Al atravesar la del Parque Real sintió la necesidad de desquitarse del

imposible pastelillo de manzana, y gozó el inmenso placer de rasgar en

pleno día los carteles de los espectáculos.

Un poco más allá, viendo pasar un grupo de individuos bien puestos,

que le parecieron propietarios, se encogió de hombros, y escupió esta

bocanada de bilis filosófica:

--¡Esos rentistas, qué gordos están! ¡Cómo se regalan con los buenos

bocados! ¡Preguntadles qué hacen de su dinero! No lo saben. ¡Se lo

comen! ¡Y qué! ¡Todo para el vientre!

II

=Gavroche en marcha=

La agitación de una pistola sin gatillo ostentada en la mano en plena

calle y á mitad del día, es una función pública tal, que Gavroche

sentía crecer su verbosidad á cada paso.

Gritaba, entre algunos trozos de la Marsellesa que iba cantando:

--Todo va bien. Me duele mucho la pata izquierda; me he roto la crisma,

pero estoy contento, ciudadanos. Los burgueses no tienen qué hacer

sino agarrarse bien; voy á echarles unas coplas subversivas. ¿Qué son

los soplones? Gatos. ¡Por vida de Cris! No faltemos al respeto á los

gatos. Ya quisiera yo tener uno chiquitín para mi pistola. Vengo de los

boulevares, amigos míos, y se va calentando la cosa; ya cuece un poco,

ya hierve. Ya es tiempo de espumar el puchero. ¡Adelante, hombres! ¡Que

la sangre impura inunde los surcos! Yo doy mi vida por la patria, y ya

no volveré á ver á mi querida, no, no, ni, ni, ya concluí, chichí; pero

me es igual. ¡Viva la alegría! ¡Luchemos, caramba! Estoy ya cansado de

despotismo.

En aquel momento, el caballo de un guardia nacional de lanceros que

pasaba á su lado cayó al suelo.

Gavroche puso su pistola en tierra, levantó al jinete y después ayudó á

levantar el caballo. Enseguida cogió la pistola, y continuó su camino.

En la calle de Thorigny todo era paz y silencio. Esta apatía, propia

del Marais formaba contraste con el inmenso rumor que la rodeaba.

En el escaño de una puerta estaban charlando cuatro comadres.

La Escocia tiene tercetos de hechiceras, pero París tiene cuartetos de

comadres, y el «tú serás rey» sería tan lúgubre dicho á Bonaparte en la

encrucijada Baudoyer, como á Macbeth en la selva de Armuyr; sería, poco

más ó menos, el mismo graznido.

Las comadres de la calle Thorigny sólo se cuidaban de sus asuntos.

Eran tres porteras, y una trapera con cesto y su gancho.

De pie como estaban, parecían las cuatro esquinas de la vejez, que son:

la caducidad, la decrepitud, la ruina y la tristeza.

La trapera era humilde. En ese mundo al aire libre, la trapera saluda y

la portera protege.

Esto depende de la calidad de la basura, según quieren las porteras que

sea aprovechable ó inútil, al antojo de quien la amontona. Hasta en el

barrido puede haber bondad.

Esta trapera era un cesto agradecido, y se sonreía, ¡con qué sonrisa!

hablando con las tres porteras.

Decían cosas como éstas:

--¡Ah! ¡vuestro gato sigue siendo tan malo!

--¡Dios mío! Ya sabéis que los gatos son naturalmente enemigos de los

perros; y los perros son los que se quejan.

--Y las gentes también.

--Sin embargo, las pulgas de los gatos no pasan á las personas.

--Y además, los perros son peligrosos. Me acuerdo de un año en que

había tantos, que lo pusieron en los periódicos. Era cuando había en

las Tullerías unos borregos grandes que tiraban del cochecito del rey

de Roma: ¿Os acordáis del rey de Roma?

--Yo quería más al duque de Burdeos.

--Pues yo he conocido á Luis XVI, y prefiero á Luis XVII.

--¡Lo que está caro es la carne, señá Patagona!

