Sintió confusamente algo horrible, una de esas visiones que lleva el

aire dentro de sí, y dijo en su interior, que no estaba segura de nada;

que perderse de vista, era de todos modos perderse; y la idea de que

Mario pudiera venir hacia ella del cielo, se le representó, no ya con

colores agradables, sino lúgubres.

Después, así con semejantes nubecillas, recobró la calma y la

esperanza, brillando nuevamente en su rostro esa sonrisa inconsciente,

pero que espera en Dios.

Todos dormían aún en la casa. Reinaba un silencio de provincia, y no se

había abierto ningún postigo.

La portería estaba cerrada. La tía Santos no se había levantado, y

Cosette supuso naturalmente que le sucedería lo propio á su padre.

Preciso era todo lo que había sufrido, y lo que entonces sufría para

acusar duramente á su padre, por haberla así sacado de su jardín y su

pabellón queridos, para llevarla á aquel cuarto estrecho y escondido;

pero contaba con Mario, pues el eclipse de aquella luz amorosa era de

todo punto imposible.

Percibía de vez en cuando, á cierta distancia, como sacudimientos

sordos, y decía:

--¡Es raro que se abran y cierren las puertas-cocheras tan temprano!

Eran los disparos de cañón contra la barricada.

Había, á algunos pies más abajo de la ventana de Cosette en la antigua

cornisa negruzca de la pared, un nido de vencejos. Este nido resaltaba

un poco, de suerte que se podía, desde arriba, ver el interior de aquel

pequeño paraíso.

La madre cubría á la sazón con sus alas, en forma de abanico, á sus

hijuelos, y el padre revoloteaba, iba y volvía, trayendo en el pico

comida y besos.

El naciente día doraba aquella casa feliz: la gran ley de la naturaleza

«Multiplicaos», se veía allí risueña y augusta, y aquel dulce misterio

se derramaba en la gloria de la mañana.

Cosette con los cabellos al sol y el alma en las quimeras, iluminada

interiormente por el amor y fuera por la aurora, se inclinó

maquinalmente al parecer, y casi sin atreverse á confesar que pensaba

al mismo tiempo en Mario, se puso á contemplar aquellas aves, aquella

familia, aquel macho y aquella hembra, aquella madre y aquellos

pequeñuelos, con la profunda turbación que un nido produce en una

virgen.

XI

=Un tiro que no deja de ser certero ni mata á nadie=

El fuego de los agresores continuaba. La fusilería y la metralla

alternaban, sin producir, á la verdad, gran daño.

Solamente padecía bastante la parte alta de la fachada de Corinto;

poco á poco iba perdiendo su forma la ventana del primer piso como las

buhardillas del tejado, acribilladas á balazos, y cascos de metralla.

Los combatientes apostados allí tuvieron que retirarse.

Por lo demás, ésta es la táctica que se observa generalmente en el

ataque de barricadas; se tira por mucho tiempo, á fin de agotar las

municiones de los insurrectos, si éstos cometen la falta de contestar.

Cuando se conoce, por la disminución del fuego, que no tienen ya balas

ni pólvora, se da el asalto.

Enjolrás no había caído en el lazo, y la barricada no contestaba.

Á cada descarga, Gavroche ahuecaba el carrillo con la lengua, signo

despreciativo en alto grado.

--Bueno,--decía;--romped la tela; tenemos mucha necesidad de hilas.

Courfeyrac interpelaba á la metralla por el poco efecto que producían

sus cascos, y le decía al cañón:

--¡Te vuelves difuso, amigo mío!

En la batalla hay también sus intrigas como en los bailes de máscaras.

Por eso, probablemente, el silencio del reducto empezaba á inquietar

á los sitiadores, y el temor de algún incidente imprevisto excitó en

ellos el deseo de ver claro al través de aquel montón de adoquines, y

de saber lo que pasaba detrás de aquella pared impasible, que recibía

los tiros sin dignarse contestar.

De pronto divisaron los insurrectos un casco que brillaba con el sol

sobre un tejado próximo.

Era un bombero que, apoyado en una chimenea, parecía estar allí de

centinela, dominando con su vista toda la barricada.

--Es un vigilante incómodo,--dijo Enjolrás.

Juan Valjean había devuelto la carabina á Enjolrás, pero tenía su fusil.

Sin decir palabra, apuntó al bombero, y un segundo después el casco,

herido por la bala, cayó con estrépito á la calle.

