tantos trabajos diferentes, otras tantas extracciones
diversas. ¿Qué sale de todas esas profundas simas? El porvenir.
Cuanto más se ahonda, más misteriosos resultan los trabajadores. El
trabajo es bueno hasta el grado que el filósofo social sabe conocer.
Más allá de este grado es dudoso y mixto; más abajo llega á ser
terrible. Á cierta profundidad, las excavaciones no son ya penetrables
al espíritu de civilización; el límite respirable del hombre está
traspasado, y es posible pues, que sea aquello un principio de
monstruos.
La escala descendente es extraña; cada uno de sus escalones corresponde
á un piso en que la filosofía puede racionalmente asentar todavía el
pie, y donde se encuentra alguno de esos obreros, á veces divinos,
otras deformes. Más abajo de Juan Huss, se encuentra á Lutero; más
abajo de Lutero, está Descartes; después de Descartes, está Voltaire;
después de Voltaire, está Condorcet; después de Condorcet, se encuentra
Robespierre; más abajo de Robespierre, Marat; más abajo de Marat,
está Babeuf. Y así va siguiendo. Más abajo todavía, en los límites
que separan lo indistinto de lo invisible, se divisan confusamente
otros hombres sombríos, que acaso no existen todavía. Los de ayer son
espectros; los de mañana larvas. La vista del espíritu los distingue
vagamente. El trabajo embrionario del porvenir es una de las visiones
del filósofo.
¡Un mundo en el limbo, en el estado de feto! ¡Qué bosquejo más raro!
Saint Simón, Owen, Fourier, se hallan allí también en cavidades
laterales.
Realmente, aunque cierto encadenamiento divino, invisible, une entre
sí, y sin ellos mismos saberlo, á todos esos mineros subterráneos que
casi siempre se creen aislados, y no lo están, sus trabajos son muy
diversos, y la luz de los unos contrasta con las llamaradas de los
otros. Los unos son paradisíacos, los otros trágicos. Sin embargo,
sea el que quiera el contraste, todos estos trabajadores, desde el
más brillante al más obscuro, desde el más sabio al más loco, tienen
una semejanza, y es: el desprendimiento. Marat se olvida á sí mismo
como Jesús. Prescinden de sí propios, abandonan su individualidad,
no piensan en ellos; ven otra cosa antes que á sí mismos. Tienen una
mirada, y esa mirada busca lo absoluto. El primero tiene todo el cielo
en los ojos; el último, por enigmático que sea, tiene también en sus
pupilas la pálida claridad del infinito. Venerad, haga lo que haga, á
quienquiera que tiene por signo la pupila estrella.
La pupila sombra es el otro signo.
En ella empieza el mal. Ante quien no tenga mirada, meditad y
estremeceos. El orden social tiene también sus mineros negros.
Hay un punto donde el ahondar es enterrarse, y donde se apaga la luz.
Por debajo de todas esas minas que acabamos de indicar, más abajo de
todas esas galerías, más abajo de todo ese inmenso sistema venoso
subterráneo del progreso y de la utopía, mucho más tierra adentro, más
bajo que Marat, más bajo que Babeuf, más bajo, muchísimo más bajo, y
sin relación ninguna con los pisos superiores, está la última cavidad.
Lugar formidable. Es lo que hemos designado con el nombre de foso
de teatro. Es la fosa de las tinieblas. Es la cueva de los ciegos.
_Inferi._
Ésta comunica con los abismos.
II
=La hondonada=
Allí el desinterés desaparece. El demonio se bosqueja vagamente; cada
cual para sí. El yo sin ojos aúlla, busca, tantea y corroe. El Ugolino
social se halla en ese abismo.
Las sombras esquivas que vagan por esa mina, medio brutos y medio
fantasmas, no se ocupan en el progreso universal; ignoran la idea y
la palabra; no se cuidan más que de la voracidad individual. Casi son
inconscientes, y hay en su interior una especie de descomposición
aterradora. Tienen dos madres, madrastra una y otra: la ignorancia y la
miseria. Tienen un guía, la necesidad; y para todas las formas de la
satisfacción, el apetito. Son brutalmente voraces, es decir, feroces;
no á la manera del tirano, sino á la del tigre. Del sufrimiento
pasan esas larvas al crimen; filiación fatal, engendro vertiginoso,
lógica de la sombra. Lo que se arrastra en el foso social, no es ya
la reclamación ahogada de lo absoluto; es la protesta de la materia.
El hombre se convierte en dragón. Tener hambre y sed es el punto de
partida; ser Satanás, el punto de llegada. De esa cueva sale Lacenaire.
