--¿Cuánto?--preguntó.
--Cuarenta sueldos.
--Á la vuelta pagaré.
El cochero por toda contestación silbó algunas notas de la canción de
la Palisse y aplicó un latigazo al caballo.
Mario vió alejarse al cabriolé, con aire consternado. Por veinte y
cuatro sueldos que le faltaban, perdía su alegría, su felicidad,
su amor, y ¡volvía á caer en las tinieblas! Había visto y quedaba
nuevamente ciego. Pensó amargamente, y preciso es decirlo, con profundo
pesar, en los cinco francos que aquella misma mañana había dado á
aquella miserable muchacha.
Si hubiera tenido sus cinco francos, estaba salvado; renacía, salía
del limbo y de las sombras; salía del aislamiento, del esplín, de la
viudez; reanudaba el negro hilo de su destino á aquel hermoso hilo de
oro que ante sus ojos acababa de flotar y romperse otra vez. Entró de
nuevo desesperado en la casucha.
Habría podido pensar que el señor Leblanc había prometido volver por
la noche; y que sólo de él dependía arreglárselas mejor entonces para
seguirle; pero en su contemplación apenas se había enterado de nada.
En el momento de subir la escalera, divisó al otro lado del boulevard
junto á la desierta pared de la calle de la Barrera de los Gobelinos,
á Jondrette envuelto en el sobretodo del «filántropo», el cual estaba
hablando con uno de esos hombres de figura poco tranquilizadora, á
quienes se ha convenido en llamar _vagos de las afueras_; gentes de
aspecto dudoso, de monólogos sospechosos, que tienen aire de malos
pensamientos, y que duermen comúnmente, de día, lo que hace suponer que
trabajan de noche.
Aquellos dos hombres, hablando inmóviles bajo la nieve que caía á
grandes copos, formaban un grupo, que á un agente de policía le habría
de seguro llamado la atención, pero que Mario apenas lo notó.
Sin embargo, por dolorosa que fuese su preocupación, no pudo menos
de decirse que aquel vago de las afueras con quien hablaba Jondrette
se parecía á un tal Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, que
Courfeyrac le había enseñado una vez, y que pasaba en el barrio por un
paseante nocturno asaz peligroso. Ya hemos visto en el libro precedente
el nombre de este hombre. El tal Panchaud, alias Primaveral, alias
Colmenero, figuró posteriormente en muchas causas criminales, y llegó
á ser un célebre bribón. Entonces no era todavía más que un bribón
famoso; y hoy día existe en estado de tradición entre los bandidos y
ladrones. Á fines del último reinado formaba escuela. Y por la tarde,
al anochecer, á la hora en que se forman grupos y se habla en voz baja,
se hacía mención de él en la Fuerza, en el Foso de los leones. En dicha
cárcel, precisamente en el sitio por donde pasaba bajo el camino de
ronda la alcantarilla, que sirvió para la inaudita fuga á mitad del día
de treinta presos en 1843, se podía leer, encima de los ladrillos de la
atarjea, su nombre, PANCHAUD, audazmente grabado por él en la pared en
una de sus tentativas de evasión.
En 1832 la policía le vigilaba; pero aún no había debutado seriamente.
XI
=Ofertas de servicio de la miseria al dolor=
Mario subió la escalera de la buhardilla á paso lento; cuando iba á
entrar en su celda, vió detrás de él á la hija mayor de Jondrette, que
le seguía. Aquella muchacha resultaba odiosa á sus ojos; ella era quien
tenía sus cinco francos, y era ya demasiado tarde para reclamárselos;
el cabriolé no estaba ya allí, y el coche del señor Leblanc pasaba ya
muy lejos. Además, no se los iba á devolver. En cuanto á preguntarle
por la casa de los que hacía poco habían estado allí, era inútil, pues
evidentemente no lo sabía, toda vez que la carta firmada Fabantou iba
dirigida _al señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas_.
Mario entró en su cuarto, y empujó la puerta tras de sí.
