Veíanse aquí y allí, en los rincones, grandes manchas negruzcas, que

parecían dotadas de vida, y que se agitaban rápidamente con movimiento

brusco y asustadizo.

Los pedazos caídos del dorso del elefante sobre el fondo del vientre

habían llenado la concavidad, de modo que se podía caminar sobre ellos

como sobre un tablado.

El menor de los niños se arrimó á su hermano, y dijo á media voz:

--¡Qué obscuridad!

Esta frase llamó la atención de Gavroche.

El aspecto petrificado de los dos niños hacía necesaria una explosión:

--¿Qué estáis diciendo?--exclamó.--¡Cómo se entiende! ¿Es cosa de

burlas? ¿Nos hacemos los descontentos? ¿Necesitáis acaso las Tullerías?

¿Seréis unos majaderos? Decídmelo. Os prevengo que no pertenezco

al batallón de los torpes. ¡Ah ya! Eso es que sois los pinches del

mostacero del papa.

Un poco de aspereza, es conveniente á los miedosos; les alienta.

Los niños se arrimaron á Gavroche.

Éste, paternalmente enternecido de su confianza, pasó de «lo grave á lo

dulce», y dirigiéndose al más pequeño:

--Bestia,--le dijo, pronunciando la injuria en tono cariñoso;--lo

obscuro está en la calle. En la calle llueve, aquí no llueve; en la

calle hace frío, aquí no hay un soplo de viento; en la calle hay gente,

aquí no hay una alma; en la calle no hay luna siquiera, aquí hay una

luz; ¡por vida de!...

Los dos niños empezaron á mirar aquella habitación con menos miedo;

pero Gavroche no les dejó tiempo para contemplarla.

--Listos,--dijo.

Y los empujó hacia lo que podríamos llamar el fondo del cuarto.

Allí estaba su cama.

La cama de Gavroche era completa; es decir, tenía un colchón, una manta

y una alcoba con cortinas.

El colchón era una estera de paja; la manta un pedazo de tejido de lana

gris muy caliente, y casi nuevo.

Veamos ahora lo que era la alcoba.

Tres rodrigones bastante largos, metidos sólidamente entre el cascote

del suelo; es decir, del vientre del elefante, dos delante y uno

detrás, y unidos por una soga en su vértice, de modo que formaban una

pirámide.

Esta pirámide sostenía un enrejado de alambre de latón colocado por

cima, y artísticamente aplicado y amarrado con ataduras de alambre de

hierro, de modo que nada podía pasar entre él y el suelo.

El enrejado no era más que un pedazo de esas alambreras de que se hacen

las pajareras en los corrales.

La cama de Gavroche estaba colocada bajo el enrejado como en una jaula.

El conjunto parecía la tienda de un esquimal.

Ese enrejado es el que hacía las veces de cortina.

Gavroche apartó un poco las piedras que le sujetaban por delante, y se

separaron así los dos paños, que caían uno sobre el otro.

--¡Muñecos, á cuatro patas!--dijo Gavroche.

É hizo entrar con precaución á sus huéspedes en la alcoba; entró luego

detrás de ellos, arrastrándose; volvió á acercar las piedras, y así

quedó herméticamente cerrada la abertura.

Los tres se echaron sobre la estera.

Por pequeños que ellos fueran, ninguno podía estar de pie en la alcoba.

Gavroche seguía teniendo el cabo de vela en la mano.

--Ahora,--les dijo,--sornad. Voy á suprimir el candelero.

--Señor,--preguntó el mayor de los dos hermanos á Gavroche, indicando

el enrejado,--¿qué es esto?

--¿Eso?--dijo Gavroche gravemente.--Es para las ratas. ¡Sornad!

Pero se creyó obligado á añadir algunas palabras para instruir á

aquellas criaturas, y continuó:

--Estas son cosas del Jardín Botánico. Eso sirve para los animales

feroces. _Allay_ un almacén lleno. _Nay_ más que subir una pared,

saltar por una ventana, y pasar una puerta, y se obtiene todo lo que se

quiere.

Y mientras así hablaba, arropaba con una punta de la manta al más

pequeño, el cual dijo pasi sí:

--¡Oh, qué bueno es esto! ¡Qué caliente!

Gavroche dió una mirada de satisfacción á la manta.

--También es esto del Jardín Botánico,--dijo.--Se la he _tomado_ á los

monos.

Y enseñando al mayor la estera en que estaba acostado, estera muy

espesa y admirablemente trabajada, añadió:

--Esto era de la jirafa.