El bombero, asustado, se alejó más que de prisa.

Reemplazóle en su sitio otro observador. Era un oficial.

Juan Valjean, que había vuelto á cargar su fusil, apuntó al recién

venido, y el casco del oficial fué á reunirse con el del soldado.

El oficial no insistió más, desapareciendo con igual presteza que el

soldado.

Esta vez comprendieron la advertencia, y nadie sustituyó á aquellos

dos, renunciando todos á espiar la barricada.

--¿Por qué no habéis matado á esos hombres?--preguntó Bossuet á Juan

Valjean.

Éste no respondió.

XII

=El desorden partidario del orden=

Bossuet murmuró por lo bajo á Combeferre:

--No ha contestado á mi pregunta.

--Es un hombre que hace el bien á tiros,--dijo Combeferre.

Los que conservan algún recuerdo de aquella época, ya lejana, saben

que la guardia nacional de las afueras peleó con bizarría contra las

insurrecciones.

Mostróse particularmente encarnizada é intrépida en las jornadas de

junio de 1832.

Los buenos figoneros de Pantin, de Vertus ó de la Cunette, cuyos

establecimientos dejaba el motín sin parroquia, se volvían leones ante

el espectáculo de sus salas de baile desiertas, sacrificándose en aras

del orden representado por el figón.

En aquel tiempo, vulgar y heroico á la vez, ante las ideas que tenían

sus caballeros, tenían los intereses sus paladines.

El prosaísmo del móvil no le quitaba nada al valor del movimiento.

Los banqueros, viendo disminuirse sus montones de escudos, entonaban la

Marsellesa.

Vertíase líricamente la sangre en favor del mostrador, defendiendo con

entusiasmo lacedemoniano la tienda, ese inmenso diminutivo de la patria.

En el fondo, justo es decirlo, era allí todo muy formal. Los elementos

sociales entraban en lucha, esperando el día de entrar en equilibrio.

Otro de los signos de aquel tiempo, era la anarquía mezclada con el

gubernamentalismo (nombre bárbaro del partido correcto).

Defendíase el orden con indisciplina.

El tambor tocaba á llamada de repente, por orden y antojo de tal ó cual

coronel de la guardia nacional; éste ó el otro capitán iba al fuego por

inspiración propia; éste ó aquel guardia peleaba de imaginación «y por

su propia cuenta».

En los minutos críticos, en las «jornadas» se seguía menos el consejo

de los jefes que el de los instintos.

Había en el ejército del orden, verdaderos guerrilleros, los unos de

espada, como Fannicot, los otros de pluma, como Enrique Fonfrede.

La civilización, desgraciadamente representada en aquella época más

bien por un agregado de intereses que por un grupo de principios,

estaba, ó se creía, en peligro, y lanzaba el grito de alarma. Todos,

constituyéndose en centro, la defendían, le prestaban auxilio y

protección, y el primero que llegaba se imponía la obligación de salvar

la sociedad.

Á veces, el celo llegaba hasta el exterminio. Un piquete de guardia

nacional se constituía, por autoridad privada, en consejo de guerra,

y juzgaba y ejecutaba en cinco minutos á los insurrectos que caían

prisioneros.

Una improvisación de esa clase juzgó y condenó á Juan Provaire.

Ferocísima ley de Lynch, que ningún partido tiene derecho de echar en

cara á los demás, pues así se aplica por la república en América, como

por la monarquía en Europa.

Complicábase esa ley de Lynch con las equivocaciones que resultaban.

Cierto día de motín, un joven poeta, llamado Pablo Amado Garnier, fué

perseguido en la Plaza Real por un soldado con la bayoneta calada,

y no pudo evitar la muerte, sino refugiándose en la puerta-cochera

del número 6. Oíase gritar: «¡Á ése, que es sansimoniano!» y querían

matarle.

Ahora bien; la causa de todo aquello era que llevaba bajo el brazo un

tomo de las Memorias del duque de San Simón; un guardia nacional había

leído en el dorso del libro _San Simón_ y bastó para que gritase:

«¡Matarle!».

El 6 de junio de 1832, una compañía de guardias nacionales de las

afueras, que mandaba el capitán Fannicot antes citado, se hizo diezmar

por gusto ó por capricho en la calle de la Chanvrerie. El hecho, aunque

raro, consta de la sumaria formada á consecuencia de la insurrección de

1832.