Acabamos de ver ha poco, en el libro cuarto, uno de los compartimientos
de la mina superior, de la gran cavidad política, revolucionaria y
filosófica. Allí, como hemos dicho también, todo es noble, puro, digno
y honrado. Allí ciertamente puede uno engañarse, y se engaña; pero el
error es venerable, porque lleva en sí el heroísmo. El conjunto del
trabajo que allí se realiza, tiene un nombre: el Progreso.
Ha llegado el momento de entrever otras profundidades: las
profundidades repugnantes.
Existe bajo la sociedad, insistimos en ello, y existirá hasta el día en
que sea destruida la ignorancia, la gran caverna del mal.
Esta cueva es la última de todas y la enemiga de todas. Es el odio
sin excepciones. Esta cueva no conoce filósofo ninguno; su cuchillo
jamás ha cortado una pluma. Su negro no tiene relación ninguna con
el negro sublime de la tinta. Nunca los dedos de la noche, que
se crispan bajo aquel techo asfixiante, han hojeado un libro ni
desplegado un periódico. Babeuf es un explotador para Cartouche; Marat
es un aristócrata para Schinderhannes. Esta cueva tiene por fin el
hundimiento general.
General, inclusas las cavidades superiores, á las cuales execra. No
mina solamente, en su horrible hormiguero, el orden social actual;
mina también la filosofía, mina la ciencia, mina el derecho, mina el
pensamiento humano, la civilización, la revolución y el progreso.
Se llama simplemente robo, prostitución, homicidio y asesinato. Es
tinieblas, y quiere el caos. Su bóveda estriba en la ignorancia.
Todas las demás minas, las de arriba, no tienen otro objeto: suprimir
á ésta. Á eso tienden por todos sus órganos á la vez, así por el
mejoramiento de lo real como por la contemplación de lo absoluto,
la filosofía y el progreso. Destruid la cueva Ignorancia, y habréis
destruido el topo Crimen.
Condensemos en pocas palabras una parte de lo que acabamos de escribir.
El único peligro social es la sombra.
Humanidad, es identidad. Todos los hombres son del mismo barro. No
existe diferencia alguna, al menos aquí bajo, en la predestinación. La
misma sombra antes, la misma carne ahora, el mismo polvo después. Pero
la ignorancia, mezclada con la pasta humana, la ennegrece.
Esta miserable negrura penetra en el interior del hombre, y se
convierte allí en el mal.
III
=Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse=
Un cuarteto de bandidos, Claquesous, Gueulemer, Babet y Montparnasse,
gobernaron desde 1830 á 1835 el foso de París.
Gueulemer era un Hércules sin clasificar. Tenía por antro la
alcantarilla del Arche Marión. Tenía seis pies de estatura, pecho de
mármol, piernas de acero, respiración de caverna, torso de coloso, y
cráneo de pájaro.
Creíase ver en él al Hércules Farnesio vestido con pantalón de cutí y
chaqueta de veludillo. Formado de esta manera escultural, Gueulemer
hubiera podido domar monstruos; sin embargo, le pareció mejor y más
corto ser uno de ellos. Frente baja, sienes anchas, menos de cuarenta
años y ya la pata de gallo, el pelo áspero y corto, las mejillas de
cepillo y barba de jabalí: tal era el hombre. Sus músculos solicitaban
el trabajo; su estupidez lo rechazaba. Era una gran fuerza perezosa.
Era asesino por negligencia. Se le suponía criollo. Probablemente había
estado algo en contacto con el mariscal Brune, pues que en 1815 había
sido mozo de cuerda en Avignon. Después de esto, se hizo bandido.
La diafanidad de Babet contrastaba con las carnes de Gueulemer.
Babet era flaco y sabio. Era transparente, pero impenetrable. Veíase la
luz al través de sus huesos, pero no en su pupila. Decía ser químico.
Había sido bufón en casa de Bobêche, y payaso en casa de Bobino. Había
sido cómico en San Mihiel. Era hombre intencionado, muy hablador,
que subrayaba las sonrisas, y entrecomaba los gestos. Su industria
consistía en vender al aire libre bustos de yeso y retratos del jefe
del Estado. Además era sacamuelas. Había exhibido fenómenos en las
ferias, y poseído una barraca con trompeta, y un cartel que decía:
«Babet, artista sacamuelas, miembro de varias academias; hace
experimentos físicos en metales y metaloides, saca los dientes y
extirpa los raigones desahuciados por sus colegas. Precio: una muela,
un franco cincuenta sueldos; dos muelas, dos francos; tres muelas,
dos francos cincuenta. Aprovechar la ocasión». (Este «aprovechar la
ocasión» significaba: Haceos arrancar todas las muelas posibles). Había
sido casado y tenido mujer é hijos; pero no sabía que había sido de la
primera ni de los últimos. Los había perdido como se pierde un pañuelo.
