Por último, pudo encontrar una ocasión propicia; tendió el brazo y
voló la saeta, que fué á clavarse temblando en el lomo del terrible
animal, que dió un salto y un espantoso bufido.--¡Muerto está! exclama
con un grito de alegría el cazador, volviendo á hundir por la
centésima vez el acicate en el sangriento ijar de su caballo; ¡muerto
está! en balde huye. El rastro de la sangre que arroja marca su
camino. Y esto diciendo, comenzó á hacer en la bocina la señal del
triunfo para que la oyesen sus servidores.
En aquel instante el corcel se detuvo, flaquearon sus piernas, un
ligero temblor agitó sus contraídos músculos, cayó al suelo
desplomado, arrojando por la hinchada nariz cubierta de espuma un caño
de sangre.
Había muerto de fatiga, había muerto cuando la carrera del herido
jabalí comenzaba á acortarse; cuando bastaba un solo esfuerzo más para
alcanzarlo.