No acababa de cerrarse, y volviéndose vió una mano que mantenía la
puerta entreabierta.
--¿Qué hay?--preguntó.--¿Quién está ahí?
Era la hija de Jondrette.
--¿Sois vos?--repuso Mario con dureza.--¡Otra vez!--¿Qué me queréis?
Ella parecía pensativa y no le miraba. No tenía la misma seguridad
de aquella mañana. No había entrado, y se mantenía en la sombra del
corredor, donde Mario la veía por entre la puerta entreabierta.
--¿Contestáis, ó no?--prorrumpió Mario.--¿Qué es lo que me queréis?
Levantó ella su vista apagada, en la que parecía encenderse vagamente
cierta claridad, y le dijo:
--Señor Mario, parece que estáis triste. ¿Qué es lo que os pasa?
--¡Á mí!--dijo Mario.
--Sí, á vos.
--Nada.
--¡Sí!
--No.
--Yo os digo que sí.
--¡Dejadme en paz!
Mario empujó nuevamente la puerta, pero ella continuó reteniéndola.
--Mirad,--dijo ella,--eso no está bien. Aun cuando no seáis rico,
habéis sido bueno para conmigo esta mañana; sedlo ahora también. Ya que
me habéis dado para comer, decidme lo que os pasa. Que tenéis alguna
pena, eso es bien claro. Yo no quisiera veros apesadumbrado. ¿Qué hay
que hacer para aliviárosla? ¿Puedo yo servir de algo? Disponed de mí.
No os pregunto vuestros secretos; no necesito que me los digáis; pero,
en fin, puedo seros útil. Bien puedo ayudaros, pues ayudo á mi padre.
Cuando es menester llevar cartas, ir á las casas, preguntar de puerta
en puerta, encontrar una dirección, seguir á alguno, yo sirvo para eso.
Pues bien; confiadme lo que tenéis; yo iré á hablar á las personas;
algunas veces con que alguien hable á las personas, basta para que se
sepan las cosas y todo se arregla. Servíos de mí.
Una idea cruzó por la imaginación de Mario. ¿Quién desdeña una rama
cualquiera cuando se siente caer?
Acercóse á la muchacha.
--Oye... le dijo.
Ella le interrumpió con un transporte de alegría en los ojos.
--¡Sí, sí, tuteadme! Prefiero eso.
--Pues bien,--repuso él;--¿tú has traído aquí á ese caballero anciano
con su hija?
--Sí.
--¿Sabes dónde viven?
--No.
--Averígualo.
La mirada de la niña Jondrette, de triste se había vuelto alegre, y de
alegre se tornó sombría.
--¿Es eso lo que queréis?--preguntó ella.
--Sí.
--¿Los conocéis acaso?
--No.
--Es decir,--replicó ella con viveza,--no la conocéis, pero queréis
conocerla.
Aquellos _los_ convertidos en _la_, tenían cierto no sé qué
significativo y amargo.
--En fin; ¿puedes averiguarlo?--dijo Mario.
--Tendréis la dirección de la hermosa señorita.
Había en las palabras «hermosa señorita» un tonillo que molestó á
Mario, el cual replicó:
--¡En fin, no importa! La dirección del padre y de la hija. La
dirección, ¿comprendes?
La muchacha le miró fijamente.
--¿Qué es lo que me vais á dar por ello?
--Todo lo que quieras.
--¿Todo lo que yo quiera?
--Sí.
--Tendréis la dirección.
Bajó la cabeza; y luego, con un movimiento resuelto, tiró de la puerta,
que se cerró.
Mario volvió á quedar solo.
Dejóse caer sobre una silla, la cabeza y los codos apoyados en la cama,
abismado en pensamientos que no podía retener, y como poseído de un
vértigo. Todo lo que había pasado aquella mañana, la aparición del
ángel, su desaparición, lo que aquella muchacha acababa de decirle,
un rayo de esperanza brillando en su inmensa desesperación, todo esto
llenaba confusamente su cerebro.
