La Restauración había sido una de esas fases intermedias, difíciles de

definir, en que se encuentra cansancio, zumbido, murmullos, sueño y

tumulto; que no son más que la llegada de una gran nación á una etapa.

Estas épocas son singulares, y engañan á los políticos que quieren

explotarlas. Al principio, la nación no pide más que el reposo; no

tiene más que sed de paz, ni más ambición que ser pequeña. Lo cual es

la traducción de permanecer tranquila. Los grandes acontecimientos, las

grandes casualidades, las grandes aventuras, los grandes hombres, á

Dios gracias, se han visto tanto, que llega á fatigarnos. Hay ocasiones

en que se daría á César por Prusias, y á Napoleón por el rey de Ivetot.

«¡Qué buen reyezuelo era aquél!». Cuando se ha caminado desde el

amanecer, cuando se ha andado una jornada larga y penosa, cuando se ha

hecho la primera parada con Mirabeau, la segunda con Robespierre, y la

tercera con Napoleón, se encuentra uno derrengado del todo, y cada cual

pide su cama.

La fidelidad cansada, el heroísmo envejecido, las ambiciones

satisfechas y las fortunas adquiridas, buscan, reclaman, imploran y

solicitan, ¿qué? Un lugar de descanso. Y le tienen; toman posesión

de la paz, de la tranquilidad, del ocio; y catadlos satisfechos.

Entretanto, surgen ciertos hechos, se dan á conocer, y llaman á la

puerta cada uno por su lado. Estos hechos salen de la revolución y de

las guerras, y existen, viven, tienen el derecho de instalarse en la

sociedad, y se instalan; y la mayor parte del tiempo los hechos son

aposentadores y furrieles, que no hacen más que preparar la habitación

á los principios.

He aquí entonces lo que se presenta á los filósofos políticos.

Al mismo tiempo que los hombres cansados piden el reposo, los hechos

consumados piden garantías. Las garantías para los hechos son como el

reposo para los hombres.

Es lo que Inglaterra pedía á los Estuardos después del Protectorado; lo

que Francia pedía á los Borbones después del Imperio.

Estas garantías son una necesidad de los tiempos, y es preciso

concederlas. Los príncipes las «otorgan», pero en realidad las da la

fuerza de las cosas; verdad útil y profunda que ignoraron los Estuardos

en 1662, y lo que los Borbones no entrevieron tampoco en 1814.

La familia predestinada que volvió á Francia cuando cayó Napoleón,

tuvo la inocencia fatal de creer que era ella la que daba, y que lo

que había dado lo podía volver á tomar; que la casa de Borbón poseía

el derecho divino; que la Francia no poseía nada, y que el derecho

político concedido en la Carta de Luis XVIII no era más que una rama

del derecho divino, separada por la casa de Borbón, y concedida

graciosamente al pueblo, hasta el día en que el rey quisiera recogerla

de nuevo.

Sin embargo, la casa de Borbón podía haber conocido por el mismo

disgusto que le causaba el otorgarle, que no procedía de ella esta

concesión. Presentóse esquiva en el siglo XIX; puso mala cara á las

expansiones de la nación; y para servirnos de una palabra trivial, es

decir, popular y verdadera, regañó los dientes. El pueblo lo vió.

Creyó que tenía fuerza, porque el Imperio había desaparecido delante de

ella como una decoración de teatro, sin conocer que ella había venido

de la misma manera. No vió que estaba en las mismas manos que había

quitado de allí á Napoleón.

Creyó que estaba arraigada en el pueblo, porque era lo pasado; y se

engañaba. Era una parte de lo pasado; pero todo lo pasado era Francia.

Las raíces de la sociedad francesa no estaban en los Borbones, sino

en la nación; aquellas raíces profundas no constituían el derecho de

una familia, sino la historia de un pueblo, y estaban en todas partes,

menos debajo del trono.

La casa de Borbón era para la Francia el nudo ilustre y sangriento de

su historia; pero no el elemento principal de su destino, ni la base

necesaria de su política. Podía pasar perfectamente sin los Borbones,

como había ya pasado sin ellos veintidós años. Había habido una

solución de continuidad, pero ellos lo dudaban. ¿Y cómo no habían de

dudarlo ellos, que se figuraban que Luis XVII reinaba el 9 de termidor,

y que Luis XVIII reinaba el día de Marengo? Nunca; desde el origen de

la historia, había habido príncipes tan ciegos en presencia de los

hechos y de la parte de la autoridad divina que esos hechos contienen y

promulgan; nunca esa pretensión humana, que se llama el derecho de los

reyes, había negado hasta tal punto el derecho de lo alto.

