Después de un momento salieron. Enjolrás traía en sus dos manos los

cuatro uniformes que había mandado reservar, y Combeferre le seguía con

las fornituras y chacós.

--Vistiendo este uniforme,--dijo Enjolrás,--es fácil mezclarse en las

filas y huir. Hay aquí para cuatro.

Y arrojó en el suelo desempedrado los cuatro uniformes.

Nadie se movió en aquel estoico auditorio.

Combeferre tomó la palabra:

--Vamos,--dijo,--es preciso tener un poco de lástima. ¿Sabéis de qué se

trata? Pues se trata de las pobres mujeres. Vamos á ver. ¿Hay esposas?

¿sí ó no? ¿Hay hijos? ¿sí ó no? ¿Hay ó no hay madres que mecen las

cunas con sus pies, y que tienen alrededor de sí un ato de chiquillos?

Aquél de entre vosotros que no haya visto jamás el seno de una madre

criando que alce el dedo.

«¡Ah! ¿Queréis morir? También yo, yo que os estoy hablando, pero no

quiero ver junto á mí espectros de mujeres retorciendo los brazos de

desesperación. Morid, si así lo deseáis, pero no ocasionéis la muerte.

Los suicidios, como el que va á verificarse aquí, son sublimes; pero

el suicidio debe reducirse á los más estrechos límites; y en cuanto se

extienda á vuestros parientes toma el nombre de asesinato. Acordaos de

las cabecitas rubias; pensad en los cabellos blancos.

«Ahora bien, oídme. Enjolrás, hace un instante, según me ha dicho,

ha visto en la esquina de la calle del Cisne una pobre ventana de un

quinto piso, con luz, y al través de los vidrios la vacilante sombra

de una cabeza de anciana, que tenía trazas de haber pasado la noche

aguardando. Quizá sea la madre de alguno de vosotros. Pues bien, ése

que se marche, que se dé prisa á ir en busca de su madre, y decirle:

«¡Madre, aquí estoy!», y que vaya tranquilo, pues no dejaremos por eso

de cumplir nuestro deber.

«Cuando se sostiene á los parientes con el trabajo de los brazos, no

hay derecho á sacrificarse, porque equivale á desertar de la familia.

«Pero, ¡y los que tienen hijas, los que tienen hermanas! ¿Habéis

pensado en ello bien? Desafiar la muerte, morir; en buen hora. ¿Y

mañana? Ahí quedan esas muchachas sin pan... ¡Porvenir terrible! El

hombre mendiga; la mujer se vende.

«¡Ah! Esos bellísimos seres tan llenos de gracia y dulzura, que se

adornan la cabeza con flores, que llenan la morada de castidades, que

cantan, que charlan, que son como un perfume viviente, que prueban la

existencia de los ángeles en el cielo con la pureza de las vírgenes

en la tierra; esa María, esa Luisita, esa Lola, adorables y honestas

criaturas, que son vuestra bendición y vuestro orgullo... ¡Pobrecitas!

¿Van á tener hambre!

«¡Qué! ¿Queréis que os lo diga? Hay un mercado de carne humana; y no

serán vuestras sombras, con sus manos trémulas alrededor de ellas, las

que las guarden de entrar en él. Pensad en la calle; pensad en las

aceras llenas de transeúntes; pensad en las tiendas, por delante de

las cuales pasan y vuelven á pasar mujeres descotadas y sumidas en el

fango. También esas mujeres han sido puras. Aquéllos de vosotros que

tengan hermanas deben pensar en ello.

«La miseria, la prostitución, los agentes municipales, la cárcel de San

Lázaro, tales son los abismos que se abren ante esas delicadas y bellas

muchachas frágiles maravillas del pudor, del donaire y de la belleza,

más frescas que las lilas de mayo. ¡Ah! ¡Morir vosotros! ¡No estar ya á

su lado! Perfectamente; habréis querido librar al pueblo de los reyes,

entregando vuestras hijas á la policía.

«Amigos, tened, cuando menos, compasión. ¡Se piensa de ordinario tan

poco en las mujeres, en las infelices mujeres! Se fía en que no han

recibido la educación de los hombres; se les impide leer, pensar,

ocuparse en política... Pero ¿se les impedirá que vayan esta tarde al

depósito de la Morgue, y reconozcan allí vuestros cadáveres?