--¡Oh! No me habléis de eso; son un horror los carniceros; un horror

espantoso. No venden más que piltrafas.

En esto intervino la trapera, diciendo:

--Señoras, el comercio está paralizado. Los montones de basura están

consumidos. No se tira nada; todo se come.

--Otros hay más pobres que vos, tía Vargulema.

--Sí, es verdad,--respondió la trapera con deferencia;--yo tengo una

profesión.

Hubo una pausa, y la trapera cediendo á esa necesidad de hablar que

reside en la misma naturaleza del hombre, añadió:

--Al volver á mi casa por la mañana desocupo la cesta, hago mi

reparación (separación probablemente), y formo montoncitos en mi

cuarto. Pongo los trapos en un canastillo, los tronchos en el barreño,

las tiras de tela en mi baúl, las de paño en mi cómoda, los papeles

viejos en el ángulo de la ventana, lo que se puede comer en una

cazuela, los pedazos de vidrio en la chimenea, los zapatos detrás de la

puerta, y los huesos debajo de la cama.

Gavroche, que se había parado detrás, estaba escuchando.

--Viejas,--les dijo,--¿qué tenéis que hablar de política?

El pilluelo recibió por respuesta la andanada de un sofión cuádruple.

--¡Vaya otro bribón!

--¿Qué es lo que lleva en la mano? ¡Una pistola!

--¡Miren el andrajoso galopín!

--Éstos no están tranquilos mientras no derriban la autoridad.

Gavroche desdeñándolas, se limitó por toda represalia á hacerles un

gesto, levantando la punta de la nariz con el dedo pulgar y abriendo

enteramente la mano.

La trapera gritó:

--¡Anda, pillete sin zapatos!

La que respondía al nombre de señá Patagona chocó ambas manos

escandalizada.

--Va á haber desgracias; de seguro. El galopín de al lado, que lleva

perilla, sale todos los días del brazo con una mozuela de gorro de

color de rosa, y hoy le he visto pasar dando el brazo á un fusil. La

señá Bacheux dice que la semana pasada hubo una revolución en... en...

en... ¡dónde está el becerro!... en Pontoise, y luego, ¡le veis ahí

con su pistola, á ese grandísimo tuno! Parece, según dicen, que en

los Celestinos está todo lleno de cañones. ¿Qué queréis que haga el

gobierno con esos haraganes que no saben qué inventar para revolver el

mundo, cuando empezaba á estar un poco tranquilo, después de todas las

desgracias que pasaron? ¡Santo Dios, yo que me acuerdo de aquella pobre

reina, á quien vi llevar en una carreta! Y todo eso, por supuesto, va á

ser causa de que se suba el rapé. ¡Es una infamia! Ten por seguro que

iré á verte guillotinar, malvado, tunantón.

--Te se cae algo, mi buena vieja, suénate,--dijo Gavroche.--Suénate ese

promontorio.

Y siguió adelante.

Cuando estaba ya en la calle Pavée, vínole á las mientes la trapera, y

empezó este monólogo:

--Haces mal en insultar á los revolucionarios, tía Pincha trapos porque

esta pistola sirve á tus intereses, sirve para que tengas en el cesto

buenas cosas que comer.

De repente oyó un ruido detrás de sí: era la portera Patagona que lo

había seguido, y que desde lejos le enseñaba el puño, gritando:

--¡Eres hijo de la Inclusa!

--¡Bah!--dijo Gavroche,--dejadme reir. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

Poco después pasó por delante del hotel Lamoignon, y allí hizo esta

llamada:

--¡En marcha para la batalla!

Pero le sobrecogió un acceso de melancolía; miró su pistola con cierto

aire de reconvención parecido al enternecimiento, diciendo:

--Yo parto, pero tu tiro no partirá.

Un gatillo puede distraer de otro. Al mismo tiempo acertó á cruzar de

una puerta á otra un gato pequeño y flaquísimo, que se le marcaban

todas las costillas.