Rarísima excepción en el obscuro mundo á que pertenecía: Babet leía
los periódicos. Un día, al tiempo en que vivía con él su familia en su
barraca ambulante, leyó en el _Mensajero_, que una mujer había dado á
luz un niño suficientemente viable, el cual tenía hocico de ternera, y
exclamó: _¡Qué fortuna! ¡No será mi mujer la que tenga el ingenio de
darme un hijo por el estilo!_
Después lo abandonó todo para «hacer algo en París». Dicho suyo.
¿Quién era Claquesous? Era la noche. Esperaba para presentarse á que el
cielo se cubriera de negro. Por la noche salía de un agujero, adonde
volvía á entrar antes que fuese de día. ¿Dónde estaba su agujero? Nadie
lo sabía.
Siempre en la más completa obscuridad; nunca hablaba á sus cómplices
sino vuelto de espaldas.
¿Se llamaba Claquesous? No. Él solía decir: «Yo me llamo Nadie».
En cuanto aparecía una luz, se ponía una careta. Era ventrílocuo. Babet
decía: _Claquesous es un nocturno á dos voces_. Claquesous era un ser
vago, errante, terrible. No había seguridad de que tuviese nombre,
pues que Claquesous era apodo; no era seguro que tuviese voz, pues
su vientre hablaba por lo regular más que su boca; no era seguro que
tuviese rostro, pues nadie había visto más que su máscara. Desaparecía
como un fantasma, y aparecía como de bajo tierra.
Montparnasse era un ser lúgubre; era casi un niño. Tenía menos de
veinte años, linda cara, labios parecidos á las cerezas, hermoso
cabello negro, y la claridad de la primavera en los ojos; tenía
todos los vicios, y aspiraba á todos los crímenes. La digestión
de lo malo le daba apetito para devorar lo peor. Era el pilluelo
convertido en ladrón, y el ladrón convertido en bandido. Era lindo,
afeminado, gracioso, robusto, blando, feroz. Llevaba el ala del
sombrero levantada hacia la izquierda para dejar bien al descubierto
el mechón de pelo rizado, conforme á la moda de 1829. Vivía de robar
violentamente. Su levita tenía el mejor corte, pero estaba siempre
raída: Era Montparnasse una especie de figurín entregado á la miseria,
y cometiendo homicidios. La causa de todos los atentados de este
adolescente era el deseo de ir bien vestido. La primera griseta que le
había dicho: «Eres guapo», había derramado la mancha de las tinieblas
en su corazón, haciendo un Caín de aquel Abel. Viéndose lindo quiso
ser elegante. Ahora bien; la primera elegancia es la ociosidad; y la
ociosidad del pobre es el crimen. Pocos ladrones eran tan temidos como
Montparnasse. Á los diez y ocho años había ya dejado tras sí algunos
cadáveres. Más de un transeúnte con los brazos extendidos, yacía á la
sombra de este miserable, hundida la cara en un charco de sangre.
Rizado, perfumado, ajustado el talle, con caderas de mujer y busto de
oficial prusiano, objeto de murmullo de admiración de las muchachas
del boulevard, sabiamente anudada la corbata, con una cachiporra en el
bolsillo y una flor en el ojal; tal era este petimetre del sepulcro.
IV
=Composición de la cuadrilla=
Estos cuatro bandidos formaban por sí solos una especie de Proteo, que
serpenteando entre la policía, y procurando librarse de las miradas
indiscretas del jefe Vidocq, «bajo las diversas apariencias del árbol,
llama ó fuente», prestándose unos á otros sus nombres y sus guaridas,
ocultándose en su propia sombra, siendo cajas de secreto y asilos unos
de otros; deshaciéndose de sus personalidades como se quita uno la
nariz postiza en un baile de máscaras; simplificándose á veces hasta el
punto de no ser más que uno; multiplicándose otras hasta el extremo de
que el mismo Coco Lacour los tomaba por una turba.
Estos cuatro hombres no eran cuatro hombres; eran una especie de ladrón
misterioso de cuatro cabezas, trabajando mucho sobre París; componían
el pólipo monstruoso del mal, habitando la cripta de la sociedad.
Gracias á sus ramificaciones y á la red subyacente de sus relaciones,
Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse, tenían la empresa general
de las acechanzas del departamento del Sena. Los inventores de ideas
en este género, los hombres de imaginación tenebrosa se dirigían á
ellos para la ejecución. Se daba á estos cuatro bribones el argumento,
y ellos se encargaban de la representación. Trabajaban en el mismo
escenario. Siempre se hallaban en situación de proporcionar un personal
adecuado y conveniente para todos los atentados que necesitasen ayuda,
y fuesen suficientemente lucrativos. Cuando un crimen tenía necesidad
de brazos se subarrendaban cómplices. Tenían una compañía de actores de
tinieblas á disposición de todas las tragedias de caverna.