«¡Ea! Es preciso que los que tengan familia se hagan el cargo de su

deber como buenos, que nos den un apretón de manos y se marchen,

dejándonos aquí solos con nuestra faena. Comprendo que se necesita

valor para marcharse, que es difícil; pero cuanto mayor es la

dificultad, mayor resulta el mérito.

«Dícese: «Tengo un fusil, estoy en la barricada, y me quedo». Estas

cosas se dicen fácilmente; pero, amigos míos, hay un mañana, y ese

mañana no amanecerá para vosotros, y sí para vuestras familias. Y

¡cuántos sufrimientos!

«¿Sabéis lo que es de un lindo niño, sano, fresco y colorado como una

manzana, que picotea, retoza, ríe y exhala dulcísimo frescor al darle

un beso, en cuanto se le abandona?

«He visto uno que apenas levantaba tres palmos del suelo. Su padre

había muerto, y unas pobres gentes le habían recogido por caridad.

Pero es el caso que no tenían pan para sí, y el niño estaba siempre

hambriento. Era en invierno. No lloraba.

«Veíasele arrimado á la estufa donde jamás había lumbre, y cuyo tubo,

como sabéis, se ajusta con tierra amarilla. El pobre niño arrancaba con

sus deditos un poco de esa tierra, y se la comía.

«Tenía la respiración ronca, la cara lívida, las piernas flojas, el

vientre abultado. No decía nada. Si le hablaban, no respondía.

«Murió. Le llevaron á morir al hospicio de Necker. Estando yo allí de

practicante le vi.

«Ahora, si hay entre vosotros algún padre de los que tienen á dicha ir

á pasear el domingo, llevando de su robusta mano la manita de su tierno

hijo, vea en aquel niño el suyo.

«¡Pobrecillo! Me parece verle todavía desnudo sobre la mesa de

disecciones, con las costillas asomándole bajo la piel, como las fosas

bajo la yerba de un cementerio. Se le encontró una cosa parecida á lodo

en el estómago, y ceniza en los dientes.

«¡Vamos! Probemos á consultar nuestra conciencia y nuestro corazón. La

estadística demuestra que la mortalidad de los niños abandonados es de

cincuenta y cinco por ciento. Lo repito; aquí se trata de las esposas,

de las madres, de las hijas, de los niños. Nadie habla de nuestras

propias personas.

«Harto se sabe lo que valéis todos; harto se sabe que sois todos unos

valientes; ¡pardiez! que os alegráis y envanecéis de dar la vida por

la santa causa, que os creéis elegidos para morir útil y dignamente, y

que todos queréis participar del triunfo. Enhorabuena. Pero no estáis

solos en el mundo. Hay otras personas en quienes es preciso pensar, y

no debemos ser egoístas».

Todos bajaron la cabeza con aire sombrío.

¡Extrañas contradicciones del corazón humano en sus momentos más

sublimes! Combeferre, que hablaba así, no era huérfano. Acordábase de

las madres de los otros y olvidaba la suya. Iba á morir; era «egoísta».

Mario, en ayunas, calenturiento, sucesivamente burlado en todas sus

esperanzas, embarrancado en el dolor, el más sombrío de todos los

náufragos, saturado de emociones violentas, y sintiendo aproximarse el

fin, estaba cada vez más sumido en ese visionario estupor que precede

siempre á la hora fatal, voluntariamente aceptada.

Un fisiólogo hubiera podido estudiar en él los síntomas crecientes de

esa absorción febril, conocida y clasificada por la ciencia, y que es

respecto del sufrimiento lo que la voluptuosidad respecto del placer.

También la desesperación tiene sus éxtasis, y éste era el éxtasis de

Mario.

Asistía á todo lo que allí pasaba, como si lo contemplase desde afuera.

Conforme hemos dicho antes, las cosas que sucedían á su vista se le

figuraban lejanas; aunque distinguía el conjunto, no percibía los

pormenores.

Veía á los que iban y venían al través de un inmenso resplandor. Las

voces llegaban á él como si saliesen del fondo de un abismo.

Pero, sin embargo, eso le conmovió.

Había en aquella escena algo que penetró hasta él, y le despertó.

Su única idea era la de morir, y no quería distraerse de ella un solo

instante; pero comprendió en su sonambulismo fúnebre, que por el mero

hecho de perderse, no le estaba vedado salvar á alguien.

Levantó la voz:

--Enjolrás y Combeferre tienen razón,--dijo;--nada de sacrificios

inútiles. Opino como ellos, y hay que darse prisa. Lo que Combeferre

ha dicho no admite réplica. Entre vosotros se encuentran algunos que

tienen familia, madres, hermanas, esposas, hijas. Salgan ésos de las

filas.

