--¡Por dónde va el jabalí? preguntó el barón subiendo á su corcel, sin
apoyarse en el estribo ni desarmar la ballesta.--Por la cañada que se
extiende al pie de esas colinas, le respondieron. Sin escuchar la
última palabra, el impetuoso cazador hundió su acicate de oro en el
ijar del caballo, que partió al escape. Tras él partieron todos.
Los habitantes de la aldea, que fueron los primeros en dar la voz de
alarma, y que al aproximarse el terrible animal se habían guarecido en
sus chozas, asomaron tímidamente la cabeza á los quicios de sus
ventanas; y cuando vieron desaparecer la infernal comitiva por entre
el follaje de la espesura, se santiguaron en silencio.