Después de una pausa, prosiguió:

--Los animales tenían todo esto, y yo se lo he cogido. Por eso no se

han enfadado. Les he dicho: «Es para el elefante».

Después de otra pausa, continuó:

--Se salta la tapia, y se la pega uno al gobierno. _Velay._

Los dos niños contemplaban con cierto respeto temeroso y estupefacto

aquel ser intrépido é ingenioso, vagamundo como ellos, aislado como

ellos, miserable como ellos, que tenía algo admirable y poderoso, que

les parecía sobrenatural, y cuya fisonomía se componía de todas las

muecas de un viejo saltimbanquis, mezclados con la más sencilla y

encantadora sonrisa.

--Señor,--dijo tímidamente el mayor,--¿conque no tenéis miedo á los

agentes de orden público?

Gavroche se limitó á contestar:

--¡Monigote! No se dice los agentes de orden, se dice los corchetes.

El menor tenía los ojos abiertos, pero escuchaba sin decir nada.

Como estaba al borde de la estera, y el mayor en medio, Gavroche le

arropó con la manta, como lo hubiera podido hacer una madre, levantó la

estera bajo su cabeza con unos harapos, con objeto de que le sirviese

de almohada. Después se volvió hacia el mayor:

--¿Eh? ¡Se está muy bien aquí! ¿Qué tal?

--¡Ah, sí!--respondió el mayor, mirando á Gavroche con la expresión de

un ángel salvado.

Los dos pobres chiquitines, que estaban calados, empezaban á calentarse.

--¡Ah!--continuó Gavroche.--¿Por qué llorabais?

Y mostrando al pequeño á su hermano, añadió:

--Un cominillo como ése, no diré que no; pero llorar un grandullón como

tú, es de torpes; parece uno un becerro.

--¡Diantre!--dijo el niño,--no teníamos absolutamente dónde cobijarnos.

--¡Caracoles!--respondió Gavroche,--no se dice cobijar, se dice

empollar.

--Y además, teníamos miedo de estar solos así por la noche.

--No se dice la noche, se dice la obscura.

--Gracias, señor,--dijo el niño.

--Oye,--añadió Gavroche.--Es preciso no berrear nunca por nada. Yo

cuidaré de vosotros. Ya veréis cómo nos divertimos. En verano iremos á

los pozos de nieve con Navet, uno de mis camaradas, nos bañaremos en el

estanque, correremos desnudos sobre las barcas delante del puente de

Austerlitz. Esto hace rabiar á las lavanderas, que gritan y alborotan.

¡Si supierais qué malas son!

«Iremos á ver al hombre esqueleto; todavía vive en los Campos Elíseos;

es muy flaco el tal parroquiano.

«Después os llevaré al teatro á ver á Federico Lemaitre. Tengo

billetes; conozco á los actores, y aún he representado una vez en una

pieza. Éramos todos monigotes como ése, y corríamos bajo una tela que

era el mar. Os contrataré en mi teatro.

«Iremos á ver los salvajes. No es verdad que sean tales salvajes;

llevan un vestido de punto color de rosa que imita carne, pero que

les hace arrugas, y hasta en los codos se notan los zurcidos con hilo

blanco.

«Después iremos á la Ópera; entraremos con los alabarderos. Los

alabarderos son los que aplauden, y su cuerpo está muy bien organizado;

pero yo no iría con ellos por la calle. Figúrate que en la Ópera hay

quien paga veinte sueldos; pero éstos son tontos, y se les llama

paganos.

«Luego iremos á ver guillotinar, os enseñaré el verdugo. Vive en la

calle del Marais; el señor Sansón, tiene una caja buzón para las cartas

á la puerta. ¡Ah! Se divierte uno en grande.

En aquel momento cayó una gota de sebo en el dedo de Gavroche, y le

recordó las realidades de la vida.

--¡Cáspita!--dijo.--Se acabó el pábilo. ¡Atención! No puedo gastar más

de dos sueldos mensuales en luz. Cuando uno se acuesta es para dormir.

No tenemos tiempo para leer las novelas de Paul de Kock. Además de que

la luz podría pasar por las rajas de la puerta cochera, y los corchetes

no tendrían que hacer más que mirar.

--Y luego,--observó tímidamente el mayor, único que se atrevía á hablar

con Gavroche y á contestarle,--podría caer una chispa en la paja, y hay

que cuidar de no prender fuego á la casa.