Gavroche tuvo lástima, y le dijo:

--¡Pobre minino, te has zampado todo un barril, que te se ven los aros!

Después se dirigió hacia el Olmo de San Gervasio.

III

=Justa indignación de un peluquero=

El digno peluquero que había echado de su tienda á los chiquillos á

quienes Gavroche había abierto el vientre paternal del elefante, estaba

en aquel momento afeitando á un antiguo soldado legionario que había

servido en tiempos del Imperio.

Estaban charlando. El peluquero había hablado naturalmente al veterano

del motín, después del general Lamarque, y de Lamarque había pasado á

hablar del emperador; de lo cual resultó una conversación de barbero á

soldado, que Prudhomme, si hubiera estado presente, habría enriquecido

con arabescos, y titulado: _Diálogo entre la navaja y el sable_.

--Señor mío,--decía el peluquero,--¿cómo montaba el emperador á caballo?

--Mal. No sabía caer; por esto no cayó nunca.

--¿Tenía buenos caballos? ¡Debía tener buenos caballos!

--El día en que me dió la cruz, me fijé en su cabalgadura. Era una

yegua corredora, enteramente blanca, con las orejas muy apartadas, la

silla profunda, la cabeza delgada, y marcada con una estrella negra, el

cuello muy largo, las rodillas fuertemente articuladas, las costillas

salientes, el lomo oblicuo, la grupa poderosa. Un poco más de quince

palmos de alta.

--¡Hermoso caballo!--dijo el peluquero.

--Era el favorito de su majestad.

El peluquero comprendió que después de estas palabras era conveniente

un poco de silencio; se calló y dijo luego:

--El emperador sólo fué herido una vez. ¿No es verdad?

El veterano respondió con el acento tranquilo y soberano del hombre que

lo ha visto:

--En el talón, en Ratisbona. Nunca le vi más apuesto que aquel día;

estaba radiante como un sueldo nuevo.

--Y vos, señor veterano, ¿habéis sido herido muchas veces?

--¿Yo?--dijo el soldado.--¡Eh, no es cosa! Recibí en Marengo dos

sablazos en la nuca; en Austerlitz una bala en el brazo derecho; en

Jena otra en la cadera izquierda; en Friedlan un bayonetazo... aquí; en

la moscowa siete ú ocho lanzazos, no importa dónde; en Lutzen un tiro

de obús, que me rompió un dedo... ¡Ah! Y luego en Waterloo un balazo de

cañón en el muslo. Nada más.

--¡Qué hermoso es eso,--exclamó el barbero con acento pindárico,--eso

de morir en el campo de batalla! Yo, palabra de honor, antes que morir

en mi cama de enfermedad, lentamente y poco á poco entre drogas,

cataplasmas, jeringas y medicinas, preferiría recibir en el pecho una

bala de cañón.

--¡No tenéis mal gusto!--prorrumpió el soldado.

Apenas acababa de decirlo, cuando resonó en la tienda un horrible

estrépito: había sido roto violentamente en forma de estrella un vidrio

del escaparate.

El peluquero se puso descolorido.

--¡Ay, Dios mío!--exclamó.--¡Ahí está una!

--¿Una qué?

--Una bala de cañón.

--Hela aquí,--dijo el soldado.

Y recogió una cosa que rodaba por el suelo; era un guijarro.

El peluquero corrió hacia el cristal roto, y vió á Gavroche que huía á

escape hacia el mercado de San Juan.

Al pasar por delante de la peluquería, Gavroche, que recordada á los

dos chicos, no pudo resistir el deseo de darle los buenos días, y le

tiró una piedra á los cristales.

--¡Pero no veis!...--exclamó iracundo el peluquero, que de pálido había

pasado á azul.--Éste hace el mal, sólo por hacer mal. ¿Quién le ha

hecho nada á este pilluelo?

IV

=El niño se admira del anciano=

Entre tanto, Gavroche, en el mercado de San Juan, cuyo cuerpo de

guardia había sido desarmado ya, acababa de ser incorporado á un grupo

guiado por Enjolrás, Courfeyrac, Combeferre y Feuilly.

