Cuando recobrando el ánimo, abrió los ojos un instante para arrojar en
torno suyo una mirada inquieta, se encontró lejos, muy lejos de
Montagut, y en unos lugares, para él completamente extraños. El corcel
corría, corría sin detenerse, y árboles, rocas, castillos y aldeas
pasaban á su lado como una exhalación. Nuevos y nuevos horizontes se
abrían ante su vista; horizontes que se borraban para dejar lugar á
otros más y más desconocidos. Valles angostos, erizados de colosales
fragmentos de granito que las tempestades habian arrancado de la
cumbre de las montañas, alegres campiñas, cubiertas de un tapiz de
verdura y sembradas de blancos caseríos; desiertos sin límites, donde
hervían las arenas calcinadas por los rayos de un sol de fuego; vastas
soledades, llanuras inmensas, regiones de eternas nieves, donde los
gigantescos témpanos asemejaban, destacándose sobre un cielo gris y
obscuro, blancos fantasmas que extendían sus brazos para asirle por
los cabellos al pasar; todo esto, y mil y mil otras cosas que yo no
podré deciros, vió en su fantástica carrera, hasta tanto que envuelto
en una niebla obscura; dejó de percibir el ruido que producían los
cascos del caballo al herir la tierra.
* * * * *
I
Nobles caballeros, sencillos pastores, hermosas niñas que escucháis mi
relato, si os maravilla lo que os cuento, no creáis que es una fábula
tejida á mi antojo para sorprender vuestra credulidad; de boca en boca
ha llegado hasta mí esta tradición, y la leyenda del sepulcro[1] que
aún subsiste en el monasterio de Montagut, es un testimonio
irrecusable de la veracidad de mis palabras.
[Footnote 1: la leyenda del sepulcro. See p. 140, note 1.]
Creed, pues, lo que he dicho, y creed lo que aún me resta por decir,
que es tan cierto como lo anterior, aunque más maravilloso. Yo podré
acaso adornar con algunas galas de la poesía el desnudo esqueleto de
esta sencilla y terrible historia, pero nunca me apartaré un punto de
la verdad á sabiendas.