Reuníanse generalmente al caer la noche, hora de su despertar, en los
alrededores de la Salpetrière, y allí conferenciaban. Tenían ante sí
doce horas negras y las distribuían.
_Patrón Minette_, tal era el nombre que en la circulación subterránea
se daba á la asociación de aquellos cuatro hombres. En el antiguo
lenguaje popular fantástico, que va borrándose diariamente, _Patrón
Minette_, en francés, significa la madrugada, lo mismo que _entre
perro y lobo_ significa el anochecer. Este apelativo, Patrón Minette,
procedía probablemente de la hora en que concluían su trabajo, pues
que el alba es la hora en que se desvanecen los fantasmas y se separan
los bandidos. Bajo esa razón social, pues, eran conocidos aquellos
cuatro hombres. Cuando el presidente del tribunal de los jurados
visitó á Lacenaire en la cárcel, le habló de una fechoría que éste
negaba: ¿Quién ha hecho esto? le preguntó; Lacenaire dió esta respuesta
enigmática para el magistrado, pero clara para la policía: Tal vez haya
sido Patrón-Minette.
Á veces se adivina toda una obra dramática con sólo la enunciación
de los personajes; lo mismo casi se puede apreciar una banda por la
lista de los bandidos. Véase, puesto que esos nombres sobrenadan en
las memorias especiales, á qué apelativos respondían los principales
afiliados de Patrón Minette.
Panchaud (a) Primaveral, (a) Bigornia.
Brujón, (había toda una dinastía de Brujones de la cual no renunciamos
á decir algo).
Boulatruelle, el caminero que ya conocemos.
Laveuve (La viuda).
Finisterre.
Homero-Hogu, negro.
Mardisior (Malanoche).
Dépêche (Estafeta).
Fauntleroy (a) la Ramilletera.
Glorieux, presidiario cumplido.
Barrecarrosse (Tentecoches) (a) Dupont (señor Delpuente).
La explanada del Sur.
Poussagrive (Lanzatordos).
Carmagnolet (Carmañoleto).
Kruideniers (a) Bizarro.
Mangedentelle (Tragaencaje).
Les-pieds-en-l'air (Volatinero).
Demi liand (Medio ochavo) (a) Millonario.
Etc., etc.
Omitimos otros, y no de los peores. Estos nombres tienen rostros. No
expresan solamente seres, sino especies. Cada uno de estos nombres
corresponde á una variedad de esos deformes hongos de las capas
inferiores de la civilización.
Aquellos seres, poco pródigos de sus caras, no eran de ésos que se ven
pasar por la calle.
De día, cansados de las noches terribles que pasaban, se iban á dormir,
ya á los hornos de yeso, ya á las canteras abandonadas de Montmartre ó
de Montrouge, y á veces á las alcantarillas. Se enterraban.
¿Qué ha sido de esos hombres? Existen siempre; siempre han existido.
Horacio habla de ellos: _Ambubaiarum collegia_, _pharmacopolæ_,
_mendici_, _mimæ_; y mientras sea la sociedad lo que es, serán ellos lo
que son. Bajo el obscuro techo de su cueva renacen continuamente de las
filtraciones sociales. Reaparecen como espectros, siempre idénticos;
solamente que no llevan los mismos nombres, ni se cubren con las mismas
pieles.
Extirpados los individuos, subsiste la tribu.
Tienen siempre las mismas facultades. Del truhán al vago, la raza
se mantiene pura. Adivinan el dinero en los bolsillos, y huelen los
relojes en los chalecos. El oro y la plata tienen para ellos olor. Hay
burgueses sencillos de quienes puede decirse que están predestinados á
ser robados. Estos hombres siguen pacientemente á esos burgueses. Al
paso de un extranjero ó de un provinciano se estremecen como arañas.
Estos hombres, cuando hacia la media noche en algún boulevard desierto
se les descubre ó se los ve, son espantosos. No parecen hombres, sino
formas hechas de bruma viviente. Diríase que generalmente constituyen
cuerpo con las tinieblas, que no se distinguen de éstas, que no tienen
más alma que la sombra, y que sólo momentáneamente, y para vivir por
espacio de algunos minutos con una vida monstruosa, se han desprendido
de la noche.
¿Qué es menester para desvanecer esas larvas? Luz, luz á torrentes.
No hay murciélago que resista el alba.
Iluminad la sociedad en su parte baja.