Nadie se movió.

--¡Salgan de las filas los hombres casados, y los que son el sostén de

sus familias!--repitió Mario.

Su autoridad era grande; pues si bien se consideraba á Enjolrás como

jefe de la barricada, mirábase á Mario como su salvador.

--Lo mando,--exclamó Enjolrás.

--Os lo ruego,--dijo Mario.

Entonces, conmovidos por el discurso de Combeferre, por la orden

de Enjolrás, y por la súplica de Mario, aquellos hombres heroicos

empezaron á denunciarse unos á otros.

--Cierto,--decía un joven á un hombre ya formado; tú eres padre de

familia. Márchate.

Á ti es á quien te toca irse,--respondía el hombre,--pues mantienes á

tus dos hermanas.

Y empeñóse una lucha inaudita, no queriendo ninguno dejarse de poner á

la puerta del sepulcro.

--Despachemos,--dijo Combeferre;--dentro de un cuarto de hora ya será

tarde.

--Ciudadanos,--prosiguió Enjolrás,--reina aquí la república, y el

sufragio universal con ella. Designad vosotros mismos quiénes deben

irse.

Obedecieron.

Á los pocos minutos fueron designados cinco por unanimidad, y salieron

de las filas.

--¡Son cinco!--exclamó Mario.

No había más que cuatro uniformes.

--Bueno,--dijeron los cinco.--Es preciso que se quede uno.

Y empezó de nuevo la generosa querella, buscando cada cual razones para

no marcharse, y para convencer á los otros de que debían hacerlo.

--Tú tienes una mujer que te ama.

--Tú tienes á tu madre anciana.

--Tú no tienes padre ni madre; ¿qué va á ser de tus hermanitos?

--Tú eres padre de cinco hijos.

--Tú tienes derecho á vivir, pues sólo cuentas diez y siete años. Sería

morir demasiado pronto.

Esas grandes barricadas revolucionarias eran centros de heroísmo. Lo

inverosímil parecía allí sencillo, y aquellos hombres no se admiraban

unos de otros.

--Despachemos,--repitió Courfeyrac.

Desde los grupos gritaron á Mario:

--Designad vos el que deba quedarse.

--Sí,--dijeron los cinco;--elegid y os obedeceremos.

Mario no se creía ya capaz de emociones, y sin embargo, á la idea

de elegir un hombre para la muerte, toda su sangre refluyó hacia el

corazón. Se hubiera puesto pálido, si le hubiese sido posible aún

palidecer.

Dirigióse á los cinco, que le aguardaban con la sonrisa en los labios,

cada uno de los cuales, brillando en sus ojos esa gran llama que se ve

en el fondo de la historia sobre las Termópilas, le gritaba:

--¡Yo! ¡yo! ¡yo!

Y Mario los contó como un estúpido. No había remedio; ¡eran cinco!

Luego fijó la vista en los cuatro uniformes.

En aquel instante el quinto uniforme cayó, como llovido del cielo,

sobre los otros cuatro. El quinto hombre se había salvado.

Mario alzó los ojos y reconoció al señor Fauchelvent.

Juan Valjean acababa de entrar en la barricada.

Sea en virtud de indicaciones recibidas, sea por instinto, sea por

casualidad, llegaba por la callejuela de Mondetour. Gracias á su

uniforme de guardia nacional, nadie le había puesto el menor obstáculo.

El centinela, colocado por los insurrectos en la calle de Mondetour, no

creyó dar la señal de alarma tratándose de un guardia nacional solo.

Dejó que se internara en la calle, diciéndose: «será probablemente un

refuerzo, y cuando no, un prisionero».

El momento era demasiado grave para que el centinela pudiera distraerse

de su deber y dejar su puesto de observación.

Al entrar Valjean en el reducto, nadie le echó de ver, estando todos

los ojos fijos en los cinco individuos elegidos y en los cuatro

uniformes.

Juan Valjean lo había visto y oído todo; y despojándose silenciosamente

de su uniforme, lo arrojó, como dejamos dicho, en el montón de los

cuatro.

La emoción fué indescriptible.

--¿Quién es ese hombre?--preguntó Bossuet.

--Un hombre que salva á los demás,--contestó Combeferre.

Mario añadió con voz grave:

--Le conozco.

Esta afirmación satisfacía á todos.