--No se dice prender fuego á la casa,--reparó Gavroche;--se dice asar

los trapos.

La tempestad arreciaba, oíase á través del redoble del trueno el

turbión que azotaba el lomo del coloso.

--Aquí metidos, que llueva,--dijo Gavroche.--Me divierte ver correr el

agua de la cuba por las patas de la casa. El invierno es un animal;

pierde su género, pierde su trabajo, porque no puede mojarnos, y esto

hace que gruña el viejo aguador.

Esta alusión al trueno, cuyas consecuencias aceptaba Gavroche en su

calidad de filósofo del siglo XIX, fué seguida de un gran relámpago,

tan deslumbrador, que entró por las hendiduras del vientre del elefante.

Casi al mismo tiempo resonó terriblemente el rayo, cual si hubiese

caído allí.

Los dos chiquillos dieron un grito, y se levantaron con tal rapidez,

que casi separaron el enrejado; pero Gavroche volviendo hacia ellos su

rostro atrevido, aprovechó el trueno para lanzar una carcajada.

--Calma, niños. No conmovamos el edificio. Ése es un hermoso trueno;

sea enhorabuena. Un relámpago no es un coco. ¡Bravo por el Dios bueno,

caramba! Está casi tan bien hecho como en el teatro del Ambigú.

Dicho esto, arregló el enrejado, empujó ligeramente á los dos niños

hacia la cabecera de la cama, apretó sus rodillas para que se estiraran

bien, y exclamó:

--Puesto que Dios enciende su luz, yo puedo apagar la mía. Niños, es

preciso dormir, jóvenes humanos. Es muy malo no dormir; porque os

haría desternillar el gañote, ó como dicen en el gran mundo, heder el

aliento. ¡Envolveos bien en la _vellosa_! Voy á apagar. ¿Estáis ya?

--Sí,--murmuró el mayor,--estoy bien. Tengo la cabeza como sobre pluma.

--No se dice la cabeza; se dice el troncho,--díjole Gavroche.

Los dos niños se apretaron uno contra otro.

Gavroche acabó de arreglarlos sobre la estera, les subió la manta hasta

las orejas, y después les repitió por tercera vez la exclamación en

lengua hierática:

--Sornad.

Y apagó el cabo de vela.

Apenas quedaron á obscuras, un temblor singular empezó á conmover el

enrejado que cubría á los tres muchachos.

Era una multitud de rozamientos sordos que producían un sonido

metálico. Como si garras ó dientes arañasen la alambrera.

Este ruido iba acompañado de pequeños, pero agudos gritos.

El niño de cinco años, oyendo este cencerreo por encima de su cabeza,

helado de espanto, empujó con el codo á su hermano; pero éste «sornaba»

ya, como le había mandado Gavroche.

Entonces el pequeñuelo, no pudiendo con el miedo, se atrevió á

interpelar á Gavroche; pero en voz muy baja y conteniendo el aliento:

--¡Señor!

--¡Eh!--dijo Gavroche, que acababa de cerrar los párpados.

--¿Qué es eso?

--Ratas,--respondió Gavroche y volvió á descansar la cabeza en la

estera.

Las ratas, en efecto, que pululaban á millares en el esqueleto del

elefante, y que eran aquellas manchas negras vivas de que hemos

hablado, habían permanecido quietas ante la luz mientras ardió la vela,

pero en cuanto aquella caverna, que venía á ser su ciudad, había vuelto

á la noche, oliendo lo que el narrador Perrault llama «carne fresca»,

se habían arrojado sobre la alcoba de Gavroche, habían trepado hasta

el vértice, y mordían las mallas como si tratasen de agujerear aquella

cobertera de nuevo género. El niño, sin embargo, no podía dormir.

--¡Señor!--volvió á decir.

--¡Eh!--dijo Gavroche.

--¿Son las ratas?

--¡Ratones!

Esta explicación tranquilizó un poco al niño.

Había visto algunas veces ratones blancos, y no les tenía miedo.

No obstante, volvió á alzar la voz:

--¡Señor!

--¡Qué!--repuso Gavroche.

--¿Por qué no tenéis gato?

--He tenido uno,--contestó Gavroche;--traje uno, pero se lo comieron.

--Esta segunda explicación desbarató el buen efecto de la primera, y

el chiquitín volvió á temblar, de modo que por cuarta vez comenzó el

diálogo entre él y Gavroche.

--¡Señor!

--¡Qué!

--¿Quién fué el comido?