El capitán Fannicot, ciudadano impaciente y osado, especie de bandolero

del orden, de esos que acabamos de caracterizar, gubernamentalista

fanático é indómito, no pudo resistir al incentivo de hacer fuego antes

de tiempo y á la ambición de tomar la barricada por sí sólo únicamente,

es decir, con su compañía.

Exasperado por la aparición sucesiva de la bandera roja y del vestido

viejo, que él tomó por la bandera negra, censuraba á todos los

generales y jefes de cuerpo, los cuales celebraban consejo, y eran

de opinión que no había llegado aún el momento del asalto decisivo,

y dejaban, según la expresión célebre de uno de ellos, que «la

insurrección se fuese asando con su misma grasa».

Á él, por su parte, le parecía que la barricada estaba madura; y como

lo que está maduro debe caer, probó.

Mandaba hombres tan resueltos como él, «furiosos», según el dicho de un

testigo.

Su compañía, la misma que había fusilado al poeta Juan Provaire, era la

primera del batallón situado en el ángulo de la calle.

Cuando menos se esperaba, el capitán lanzó su gente contra la barricada.

Este movimiento, ejecutado con mejor deseo que estrategia, costó caro á

la compañía Fannicot. Antes que llegase á los dos tercios de la calle,

una descarga general de la barricada la recibió, y cuatro de los más

audaces que corrían á la cabeza, fueron muertos á boca de jarro al pie

del reducto.

Entonces, aquel pelotón de guardias nacionales, valientes, pero sin la

tenacidad militar, hubo de replegarse, después de alguna vacilación,

dejando tras de sí quince cadáveres.

Aquel instante de vacilación dió á los insurrectos tiempo para volver á

cargar las armas, y otra descarga muy mortífera alcanzó á la compañía

antes de que pudiera doblar la esquina de la calle, que era su abrigo.

Hubo un momento en que se encontró entre dos fuegos, porque el cañón,

no habiéndose dado orden en contra, seguía con sus disparos.

El intrépido é imprudente Fannicot fué una de las víctimas de la

metralla. Matóle el cañón, esto es, el orden.

Aquel ataque, más furioso que formal, irritó á Enjolrás.

--¡Imbéciles!--dijo.--Envían su gente á morir, y nos hacen gastar las

municiones inútilmente.

Enjolrás hablaba como verdadero general de motín.

La insurrección y la represión no luchan nunca con armas iguales. La

insurrección, fácilmente agotable, no tiene sino un número limitado de

tiros y de combatientes; imposible es reemplazar una cartuchera que se

vacía ó un hombre que sucumbe.

La represión, como cuenta con el ejército, no se cuida de los hombres;

y como tiene el parque de Vincennes, poco le importa desperdiciar la

pólvora ni las balas. Dispone de tantos regimientos como defensores

hay en la barricada, y de tantos arsenales como cartucheras poseen los

insurrectos.

Son, pues, luchas de uno contra ciento, que terminan siempre

por destruir la barricada, á menos que la revolución, surgiendo

bruscamente, no vaya y arroje en la balanza su flamígera espada de

arcángel.

Cuando eso sucede, el levantamiento se hace general, los empedrados

entran en efervescencia, pululan los reductos populares, París se

estremece soberanamente, despréndese el _quid divinum_, hay en el aire

un 10 de agosto, hay un 29 de julio, aparece una prodigiosa luz, las

abiertas bocas de la fuerza retroceden; y el ejército, ese león, ve

ante sí, de pie y tranquilo, á ese profeta: la Francia.

XIII

=Luces que pasan=

En el caos de sentimientos y de pasiones que defienden una barricada,

se encuentra de todo: valor, juventud, pundonor, entusiasmo, idealismo,

convicción, encarnizamiento de jugador, y más que nada, intermitencias

de esperanza.

Una de esas intermitencias, uno de esos vagos estremecimientos de

esperanza, atravesó súbitamente, cuando menos se creía, la barricada de

la Chanvrerie.

--Oíd,--exclamó de repente Enjolrás desde su atalaya;--paréceme que

París se despierta.

Es sabido que en la mañana del 6 de junio tuvo la insurrección por una

ó dos horas, cierta recrudescencia.

La obstinación de la campana de San Merry reanimó algunas ilusiones.

En las calles de Poirier y de Gravilliers se empezaron á levantar

barricadas.