De pronto le sacaron violentamente de sus meditaciones.
Oyó la voz alta y dura de Jondrette pronunciando estas palabras, que
para él tenían el más extraño interés:
--Te digo que estoy seguro de ello, y que le he conocido.
¿De quién hablaba Jondrette? ¿Á quién había conocido? ¿Al señor
Leblanc, al padre de «su Úrsula»? ¿Acaso Jondrette le conocía? ¿Iba
Mario á tener de aquel modo brusco é inesperado todas las noticias, sin
las cuales su vida era obscura aún para él mismo? ¿Iba á saber, por
fin, á quién amaba? ¿Quién era aquella joven, y quién su padre? ¿Estaba
á punto de iluminarse la espesa sombra que les cubría? ¿Iba á romperse
el velo? ¡Oh cielos!
Saltó, mejor que subió sobre la cómoda, y volvió á su puesto arrimado
al agujero del tabique.
Volvió, pues, á observar el interior de la pocilga de Jondrette.
XII
=Empleo de la moneda de cinco francos del señor Leblanc=
Nada había cambiado en el aspecto de la familia, como no fuese la mujer
y las hijas, que habían sacado del paquete y se habían puesto medias y
camisetas de lana. Dos mantas nuevas estaban tendidas sobre ambas camas.
Jondrette acababa evidentemente de entrar. Estaba agitado todavía como
una especie de sobrealiento producido por el cansancio. Sus hijas
estaban sentadas en el suelo cerca de la chimenea, la mayor curándole
la mano á la menor. Su mujer estaba como acurrucada en la cama
inmediata á la chimenea, como asombrada.
Jondrette paseaba de una á otra parte del desván, á largos pasos, y sus
ojos miraban de una manera extraordinaria.
La mujer, que parecía tímida y como herida de estupor ante su marido,
se atrevió á preguntarle:
--Pero ¿de veras? ¿Estás seguro?
--¡Seguro! ¡Hace ya ocho años! ¡Pero le conozco! ¡Oh, sí, le conozco!
¡Le conocí enseguida! ¡Cómo! ¿No te ha saltado á la vista?
--No.
--Y sin embargo, te dije que fijaras la atención. Pero es su estatura,
su cara, apenas más viejo; hay gentes que no envejecen nunca; no sé
cómo lo hacen; es su mismo eco de voz. Mejor vestido; es la única
diferencia. ¡Ah, viejo misterioso del diablo, ya te tengo!
Se paró, y dijo á sus hijas:
--¡Vosotras, idos de aquí!... Es raro que no te haya saltado á la vista.
Las muchachas se levantaron para obedecer.
La madre balbuceó:
--¿Con su mano mala?
--El aire le será bueno,--dijo Jondrette.--Idos.
Evidentemente aquel hombre era de ésos á quien no se replica. Las dos
muchachas salieron.
En el momento que iban á atravesar el umbral de la puerta, el padre
detuvo á la mayor por el brazo, y dijo con un acento particular:
--Estaréis aquí las dos á las cinco en punto; las dos. Os necesito.
Mario redobló su atención.
Jondrette, solo ya con su mujer, se puso á pasear nuevamente por el
cuarto, dando dos ó tres vueltas en silencio. Después ocupó algunos
minutos en hacer entrar y salir por la cintura del pantalón el faldón
de la camisa de mujer que llevaba puesta.
De pronto volvióse hacia su mujer, se cruzó de brazos, y exclamó:
--¿Quieres que te diga una cosa? La señorita...
--¿Y bien, qué?--repitió la mujer.--¿La señorita?...
Mario no podía dudar; era de ella de quien se hablaba. Escuchaba con
ardiente ansiedad. Toda su vida estaba en sus oídos.
Pero Jondrette se había inclinado y hablado por lo bajo á su mujer.
Luego se levantó, y terminó levantando la voz:
--¡Es ella!
--¿Ésa?--dijo la mujer.