--El gato.

--¿Y quién se comió al gato?

--Las ratas.

--¿Los ratones?

--Sí, las ratas.

El niño, consternado de estos ratones que se comían á los gatos,

prosiguió:

--¡Señor! ¿Nos comerán á nosotros esos ratones?

--¡Vaya!--prorrumpió Gavroche.

El terror del niño llegaba á su colmo; pero Gavroche añadió:

--¡No tengas miedo! No pueden entrar. Además, estoy yo aquí. Toma, coge

mi mano. ¡Cállate y duerme!

Gavroche al mismo tiempo tomó la mano del pequeñín por encima de su

hermano.

El niño apretó aquella mano y se tranquilizó.

El ánimo y la fuerza tienen comunicaciones misteriosas.

Volvió el silencio; el ruido de las voces había ahuyentado y asustado

á las ratas; y aunque al cabo de un rato volvieron á roer el enrejado,

los tres muchachos, sumergidos en el sueño, no oían ya nada.

Pasáronse las horas de la noche.

La sombra cubría la inmensa plaza de la Bastilla; un viento invernal,

mezclado con la lluvia, soplaba á fuertes ráfagas; las patrullas

registraban las puertas, las calles de árboles, los cercados, los

rincones oscuros, buscando á los vagabundos nocturnos, y pasaban

por delante del elefante; el monstruo de pie, inmóvil, con los ojos

abiertos en las tinieblas para meditar como satisfecho de su buena

acción, protegía contra el cielo y los hombres á las tres pobres

criaturas dormidas.

Para comprender lo que sigue, es preciso recordar, que en aquella época

el cuerpo de guardia de la Bastilla estaba situado al otro extremo de

la plaza, y que lo que pasaba cerca del elefante no podía ser visto ni

oído del centinela.

Hacia el fin de la hora que precede inmediatamente al alba, salió

corriendo un hombre de la calle de San Antonio, cruzó la plaza, dió la

vuelta á la gran empalizada de la columna de julio, y se deslizó por la

cerca hasta colocarse bajo el vientre del elefante.

Si una luz cualquiera hubiera iluminado á aquel hombre, se habría

adivinado que había pasado la noche bajo la lluvia, al verle calado

hasta los tuétanos.

Cuando llegó bajo el elefante, lanzó un grito extraño é impropio de

toda lengua humana, y que sólo podría reproducir un papagayo.

Repitió dos veces este grito, que sólo podemos representar

ortográficamente así:

--¡Kirikikiú!

Al segundo grito, una voz clara, alegre y tierna, respondió desde el

vientre del elefante:

--¡Sí!

Casi inmediatamente la tabla que cerraba el agujero se separó, y dió

paso á un muchacho, que bajó por la pata del elefante, y fué á caer

cerca de aquel hombre.

Era Gavroche. El hombre era Montparnasse.

En cuanto á este grito _kirikikiú_, era sin duda lo que el chico quería

decir con: «Preguntarás por el señor Gavroche».

Al oirle, se había despertado sobresaltado; se había arrastrado fuera

de su «alcoba», separando un poco el enrejado, que había vuelto á

cerrar cautelosamente; después había abierto la trampa y descendido.

El hombre y el muchacho se reconocieron silenciosamente en la

obscuridad.

Montparnasse se limitó á decir:

--Te necesitamos. Ven á echar una mano.

El pilluelo no pidió ninguna explicación.

--Aquí me tienes,--dijo.

Y ambos se dirigieron hacia la calle de San Antonio, de donde había

salido Montparnasse, serpenteando rápidamente á través de la larga fila

de carretas de los hortelanos que á dicha hora bajan al mercado.

Los hortelanos, acurrucados en sus carros entre las verduras y las

legumbres, medio dormidos, envueltos hasta los ojos en sus capotes

para guarecerse de la lluvia, ni miraron siquiera á aquellos extraños

transeúntes.

III

=Peripecias de la evasión=

He aquí lo que había ocurrido aquella misma noche en la cárcel de la

Fuerza.

Habíase concertado una evasión entre Babet, Brujón, Tragamares y

Thénardier, aunque Thénardier estaba incomunicado.

Babet había dirigido el negocio, como se ha podido ver por las palabras

de Montparnasse á Gavroche.

Montparnasse debía ayudarlos desde fuera.

Brujón, como había pasado un mes en el cuarto de corrección, había

tenido tiempo, primero para tejer una cuerda y segundo para madurar un

plan.