Enjolrás se volvió á Juan Valjean, diciéndole:

--Bienvenido, ciudadano.

Y añadió:

--Ya sabéis que aquí se va á morir.

Juan Valjean, sin decir una palabra, ayudó al insurrecto, á quien

acababa de salvar, á vestir su uniforme.

V

=¡El horizonte que se descubre desde lo alto de la barricada!=

La situación de todos en aquella hora fatal y en aquel lugar

inexorable, tenía por resultado extremo la suprema melancolía de

Enjolrás.

Enjolrás abarcaba dentro de sí la plenitud de la revolución, y no

obstante, era tan incompleto como pueda serlo lo absoluto. Tenía

demasiado de Saint Just, y no lo bastante de Anacarsis Clootz.

Su espíritu, sin embargo, en la sociedad de los amigos del A B C,

había acabado por someterse á la influencia magnética de las ideas de

Combeferre. Hacía algún tiempo que, saliendo poco á poco del estrecho

molde del dogma, cedía al empuje del progreso, llegando á aceptar, como

evolución definitiva y magnífica, la trasformación de la gran república

francesa en la inmensa república humana.

En cuanto á los medios inmediatos, dada una situación violenta,

queríalos también violentos; en esta parte no había variado, y

permanecía fiel á la escuela épica y formidable, que se resume en este

número: Noventa y tres.

Enjolrás estaba de pie sobre la gradería de adoquines, con un codo

apoyado en el cañón de su carabina.

Meditaba, y de vez en cuando se estremecía, como si sintiese pasar

un hálito misterioso... En los lugares que visita la muerte, suelen

notarse esos efectos de las antiguas trípodes.

De sus pupilas, que reflejaban la mirada interior, salían como llamas

comprimidas.

De repente levantó la cabeza; sus cabellos rubios como el oro cayeron

hacia atrás, como los del ángel sobre el sombrío carro de estrellas,

semejantes á la melena de un león erizada en forma de resplandeciente

aureola. Entonces Enjolrás habló así:

--Ciudadanos, imaginaos el porvenir. ¡Las calles de las ciudades

inundadas de luz, ramas verdes en los umbrales, las naciones hermanas,

los hombres justos, los viejos bendiciendo á los niños, el pasado

amando lo presente, los pensadores en libertad completa, los creyentes

iguales entre sí, por religión el cielo, Dios, sacerdote directo, la

conciencia humana convertida en altar, extinguido el odio; el taller y

la escuela fraternizando, por penalidad y por recompensa la notoriedad;

para todos el trabajo, para todos el derecho, la paz para todos, sin

más derramamientos de sangre, sin más guerras, y las madres dichosas!

«El primer paso es sojuzgar la materia; el segundo realizar el ideal.

«Reflexionad en lo que ha hecho ya el progreso hasta nuestros días.

«En otros tiempos las primeras razas humanas veían aterrorizadas pasar

ante sus ojos la hidra que soplaba sobre las aguas, el dragón que

vomitaba fuego, el grifo que era el monstruo del aire, y que volaba

con alas de águila y garras de tigre; espantosas fieras que resultaban

superiores al hombre.

«Sin embargo, el hombre ha tendido sus redes, las sagradas redes de la

inteligencia, y ha acabado por coger en ellas á los monstruos.

«Hemos domado á la hidra, y ahora se le llama buque de vapor; hemos

domado al dragón, y ahora se le llama locomotora; estamos á punto de

domar el grifo, le tenemos ya cogido, y se llama ya globo.

«El día en que esta obra de Prometeo termine, unciendo el hombre

definitivamente al carro de su voluntad, la triple Quimera antigua, la

hidra, el dragón y el grifo, ese día será dueño del agua, del fuego y

del aire, y vendrá á ser para el resto de la creación animada, lo que

para él eran en otro tiempo los antiguos dioses.

«¡Valor, y adelante! ¿Adónde vamos, ciudadanos? Á la ciencia convertida

en gobierno, á la fuerza de las cosas erigida en única fuerza pública,

á la ley natural con su sanción y su penalidad en sí misma y promulgada

por la evidencia, á una alborada de verdad que corresponda al albor del

día.

«Caminamos á la unión de los pueblos; caminamos á la unidad del hombre.

«No más ficciones, no más parásitos. Lo real gobernado por lo

verdadero; éste es el fin.

«La civilización celebrará sus asambleas en las alturas de Europa, y

luego en el centro de los continentes, en un gran Parlamento de la

inteligencia.