--Ésa,--contestó el marido.
No hay palabra que pueda expresar lo que quería decir aquel ésa de
la madre. Estaban unidos á un tiempo la sorpresa, la rabia, el odio y
la cólera, mezclándose y combinándose en monstruosa entonación.
Habían bastado algunas palabras, el nombre sin duda que su marido
le había dicho al oído, para que aquella mujer gorda y adormecida
despertase de súbito, y de repugnante se volviera espantosa.
--¡Imposible!--exclamó.--Cuando pienso que mis hijas van descalzas,
y que no tienen un mal vestido que ponerse. ¡Cómo se entiende! ¡Una
manteleta de raso, sombrero de terciopelo, borceguíes y todo! ¡Más de
doscientos francos en trapos! ¡Cualquiera creería que es una señora!
¡No, te engañas! En primer lugar, la otra era horrible, y ésta no es
fea; ¡de veras, no es fea! ¡No puede ser ella!
--Te digo que es ella. Ya verás.
Á aquella afirmación tan absoluta, alzó la mujer su ancho, rojo y rubio
semblante, y miró al techo con una expresión deforme. En aquel momento
le pareció á Mario más terrible aún que su marido. Era una marrana con
la mirada de un tigre.
--¡Cómo!--replicó enseguida.--Esa horrible linda señorita que miraba á
mis hijas con aire de lástima, ¿sería aquella miserable holgazana? ¡Oh!
¡Quisiera reventarla á zapatazos!
Saltó de la cama, y permaneció un instante en pie, despeinada, con las
ventanas de la nariz dilatadas, entreabierta la boca, crispados los
puños y echados hacia atrás. Luego se volvió á dejar caer sobre el
lecho.
El hombre iba y venía sin fijar la atención en su hembra.
Después de unos instantes de silencio, se aproximó y detuvo delante de
ella con los brazos cruzados, como lo había hecho poco antes.
--¿Y quieres que te diga otra cosa?
--¿Qué?--preguntó ella.
Jondrette respondió en voz baja y breve:
--Que tengo hecha mi fortuna.
La mujer le miró con esa mirada que quiere decir: «¡Si estará loco el
que habla!».
Él continuó:
--¡Truenos y rayos! Hace ya mucho tiempo, me parece, que soy feligrés
de la parroquia «muérete de hambre si tienes fuego, muérete de frío
si tienes pan». ¡Ya he sufrido bastante miseria; mi carga y la de los
demás! ¡Ya esto no me divierte; ya basta de comedias y de equívocos,
vive Dios! ¡No más farsas, Padre Eterno! ¡Quiero que mi hambre coma y
que mi sed beba! ¡Tragar, dormir, y no hacer nada! ¡Quiero que llegue
mi vez antes de reventar! ¡Vaya! ¡Quiero ser un poco millonario!
Dió la vuelta al cuarto y añadió:
--Como los demás.
--¿Qué quieres decir?--preguntó la mujer.
Sacudió él la cabeza, guiñó los ojos, y levantó la voz como un
charlatán de plazuela que va á hacer una demostración:
--¿Lo que quiero decir? ¡Oye!
--¡Chist!--murmuró la mujer.--¡No tan alto, si son asuntos que no
conviene que los oigan!
--¡Bah! ¿Quién nos ha de oir? ¿El vecino? Acabo de verle salir hace
poco; y además es un gran simplón, que ni oye ni entiende; y luego,
como te digo, le he visto salir.
Sin embargo, por una especie de instinto, Jondrette bajó la voz, pero
no lo bastante para evitar que sus palabras llegasen á oídos de Mario.
Una circunstancia favorable, y que había permitido á Mario no perder
nada de esta conversación, es que la nieve que había caído, amortiguaba
el ruido de los carruajes en el boulevard.