Error capital que condujo á esta familia á poner mano en las garantías

«otorgadas» en 1814, en las concesiones, como ella las calificaba.

¡Triste cosa en verdad! ¡Llamar concesiones suyas á lo que eran

nuestras conquistas; llamar usurpaciones á lo que eran nuestros

derechos!

La Restauración, cuando le pareció llegada la hora, cuando se creyó

victoriosa sobre Bonaparte, y arraigada en el país; es decir, cuando se

imaginó fuerte y profunda, tomó bruscamente su partido, y se arriesgó á

dar un golpe. Una mañana se levantó encarándose con Francia, y alzando

la voz, disputó el título colectivo y el título individual; á la nación

la soberanía, y al ciudadano la libertad. Ó en otros términos, negó

á la nación lo que la hacía nación, y al ciudadano lo que le hacía

ciudadano. Ésta es la esencia de esos actos célebres, que se llaman los

Decretos de julio.

La Restauración cayó.

Y cayó con justicia, aunque debamos decir aquí que no fué absolutamente

hostil á todas las formas del progreso. Hiciéronse grandes cosas,

estando ella al lado.

Bajo la Restauración, la nación se había acostumbrado á discutir en

calma, lo cual faltó en tiempo de la República; y á la grandeza en

la paz, de lo cual careció durante el Imperio. El espectáculo de la

Francia, libre y fuerte, había sido estímulo para los demás pueblos de

Europa; la Revolución había tenido la palabra en tiempo de Robespierre,

el cañón en tiempo de Bonaparte; pero en tiempo de Luis XVIII y Carlos

X le llegó su turno á la palabra de la inteligencia.

Cesó el viento, y resplandeció nuevamente la antorcha; viéndose á

la sazón brillar en las serenas alturas la luz del pensamiento.

Espectáculo magnífico, útil y agradable.

Vióse trabajar durante quince años en plena paz, en medio de la plaza

pública, á esos grandes principios, tan antiguos para el pensador y tan

nuevos para el hombre de Estado: la igualdad ante la ley, la libertad

de conciencia, la libertad de la palabra, la libertad de la prensa, la

accesibilidad de todas las aptitudes á todos los empleos. Esto duró

hasta 1830.

Los Borbones fueron un instrumento de civilización que se rompió en

manos de la Providencia.

La caída de los Borbones resultó rodeada de grandeza, no por su parte,

sino por la de la nación.

Dejaron el trono lleno de gravedad, pero desautorizado, su caída, en

medio de la noche, no fué una de esas desapariciones solemnes que dejan

una emoción sombría en las páginas de la historia; no fué ello ni la

tranquilidad espectral de Carlos I, ni el grito de águila de Napoleón.

Se fueron; esto fué todo.

Depusieron la corona, y no conservaron la aureola. Fueron dignos, pero

no augustos; faltaron hasta cierto punto á la majestad de su desgracia.

Carlos X, en el viaje de Cherburgo, haciendo cortar una mesa redonda

para cuadrarla, pareció más cuidadoso de la etiqueta en peligro que de

la ruinosa monarquía. Esta pequeñez entristeció á los hombres fieles

que amaban sus personas, y á los hombres graves que honraban su raza.

El pueblo estuvo admirable; la nación, atacada una mañana á mano

armada por una especie de insurrección real, se sintió tan poderosa,

que no tuvo ni siquiera cólera; se defendió, y se contuvo; volviendo

sencillamente las cosas en su lugar; el gobierno á la ley, y los

Borbones al destierro; pero ¡ah! se detuvo.

Tomó al viejo rey Carlos X debajo del dosel que había cobijado á Luis

XIV, y le dejó en tierra suavemente; no tocó á las personas reales,

sino con tristeza y precaución.