Casi todos iban armados. Bahorel y Juan Prouvaire los habían

encontrado, y engrosaban el grupo.

Enjolrás llevaba una escopeta de caza de dos cañones; Combeferre un

fusil de guardia nacional con el número de la legión, y en la cintura

dos pistolas, que se le veían bajo su levita desabrochada; Juan

Prouvaire, un antiguo mosquete de caballería, y Bahorel una carabina.

Courfeyrac blandía un estoque desenvainado.

Feuilly, con un sable desnudo en la mano, marchaba delante gritando:

«¡Viva Polonia!».

Venían del muelle Morland, sin corbatas, sin sombreros, agitados,

mojados por la lluvia y el relámpago en la mirada.

Gavroche se acercó á ellos tranquilamente.

--¿Adónde vamos?--preguntó.

--Ven,--le dijo Courfeyrac.

Detrás de Feuilly iba, ó por mejor decir, saltaba, Bahorel, como un pez

en el agua del motín.

Llevaba su chaleco carmesí, y soltaba palabras de ésas que todo lo

rompen.

Su chaleco espantó á un transeúnte, que gritó asustado:

--¡He aquí los rojos!

--¡El rojo, los rojos!--replicó Bahorel.--¡Pícaro miedo, ciudadano! Yo

por mí no tiemblo ante una amapola; el gorro encarnado no me inspira

temor alguno; creedme, ciudadano burgués, dejemos el miedo á lo rojo

para los animales cornudos.

Descubrió una esquina en que había un papel de lo más pacífico del

mundo, un permiso para comer huevos, un precepto cuaresmal dirigido por

el arzobispo de París á sus «ovejas».

Bahorel, exclamó:

--¡Ovejas! Buen modo de llamarles gansos.

Y arrancó el cartel de la esquina.

Con este acto se conquistó á Gavroche; quien desde aquel instante se

puso á estudiar á Bahorel.

--Bahorel,--dijo Enjolrás,--haces mal. No deberías haber roto ese

cartel, porque nada tenemos que hacer de él y gastas inútilmente tu

cólera; guarda tu repuesto, porque no debe hacerse nunca fuego fuera de

línea, ni con el alma, ni con el fusil.

--Cada cual sigue sus inclinaciones,--respondió Bahorel;--me choca

esa prosa de obispo, y quiero comer huevos sin que me lo permitan. Tú

tienes tu genio frío que arde; yo me divierto. Y por otra parte, yo no

me gasto, antes bien cobro bríos; si he arrancado este cartel, ¡Hercle!

ha sido para _hacer boca_.

La palabra _Hercle_ chocó á Gavroche, quien buscaba todas las ocasiones

de instruirse, y había simpatizado ya con aquel destripa carteles; por

lo cual le preguntó:

--¿Qué quiere decir _Hercle_?

Bahorel respondió:

--Quiere decir: sacro nombre de perro, en latín.

Estando en esto reconoció Bahorel en una ventana á un joven pálido con

barba negra que los estaba mirando pasar, probablemente un amigo del A

B C, y le gritó:

--¡Pronto, cartuchos! _Para bellum._

--¡Bello hombre! Es verdad,--dijo Gavroche, que ya empezaba á

comprender el latín.

Acompañábales un cortejo tumultuoso compuesto de estudiantes, artistas,

jóvenes afiliados á la Cogurda de Aix, obreros, y hombres de porte,

armados de palos y de bayonetas, algunos, como Combeferre, con pistolas

sujetas en la pretina de los pantalones.

Un viejo que parecía de mucha edad, iba también en el grupo. No llevaba

armas, dábase mucha prisa para no quedarse atrás, é iba al parecer

pensativo.

Gavroche se fijó en él:

--¿Qués eso? (¿qué es eso?)--preguntó á Courfeyrac.

--Un viejo.

Era el señor Mabeuf.

V

=El anciano=

Digamos lo que había pasado.

