Pertenecía á esa especie enfermiza que permanece atrasada largo tiempo,

y crece luego casi de repente. La indigencia es la que produce estas

tristes plantas humanas. Semejantes criaturas no tienen infancia ni

adolescencia. Á los quince años aparentan doce; á los diez y seis,

veinte. Hoy niña, mañana mujer. Diríase que traspasan de un brinco la

vida para concluir más pronto.

En aquel momento, aquel ser tenía el aire de niña.

Nada revelaba en aquella habitación la presencia de ningún trabajo; ni

bastidor, ni rueca, ni instrumento de labor. En un rincón había algunos

objetos de hierro de aspecto dudoso. Era aquello la triste y sombría

pereza que sigue á la desesperación, y precede á la agonía.

Mario contempló por algún tiempo aquel interior fúnebre, más espantoso

que el interior de una tumba, porque allí se sentía remover el alma

humana, y palpitar la vida.

El desván, la cueva ó la fosa, donde ciertos indigentes se arrastran

en lo más bajo del edificio social, no llega á ser del todo sepulcro,

es su antesala; pero como esos ricos que adornan con sus mayores

magnificencias la entrada de sus palacios, parece que la muerte que

está al lado ostenta sus más grandes miserias en ese vestíbulo.

El hombre se había callado, la mujer no hablaba, la muchacha parecía

que ni respiraba.

Oíase el roce de la pluma sobre el papel.

El hombre masculló sin dejar de escribir:

--¡Canalla, canalla; todo es canalla!

Este variante al epifonema de Salomón, arrancó un suspiro á la mujer,

que le dijo:

--Cálmate, amiguito, cálmate. No te pongas malo, querido. Eres

demasiado bueno escribiendo á todas esas gentes, esposo mío.

Con la miseria los cuerpos se contraen y estrechan mutuamente, como

con el frío; pero los corazones se alejan. Aquella mujer, según todas

las apariencias, había amado á aquel hombre con toda la cantidad de

amor que hubiere en ella; pero probablemente, con las reconvenciones

cotidianas y recíprocas de una espantosa miseria que pesaba sobre todo

el grupo, aquel cariño se había extinguido. No había ya en ella para su

marido más que las cenizas de una afección. Sin embargo, los apelativos

cariñosos, como sucede frecuentemente, habían sobrevivido.

Le llamaba _querido_, _amiguito_, _esposo mío_, etc., con la boca, pero

el corazón permanecía mudo.

El hombre se había puesto á escribir nuevamente.

VII

=Estrategia y táctica=

Mario con el corazón oprimido, iba á bajarse de la especie de

observatorio que se había improvisado, cuando cierto ruido llamó su

atención obligándole á permanecer en su puesto.

La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente. La hija mayor

apareció en el umbral.

Llevaba gruesos zapatos de hombre, manchados de barro, que la había

salpicado hasta sus amoratados tobillos, é iba cubierta con una vieja

manta hecha jirones, que Mario no le había visto una hora antes;

pero que habría probablemente dejado á la puerta para inspirarle más

lástima, recogiéndola luego al salir. Entró, cerró la puerta tras sí,

se detuvo para tomar aliento, porque iba muy fatigada, y luego gritó

con expresión de alegre triunfo:

--¡Viene!

El padre volvió los ojos, la madre la cabeza, y la hermanita no se

movió.

--¿Quién?--preguntó el padre.

--El señor.

--¿El filántropo?

--Sí.

--¿De la iglesia de Santiago?

--Sí.

--¿El viejo?

--Sí.

--¿Y va á venir?

--Viene siguiéndome.

--¿Estás segura?

--Segurísima.

--¿Con que de veras viene?

--En un coche de alquiler.

--¡En coche! ¿Es Rotschild?

El padre se levantó.

--¿Pero estás segura? Si viene en coche, ¿cómo es que has llegado antes

que él? ¿Le has dado al menos bien las señas? ¿Le has dicho bien claro:

la última puerta al fondo del corredor, á la derecha? ¡Con tal que no

se equivoque! ¿Le has encontrado entonces en la iglesia? ¿Ha leído mi

carta? ¿Qué es lo que te ha dicho?