LIBRO OCTAVO
EL MAL POBRE
I
=Buscando Mario una joven con sombrero, encuentra un hombre con gorra=
Pasóse el verano y después el otoño, y llegó el invierno. Ni el señor
Leblanc ni la joven habían vuelto á poner los pies en el Luxemburgo.
Mario no tenía más que un pensamiento, volver á ver aquel dulce y
adorable rostro; buscábale sin cesar; buscábale en todas partes, pero
no lo encontraba nunca. No era ya Mario el soñador entusiasta, el
hombre resuelto, ardiente y firme, el audaz provocador del destino, el
cerebro amontonaba porvenir sobre porvenir, con la imaginación llena
de planes, de proyectos, de vanidades, de ideas y de voluntades: era
un perro perdido. Cayó en una negra tristeza; todo había concluido.
El trabajo le repugnaba, el paseo le cansaba, la soledad le aburría;
la vasta naturaleza, tan llena para él en otro tiempo de formas, de
irradiaciones, de voces, de consejos, de perspectivas, de horizontes y
de enseñanzas, se presentaba ahora vacía ante sus ojos. Se le figuraba
que todo había desaparecido.
Continuaba pensando, porque no podía hacer otra cosa; pero ya no se
complacía en sus pensamientos; y á todo lo que estos le proponían en
voz baja, respondía él en la sombra: ¿Con qué objeto?
Hacíase á sí mismo frecuentes reproches. ¿Por qué la he seguido? ¡Yo
era tan feliz con solo verla! Me miraba; ¿y no era esto ya una dicha
inmensa? Parecía que me amaba. ¿No era esto todo? ¿Y qué es lo que he
querido tener? No hay nada después de eso. He cometido un absurdo. Ahí
está mi error etc., etc. Courfeyrac, á quien nada confiaba, porque
así era su carácter, pero que adivinaba algo en todo, por ser éste
también su carácter, había empezado felicitándole por su amor, pero
asombrándose por otra parte. Viendo después á Mario sumergido en
aquella melancolía, había concluido por decirle:--Veo que has sido
simplemente un animal. Anda, vente al baile de la Chaumière.
Una vez, confiando en un hermoso sol de septiembre, Mario se había
dejado llevar al baile de Sceaux por Courfeyrac, Bossuet y Grantaire,
creyendo, ¡qué ilusión! que tal vez la encontraría allí. Como era de
esperar, no encontró á quien buscaba. Y sin embargo, aquí se encuentran
todas las mujeres perdidas, murmuraba Grantaire para sí. Mario dejó á
sus amigos en el baile, y se volvió á pie, solo, postrado, febril, con
los ojos turbados y tristes, fijos en la noche, aturdido por el ruido
y el polvo levantado por los alegres carruajes llenos de bulliciosos
cantantes que volvían de la fiesta, y pasaban á su lado, mientras él,
desalentado, aspiraba para refrescar la cabeza, el acre olor de los
nogales del camino.
Dedicóse entonces á vivir más y más solitario, abatido, entregado solo
á su angustia interior, dando vueltas en torno de su dolor como el lobo
en la trampa, buscando en todas partes el ser ausente, embrutecido de
amor.
Otra vez tuvo un encuentro que le produjo un efecto singular. Se había
tropezado en las callejuelas próximas al boulevard de los Inválidos,
con un hombre vestido como un obrero que llevaba encasquetada una
gorra de gran visera, dejando salir algunos mechones de cabellos
blanquísimos. Mario fué sorprendido por la belleza de aquellos cabellos
blancos, y examinó á aquel hombre que andaba á paso lento, y como
absorto en alguna meditación dolorosa; y ¡cosa extraña! creyó reconocer
en él al señor Leblanc; eran sus mismos cabellos, su mismo perfil, en
toda la parte que dejaba la gorra al descubierto; y el mismo aspecto,
solamente más triste. Pero, ¿por qué aquel traje de obrero? ¿Qué quería
aquello decir? ¿Qué significaba semejante disfraz? Mario se quedó
absorto. Cuando volvió en sí, su primer movimiento fué seguir á aquel
hombre; ¿quién sabe si había dado con el rastro de lo que buscaba?
En todo caso, era preciso ver al hombre más de cerca y aclarar aquel
enigma. Pero esta idea se le ocurrió ya demasiado tarde; el hombre
había desaparecido.
Sin duda se había metido por alguna de las calles laterales, y no pudo
alcanzarle. Este encuentro le preocupó algunos días, hasta que se
desvaneció.
Después de todo, se decía, no pasará de ser una semejanza.
II
=Hallazgo=
Mario no había dejado de vivir en la casucha de Cuervo, donde no hacía
caso de nadie.