Enjolrás y sus amigos estaban en el boulevard Bourdon, cerca del

Pósito, en el momento en que los dragones dieron la carga.

Enjolrás, Courfeyrac y Combeferre eran del grupo que había seguido por

la calle Bassompierre gritando: «¡Á las barricadas!».

En la calle Lesdiguieres habían encontrado á un anciano, que iba por

allí, el cual les llamó la atención porque andaba haciendo eses como si

estuviera bebido. Llevaba además el sombrero en la mano, á pesar de que

había estado lloviendo toda la mañana, y aún seguía lloviendo bastante

fuerte.

Courfeyrac reconoció en él al señor Mabeuf, á quien conocía por haber

acompañado muchas veces á Mario á su casa.

Sabiendo las costumbres pacíficas y más que tímidas del antiguo

_obrero_ bibliófilo, y extrañando verle en medio de aquel tumulto, á

dos pasos de las cargas de caballería, casi en medio del fuego, con la

cabeza descubierta, lloviendo, y andando entre las balas, se le había

dirigido, y el bullanguero de veinticinco años tuvo con el octogenario

este diálogo:

--Señor Mabeuf, volveos á casa.

--¿Por qué?

--Porque va á haber jaleo.

--Bueno.

--Sablazos y tiros, señor Mabeuf.

--Bueno.

--Y cañonazos.

--Bueno. ¿Y adónde vais vosotros?

--Á derribar al gobierno.

--Está bien.

Y continuó andando con ellos sin volver á pronunciar otra palabra.

Su paso se había vuelto firme casi de repente; algunos obreros le

habían ofrecido el brazo, y él había rehusado con un movimiento de

cabeza. Iba casi en la primera fila de la columna, teniendo á la vez

los movimientos de un hombre que anda y las apariencias del que duerme.

--¡Vaya un hombre templado!--murmuraban algunos estudiantes.

Corría entre el grupo el rumor de que era un antiguo convencional, un

viejo regicida.

El grupo había tomado por la calle de la Verrerie.

Gavrochillo iba delante cantando su marcha á grito herido, de suerte

que venía á ser como el corneta.

Decía así:

Mira ya salió la luna,

¿Cuándo nos vamos al bosque?

Dice Carlos á Carlota.

Tú tú tú,

Por Chatú.

Sin más que un Dios, un rey, un cuarto y una bota.

Por beber, van de mañana,

Como tomillo y rocío,

Dos mirlos de chirigota.

Sí sí sí,

Por Passy.

Sin más que un Dios, un rey, un cuarto y una bota.

Y á aquellos dos lobeznuelos,

Embriagados como mirlos,

Decía un tigre chacota:

Don don don,

á Meudon.

Con sólo un Dios, un rey, un cuarto y una bota.

Jura el uno y clama el otro,

¿Cuándo nos vamos del bosque?

Carlos pregunta á Carlota.

Tin tin tin,

Por Partin.

Con sólo un Dios, un rey, un cuarto y una bota.

Dirigíanse á San Merry.

VI

=Reclutas=

El grupo crecía á cada instante.

Hacia la calle de Billettes, un hombre de elevada estatura, entrecano,

y en cuyo rostro rudo y atrevido se fijaron Courfeyrac, Enjolrás y

Combeferre, pero á quien nadie conocía, se les unió.

Gavroche, distraído con su canción, sus silbidos y sus gritos, en abrir

la marcha y golpear en las tiendas con la culata de su pistola sin

gatillo, no se fijó en el hombre.

Al pasar por la calle de la Verrerie, y al llegar á la puerta de la

casa de Courfeyrac, dijo éste:

--Me alegro, porque me he olvidado la bolsa, y he perdido el sombrero.

Y separándose del grupo, subió los escalones de cuatro en cuatro,

cogiendo un sombrero viejo y la bolsa. Tomó igualmente un cofre

cuadrado del tamaño de una maleta grande, que estaba oculto entre la

ropa sucia.

Al bajar la escalera le gritó la portera:

--¡Señor de Courfeyrac!