Mario oyó lo siguiente:
--Escúchame. El creso está cogido, ó como si lo estuviera; es cosa
hecha; todo está arreglado. He visto algunos amigos. Él vendrá á las
seis. Traerá sesenta francos. ¡Canalla! ¡Has visto cómo le he embaucado
con los sesenta francos, con el casero, con el 4 de febrero, que no
hace siquiera un trimestre! ¡Qué torpe! Vendrá, pues, á las seis. Á esa
hora el vecino se habrá ido á comer; la tía Bougón estará fregando en
la ciudad; no habrá nadie en toda esta casa. El vecino no vuelve nunca
hasta las once; las chicas estarán de escucha; tú nos ayudarás. Él se
ejecutará sin remedio.
--¿Y si no se ejecuta?--preguntó la mujer.
Jondrette hizo un gesto siniestro, y dijo:
--Nosotros le ejecutaremos.
Y se echó á reir.
Era la primera vez que Mario le veía reir. Aquella risa era fría y
dulce, y hacía estremecer.
Jondrette abrió un armario que estaba cerca de la chimenea, y sacó de
él una gorra vieja, que se puso después de haberla limpiado con la
manga.
--Entretanto,--dijo,--voy á salir. Tengo aún que ver á algunos, de
los buenos. Ya verás cómo esto marcha. Estaré fuera el menor tiempo
posible. Es un buen golpe el que vamos á dar. Guarda la casa.
Y con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, permaneció un
momento pensativo; luego exclamó:
--¿Sabes que ha sido una suerte el que no me haya conocido? Si me
hubiera reconocido, no volvería. ¡Se nos escapaba! Mi barba es la que
nos ha salvado. ¡Mi perilla romántica! ¡Mi linda perilla romántica!
Y se echó á reir otra vez.
Después se acercó á la ventana. Continuaba cayendo nieve, rayando de
blanco el plomizo fondo del cielo.
--¡Qué tiempo tan perro!--exclamó.
Y abrochándose luego el gabán:
--Tiene el pelo muy largo, añadió... Es igual; ha hecho endiabladamente
bien en dejármelo el tunante del viejo. Sin esto no habría podido salir
yo, y todo se lo hubiera llevado la trampa. ¡Qué casualidades tan raras!
Y encasquetándose la gorra hasta los ojos, salió.
Apenas había tenido tiempo de dar algunos pasos fuera, cuando la puerta
se volvió á abrir, y su perfil fiero é inteligente reapareció por la
abertura.
--Se me olvidaba,--dijo.--Ten preparado un brasero encendido.
Y arrojó sobre el delantal de su mujer la moneda de cinco francos que
le había dejado el «filántropo».
--¿Un brasero de carbón?--preguntó la mujer.
--Sí.
--¿Cuánto carbón?
--Una arroba.
--Costará treinta sueldos. Con el resto traeré que comer.
--¡Diablo! no.
--¿Por qué?
--No vayas á gastar el total de los cien sueldos.
--¿Por qué?
--Porque por mi parte tendré que comprar algo.
--¿Qué?
--Algo.
--¿Cuánto necesitarás?
--¿Dónde hay por aquí un quinquillero?
--En la calle Mouffetard.
--¡Ah! Sí, en la esquina de la calle; recuerdo la tienda.
--Pero dime ¿cuánto te hace falta para lo que has de comprar?
--Cincuenta sueldos; tres francos.
--Quedará bien poco para la comida.
--Hoy no se trata de comer, hay algo más importante que hacer.
--Basta, hijo mío.
Con este cariño de su mujer, Jondrette cerró la puerta, y esta vez
Mario oyó alejarse sus pasos por el corredor del casucho y bajar
rápidamente la escalera.
La una daba en aquel instante en San Medardo.
XII
=Solus cum solo, in loco remoto, non cogitabuntur orare pater noster=
Por soñador que fuese Mario, ya hemos dicho que era una naturaleza
firme y enérgica. Los hábitos de recogimiento solitario, desarrollando
en él la simpatía y la compasión, habían disminuido tal vez la facultad
de irritarse; pero habían dejado intacta la facultad de indignarse.