--¡Ta, ta, ta!--dijo la muchacha.--¡Y cómo corres, buen hombre! Oye:

entré en la iglesia; estaba en el sitio de costumbre; le hice una

reverencia; le di tu carta; la leyó, y me dijo: «¿Dónde vivís, hija

mía?». Y le contesté: «Yo os acompañaré, caballero». Y me dijo: «No,

dadme las señas; mi hija tiene que hacer algunas compras; tomaré un

carruaje, y llegaré á vuestra casa al mismo tiempo que vos». Le di,

pues, las señas. Cuando le dije la casa, pareció sorprenderse y vaciló

un instante; pero luego añadió: «Es igual, iré». Concluida la misa,

le vi salir de la iglesia con su hija y subir los dos en un coche.

Le especifiqué bien, la última puerta, al extremo del corredor, á la

derecha.

--¿Y quién te asegura que vendrá?

--Que acabo de ver el coche, que llegaba ya por la calle del

Petit-Banquier. Por eso he venido corriendo.

--¿Cómo sabes que es el mismo coche?

--Porque había mirado el número. ¡Vaya!

--¿Qué número era?

--440.

--Bien; eres una chica de talento.

La muchacha miró alternativamente á su padre, y señalando su sucio y

grosero calzado, añadió:

--Una chica de talento, es posible; pero digo que no me volveré á poner

estos zapatos, que no los quiero; primero por la salud, y luego por

la limpieza. No hay nada más feo ni más incómodo que unas suelas que

gruñan haciendo gri, gri, gri, todo el camino. Prefiero ir descalza.

--Tienes razón,--contestó el padre en tono bastante dulce que

contrastaba con la rudeza de la joven;--pero entonces no te dejarían

entrar en las iglesias; es preciso que los pobres tengan zapatos. No se

puede ir con los pies desnudos á la casa de Dios,--añadió amargamente.

Luego, volviendo al objeto que le preocupaba, repuso:

--Pero, ¿estás segura, segura de que viene?

--Viene pisándome los talones,--replicó ella.

El hombre se enderezó, apareciendo su rostro como iluminado.

--Mujer,--gritó,--ya lo oyes. Ahí tienes al filántropo. Apaga la lumbre.

La madre, estupefacta, no se movió.

El padre, con la agilidad de un saltimbanquis, agarró un puchero

desportillado que había sobre la chimenea, y arrojó el agua sobre los

tizones.

Luego, dirigiéndose á su hija mayor, añadió:

--¡Tú! Rompe las pajas de la silla.

Su hija no comprendió.

Cogió él la silla, y de un talonazo le quitó, ó mejor dicho, hundió el

asiento.

Pasó su pierna por el agujero que acababa de abrir. Al retirarle,

preguntó á la muchacha:

--¿Hace frío?

--Muchísimo. Está nevando.

Volvióse el padre hacia la hija menor, que estaba echada sobre un

harapiento jergón, cerca de la ventana, gritándole con voz tonante:

--¡Pronto! ¡Fuera de la cama, haragana! ¡Nunca servirás para nada!

¡Rompe un vidrio!

La criatura saltó de la cama espantada y tiritando.

--¡Rompe un vidrio!--repitió.

La chica se quedó sin saber lo que le pasaba.

--¿No me oyes?--repuso el padre.--Te digo que rompas un vidrio.

La chica, con una especie de obediencia pavorosa, se alzó de puntillas,

y pegó un puñetazo en uno de los vidrios, el cual se rompió cayendo con

estrépito.

--¡Bien!--dijo el padre.

Estaba grave y brusco. Su mirada recorría rápidamente todos los

rincones del desván.

Hubiérase dicho que era un general haciendo los últimos preparativos en

el momento que va á empezar la batalla.