«Hase visto ya algo parecido á esto. Los anfictiones tenían dos juntas

al año; una en Delfos, mansión de los dioses, y otra en las Termópilas,

mansión de los héroes.

«Europa tendrá sus anfictiones, y el globo los tendrá también á su vez.

«Francia lleva dentro de su seno ese porvenir sublime. En ella está la

gestación del siglo XIX. Lo que bosquejó Grecia, merece ser terminado

por Francia.

«Oye, tú, Feuilly, valiente obrero, hombre del pueblo, hombre de los

pueblos. Yo te venero. Sí, tú ves con claridad las futuras edades; sí,

tienes razón.

«Carecías de padre y madre, Feuilly, y has adoptado por madre la

humanidad y por padre el derecho. Vas á morir aquí; esto es, á triunfar.

«¡Ciudadanos! Suceda hoy lo que quiera, venzamos ó seamos vencidos,

vamos á producir una revolución. Así como los incendios iluminan toda

una ciudad, las revoluciones iluminan todo el género humano.

«¿Y qué revolución produciremos? Acabo de decirlo: la revolución de lo

Verdadero.

«Bajo el punto de vista político, no hay más que un principio: la

soberanía del hombre sobre sí mismo. Esta soberanía del _yo_ sobre el

_yo_ se llama Libertad.

«Desde el punto en que dos ó más de estas soberanías se asocian,

comienza el Estado. Pero en esta asociación no hay abdicación ninguna.

«Cada soberanía cede cierta parte de sí misma para formar el derecho

común; parte que es igual para todos. Y esta identidad de concesiones

hechas por los individuos en beneficio de la humanidad se llama

Fraternidad.

«El punto de intersección de todas estas soberanías que se agregan,

es lo que recibe el nombre de Sociedad. Siendo esta intersección una

unión, el punto en que se verifica es un nudo. De ahí lo que se llama

vínculo social.

«Algunos dicen contrato social, y viene á ser lo mismo, por cuanto la

palabra contrato se forma etimológicamente con la idea de vínculo.

«Entendámonos acerca de la igualdad; puesto que si la libertad es la

cima, la igualdad es la base.

«La igualdad, ciudadanos, no significa toda la vegetación á nivel;

una sociedad de matas grandes y de robles pequeños; un vecindario de

envidiosos mordiéndose entre sí; civilmente, la igualdad significa el

camino abierto á todas las aptitudes; políticamente, los votos de todos

teniendo un mismo peso; religiosamente, todas las conciencias poseyendo

igual derecho.

«La igualdad tiene un órgano, y este órgano es la instrucción gratuita

y obligatoria. El derecho al alfabeto: por ahí es por donde se debe

empezar.

«La escuela primaria impuesta á todos; la escuela secundaria ofrecida á

todos: tal es la ley.

«De la escuela idéntica sale la sociedad igual.

«¡Sí, enseñanza! ¡Luz! ¡Luz! De la luz emana todo, y todo vuelve á ella.

«Ciudadanos, el siglo XIX es grande; pero el siglo XX será dichoso.

«Entonces no habrá nada que se parezca á la antigua historia; no habrá

que temer, como hoy, una conquista, una invasión, una usurpación, una

rivalidad de naciones á mano armada, una interrupción de civilización

por el casamiento de algún rey; no habrá que temer un nacimiento de las

tiranías hereditarias, un reparto de pueblos acordado en congresos,

desmembraciones por hundimientos de dinastías, combates de religiones

al encontrarse frente á frente, como los machos cabríos, en la sombra,

sobre el puente de lo infinito; no habrá que temer el hambre, la

explotación, la prostitución por la miseria, la miseria por falta

de trabajo, y el cadalso y la cuchilla, y las batallas y todos esos

latrocinios del acaso en la obscura selva de los acontecimientos.

«Casi pudiera decir, que no habrá ya acontecimientos, porque en la

marcha natural del progreso no hay sacudidas ni accidentes.

«Todos serán felices.

«El género humano cumplirá su ley, como el globo terrestre cumple la

suya; la armonía entre el alma y el astro se restablecerá; el alma

gravitará en torno de la verdad, como el astro en torno de la luz.

«Amigos, la hora en que estamos y en que os hablo es una hora sombría:

pero tales son las terribles condiciones de la conquista del porvenir.

«Una revolución es un peaje.

«¡Oh! El género humano será libertado, sacado de su postración,

consolado. Lo afirmamos desde esta barricada.