Delante de la puerta de San Martín, un joven, armado con una carabina,

atacó sólo á un escuadrón de caballería. Al descubierto, en medio

del boulevard, puso una rodilla en tierra, apuntó, tiró, mató al que

mandaba el escuadrón, y se volvió diciendo: «Otro más que ya no nos

hará daño».

Fué acuchillado.

En la calle de San Dionisio, una mujer colocada detrás de una celosía

corrida, hacía fuego contra la guardia municipal; á cada tiro se veían

temblar las hojas de la celosía.

Un chico de catorce años, que llevaba los bolsillos llenos de

cartuchos, fué preso en la calle de la Cossonnerie.

Varios cuerpos de guardia fueron atacados.

Á la entrada de la calle Martín Poirée, un fuego de fusilería muy vivo

y de todo punto inesperado, recibió á un regimiento de coraceros, á

cuya cabeza marchaba el general Cavaignac de Barague.

En la calle Planche Mibray, arrojaron de lo alto de los tejados sobre

la tropa cascos de loza vieja y utensilios de cocina: mala señal;

así que al darse parte de este hecho al mariscal Soult, al veterano

de Napoleón, se puso pensativo, acordándose de la frase de Suchet en

Zaragoza: «Estamos perdidos, cuando las viejas nos vierten el vaso de

noche en la cabeza».

Aquellos síntomas generales que se manifestaban en el instante de

creerse localizado el motín, aquella fiebre iracunda que volvía á

sobreponerse, aquellas pavesas que volaban acá y allá por encima de

aquellas masas profundas de combustible llamadas los arrabales de

París, todo aquel conjunto alarmó á los jefes militares, que se dieron

prisa á apagar aquellos principios de incendio.

Aplazóse para después que esas chispas se extinguieran el ataque de las

barricadas Chanvrerie y San Merry, á fin de tener que habérselas con

ellas solas, y de acabarlo todo de una vez.

Lanzáronse columnas á las calles donde había fermentación, barriendo

las grandes, sondando las pequeñas, á derecha é izquierda, ya con

precaución y lentamente, ya á paso de carga.

La tropa derribaba las puertas de las casas donde se había hecho fuego,

y al mismo tiempo piquetes de caballería dispersaban al trote ó á la

carrera los grupos de los boulevares.

No se verificó, pues, aquella represión sin ruido, sin el estrépito

tumultuoso propio de los choques entre el ejército y el pueblo.

Y eso era lo que percibía Enjolrás en los intervalos de la fusilería y

la metralla.

Había visto además pasar por la esquina de la calle, heridos en

parihuelas, y dijo á Courfeyrac:

--Esos heridos no son de aquí.

La esperanza duró poco; aquella claridad no tardó en eclipsarse. En

menos de media hora lo que había en el aire se desvaneció; fué á modo

de un relámpago sin rayo, y los insurrectos sintieron volver á caer

sobre ellos esa especie de losa de plomo que la indiferencia del pueblo

arroja sobre los que se obstinan en resistir después de abandonados.

Había abortado el movimiento general que pareció bosquejarse vagamente;

y así, la atención del ministro de la Guerra y la estrategia de los

generales podían concentrarse ya en las tres ó cuatro barricadas que se

sostenían aún. El sol subía en el horizonte.

Un insurrecto interpeló á Enjolrás:

--Tenemos hambre. Pero ¿es verdad que vamos á morir aquí sin comer?

Enjolrás, siempre apoyado en su almena, y sin apartar los ojos del

extremo de la calle, hizo con la cabeza una señal afirmativa.

XIV

=Donde se leerá el nombre de la querida de Enjolrás=

Courfeyrac, sentado en un adoquín junto á Enjolrás, continuaba

insultando al cañón, y cada vez que pasaba, con su monstruoso ruido,

esa sombría nube de proyectiles llamada metralla, lanzábale una

bocanada de ironía.

--Echa los bofes, infeliz animal; me das lástima; te desgañitas en

vano. Eso no es trueno; es tos.

Y todo el mundo reía á su alrededor.

Courfeyrac y Bossuet, cuyo valeroso buen humor se aumentaba con el

peligro, sustituían, como la señora Scarron, el chiste al alimento; y

puesto que faltaba el vino, escanciaban á todos alegría.

--Admiro á Enjolrás,--decía Bossuet.--Su impasible temeridad me

maravilla. Vive solo, y quizá esto le tenga un poco triste. Enjolrás

se queja de su grandeza, que le ata á la viudez. Todos nosotros, más

ó menos, tenemos queridas que nos vuelven locos; es decir, valientes.