Esto no lo hizo un hombre, no lo hicieron algunos hombres; lo hizo

Francia, la Francia entera, la Francia victoriosa y embriagada con su

victoria, que parecía recordar, y que practicó á los ojos del mundo

entero estas graves palabras de Guillermo Du Vair, después de la

jornada de las barricadas:

«Es muy propio de los que se han acostumbrado á desflorar los favores

de los grandes, saltando como los pájaros de rama en rama, de una

situación aflictiva á otra floreciente, manifestarse insolentes contra

su príncipe en la adversidad; pero por mi parte, la suerte de mis reyes

será siempre venerable, y principalmente la de los afligidos».

Los Borbones se llevaron el respeto, pero no el sentimiento. Como hemos

dicho, su desgracia fué más grande que ellos. Desvaneciéronse en el

horizonte.

La revolución de julio tuvo inmediatamente amigos y enemigos en el

mundo entero. Los unos se precipitaron hacia ella entusiasmados

y alegres, los otros le volvieron la espalda, cada cual según su

naturaleza.

Los príncipes de Europa, en el primer momento, como búhos de aquella

aurora, cerraron los ojos, heridos y estupefactos, y no los abrieron

sino para amenazar: temor que se comprende; cólera que se disculpa.

Aquella extraña revolución apenas había sido un choque; no había hecho

al realismo vencido ni siquiera el honor de tratarle como enemigo y

verter su sangre.

Á los ojos de los gobiernos despóticos, siempre interesados en que la

libertad se calumnie á sí misma, la revolución de julio había cometido

la falta de presentarse formidable y ser benévola.

Por lo demás, nada se intentó ni maquinó contra ella. Los más

descontentos, los más irritados, los que más se estremecieron, la

saludaban.

Sean lo que fueren nuestro egoísmo y nuestros rencores, siempre sale un

respeto misterioso de los sucesos, en que se descubre la colaboración

de alguien que trabaja más alto que el hombre.

La revolución de julio es el triunfo del derecho derrocando el hecho;

un algo lleno de esplendor.

El derecho derrocando el hecho. De ahí el éxito de la revolución de

1830, y de ahí también su benevolencia. El derecho que triunfa no tiene

ninguna necesidad de ser violento.

El derecho es lo justo y lo verdadero.

Lo propio del derecho es permanecer constantemente hermoso y puro. El

hecho, aún el más necesario en apariencia, aún el mejor aceptado por

los contemporáneos, si no existe más que como hecho, si no contiene en

sí más que poquísimo ó nada de derecho, está destinado infaliblemente á

ser, con el tiempo, deforme, inmundo, y tal vez monstruoso.

Si se quiere conocer de una mirada hasta qué grado de miseria puede

llegar el hecho, visto á la distancia de los siglos, mírese á

Maquiavelo.

Maquiavelo no es el genio del mal, ni es un demonio, ni un escritor

cobarde y miserable; no es más que el hecho; y no es solamente el hecho

italiano, es el hecho europeo, el hecho del siglo XVI. Parece horrible,

y lo es realmente, comparado con la idea moral del siglo XIX.

Esta lucha del derecho y del hecho, existe desde el origen de las

sociedades. Terminar el duelo, amalgamar la idea pura con la realidad

humana, introducir pacíficamente el derecho en el hecho, y el hecho en

el derecho, he aquí el trabajo de los sabios.

II

=Mal cosido=

Pero el trabajo de los sabios es uno, y otro el de los hábiles. La

revolución de 1830 se detuvo muy pronto.

En cuanto se calma la tempestad revolucionaria, los hábiles se apoderan

del buque.

Los hábiles, en nuestro siglo, se han concedido á sí mismos el

calificativo de hombres de Estado; si bien esta palabra «hombre de

Estado» ha acabado por tener algo de germanía. No se olvide, que allí

donde no hay más que habilidad, hay necesariamente pequeñez.

Decir los «hábiles», equivale á decir: «las medianías».

Del mismo modo que decir: «los hombres de Estado», equivale algunas

veces á decir: «los traidores».

Á creer, pues, á los hábiles, las revoluciones, como la de julio, son

arterias cortadas, y es preciso hacer pronto la ligadura.

El derecho, proclamado en toda su grandeza, estremece; y una vez

afirmado el derecho, es necesario afirmar el Estado. Asegurada la

libertad, es preciso pensar en el poder.

En esto, los sabios no se separan aún de los hábiles, pero principian á

desconfiar. El poder, sea; pero ante todo, ¿qué es el poder? Y luego,

¡de dónde procede!

Los hábiles aparentan no comprender esta objeción, y prosiguen su

maniobra.