En aquella época no había ya en dicha casa otros vecinos que él y
aquellos Jondrette por quienes había pagado una vez el alquiler, sin
haber nunca hablado al padre, á la madre ni á las hijas. Los demás
inquilinos se habían mudado, habían muerto ó habían sido echados por
malos pagadores.
Un día de aquel invierno había aparecido el sol poco después del medio
día; pero era el dos de febrero, es decir, el día de la Candelaria, en
que el traicionero sol, precursor de un frío de seis semanas, inspiró á
Mateo Laensberg estos dos versos, que se han hecho justamente clásicos:
Que brille el sol ó que llueva,
se vuelve el oso á la cueva.
Mario acababa de salir de la suya; caía la noche. Era la hora de ir á
comer, porque había tenido necesidad de volver á comer como antes. ¡Oh
debilidad de las pasiones ideales!
Acababa de pasar el umbral de su puerta, que estaba barriendo la tía
Bougón, mientras murmuraba este memorable monólogo:
--¿Qué es lo que está ahora barato? Todo está caro. No hay nada barato
sino las penas. ¡Esto sí que se da de balde! ¡penas del mundo!
Mario subía lentamente por el boulevard hacia la barrera en dirección á
la calle de Santiago. Iba pensativo y cabizbajo.
De repente recibió un empujón entre la bruma; volvióse, y vió dos
muchachas andrajosas, alta y delgada la una, y la otra algo más baja,
que pasaban rápidamente desalentadas, asustadas y en ademán de huir.
Iban en dirección contraria; no le habían visto, y le habían topado al
pasar. Mario distinguió entre el crepúsculo sus figuras lívidas, sus
cabezas despeinadas, sus cabellos esparcidos, sus horribles gorras, sus
sayas andrajosas y sus pies descalzos. La mayor decía en voz baja:
--Los corchetes han venido; por poco me pinzan.
La otra respondió:
--Yo los vi; pero les he chasqueado, chasqueado, chasqueado.
Mario comprendió, al través de esta conversación siniestra, que los
gendarmes ó los agentes de policía habían tratado de prender á estas
dos muchachas, y ellas se habían escapado.
Metiéronse por entre los árboles del boulevard, á espaldas de él,
dibujando por algún tiempo entre la obscuridad una sombra blanquecina
que se iba desvaneciendo.
Mario se detuvo un momento.
Iba ya á continuar su camino, cuando vió en el suelo á sus pies un
paquetito; se bajó y lo cogió. Era una especie de envoltorio, y parecía
contener papeles.
--¡Bueno,--dijo;--se les habrá caído á esas infelices!
Volvió atrás, llamó, pero no las encontró. Creyó que estarían ya lejos;
se metió el paquete en el bolsillo y se fué á comer.
Siguiendo su camino, vió en un lado de la calle Mouffetard un ataúd
de niño, cubierto con un paño negro, colocado sobre tres sillas y
alumbrado por una vela. Las dos muchachas que había visto en el
crepúsculo reaparecieron en su imaginación.
--¡Pobres madres!--pensó.--Hay todavía una cosa más triste que ver
morir á los hijos, y es verlos entregados á mala vida.
Después, estas sombras que distraían su tristeza, abandonaron su
pensamiento y cayó en sus habituales meditaciones. Volvió á pensar en
aquellos seis meses de amor y de felicidad que había pasado al aire
libre y en plena luz, bajo los hermosos árboles del Luxemburgo.
--¡Qué sombría se ha hecho mi existencia!--decía.--Las muchachas se me
aparecen siempre. Pero antes eran ángeles, y ahora son abismos.
III
=Cuatro personajes=
Por la noche, cuando se desnudaba para acostarse, encontró en el
bolsillo de la levita el paquete que había recogido en el boulevard.
Ya no se acordaba. Creyó que sería útil abrirle, ya porque tal vez el
paquete podía contener las señas del domicilio de aquellas muchachas,
si en realidad les pertenecía; ó en otro caso, los indicios necesarios
para restituirselo á la persona que lo había perdido.
Abrió el paquete.
No estaba pegado, y contenía cuatro cartas igualmente abiertas.
Todas tenían dirección.
Las cuatro despedían un olor de tabaco que apestaba.
La primera iba dirigida:
_Á la señora marquesa de Grucheray, plaza frontera á la Cámara de
Diputados. núm_...
Mario se dijo que encontraría probablemente en ella las indicaciones
que buscaba, y que además, no estando cerrada la carta, parecíale que
podía ser leída sin inconveniente.