La madre, que aún no había dicho una palabra, se levantó, y preguntó

con voz lenta, sorda, cuyas palabras parecían salir como cuajadas:

--Querido, ¿que es lo que vas á hacer?

--Échate en la cama,--respondió el marido.

La entonación no admitía réplica. La madre obedeció y se dejó caer

pesadamente sobre uno de los jergones.

Mientras tanto, oíanse sollozos en un rincón.

--¿Qué es eso?--preguntó el padre.

La hija menor, sin salir de la sombra en que se había guarecido enseñó

su puño ensangrentado. Al romper el vidrio se había herido, habiendo

ido á colocarse junto á la cama de su madre, lloraba allí en silencio.

Tocóle ahora el turno á la madre de levantarse y gritar.

--¡Ya lo ves! ¡Las brutalidades que tú haces! Al romper el vidrio se ha

cortado la mano.

--¡Tanto mejor!--dijo el marido.--Lo había previsto.

--¿Cómo tanto mejor?--replicó la mujer.

--¡Calma!--replicó el padre.--Suprimo la libertad de imprenta.

Y desgarrando la camisa de mujer que llevaba puesta, arrancó de

ella una tira de tela, con la cual envolvió apresuradamente el puño

ensangrentado de la chiquilla.

Hecho lo cual, fijó su mirada satisfecha en su desgarrada camisa.

--¡Y la camisa igualmente!--dijo.--Todo tiene el carácter que

corresponde.

El viento helado silbaba al pasar por el vidrio roto entrando en el

cuarto. La bruma exterior penetraba en él, y se dilataba como algodón

en rama, vagamente desmenuzado por dedos invisibles. Al través del

vidrio roto se veía caer la nieve. El frío prometido la víspera por

el sol de la Candelaria había llegado, en efecto. El padre paseó una

mirada á su alrededor para asegurarse de que nada había olvidado.

Cogió una paleta vieja, y echó con ella ceniza sobre los tizones

mojados hasta ocultarlos completamente.

Luego, enderezándose y arrimándose á la chimenea:

--Ahora,--dijo,--ya podemos recibir al filántropo.

VIII

=El rayo de luz en la caverna=

La hija mayor se acercó, y puso su mano sobre la de su padre.

--Toca que fría estoy,--le dijo.

--¡Bah!--respondió el padre.--Más lo estoy yo.

La madre gritó impetuosamente:

--¡Tú lo tienes siempre todo mejor que los otros! ¡Hasta lo malo!

--¡Échate!--dijo el hombre.

La mujer, viendo la especie de mirada que se le dirigía, se calló.

Hubo en el desván un momento de silencio. La hija mayor arrancaba con

aire indiferente el barro de los extremos de su manta; la pequeña

continuaba sollozando; la madre le había cogido la cabeza entre las

manos y la cubría de besos, diciéndole por lo bajo:

--¡Tesoro mío! No llores, te lo pido yo; eso no será nada. Mira que se

va á enfadar tu padre.

--No,--gritó el padre;--al contrario, llora, llora; esto va muy bien.

Después, volviéndose á la mayor, añadió:

--¡Ya, pero ese hombre no llega! ¡Si no viniese! ¡hubiera apagado la

lumbre, desfondado mi silla, desgarrado mi camisa y roto el vidrio para

nada.

--¡Y herido á la niña!--murmuró la madre.

--¿Sabéis,--repuso el padre,--que hace un frío de perros en este desván

del diablo? ¡Si ese hombre no viniera! ¡Oh, cómo se hace esperar! Él

dirá: «Me esperarán: ¡allí están para eso!». ¡Oh, cuánto les aborrezco!

¡Con qué júbilo, con qué alegría, con qué entusiasmo, con qué

satisfacción ahogaría á todos esos ricos! ¡Esos ricos, esos supuestos

hombres caritativos, que se hacen los benditos, que van á misa, que

andan con la clerigalla; sermoncico aquí, sermoncico allá; los beatos

que vienen á humillarnos y á traernos «ropa», como ellos dicen, trapos

que no valen cuatro sueldos, y pan! ¡No es eso lo que yo quiero, atajo

de canallas, sino dinero! ¡Ah, dinero, nunca! Porque dicen que iríamos

á beberlo, y que somos unos borrachos y unos holgazanes. ¿Y ellos?