Según estos políticos ingeniosos, para cubrir las ficciones utilizables

con una máscara de necesidad, lo que primero hace falta á un pueblo,

después de una revolución, cuando este pueblo forma parte de un

continente monárquico, es proporcionarse una dinastía. De este modo,

dicen, puede tener la paz después de su revolución; es decir, el tiempo

necesario á curar sus heridas y reparar su casa.

La dinastía oculta el andamiaje, y cubre los hospitales de sangre.

Pero no siempre es fácil encontrar una dinastía.

En rigor, basta el primer hombre de genio, ó el primer hombre de

fortuna, para hacer de él un rey. En el primer caso, resulta un

Bonaparte; en el segundo, un Itúrbide.

Más para hacer una dinastía no basta una familia cualquiera. Debe haber

necesariamente cierta cantidad de antigüedad en una raza; y las arrugas

de los siglos no se improvisan.

Colocándonos bajo el punto de vista de los «hombres de Estado»,

hechas todas las reservas convenientes, preguntamos: después de una

revolución, ¿cuáles son las cualidades del rey que de ella sale?...

Puede ser, y es útil que sea revolucionario, es decir, partícipe

personal de esta revolución, por haber puesto en ella la mano, ó

haberse comprometido ó distinguido en ella, ó haber tocado el hacha ó

manejado la espada.

¿Cuáles son las cualidades de una dinastía?...

Debe ser nacional, es decir, revolucionaria á cierta distancia; no por

sus actos consumados, sino por las ideas aceptadas; debe componerse de

lo pasado, y ser histórica; componerse del porvenir, y ser simpática.

Todo esto explica porqué las primeras revoluciones se contentan con

encontrar un hombre, llámese Cromwell ó Napoleón; y porqué las segundas

quieren, absolutamente, encontrar una familia, la casa de Brunswick ó

la casa de Orléans.

Las familias reales se asemejan á esas higueras de la India, cuyas

ramas se encorvan hasta la tierra, echan raíces, y se convierten

en nuevos troncos. Cada rama puede ser una dinastía; con la única

condición de bajarse hasta el pueblo.

Tal es la teoría de los hábiles.

He aquí, pues, el arte sublime: hacer que un acontecimiento suene

algo á catástrofe, para que los que se aprovechen de él tiemblen;

sazonar con un poco de miedo un paso de hecho; aumentar la curva de

la transición hasta el retardamiento del progreso; endulzar la obra;

denunciar y apartar las molestias del entusiasmo; cortar los ángulos y

las uñas; acolchar el triunfo, arropar el derecho; envolver al gigante

pueblo con mantillas de bayeta y acostarle presto; imponer dieta á

ese exceso de salud; tratar á Hércules como convaleciente; diluir el

acontecimiento en el expediente; ofrecer á los ánimos sedientos del

ideal ese néctar aguado con tisana; tomar sus precauciones contra el

éxito demasiado grande: tapar la revolución con una pantalla.

En 1830 se practicó esta teoría, aplicada ya en Inglaterra en 1688.

La de 1830 fué una revolución detenida á media cuesta; progreso á

medias; casi derecho. Pero la lógica ignora el casi, absolutamente lo

mismo que el sol ignora que haya velas.

¿Y quién detiene la revolución en mitad de la pendiente? La burguesía.

¿Por qué?

Porque la burguesía es el interés satisfecho; ayer era el apetito, hoy

es la plenitud, mañana será la saciedad.

El fenómeno de 1814, después de Napoleón, se reprodujo en 1830, después

de Carlos X.

Se ha querido equivocadamente hacer de la burguesía una clase. La

burguesía es buenamente la parte satisfecha del pueblo. El burgués es

el hombre que tiene ahora tiempo para sentarse; y una silla no es una

casta.

Mas por querer sentarse demasiado pronto se puede detener la marcha del

género humano; y ésta ha sido casi siempre la falta de la burguesía.

No constituye una clase el cometer una falta. El egoísmo no es ninguna

de las divisiones del orden social.

Por lo demás, debemos ser justos, aun con el egoísmo; el estado

á que aspiraba, después de la conmoción de 1830, esa parte de la

nación que se llama burguesía, no era la inercia, que se complica

con la indiferencia y la pereza, y que es algo vergonzosa; no era la

somnolencia, que supone un olvido momentáneo, accesible á los ensueños:

era un alto.

