Teobaldo era hombre de hacer lo que decía. El sacerdote, sin embargo,
se limitó á contestarle:--Haz lo que quieras, pero ten presente que
hay un Dios que castiga y perdona, y que si muero á tus manos borrará
mis culpas del libro de su indignación, para escribir tu nombre y
hacerte expiar tu crimen.
--¡Un Dios que castiga y perdona! prorrumpió el sacrílego barón con
una carcajada. Vo no creo en Dios, y para darte una prueba voy á
cumplirte lo que te he prometido; porque aunque poco rezador, soy
amigo de no faltar á mis palabras. ¡Raimundo! ¡Gerardo! ¡Pedro! Azuzad
la jauría, dadme el venablo, tocad el _alali_ en vuestras trompas, que
vamos á darle caza á este imbécil, aunque se suba á los retablos de
sus altares.
V
Ya después de dudar un instante y á una nueva orden de su señor,
comenzaban los pajes á desatar los lebreles, que aturdían la iglesia
con sus ladridos; ya el barón había armado su ballesta riendo con una
risa de Satanás, y el venerable sacerdote, murmurando una plegaria,
elevaba sus ojos al cielo y esperaba tranquilo la muerte, cuando se
oyó fuera del sagrado recinto una vocería horrible, bramidos de
trompas que hacían señales de ojeo, y gritos de _¡Al jabali!--¡Por Zas
breñas!--¡Hacia el monte!_ Teobaldo, al anuncio de la deseada res,
corrió á las puertas del santuario, ebrio de alegría; tras él fueron
sus servidores, y con sus servidores los caballos y los lebreles.