En otros tiempos, estos lugares severos en que la disciplina de la

cárcel entrega al criminal á sí mismo, se componía de cuatro paredes de

piedra, de un techo de piedra, de un suelo de losas de piedra, de una

cama de campaña, de un tragaluz enrejado, y de una puerta forrada de

hierro, y que se llamaban _calabozos_.

Hoy día el calabozo se considera como una cosa demasiado horrible, y se

compone de una puerta de hierro, de un tragaluz enrejado, de una cama

de campaña, de un suelo de losas de piedra, de un techo de piedra, de

cuatro muros de piedra y se llama el _cuarto de corrección_.

Á eso del medio día se ve en él un poco.

El inconveniente de estos cuartos que, como se ve, no son calabozos, es

dejar pensar á los seres á quienes se debería hacer trabajar.

Brujón, pues, había meditado, y había salido del cuarto de corrección

con una cuerda.

Como se le consideraba muy peligroso en el patio de Carlomagno, se

le trasladó al Edificio Nuevo; y lo primero que encontró allí fué á

Tragamares, y lo segundo un clavo; á Tragamares, es decir, el crimen;

un clavo, esto es, la libertad.

Brujón, cuyo carácter debemos pintar completamente ahora, era, bajo

una apariencia de complexión delicada y una languidez profundamente

estudiada, un ganapán pulido, inteligente y ladrón, de mirada agradable

y sonrisa atroz.

Su mirada era el resultado de su voluntad, y su sonrisa el resultado de

su naturaleza.

Sus primeros estudios en el _arte_ se habían dirigido á los tejados;

había introducido grandes progresos en la industria de los ladrones

de plomo, que levantan las planchas de las azoteas y arrancan los

canalones por el procedimiento llamado entre ellos de _tocino gordo_.

Lo que en aquel momento hacía más favorable una tentativa de evasión,

era que los plomeros estaban reparando y componían parte del

empizarrado de la cárcel.

El patio de San Bernardo no estaba enteramente aislado del patio de

Carlomagno y del patio de San Luis.

Había por la parte más alta andamios y escalas ó, en otros términos,

puentes y escaleras del lado de la libertad.

El Edificio Nuevo, que estaba lo más agrietado y ruinoso que puede

imaginarse, era el punto más débil de la cárcel.

Las paredes estaban tan desgastadas por el salitre, hasta el extremo de

ser necesario cubrir de un entablado las bóvedas de los dormitorios,

porque solían desprenderse de ellos piedras, que caían sobre las camas

de los presos.

Á pesar de esta decrepitud, se cometía la falta de encerrar en el

Edificio Nuevo á los acusados más peligrosos, de guardar allí las

«causas graves», como se dice en el lenguaje carcelario.

El Edificio Nuevo tenía cuatro dormitorios sobrepuestos y una armadura

de tejado encima, que se llamaba Buen Aire.

Un ancho caño de chimenea, que probablemente había sido de alguna

cocina antigua de los duques de la Fuerza, partía del piso bajo,

atravesaba los cuatro pisos, cortaba en dos partes todos los

dormitorios, figurando una especie de pilar aplastado, que pasaba

al otro lado del techo. Tragamares y Brujón estaban en el mismo

dormitorio, y por precaución habían sido encerrados en el piso bajo.

La casualidad hacía que la cabecera de sus camas estuviese apoyada en

aquel caño de chimenea.

Thénardier estaba precisamente sobre la cabecera de ellos, en esa

armadura ó cubierta llamada Buen Aire.

El transeúnte que se detiene en la calle Culture Sainte Cathérine,

más allá del cuartel de los bomberos, delante de la puerta cochera de

la casa de baños, descubre un patio lleno de flores y de arbustos en

cajones, en cuyo fondo se eleva entre dos alas una pequeña rotonda

blanca, adornada con postiguillos verdes, el sueño bucólico de Rousseau.

No hace aún diez años, por cima de esta rotonda alzábase una tapia

negra, enorme, horrible, desnuda, á la cual se hallaba unida.

Aquélla era la pared del camino de ronda de la Fuerza.

Ese muro, detrás de esa rotonda, era Milton visto por detrás de Berquin.

Por muy alto que fuera este muro, estaba dominado todavía por un

tejado, más negro aún, que se divisaba más allá.

Era el tejado del Edificio Nuevo.

Descubríanse en él cuatro buhardillas con reja, que eran las ventanas

de Buen Aire.

Una chimenea salía del tejado; era la misma que atravesaba por los

dormitorios.