Cuando se está enamorado como un tigre, no es un gran mérito pelear

como un león. Así nos vengamos de las malas pasadas que nos juegan las

buenas mozas. Roldán se hace matar por hacer rabiar á Angélica. Todos

nuestros actos heroicos provienen de nuestras mujeres. Un hombre sin

mujer es una pistola sin gatillo: la mujer es la que hace disparar al

hombre. Pues bien; Enjolrás no tiene mujer, no está enamorado, y sin

embargo, halla medio de ser intrépido. Es una gran cosa eso de poder

ser frío como la nieve y atrevido como el fuego.

Enjolrás no parecía escuchar; pero cualquiera que hubiese estado junto

á él, le hubiera oído pronunciar á media voz esta palabra: _Patria_.

No había cesado aún de reirse Bossuet, cuando Courfeyrac gritó:

--¡Noticia!

Y con la voz de un pregonero en el acto de anunciar, añadió:

--Me llamo Pieza de á Ocho.

En efecto, un nuevo personaje acababa de salir á la escena. Era otro

cañón.

Los artilleros, maniobrando con rapidez, colocaron en batería la

segunda pieza al lado de la primera.

Con esto empezaba ya á bosquejarse el desenlace.

Algunos instantes después, las dos piezas, perfectamente servidas,

tiraban de frente contra el reducto, y las descargas cerradas del

batallón de línea y del de las afueras sostenían á la artillería.

Oíanse también cañonazos á cierta distancia; y era que al mismo tiempo

que estas dos piezas se encarnizaban en la barricada de la calle de la

Chanvrerie, otras dos bocas de fuego, una en la calle de San Dionisio,

y otra en la de Aubry le Boucher, acribillaban el reducto de San Merry.

Los cuatro cañones se repercutían lúgubremente.

Los sombríos perros de la guerra se respondían mutuamente con sus

ladridos.

De las dos piezas asestadas á la sazón contra la barricada de la calle

de la Chanvrerie, tiraba la una con metralla y con bala rasa la otra.

Esta última tenía la puntería algo más alta, y el tiro estaba calculado

de manera que la bala hiriese la extremidad de la arista superior de

la barricada, la desmochase, é hiciese saltar los pedazos menudos de

adoquines sobre los insurrectos como nueva metralla.

Esta dirección del tiro tenía por objeto alejar á los combatientes de

la cima del reducto, obligándolos á apiñarse en lo interior; es decir,

que esto anunciaba el asalto.

Una vez ahuyentados los combatientes de lo alto de la barricada por las

balas, y de las ventanas del figón por la metralla, las columnas de

ataque podrían adelantar por la calle, sin que les apuntaran, y quizá,

hasta sin ser vistas, escalar atropelladamente el reducto, como la

noche anterior, y ¿quién sabe? si tomarlo por sorpresa.

--Es absolutamente preciso disminuir el daño que nos hacen esas

piezas,--dijo Enjolrás, y gritó:--¡Fuego contra los artilleros!

Todos estaban preparados. La barricada, que por tanto tiempo se había

mantenido silenciosa, hizo fuego desesperadamente, sucediéndose siete ú

ocho descargas con una especie de rabia mezclada de alegría.

La calle se llenó de un humo espesísimo, y al cabo de algunos minutos

por entre aquella bruma rayada de llamaradas, se pudo distinguir

confusamente á las dos terceras partes de los artilleros tendidos bajo

las ruedas de los cañones.

Los que habían quedado en pie continuaban en el servicio de las piezas

con severa tranquilidad; pero el fuego se había amortiguado.

--Vamos bien,--dijo Bossuet á Enjolrás.--¡Victoria!

Enjolrás, meneando la cabeza, contestó:

--Con un cuarto de hora más que dure esta victoria no quedarán ya más

de diez cartuchos en la barricada.

Parece que Gavroche oyó la frase.

XV

=Gavroche fuera=

De repente, Courfeyrac vió un bulto á la parte de afuera de la

barricada blanco de las balas.

Gavroche había tomado del figón una cesta de las que sirven para poner

botellas, y saliendo por la cortadura, se ocupaba tranquilamente en

vaciar en su cesta las cartucheras llenas de los guardias nacionales

muertos en el declive del reducto.

--¿Qué haces ahí?--gritóle Courfeyrac.

Gavroche levantó la nariz.