Hacer alto es una frase que tiene un doble sentido singular, y casi

contradictorio; tropa en marcha, quiere decir movimiento; alto, quiere

decir reposo.

Hacer alto es reparar las fuerzas; es el reposo armado y despierto; es

el hecho consumado que pone centinelas y se mantiene en guardia. El

alto supone combate ayer, y combate mañana.

Éste es el intermedio de 1830 á 1848.

Lo que aquí llamamos combate puede también llamarse progreso.

Necesitaba, pues, la burguesía, como los hombres de Estado, un hombre

que representase esta palabra: ¡Alto! Un Sin embargo, un Por qué, una

individualidad compuesta que significase revolución y estabilidad;

ó en otros términos, afianzamiento del presente por medio de la

compatibilidad evidente del pasado con el porvenir.

Este hombre «se encontró fácilmente». Llamábase Luis Felipe de Orléans.

Los 221 hicieron rey á Luis Felipe; Laffayette se encargó de la

consagración, llamando á la nueva monarquía _la mejor de las

repúblicas_. La casa Ayuntamiento de París reemplazó á la catedral de

Reims.

Esta sustitución de un medio trono á un trono completo, fué la «obra de

1830».

Cuando los hábiles hubieron concluido, apareció el vicio inmenso de su

solución: todo se había hecho fuera del derecho absoluto.

El derecho absoluto gritó: ¡Protesto! Y después, y esto fué lo más

formidable, se volvió á la sombra.

III

=Luis Felipe=

Las revoluciones tienen el brazo terrible y la mano buena; pegan

firme y escogen bien. Aun incompletas, aún bastardeadas y prematuras,

aún sofocadas y reducidas al estado de revolución menor de edad;

como la revolución de 1830, les queda casi siempre bastante lucidez

providencial para no caer mal.

Su eclipse no es nunca abdicación.

Sin embargo, no nos envanezcamos demasiado; las revoluciones se engañan

también, y se han visto grandes equivocaciones.

Volvamos á 1830. 1830 en medio de su extravío tuvo acierto. En el

establecimiento, que se llamó orden después de la revolución, detenida

de súbito, el rey valía más que el realismo. Luis Felipe era un hombre

raro.

Hijo de un hombre, á quien la historia juzgará seguramente con

circunstancias atenuantes, y tan digno de aprecio, como lo fué su padre

de censura, tenía todas las virtudes privadas, y algunas públicas; era

cuidadoso de su salud, de sus bienes, de su persona y de sus negocios.

Conocía el valor de un minuto, y no siempre el de un año; sobrio,

sereno, pacífico, sufrido; buen hombre y buen príncipe.

Dormía con su mujer, y tenía en su palacio lacayos encargados de

enseñar el lecho conyugal á los burgueses; había alhajado su alcoba con

un lujo regular, útil después de las antiguas ostentaciones ilegítimas

de la rama principal.

Poseía todas las lenguas de Europa, y lo que es más notable, sabía y

hablaba el idioma de todos los intereses; admirable representante de la

«clase media»; pero siempre superior á ella, y más avanzado que ella.

Tenía el singular talento, sin dejar de apreciar la sangre de su

familia, de medirse por su valor intrínseco; y en cuanto á la cuestión

de raza, declararse Orléans y no Borbón, primer príncipe de la

sangre, mientras no había sido más que alteza serenísima; pero hombre

campechano desde el día en que fué majestad.

Difuso en público, conciso en la intimidad; avaro señalado pero no

probado; económico en el fondo pero fácilmente pródigo con relación á

su fantasía ó su deber; literato, poco sensible á las letras; hidalgo,

pero no caballeresco; sencillo, sereno y fuerte; adorado de su familia

y de su casa; de conversación seductora; hombre de Estado desengañado;

frío interiormente, dominado por el interés inmediato; gobernando

siempre lo más preciso; incapaz de rencor ni de agradecimiento;

gastando sin compasión los talentos superiores en cosas medianas;

hábil en quitar la razón, por medio de las mayorías parlamentarias, á

esas unanimidades misteriosas que murmuran sordamente bajo los tronos;

expansivo y, á veces, imprudente en su expansión, pero de maravillosa

destreza en esta imprudencia; fecundo en expedientes, en fisonomías,

en máscaras; dando miedo á la Francia con Europa, y á la Europa con

Francia.