Buen Aire, aquella cúpula del Edificio Nuevo, era una especie de

desván extensísimo abuhardillado, cerrado con triples rejas, y puertas

forradas de hierro y tachonadas de clavos enormes.

Cuando se entraba en él por la parte del Norte, quedaban á la izquierda

los cuatro tragaluces, á la derecha, haciendo frente, cuatro cuartos

cuadrados, bastante grandes, separados por estrechos corredores de

mampostería hasta determinada altura, y desde allí al techo por

barrotes de hierro.

Thénardier estaba incomunicado en uno de esos cuartos desde la noche

del 3 de febrero.

No se ha podido saber por qué medios había adquirido, y tenido oculta,

una botella, de aquel vino inventado, dicen, por Desrues, que contiene

un narcótico, y que la banda de los _adormecedores_ ha hecho célebre.

Hay en muchas cárceles empleados alevosos, mezcla de carceleros y

ladrones, que auxilian en las evasiones, que venden á la policía una

domesticidad infiel, y que hacen saltar las portezuelas de los coches

que transportan á los presos.

En aquella misma noche, pues, en que Gavrochillo había recogido á los

dos niños perdidos, Brujón y Tragamares, que sabían que Babet, escapado

por la mañana, les esperaba en la calle con Montparnasse, se levantaron

silenciosamente y empezaron á agujerear, con el clavo encontrado por

Brujón, el caño de chimenea que estaba tocando á su cama.

Los yesones que se desprendían caían sobre la cama, de modo que no

producían el menor ruido.

El turbión y los truenos conmovían las puertas en sus goznes, y

producían en la cárcel un estrépito horrible y conveniente.

Algunos presos, que se despertaron, aparentaron volverse á dormir, y

dejaron trabajar á Tragamares y á Brujón.

Brujón era diestro y Tragamares vigoroso; así es que antes que llegase

el menor ruido al vigilante acostado en la celda enrejada que daba al

dormitorio, estaba ya agujereado el caño, escalada la chimenea, forzada

la reja que cerraba el orificio superior, y en el tejado los dos

temibles bandidos.

La lluvia y el viento redoblaban; el tejado estaba resbaladizo.

--_¡Qué obscura más á propósito para una escampavía!_[3]--dijo Brujón.

Un abismo de seis pies de ancho y ochenta de profundidad los separaba

de la pared de ronda.

En el fondo de aquel abismo veían brillar en la obscuridad el fusil de

un centinela.

Ataron por un lado, á los restos de los barrotes de la chimenea que

acababan de retorcer, la cuerda que Brujón había hilado en su calabozo;

echaron el otro cabo por cima del muro de ronda, atravesaron de un

salto el abismo, se agarraron al caballete del muro, pasaron las

piernas por encima, se deslizaron uno tras otro por la cuerda hasta

el cabriol del muro que tocaba con la casa de baños; tiraron hacia

sí la cuerda, saltaron al patio de la casa de baños, lo atravesaron,

empujaron el postiguillo del portero, á cuyo lado colgaba el cordón;

tiraron de éste, con lo que se abrió la puerta cochera, y se

encontraron en la calle.

No hacía más de tres cuartos de hora que se habían puesto de pie sobre

sus camas en las tinieblas, con el clavo en la mano y el proyecto en la

mente.

Algunos momentos después se unieron á Babet y á Montparnasse, que

vagaban por los alrededores.

Al tirar de la cuerda, rompióse ésta, quedando un trozo atado á la

chimenea en el tejado.

No habían tenido más contratiempo que el de haberse deshollado las

manos por completo.

Thénardier estaba prevenido aquella noche, sin que se pudiese saber de

qué manera había recibido aviso y no dormía.

Á eso de la una, en medio de la obscuridad de la noche, vió pasar dos

sombras por el tejado, por entre la lluvia y el viento, y por delante

del tragaluz que daba frente á su calabozo.

Una de aquellas sombras se detuvo en el tragaluz el tiempo suficiente

para dirigir una mirada; era Brujón.

Thénardier le conoció, y comprendió lo bastante.

Thénardier, designado como peligroso, y detenido como acusado de una

emboscada nocturna á mano armada, estaba vigilado por un centinela

de vista, que era relevado cada dos horas, y se paseaba con el fusil

cargado por delante de su calabozo.

Buen Aire estaba iluminado por un farol de pared.

El preso tenía unos grillos de cincuenta libras de peso.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 21 / 64 段