Tenía la benevolencia de un bracmán y la severidad de un juez; se
apiadaba de un sapo, pero aplastaba las víboras. Ahora bien; su
mirada había penetrado en un agujero de víboras; era aquél un nido de
monstruos que tenía á la vista.
--¡Es preciso aplastar á esos miserables!--dijo.
Ninguno de los enigmas que esperaba ver disiparse se había aclarado: al
contrario, casi todos se habían obscurecido aún más tal vez. Nada más
sabía sobre la hermosa joven del Luxemburgo, ni sobre el hombre á quien
llamaba el señor Leblanc, sino que Jondrette los conocía. Al través de
las tenebrosas palabras que había oído, sólo entreveía una cosa clara,
y era que se preparaba una emboscada obscura, pero terrible; que los
dos corrían un peligro, la joven probablemente, y el padre de seguro;
que era menester salvarlos; que era preciso burlar las espantosas
combinaciones de los Jondrette y romper la tela de aquellas arañas.
Observó un momento á la mujer de Jondrette. Había sacado de un rincón
un hornillo viejo de palastro y andaba revolviendo en una espuerta de
hierro viejo.
Bajóse de la cómoda lo más suavemente que pudo, procurando no hacer el
menor ruido.
Entre su miedo por lo que se preparaba, y el horror que los Jondrette
le habían causado, sentía una especie de alegría con la idea de que le
sería dado prestar un gran servicio á la que amaba.
¿Pero qué hacer? ¿Advertir á las personas amenazadas? ¿Dónde
encontrarlas? No sabía su domicilio. Habían reaparecido un instante á
sus ojos, y vuéltose á hundir después en las inmensas profundidades de
París. ¿Esperar al señor Leblanc á la puerta por la noche, á las seis,
en el momento en que llegase, y prevenirle del lazo?
Pero Jondrette y su gente le verían espiar; el sitio estaba desierto:
serían más fuertes que él; no les faltarían medios de cogerle ó de
alejarle, y aquél á quien Mario pretendía salvar quedaría perdido.
Acababa de dar la una; la emboscada no debía verificarse hasta las
seis. Mario tenía cinco horas de que disponer.
No había que hacer más que una cosa.
Púsose su frac presentable, atóse un pañuelo al cuello, cogió el
sombrero y salió, sin hacer más ruido que si hubiese caminado sobre
musgo con los pies descalzos.
Entretanto la mujer de Jondrette continuaba revolviendo en su hierro
viejo.
Ya fuera de la casa, siguió hasta la calle del Petit-Banquier.
Al estar como á la mitad de esta calle, junto á una tapia muy baja, que
se podía saltar en ciertos puntos, la cual daba á un terreno erial,
caminaba lentamente y pensativo; la nieve amortiguaba el ruido de sus
pasos. De repente oyó voces que hablaban muy cerca de él. Volvió la
cabeza; la calle estaba desierta; no se veía á nadie siendo la hora más
clara del día, y sin embargo, se oían distintamente dos voces.
Ocurriósele mirar por encima de la pared que iba siguiendo.
Había allí en efecto, dos hombres arrimados á la tapia, sentados en la
nieve, y hablando por lo bajo.
Aquellas dos figuras le eran desconocidas; el uno era un hombre barbudo
con blusa, y el otro un hombre cabelludo y harapiento.
El barbudo llevaba un gorro griego, el otro la cabeza descubierta y
nieve en los cabellos.
Alargando la cabeza por encima de ellos, Mario podía oir.
El cabelludo empujaba al otro con el codo, diciéndole:
--Con Patrón-Minette la cosa no puede fallar.
--¿Lo crees así?--dijo el barbudo.
Y el cabelludo replicó:
--Siempre dará para cada uno un lote de quinientos bultos, y lo peor
que pueda suceder: ¡cinco años, seis, diez á lo más!
El otro contestó con cierta vacilación, y tiritando bajo su gorro
griego:
--Eso es cosa segura, y no hay que andar pensando en tales cosas.