¿Qué es lo que son y lo que fueron en su tiempo? ¡Ladrones! Si no, no

se hubieran enriquecido. ¡Oh! ¡Debiera cogerse á la sociedad entre las

cuatro puntas de una manta, y arrojarlo todo al aire! Todo se rompería,

es posible; pero al menos nadie tendría nada, y eso habríamos ganado.

Pero, ¿qué es lo que hace el mastín de tu benéfico señor? ¿Vendrá? ¡Tal

vez el animal habrá olvidado las señas! Apostemos á que ese bestia de

viejo...

En este instante dieron un ligero golpe á la puerta; el hombre se

precipitó hacia ella y la abrió exclamando con profundos saludos y

sonrisas de adoración:

--Entrad, señor; dignaos entrar, mi respetable bienhechor, así como

vuestra encantadora hija.

Un hombre de edad avanzada y una joven, aparecieron en la puerta del

desván.

Mario no había dejado su puesto. Lo que sintió en aquel momento no está

al alcance de ninguna lengua humana.

Era ella.

Quienquiera que haya amado, sabe cuántas irradiaciones esplendorosas

contienen las pocas letras de esta palabra: Ella.

Ella era efectivamente. Mario apenas la distinguía á través del

luminoso vapor que se había esparcido súbitamente por sus ojos. Era

aquel dulce ser ausente, aquel astro que para él había lucido durante

seis meses: era aquella pupila, aquella frente, aquella boca, aquel

hermoso rostro desvanecido, que al marcharse le había dejado sumido en

las tinieblas. La visión se había eclipsado y reaparecía.

¡Reaparecía entre aquella obscuridad, en aquel desván, en aquella

deforme madriguera, en aquel horror!

Mario se estremecía perdidamente. ¡Cómo! ¡Era ella! Las palpitaciones

de su corazón le turbaban la vista. Sentíase próximo á deshacerse

en llanto. ¡Cómo! ¡La volvía á ver, después de haberla buscado

tanto tiempo! Parecíale que había perdido su alma, y que acababa de

encontrarla.

Seguía siendo la misma, pero algo más pálida; formaba el marco de

su delicado rostro un sombrero de terciopelo violeta, y ocultaba su

talle una manteleta de raso negro. Bajo su larga falda se entreveía su

pequeño pie, aprisionado en una botita de seda.

Iba, como siempre, acompañada del señor Leblanc.

Dió algunos pasos hacia dentro de la habitación, dejando un gran

paquete sobre la mesa.

La Jondrette mayor se había retirado detrás de la puerta, mirando con

ojos tristes aquel sombrero de terciopelo, aquel abrigo de seda y aquel

gracioso semblante irradiando felicidad.

IX

=Jondrette casi llora=

Hasta tal punto estaba obscuro aquel chiribitil, que las personas

que venían de fuera sentían al entrar lo mismo que si penetrasen en

una bodega. Los dos recién llegados avanzaron con cierta vacilación,

distinguiendo apenas formas vagas en torno suyo, en tanto que eran

perfectamente vistos y examinados por los habitantes del desván,

acostumbrados á aquel crepúsculo.

El señor Leblanc se aproximó con su mirada bondadosa y triste, y dijo á

Jondrette padre:

--Señor, en ese paquete encontrareis algunas prendas nuevas, medias y

cobertores de lana.

--Nuestro angelical bienhechor nos abruma,--dijo Jondrette inclinándose

hasta el suelo.

Luego, acercándose al oído de su hija mayor, mientras que los dos

visitantes examinaban aquel lamentable interior, añadió por lo bajo y

rápidamente:

--¡Ves! ¿Lo que te decía? Trapos, pero no dinero. ¡Todos son lo mismo.

Á propósito, ¿cómo estaba firmada la carta para este torpe?

