Pintar la ira del colérico Teobaldo, sería imposible. Repetir sus
maldiciones y sus blasfemias, sólo repetirlas, fuera escandaloso é
impío. Llamó á grandes voces á sus servidores, y únicamente le
contestó el eco en aquellas inmensas soledades, y se arrancó los
cabellos y se mesó las barbas, presa de la más espantosa
desesperación.--Le seguiré á la carrera, aun cuando haya de
reventarme, exclamo al fin, armando de nuevo su ballesta y
disponiéndose á seguir á la res; pero en aquel momento sintió ruido á
sus espaldas; se entreabrieron las ramas de la espesura, y se presentó
á sus ojos un paje que traía del diestro un corcel negro como la
noche.
--El cielo me lo envía, dijo el cazador, lanzándose sobre sus lomos
ágil como un gamo. El paje, que era delgado, muy delgado, y amarillo
como la muerte, se sonrió de una manera extraña al presentarle la
brida.
X
El caballo relinchó con una fuerza que hizo estremecer el bosque, dió
un bote increíble, un bote en que se levantó más de diez varas del
suelo, y el aire comenzó á zumbar en los oídos del jinete, como zumba
una piedra arrojada por la honda. Había partido al escape; pero á un
escape tan rápido, que temeroso de perder los estribos y caer á tierra
turbado por el vértigo, tuvo que cerrar los ojos y agarrarse con ambas
manos á sus[1] flotantes crines.
[Footnote 1: sus. The antecedent is logically, but not grammatically
evident.]
Y sin agitar sus riendas, sin herirle con el acicate ni animarlo con
la voz, el corcel corría, corría sin detenerse. ¿Cuanto tiempo corrió
Teobaldo con él, sin saber por donde, sintiendo que las ramas le
abofeteaban el rostro al pasar, y los zarzales desgarraban sus
vestidos, y el viento silbaba á su alrededor? Nadie lo sabe.