Estaba concebida en estos términos:
«Señora marquesa:
«La virtud de la clemencia y de la piedad es la que une más
estrechamente la sociedad. Abrid paso á vuestros sentimientos
cristianos, y dirigid una mirada de compasión á este desgraciado
español, víctima de la lealtad y fidelidad á la causa sagrada
de la legitimidad, que ha sellado con su sangre; la cual ha
consagrado su fortuna, todo por defender esta causa, y hoy se
encuentra en la mayor pobreza. No duda que vuestra honorable
persona le concederá un socorro para conservar una existencia
extremadamente penosa para un militar de educación y de honor,
cubierto de heridas; cuenta de antemano con la humanidad que
os anima, y con el interés que la señora marquesa tiene por
una nación tan desdichada. Su súplica no será vana, y su
agradecimiento conservará vuestro encantador recuerdo.
«Tengo el honor de ofrecer mis sentimientos respetuosos, y ser,
señora,
«DON ÁLVAREZ, capitán español de caballería, realista refugiado
en Francia, de camino para su patria, y carece de recursos para
proseguir su viaje».
No se incluía dirección alguna al pie de la firma.
Mario esperó encontrar las señas en la segunda carta, cuyo sobre decía:
_Á la señora condesa de Montvernet, calle Cassette, núm. 9_.
He aquí lo que en ella leyó Mario:
«Señora condesa:
«Os escribe, señora, una desgraciada madre de familia con seis
hijos, el menor de los cuales sólo tiene ocho meses. Yo, enferma
desde mi último parto, abandonada de por mi marido desde hace
cinco meses, no teniendo ningún recurso en el mundo, en la más
horrorosa indigencia.
«Esperando en la señora condesa, tiene el honor de ser, señora,
con profundo respeto,
F. DE BALIZARD».
Mario pasó á la tercera carta, que era, como las precedentes, una
petición. Decía así:
«_Señor Pabourgeot, elector, comerciante en gorras al por mayor,
calle San Dionisio, esquina á la de los Hierros_:
«Me tomo la libertad de dirigiros esta carta para rogaros me concedáis
el favor precioso de vuestras simpatías, y de interesaros por un
literato que ha presentado un drama al Teatro Francés.
«El argumento es histórico, y la acción pasa en Auvernia, en tiempo del
Imperio; creo que el estilo es natural, lacónico y puede tener algún
mérito. Contiene algunos versos cantables en cuatro escenas distintas.
Lo cómico, lo serio y lo imprevisto se mezclan en él con la variedad de
los caracteres, y con un tinte de romanticismo esparcido ligeramente en
toda la intriga, que marcha misteriosamente, caminando de peripecia en
peripecia á un estrepitoso desenlace lleno de efectos.
«Mi fin principal es satisfacer el deseo que anima progresivamente al
hombre de nuestro siglo, es decir, á la moda; esa caprichosa y extraña
veleta que cambia casi á cada viento nuevo.
«Á pesar de estas cualidades, tengo mis temores de que la envidia y el
egoísmo de los autores privilegiados consiga mi exclusión del teatro,
porque no ignoro las amarguras que se hacen beber á los autores noveles.
«Señor Pabourgeot, vuestra justa reputación, como protector ilustrado
de los que se dedican á las letras, me anima á mandaros mi hija, que
os expondrá nuestra situación indigente, sin pan, sin lumbre, en esta
estación de invierno. Deciros que os ruego admitáis la dedicatoria que
deseo haceros de mi drama y de todos los que haga, es probaros cuánto
ambiciono la honra de colocarme bajo vuestra égida, y engalanar mis
escritos con vuestro nombre. Si os dignáis honrarme con la más modesta
ofrenda, me ocuparé pronto en hacer una loa en verso para pagaros mi
tributo de reconocimiento. Esta loa, que trataré de hacer tan perfecta
como me sea posible, os la enviaré antes de insertarse al principio del
drama y de recitarse en la escena.
«Al señor y señora de Pabourgeot, mis homenajes más respetuosos,
«GENFLOT, literato.
«P. S. Aunque no sean más que cuarenta sueldos.
«Perdonad que os envíe mi hija, y que no me presente yo mismo; pero
tristes razones de tocador no me permiten ¡ay de mí! salir de casa...».
Mario abrió por fin la cuarta carta. El sobre era éste: _Al señor
bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas_. Contenía las
siguientes líneas:
«Hombre bienhechor:
«Si os dignáis acompañar á mi hija, veréis una calamidad miserable, y
os enseñaré mis certificados.
«Á la vista de estos documentos, vuestra alma generosa se conmoverá
con un sentimiento de sensible benevolencia, porque los verdaderos
filósofos experimentan siempre vivas emociones.