--Fabantou,--respondió la hija.

--¡El artista dramático, bueno!

Á tiempo se había acordado Jondrette, porque en aquel instante el señor

Leblanc se volvía hacia él, y le decía con ese aire de quien busca un

nombre:

--Veo que sois muy digno de lástima, señor...

--Fabantou,--respondió vivamente Jondrette.

--Señor Fabantou, sí, eso es. Ya recuerdo.

--Artista dramático, señor, que ha obtenido algunos triunfos.

Aquí Jondrette creyó evidentemente llegado el momento de apoderarse del

«filántropo», y exclamó con ese sonido de voz que participa á la vez de

la charla del titiritero en las ferias, y de la humildad del mendigo

en las carreteras. ¡Discípulo de Talma! ¡Señor, he sido discípulo de

Talma! La fortuna me ha sonreído en otros tiempos. ¡Ah! Ahora le ha

llegado su turno á la desgracia. ¡Ya lo veis, mi bienhechor, ni pan, ni

fuego! Mis pobres hijas no tienen un ascua á que arrimarse. ¡Mi única

silla sin asiento! ¡Un vidrio roto! ¡Y con el tiempo que hace! ¡Mi

esposa en la cama enferma!

--¡Pobre mujer!--dijo el señor Leblanc.

--¡Mi hija herida!--añadió Jondrette.

La muchacha, distraída con la llegada de los dos visitantes, estaba

contemplando á «la señorita», y había dejado de llorar.

--¡Llora, chilla!--le dijo por lo bajo Jondrette.

Y al mismo tiempo la pellizcó en la mano herida. Todo esto con una

verdadera ligereza de escamoteador.

La chica puso el grito en el cielo.

La adorable joven, que Mario llamaba en su corazón «su Úrsula», se le

acercó vivamente.

--¡Pobre muchacha!--exclamó.

--Ya lo veis, hermosa señorita,--prosiguió Jondrette;--su puño está

ensangrentado. Es un accidente que le ha ocurrido trabajando en una

máquina para ganar seis sueldos al día. Quizá habrá necesidad de

cortarle el brazo.

--¿De veras?--dijo alarmado el buen anciano.

La chica, tomando estas palabras por lo serio, comenzó á llorar con

mayor fuerza.

--¡Ay, sí, mi bienhechor!--respondió el padre.

Hacía algunos instantes que Jondrette contemplaba «al filántropo» de

un modo extraño. Mientras continuaba hablando, parecía escudriñar con

atención, como si tratase de buscar algo en sus recuerdos. De pronto,

aprovechando el momento en que los recién venidos preguntaban con

interés á la niña sobre la herida de la mano, pasó cerca de su mujer,

que estaba en la cama con aire abatido y estúpido, diciéndola vivamente

por lo bajo:

--¡Fíjate en ese hombre!

Luego, volviéndose hacia el señor Leblanc, prosiguió en sus

lamentaciones:

--¡Ya lo veis, señor; tengo por todo vestido una camisa de mujer! ¡Y

desgarrada! ¡En el rigor del invierno! No puedo salir de casa, pues

carezco de ropa. Si la tuviera, por mala que fuese, iría á ver á la

célebre actriz Mars, que me conoce, y me quiere mucho. ¿No vive aún en

la calle de la Tourdes Dames? ¿No lo sabéis, señor? Hemos trabajado

juntos en provincias. He compartido sus laureles. ¡Celimene vendría á

mi socorro, caballero! ¡Elmira daría limosna á Besilario! ¡Pero, nada!

¡Y ni un céntimo en casa! Mi mujer enferma, mi hija peligrosamente

herida, y ¡ni un céntimo! Mi mujer padece espasmos, efecto de la edad,

complicados con una afección del sistema nervioso. ¡Necesita ciertos

cuidados, así también como mi hija! Pero, ¡el médico y la botica! ¿Cómo

pagar? ¡Ni un ochavo siquiera! ¡Ante un céntimo me arrodillaría, señor!