--Portera, ¿cómo os llamáis?--contestó Courfeyrac.

La portera se quedó atónita.

--Ya lo sabéis; soy la portera, y me llamo la tía Veuvain.

--Pues bien; si seguís llamándome señor de Courfeyrac, yo os llamaré

señora de Veuvain. Ahora, hablad: ¿qué hay? ¿qué ocurre?

--Ahí está uno que quiere hablaros.

--¿Quién es?

--No sé.

--¿Dónde está?

--En mi cuarto.

--¡Ah, diablo!--prorrumpió Courfeyrac.

--¡Pero es que está esperando hace más de una hora vuestra

vuelta,--añadió la portera.

Y al mismo tiempo, un muchacho en traje de obrero, pálido, delgado,

pequeño, con manchas rojizas en la piel, vistiendo una blusa agujereada

y un pantalón de pana remendado, que tenía más bien facha de una

mozuela vestida de muchacho que de hombre, salió de la portería y dijo

á Courfeyrac con una voz, que no era por cierto de mujer:

--El señor Mario. ¿Queréis hacerme el favor?...

--No está.

--¿Volverá esta noche?

--Lo ignoro.

Y Courfeyrac añadió:

--Lo que es yo no volveré.

El muchacho le miró fijamente, y le preguntó:

--¿Por qué?

--Porque no.

--¿Adónde vais?

--¿Qué te importa?

--¿Queréis que os lleve ese cofre?

--Voy á las barricadas.

--¿Queréis que os acompañe?

--¡Si quieres tú!...--respondió Courfeyrac.--La calle es libre; las

piedras son de todos.

Y salió corriendo para reunirse otra vez con sus amigos.

Cuando los hubo alcanzado, dió el cofre para que lo llevase á uno de

ellos. Hasta pasado un cuarto de hora no advirtió que el muchacho les

había ido siguiendo.

Una agrupación de aquel género no va precisamente adonde quiere. Ya

hemos dicho que la lleva el viento.

Pasaron más allá de San Merry, encontrándose, sin saber cómo, en la

calle de San Dionisio.

LIBRO DECIMOSEGUNDO

CORINTO

I

=Historia de Corinto desde su fundación=

Los parisienses que, al entrar hoy en la calle Rambuteau por la parte

del Mercado, notan á su derecha, enfrente de la calle Mondetour, una

cestería cuya muestra es un canastillo figurando á Napoleón el Grande

con esta inscripción:

NAPOLEÓN HECHO

TODO DE MIMBRES,

no sospechan quizá las escenas terribles que se verificaron en aquel

sitio apenas hace treinta años.

Allí estaba la calle de la Chanvrerie, que en las antiguas lápidas se

escribía Chanverrerie, y el célebre figón llamado Corinto.

El lector recordará cuanto hemos dicho sobre la barricada construida en

este sitio, y eclipsada después por la de San Merry.

Á aquella famosa barricada de la calle de la Chanvrerie, sumergida hoy

en una profunda obscuridad, es á la que vamos á dar un poco de luz,

refiriendo los pormenores notables que en ella ocurrieron.

Permítasenos recurrir antes, para mayor claridad de nuestra narración,

al medio sencillo que empleamos ya al hablar de Waterloo.

Las personas que quieran representarse de una manera bastante exacta

las manzanas de casas que se elevaban en dicha época cerca del ángulo

de San Eustaquio, al Nordeste del Mercado de París, donde está hoy la

entrada de la calle Rambuteau, no tienen más que figurarse, tocando á

la calle de San Dionisio por el vértice y por la base al Mercado, una

N, cuyos dos palos verticales fueran las calles de la Grande Truanderie

y de la Chanvrerie, y el palo trasversal la calle de la Petite

Truanderie.

La antigua calle Mondetour cortaba los tres palos por los ángulos más

tortuosos.