«¿De dónde ha de salir el grito de amor, sino del altar del sacrificio?

«¡Oh, hermanos míos! Aquí está el lazo de unión entre los que piensan

y los que sufren; esta barricada no está hecha ni de adoquines, ni de

maderos, ni de hierro viejo; está hecha de dos hacinamientos, uno de

ideas, otro de dolores.

«La miseria se encuentra en ella con lo ideal.

«En ella, el día abrazado á la noche, le dice: Voy á morir contigo, y

tú conmigo vas á renacer.

«Del estrecho abrazo de todas las aflicciones brota la fe. Los

padecimientos traen aquí su agonía, y las ideas su inmortalidad.

«Esta agonía y esta inmortalidad van á mezclarse y á componer nuestra

muerte.

«Hermanos, el que muere aquí, muere en la irradiación del porvenir, y

nosotros bajamos á una tumba completamente iluminada por la aurora».

Enjolrás se detuvo; era ello más bien una interrupción que el fin de su

discurso.

Sus labios seguían moviéndose en silencio, como si continuase hablando

consigo mismo; y sus compañeros, atentos y ansiosos de recoger aquellas

palabras, no apartaban la vista de él.

No hubo aplausos, pero se cuchicheó durante un buen rato.

La palabra es un soplo; los estremecimientos de la inteligencia se

parecen al estremecimiento de las hojas.

VI

=Mario rudo y Javert lacónico=

Digamos lo que pasaba en la imaginación de Mario.

Recuérdese el estado de su alma.

Como hemos vuelto á indicar, para él ahora todo se había reducido á una

visión. Sus ideas eran confusas.

Mario, repitámoslo, se hallaba bajo las sombras de las grandes alas

de lo tenebroso, abiertas sobre los agonizantes. Sentía que había

penetrado en él el sepulcro, y parecíale que estaba al otro lado de la

barrera, no viendo ya las caras de los vivos sino por los ojos de un

muerto.

¿Cómo y por qué se encontraba allí el señor Fauchelvent? ¿Qué iba á

hacer á la barricada? Mario no trató de averiguar nada de esto; pues

siendo propio de nuestra desesperación extenderse á cuanto nos rodea,

encontraba lógico que todos fuesen á morir en aquel sitio.

Pensó, sin embargo, en Cosette, con indecible angustia.

Por lo demás, el señor Fauchelvent no le habló, ni le miró siquiera, y

hasta pareció no haber oído cuando Mario, levantando la voz, dijo: «Le

conozco».

Esta actitud del señor Fauchelvent aliviaba á Mario de un gran peso,

y aun diríamos que le agradaba, si tratándose de tales impresiones,

pudiera emplearse semejante palabra.

Habíase sentido siempre incapaz de hablar á aquel hombre enigmático,

que era para él á la vez equívoco é imponente.

Además, hacía mucho tiempo que no le había visto, lo cual, unido

al carácter tímido y reservado de Mario, aumentaba más aún la

imposibilidad.

Los cinco hombres designados salieron de la barricada por la callejuela

de Mondetour; parecían verdaderos guardias nacionales.

Uno de ellos se fué llorando. Antes de partir, dieron un abrazo á los

que se quedaban.

Cuando aquellos cinco hombres, devueltos á la vida, se marcharon,

Enjolrás pensó en el sentenciado á muerte, y entró en la sala baja.

Javert, atado al poste, meditaba.

--¿Necesitas algo?--le preguntó Enjolrás.

Javert contestó:

--¿Cuándo me mataréis?

--Aguarda. En este momento necesitamos todos nuestros cartuchos.

--Entonces, dadme de beber,--dijo Javert.

Enjolrás le presentó él mismo un vaso de agua, y como Javert estaba

atado, le ayudó á beber.

--¿Quieres algo más?--preguntó de nuevo Enjolrás.

--Estoy mal en este poste,--respondió Javert.--Habéis tenido alma para

dejarme pasar así la noche. Atadme como queráis, pero bien podíais

echarme sobre una mesa como al otro.

Y con un movimiento de cabeza indicaba el cadáver del señor Mabeuf.

Recordará el lector que en el fondo de la sala había una mesa grande,

donde se habían fundido balas y hecho cartuchos; empleada, pues, toda

la pólvora, y hechos todos los cartuchos, aquella mesa quedaba libre.

Por orden de Enjolrás, cuatro insurrectos desataron á Javert del poste,

mientras un quinto hombre apoyaba en su pecho una bayoneta.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 40 / 64 段