Amante seguramente de su país, pero mucho más de su familia.

Apreciando más la dominación que la autoridad, y la autoridad más que

la dignidad; disposición que tiene algo de funesta, porque dirigiéndose

únicamente al éxito, admite la astucia y no repudia absolutamente la

bajeza; pero que tiene también algo de útil, porque preserva á la

política de los choques violentos, al Estado de las rupturas, y á la

sociedad de las catástrofes.

Minucioso, correcto, vigilante, atento, sagaz, infatigable;

contradiciéndose alguna vez y desmintiéndose otras; arrogante contra el

Austria en Ancona; tenaz contra Inglaterra en España; bombardeando á

Amberes, y pagando á Pritchard; cantando con convicción la Marsellesa;

inaccesible al abatimiento, al cansancio, al gusto de lo bello y de lo

ideal, á las generosidades temerarias, á la utopía, á la quimera, á la

cólera, á la vanidad y al temor.

Poseyendo todas las formas de la intrepidez personal; como general en

Valmy, como soldado en Jemmapes; probado ocho veces por el regicidio,

y siempre sonriente; valiente como un granadero, animoso como un

pensador; inquieto solamente ante las eventualidades de una conmoción

europea, é incapaz para las grandes aventuras políticas; siempre

dispuesto á arriesgar su vida, pero jamás su obra; disfrazando su

voluntad con la influencia, á fin de ser obedecido, antes que como

rey como inteligencia; dotado de observación, y no de adivinación;

parándose poco en los talentos, pero conocedor de los hombres, es

decir, necesitando ver para juzgar; buen sentido, pronto y penetrante;

sabiduría práctica, palabra fácil, memoria prodigiosa; haciendo uso

constante de esta memoria: su único rasgo de semejanza con César,

Alejandro y Napoleón.

Sabiendo los hechos, los pormenores, las fechas, los nombres propios,

é ignorando las tendencias, las pasiones, los talentos diversos de la

multitud, las aspiraciones interiores, los levantamientos ocultos y

oscuros de las almas; en una palabra, todo lo que podría llamarse las

corrientes invisibles de las conciencias. Aceptado superficialmente,

pero poco acorde con la Francia inferior; saliendo adelante con su

habilidad, gobernando demasiado y no reinando bastante, siendo él

su propio primer ministro; excelente para hacer de la pequeñez de

las realidades un obstáculo á la inmensidad de las ideas; mezclando

con una verdadera facultad creadora de civilización, de orden y de

organización, cierto extraño espíritu de procedimientos quisquillosos;

fundador y procurador de una dinastía; teniendo algo de Carlomagno,

y algo de abogado. En suma, grande y original figura: príncipe que

supo consolidar el poder, á pesar de las inquietudes de la Francia,

adquiriendo fuerza exterior á pesar de los recelos de Europa.

Luis Felipe será calificado como una de las eminencias de su siglo; y

sería colocado entre los gobernantes más ilustres de la historia, si

hubiese amado un poco la gloria, y hubiese tenido el sentimiento de lo

grande, como tenía el sentimiento de lo útil.

Luis Felipe había tenido muy buena figura; y viejo ya, era todavía

gracioso; no siempre había sido bien acogido por la Francia, pero lo

había sido por la multitud; agradaba porque tenía el don de seducir.

Su majestad no se le adaptaba; era rey, y no llevaba la corona; era

anciano, y no tenía el cabello blanco.

Sus modales eran del antiguo régimen, y sus costumbres del moderno;

mezcla de noble y de burgués que convenía á 1830.

Luis Felipe era la transición reinante; había conservado la antigua

pronunciación y la ortografía antigua, poniéndolas al servicio de las

opiniones modernas.

Amaba la Polonia y la Hungría; pero escribía _los polacos_

(_polonais_), y pronunciaba _los húngaros_ (_hongrois_).

Vestía el uniforme de la guardia nacional, como Carlos X, y llevaba el

cordón de la Legión de Honor, como Napoleón.

Iba poco á la iglesia; nunca de caza; jamás á la ópera. Incorruptible

á los sacristanes, á los monteros y las bailarinas; lo cual contribuía

algo á su popularidad menestral.

No tenía la menor corte.

Salía con su paraguas bajo el brazo; paraguas que ha formado por mucho

tiempo parte de su aureola.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 9 / 64 段