--Te digo que el negocio no puede fallar,--repuso el cabelludo;--se
cogerá todo el alijo por completo.
Luego se pusieron á hablar de un melodrama que habían visto la víspera
en el teatro de la Gaité.
Mario prosiguió su camino.
Parecíale que las palabras obscuras de aquellos hombres, tan
extrañamente ocultos detrás de la pared y acurrucados sobre la nieve,
no dejaban tal vez de tener alguna relación con los abominables
proyectos de Jondrette. Éste debía ser el _negocio_.
Dirigióse hacia el arrabal de San Marcelo, y preguntó en la primera
tienda qué encontró, dónde podía encontrar un comisario de policía.
Indicáronle el número 14 de la calle Pontoise.
Mario se dirigió allá.
Al pasar por delante de una panadería, compró un panecillo de dos
sueldos y se lo comió, previendo que no comería más aquel día.
Mientras iba andando, hizo justicia á la Providencia. Pensó que
si no hubiese dado por la mañana aquellos cinco francos á la hija
de Jondrette, hubiera seguido el coche del señor Leblanc, y por
consiguiente lo habría ignorado todo; nada se habría opuesto á
la celada de los Jondrette, y el señor Leblanc estaba perdido, é
indudablemente su hija con él.
XIV
=Donde un agente de policía proporciona dos cachorrillos á un abogado=
Al llegar al número 14 de la calle de Pontoise, subió al piso
principal, y preguntó por el comisario de policía.
--El señor comisario de policía no está,--contestó uno de los
ordenanzas de oficina;--pero hay un inspector que le sustituye.
¿Queréis hablarle? ¿Es cosa urgente?
--Sí,--dijo Mario.
El ordenanza le introdujo en el despacho del comisario. Un hombre de
elevada estatura estaba allí en pie, detrás de un enrejado, apoyado en
una estufa, levantándose con ambas manos los faldones de un gran carric
de tres esclavinas.
Su cara era cuadrada, la boca pequeña y firme, espesas patillas
entrecanas muy cerdosas, y una mirada capaz de distinguir hasta el
fondo de los bolsillos. Hubiérase podido decir de su mirada, no que
penetraba, sino que registraba.
Aquel hombre tenía el aire no menos feroz y temible que Jondrette;
muchas veces causa tanto miedo el encuentro de un perro de presa como
el de un lobo.
--¿Qué se ofrece?--dijo á Mario, sin añadir caballero.
--Ver al señor comisario de policía.
--Está ausente; yo le sustituyo.
--Es para un asunto muy reservado.
--Entonces, hablad.
--Y muy urgente.
--Entonces, hablad pronto.
Aquel hombre, sereno y brusco, era á la vez temible y tranquilizador;
inspiraba miedo y confianza. Mario le refirió la aventura: que una
persona, á quien no conocía más que de vista, debía ser atraída por
la noche á una emboscada. Que habitando en el cuarto inmediato á la
madriguera, él, Mario Pontmercy, abogado, había oído todo el complot
á través de la pared. Que el malvado que había ideado el plan era
un hombre llamado Jondrette. Que tendría cómplices, probablemente
entre los vagos de las afueras, y entre otros un tal Panchaud, alias
Primaveral, alias Colmenero. Que las hijas de Jondrette estarían en
acecho. Que no había medio alguno de prevenir á la persona amenazada,
toda vez que ni aun se sabía su nombre. Y por último, que todo esto
debía verificarse á las seis de la tarde, en el punto más desierto de
la alameda del Hospital en la casa número 50-52.
Al oir este número el inspector levantó la cabeza, y dijo fríamente:
--¿Es pues en el cuarto del extremo del corredor?
--Precisamente,--dijo Mario, y añadió:--¿Por ventura conocéis la casa?
El inspector permaneció un momento silencioso; luego contestó
calentándose el tacón de la bota en la puertecilla de la estufa:
--Puede.