¡Á qué se ven reducidas las artes! ¿Y sabéis, hermosa señorita, y vos,

mi generoso protector, vos que respiráis la virtud y la bondad, y que

perfumáis esa iglesia donde mi pobre hija, al ir á rezar, os ve siempre

todos los días...? pues yo educo religiosamente á mis hijas: sabed que

yo no he querido que se dedicasen al teatro. ¡Ah, las picaruelas! Que

las vea yo torcerse... ¡No gasto bromas yo! ¡Las sermoneo mucho sobre

el honor, sobre la moral, sobre la virtud! ¡Ya podéis preguntarles! Es

menester que anden derechas. Tienen padre. No son de esas desgraciadas

que comienzan por no tener familia y acaban por casarse con el público;

que al principio son la señorita Nadie, y después se convierten en

la señora de Todo el mundo. ¡Mala peste! ¡Nada de eso en la familia

Fabantou! Yo trato de educarlas virtuosamente, y que sean honradas

y buenas y que crean en Dios, ¡vive Cristo! Y bien, señor, mi digno

señor, ¿sabéis lo que va á pasar mañana? Mañana es el 4 de febrero,

el día fatal, el último plazo que me ha concedido el casero; si esta

noche no le pago, mañana mi hija mayor, yo, mi esposa con su calentura,

mi hija menor con su herida, los cuatro seremos arrojados de aquí y

echados á la calle, al boulevard, sin abrigo, bajo la lluvia, sobre la

nieve. Así sucederá, señor. ¡Debo cuatro trimestres, un año! Es decir,

sesenta francos.

Jondrette mentía. Cuatro trimestres no hubieran hecho más que cuarenta

francos, y no podía deber cuatro, pues no hacía seis meses que Mario

había pagado dos.

El señor Leblanc sacó cinco francos del bolsillo, y los echó sobre la

mesa.

Jondrette tuvo tiempo de murmurar al oído de su hija mayor:

--¡Avaro! ¿Qué querrá que haga yo con sus cinco francos? ¡Con eso no me

paga siquiera la silla y el vidrio! ¡Puede uno hacer gastos!

Entretanto el señor Leblanc se había quitado un gran gabán obscuro que

llevaba sobre su levita azul, y le había echado sobre el respaldo de la

silla.

--Señor Fabantou,--dijo,--no traigo aquí más que esos cinco francos;

pero voy á llevar á mi hija á casa, y volveré esta noche. ¿No es esta

noche que debéis pagar?

La cara de Jondrette se iluminó con una extraña expresión, y contestó

vivamente:

--Sí, mi respetable señor. Á las ocho debo estar en casa del

propietario.

--Vendré á las seis, y os traeré los sesenta francos.

--¡Oh, mi bienhechor!--exclamó Jondrette casi delirante.

Y añadió por lo bajo:--¡Mírale bien, mujer!

El señor Leblanc había cogido el brazo de su linda hija, y se volvió

hacia la puerta.

--Hasta la noche, amigos míos,--dijo.

--¿Á las seis?--preguntó Jondrette.

--Á las seis en punto.

En aquel momento la hija mayor se fijó en el sobretoto que estaba sobre

la silla.

--Señor,--dijo,--olvidáis vuestro gabán.

Al oir esto Jondrette, lanzó á su hija una mirada furibunda, acompañada

de un encogimiento de hombros formidable.

El señor Leblanc se volvió, y contestó sonriendo:

--No lo olvido, lo dejo.

--¡Oh, mi protector,--dijo Jondrette,--mi augusto bienhechor! Me

deshago en llanto. Permitid que os acompañe hasta vuestro carruaje.

--Si salís,--dijo el señor Leblanc,--poneos ese abrigo. En realidad

hace mucho frío.

Jondrette no se lo hizo repetir segunda vez. Embutióse precipitadamente

en el gabán.

Y loa tres salieron del desván, Jondrette precediendo á los dos

visitantes.