El cruzamiento laberíntico de estas cuatro calles era tal, que tomaba,

en un espacio de cien toesas cuadradas, entre el Mercado y la calle de

San Dionisio por una parte, y la calle del Cisne y la de Predicadores

por otra, siete manzanas de casas caprichosamente cortadas, de

distintos tamaños, colocadas de través y como al acaso, y separadas

apenas, como los sillares en las canteras, por estrechas distancias.

Decimos estrechas, porque no podemos dar idea más exacta de aquellas

callejuelas obscuras, apretadas, angulosas, flanqueadas de caserones de

ocho pisos.

Estos caserones eran tan decrépitos, que en las calles de la Chanvrerie

y de la Petite Truanderie, las fachadas se apuntalaban con vigas, que

iban de una casa á otra.

La calle era estrecha y el arroyo ancho, de modo que el transeúnte

andaba siempre sobre un suelo mojado, costeando tiendas parecidas á

cuevas, grandes guarda cantones rodeados de aros de hierro, montones

crecientes de basura, puertas de pasadizos armadas de enormes verjas

seculares.

La apertura de la gran calle Rambuteau devastó todo esto.

El nombre Mondetour pinta maravillosamente las sinuosidades de aquellas

calles. Un poco más lejos aparecían mejor expresadas aún por la calle

_Pirouette_, que salía á la calle Mondetour.

El transeúnte que pasaba desde la calle de San Dionisio á la de la

Chanvrerie, la veía estrecharse poco á poco delante de sí, como si

hubiese entrado en un enorme embudo prolongado.

Al final de la calle, que era muy corta, hallaba cerrado el paso del

lado del Mercado por una elevada fila de casas, y creía encontrarse

cortado el paso en callejón sin salida, á no descubrir á derecha é

izquierda dos, al parecer negras zanjas, donde podía escapar. Daban

acceso á la calle Mondetour, la cual iba á unirse por un lado con la de

Predicadores, y por el otro con la del Cisne y la Petite Truanderie.

En el fondo de aquella especie de callejón, y en el ángulo de la

cortadura de la derecha, se veía una casa menos alta que las demás,

formando así como un cabo saliente sobre la calle.

En dicha casa, que no tenía sino dos pisos, estaba instalado, hacía

tres siglos, un ilustre figón, que producía siempre un ruido alegre en

el mismo paraje indicado por el viejo Teófilo en estos versos:

Allí se mece el esqueleto horrible

De un pobre enamorado que se ahorcó.

El sitio era bueno, y los figoneros se sucedían de padres á hijos.

En tiempos de Maturin Regnier, aquel figón se llamaba la _Maceta de

Rosas_, y como los jeroglíficos estaban de moda, tenía por muestra un

poste pintado de color de rosa[7].

Durante el siglo último, el digno Natoire, uno de los maestros

caprichosos desdeñados hoy día por la escuela rígida, habiéndose

achispado muchas veces en aquel figón, en la misma mesa en que se había

emborrachado Regnier, había pintado, en prueba de agradecimiento, un

racimo de uvas de Corinto sobre el poste de color de rosa.

El tabernero, entusiasmado, había cambiado su título, haciendo escribir

en letras doradas al pie del racimo estas palabras: _Á las uvas de

Corinto_. De ahí el nombre de Corinto.

Nada más propio de los borrachos que la elipsis. La elipsis es la

espiral de la frase. Corinto fué poco á poco destronando la Maceta de

Rosas.

El último bodegonero de la dinastía, el tío Hucheloup, ignorando ya la

tradición, había hecho pintar la tabla de azul.

Este bodegón se componía de una sala baja donde estaba el mostrador,

otra encima con el billar, una escalera de caracol que atravesaba el

techo; vino en las mesas, humo en las paredes, y luz artificial al

medio día.

En la sala baja había una escalera con su trampa para bajar á la cueva.

En el segundo piso estaban las habitaciones de los Hucheloup; se subía

á ellas por una escalera, ó más bien escala, y tenía por toda entrada

una puerta de escape en la sala grande del primer piso.

Debajo del tejado había dos grandes desvanes abuhardillados, que eran

los nidos de las criadas.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 31 / 64 段