«Convenid, hombre compasivo, en que es preciso experimentar la
necesidad más cruel, y que es dolorosísimo para alcanzar algún consuelo
atestiguarlo con la autoridad, como si uno no fuese libre para padecer
ó para morir de inanición, esperando que sea socorrida nuestra miseria.
El destino es harto fatal para unos, y demasiado pródigo para otros.
«Espero vuestra visita ó vuestro socorro, si os dignáis darle, y os
ruego que recibáis los sentimientos respetuosos con que se honra
de ser, hombre verdaderamente magnánimo, vuestro muy humilde y muy
obediente servidor,
«P. FABANTOU, artista dramático».
Después de haber leído estas cuatro cartas, no se encontró Mario mucho
más enterado que antes. En primer lugar, ningún firmante ponía su
dirección.
Y luego, parecían provenir de cuatro individuos diferentes: el capitán
Álvarez, la mujer de Balizard, el poeta Genflot, y el artista dramático
Fabantou; pero tenían la particularidad de estar escritas por la misma
mano.
¿Qué se podía deducir de ello sino que procedían todas de la misma
persona?
Por otra parte, y esto hacía más verosímil esta sospecha, las cuatro
tenían el mismo papel grueso y amarillento, las cuatro olían igualmente
á tabaco; y aun cuando se había tratado evidentemente de variar el
estilo, las mismas faltas de ortografía se repetían con tranquilidad
profunda, y el literato Genflot no las cometía menores que el capitán
español.
Esforzarse en adivinar este pequeño misterio, era trabajo inútil. Si
no hubiese sido un hallazgo, habría parecido una burla, y Mario estaba
demasiado triste para recibir bien una broma de la casualidad y para
prestarse al juego que parecía quería entablar con él el empedrado de
la calle. Creía que estaba jugando á la gallina ciega entre las cuatro
cartas que se burlaban de él.
Nada indicaba, por otro lado, que estas cartas perteneciesen á las
muchachas que Mario se había encontrado en el boulevard. Además, eran
evidentemente papelotes sin valor alguno.
Mario las volvió á meter otra vez en su cubierta, las tiró á un rincón,
y se acostó.
Á eso de las siete de la mañana del día siguiente, cuando acababa
de levantarse y desayunarse é iba á ponerse á trabajar, oyó llamar
suavemente á la puerta.
Como nada tenía, nunca quitaba la llave de la cerradura, sino muy raras
veces, cuando estaba ocupado en algún trabajo que corría prisa. Aun
cuando salía, se dejaba la llave siempre en la puerta.--Mirad que os
robarán,--le decía la tía Bougón.--¿Qué?--preguntaba Mario.
Sin embargo, es lo cierto que le robaron un día un par de botas viejas,
con gran satisfacción de la previsora tía Bougón.
Oyóse un segundo golpe tan suave como el primero.
--Adelante,--dijo Mario.
Abrióse la puerta.
--¿Qué se os ofrece, señora Bougón?--dijo Mario sin levantar los ojos
de los libros y manuscritos que tenía encima de la mesa.
Una voz, que no era la de la tía Bougón, respondió:
--Perdonad, caballero...
Era una voz sorda, cascada, ahogada, áspera; una voz de viejo
enronquecida por el aguardiente.
Mario volvió inmediatamente la cabeza, y vió á una joven.
IV
=Una rosa en la miseria=
Una muchacha estaba en pie en el hueco que dejaba la puerta
entreabierta. La claraboya del desván por donde entraba la luz venía
precisamente enfrente de la puerta, é iluminaba aquel rostro con un
resplandor vago. Era una criatura pálida, miserable y descarnada; no
llevaba más que una mala camisa y una peor saya sobre su temblorosa y
helada desnudez. Llevaba por cinturón un bramante; otro le servía para
sujetar el pelo; los hombros puntiagudos, saliéndose de la camisa; una
palidez rubia y linfática, clavículas terrosas, manos amoratadas, boca
entreabierta y desfigurada, con algunos dientes de menos; ojos mates,
atrevidos y bajos, las formas abortadas de una joven, y la mirada de
una vieja corrompida; cincuenta años mezclados con quince; uno de esos
seres que son á la vez débiles y horribles, y que estremecen á quien no
hacen llorar.
Mario se había levantado, y contemplaba con cierto estupor á aquel ser,
casi semejante á las formas de la visión que atraviesa la fantasía en
los sueños.
Lo que era sobre todo doloroso, es que aquella muchacha no había venido
al mundo para ser fea. En su primera infancia debió haber sido bonita.
La gracia de la edad luchaba todavía contra la horrible y prematura
vejez de la disolución y de la pobreza. Un resto de hermosura moría
en aquel rostro de diez y seis años, como ese pálido sol que se apaga
entre tenebrosas nubes durante el alba de un día de invierno.