X

=Tarifa de los carruajes de alquiler: dos francos por hora=

Mario no había perdido nada de toda aquella escena, y sin embargo, nada

había visto en realidad. Sus ojos habían estado constantemente fijos

en la joven; su corazón se había, por así decirlo, apoderado de ella,

envolviéndola toda por completo, desde que puso los pies en el desván.

Durante todo el tiempo que ella estuvo allí, Mario había vivido esa

vida del éxtasis, que suspende las percepciones materiales y precipita

toda el alma sobre un solo punto. Contemplaba, no á aquella joven,

sino aquella luz que llevaba una manteleta de raso y un sombrero de

terciopelo. Si la estrella Sirio hubiera entrado en el desván no le

habría deslumbrado más.

Mientras la joven abría el paquete, desplegaba las prendas y las

mantas, interrogando á la madre enferma con bondad y á la muchacha

herida con enternecimiento, Mario espiaba todos sus movimientos y

procuraba oir sus palabras. Conocía sus ojos, su frente, su belleza,

su talle, su andar; lo que no conocía era su voz. Había creído oir

algunas de sus palabras cierto día en el Luxemburgo; pero no estaba

absolutamente cierto de ello. Hubiera dado diez años de su vida por

oirla, por poder llevar en su alma un poco de aquella música. Pero

todo se perdía en las declamaciones lastimeras y en las jeremiadas de

Jondrette; lo cual irritaba verdaderamente á Mario, aún en medio de su

éxtasis. No apartaba de ella los ojos. No podía imaginarse que fuera

realmente aquella criatura divina la que veía en medio de seres tan

inmundos en aquel monstruoso tugurio. Parecíale ver un colibrí entre

sapos.

Cuando salió la joven, él ya no tuvo más que un pensamiento: seguir

sus huellas, no dejarla hasta saber dónde vivía; no volverla á perder,

después de haberla hallado tan milagrosamente. Saltó de la cómoda y

cogió su sombrero. Al poner la mano en el picaporte, cuando iba ya

á salir, detúvole una reflexión. El corredor era largo, la escalera

estrecha y empinada, Jondrette muy hablador, el señor Leblanc no

habría aún subido en su coche; y si volviéndose en el corredor, en la

escalera ó en el portal, le veía en aquella casa, evidentemente se

alarmaría y hallaría medio de escapar de nuevo, y otra vez se habría

acabado todo. ¿Qué hacer? ¿Esperar un poco? Pero mientras esperaba, el

carruaje podría marchar. Mario estaba perplejo. Por fin se arriesgó,

y salió de su cuarto. No había ya nadie en el corredor. Corrió á la

escalera; tampoco en la escalera había nadie. Bajó á escape, y llegó

al boulevard, á tiempo de ver un coche de alquiler dar la vuelta á la

esquina de la calle del Petit-Banquier, y entrar en París.

Mario se precipitó en aquella dirección. Al llegar al ángulo del

boulevard, volvió á ver el coche, que bajaba rápidamente por la calle

Mouffetard. El carruaje estaba ya muy lejos, y no había medio de

alcanzarle. ¿Qué hacer? ¿Correr detrás de él? Imposible. Además, desde

el carruaje podrían observar que un individuo corría á todo escape para

alcanzarle, y el padre le conocería. En aquel momento, ¡casualidad

inaudita y maravillosa! vió Mario un cabriolé de alquiler que pasaba

vacío por el boulevard. No había sino un partido que tomar; subir en el

cabriolé y seguir al coche. Esto era seguro indudablemente.

Mario hizo seña al cochero de que parara, y le gritó:

--¡Por horas!

Mario iba sin corbata, y llevaba puesto el traje viejo de trabajar, al

cual le faltaban algunos botones, y su camisa estaba rasgada á lo largo

de uno de los pliegues de la pechera.

El cochero se detuvo, guiñó el ojo, y extendió hacia Mario su mano

izquierda, frotando suavemente el índice con el pulgar.

--¿Qué?--preguntó Mario.

--Paga anticipada,--respondió el cochero.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 3 / 64 段