--Estoy llenando el cesto, ciudadano.

--¿No ves la metralla?

Gavroche respondió:

--Ya lo veo, llueve; ¿y qué más?

Gritóle de nuevo Courfeyrac:

--¡Vuelve adentro!

--Enseguida,--contestó Gavroche.

Y de un salto penetró en la calle.

Recordemos que la compañía de Fannicot, al retirarse, había dejado en

pos de sí un rastro de cadáveres.

Como unos veinte de éstos yacían acá y allá á lo largo de la calle,

sobre el empedrado; eran veinte cartucheras para Gavroche, y una

provisión de cartuchos para la barricada.

El humo formaba en la calle como una niebla.

Cualquiera que haya visto una nube en una garganta de montañas entre

dos alturas perpendiculares, puede figurarse aquel humo encerrado

y como condensado por dos sombrías líneas de altas casas. Subía

lentamente y se renovaba sin cesar, resultando de ahí una obscuridad

gradual, que empañaba la luz del sol en medio del día.

Los combatientes se distinguían apenas de un extremo á otro de la

calle, no obstante la cortedad de la distancia.

Aquella obscuridad, probablemente prevista y calculada por los jefes

que debían dirigir el asalto de la barricada, fué útil á Gavroche.

Bajo los pliegues de aquel velo de humo, y gracias á su pequeñez, pudo

avanzar por la calle, sin que le viesen, y desocupar las siete ú ocho

primeras cartucheras sin gran peligro.

Arrastrábase boca abajo, andaba á gatas, cogía la cesta con los

dientes, se torcía, se deslizaba, ondulaba, culebreaba de un cadáver á

otro, y vaciaba las cartucheras como un mono abriendo las nueces.

Desde la barricada, á pesar de estar aún bastante cerca, no se atrevían

á gritarle que volviese por miedo de llamar la atención hacia él.

En el bolsillo del cadáver de uno encontró un frasco de pólvora.

--Para la sed,--dijo guardándoselo.

Á fuerza de seguir avanzando, llegó adonde la niebla de la fusilería

se volvía transparente, tanto, que los tiradores de la tropa de línea,

apostados detrás de su parapeto de adoquines, y los del batallón de las

afueras, en el ángulo de la calle, notaron que se movía algo entre el

humo.

En el instante en que Gavroche vaciaba la cartuchera de un sargento que

yacía junto á un guarda-cantón, una bala dió en el cadáver.

--¡Diablo!...--dijo Gavroche.--Me matan mis muertos.

Otra bala arrancó chispas del empedrado junto á él. La tercera volcó el

cesto.

Gavroche miró, y vió que el fuego procedía de los guardias nacionales

de las afueras.

Púsose en pie con los cabellos esparcidos al viento, los brazos en

jarra, los ojos fijos en los guardias nacionales, y cantó:

Si son feos en Nanterre,

Es por culpa de Voltaire,

Si tontos en Palaiseau,

Es por culpa de Rousseau.

Luego recogió la cesta, volviendo á meter en ella, sin perder uno,

los cartuchos que habían rodado por el suelo, y sin miedo á los tiros

dirigióse á desocupar otra cartuchera.

Otra cuarta bala no logró acertarle tampoco. Gavroche cantó:

Voltaire es el culpado

Si no soy abogado;

Si soy un pajarillo,

Rousseau es quien lo ha querido.

La quinta bala no produjo otro efecto que el de inspirarle la tercera

copla:

Es mi genio alegrillo

Porque Voltaire lo quiso;

Si soy un pobre yo,

La culpa es de Rousseau.

Así continuó por algún tiempo.

El espectáculo era á la vez que espantoso, entretenido.

Gavroche, blanco de las balas, se mofaba de los fusiles. Parecía

divertirse en ello.

Era el gorrión picoteando á los cazadores.

Á cada descarga respondía con una copla.

Apuntábanle sin cesar, jamás le acertaban.

Los guardias nacionales y los soldados se reían al apuntarle.

Echábase en el suelo, volvía á levantarse, se ocultaba en el ángulo

de una puerta; saltaba, luego desaparecía; tornaba á aparecer, huía;

presentábase de nuevo, respondiendo á la metralla con gestos harto

libres, y entre tanto pillaba los cartuchos, vaciaba las cartucheras, y

llenaba su cesto.

Los insurrectos, casi sin respirar, le seguían con mirada ansiosa.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 42 / 64 段