II

La iglesia estaba iluminada con una profusión asombrosa. El torrente

de luz que se desprendía de los altares para llenar sus ámbitos,

chispeaba en los ricos joyeles de las damas que, arrodillándose sobre

los cojines de terciopelo que tendían los pajes y tomando el libro de

oraciones de manos de las dueñas,[1] vinieron á formar un brillante

círculo alrededor de la verja del presbiterio. Junto á aquella verja,

de pie, envueltos en sus capas de color galoneadas de oro, dejando

entrever con estudiado descuido las encomiendas rojas y verdes, en la

una mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices, la otra sobre

los bruñidos gavilanes del estoque ó acariciando el pomo del cincelado

puñal, los caballaros veinticuatros,[2] con gran parte de lo mejor de

la nobleza sevillana, parecían formar un muro, destinado á defender á

sus hijas y sus esposas del contacto de la plebe. Ésta, que se agitaba

en el fondo de las naves, con un rumor parecido al del mar cuando se

alborota, prorrumpie en una aclamación de jubilo, acompañada del

discordante sonido de las sonajas y los panderos, al mirar aparecer al

arzobispo, el cual, después de sentarse junto al altar mayor bajo un

solio de grana que rodearon sus familiares, echó por tres veces la

bendición al pueblo.

[Footnote 1: dueñas. See p.67, note 1.]

[Footnote 2: veinticuatros. See p. 96, note 4.]

Era lá hora de que comenzase la Misa.

Trascurrieron, sin embargo, algunos minutos sin que el celebrante

apareciese. La multitud comenzaba á rebullirse, demostrando su

impaciencia; los caballeros cambiaban entre sí algunas palabras á

media voz, y el arzobispo mando á la sacristía uno de sus familiares á

inquirir el por qué no comenzaba la ceremonia.

--Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo, y será imposible que asista

esta noche á la Misa de media noche. Esta fué la respuesta del

familiar.

La noticia cundió instantáneamente entre la muchedumbre. Pintar el

efecto desagradable que causó en todo el mundo, sería cosa imposible;

baste decir que comenzó á notarse tal bullicio en el templo, que el

asistente se puso de pie y los alguaciles entraron á imponer silencio,

confundiéndose entre las apiñadas olas de la multitud.

En aquel momento, un hombre mal trazado, seco, huesudo y bisojo por

añadidura, se adelantó hasta el sitio que ocupaba el prelado.

--Maese Pérez está enfermo, dijo: la ceremonia no puede empezar. Si

queréis, yo tocaré el órgano en su ausencia; que ni maese Pérez es el

primer organista del mundo, ni á su muerte dejará de usarse este

instrumento por falta de inteligente.... El arzobispo hizo una señal

de asentimiento con la cabeza, y ya algunos de los fieles que conocían

á aquel personaje extraño por un organista envidioso, enemigo del de

Santa Inés, comenzaban á prorrumpir en exclamaciones de disgusto,

cuando de improviso se oyó en el atrio un ruido espantoso.

--¡Maese Pérez está aquí!... ¡Maese Pérez está aquí!... Á estas voces

de los que estaban apiñados en la puerta, todo el mundo volvió la

cara.

Maese Pérez, pálido y desencajado, entraba en efecto en la iglesia,

conducido en un sillón, que todos se disputaban el honor de llevar en

sus hombros.

Los preceptos de los doctores, las lágrimas de su hija, nada había

sido bastante á detenerle en el lecho.

--No, había dicho; ésta es la última, lo conozco, lo conozco, y no

quiero morir sin visitar mi órgano, y esta noche sobre todo, la

Noche-Buena. Vamos, lo quiero, lo mando; vamos a la iglesia.

Sus deseos se habían cumplido; los concurrentes le subieron en brazos

á la tribuna, y comenzó la Misa.

En aquel punto sonaban las doce en el reloj de la catedral.

Pasó el introito[1] y el Evangelio[2] y el ofertorio,[3] y llegó el

instante solemne en que el sacerdote, después de haberla consagrado,

toma con la extremidad de sus dedos la Sagrada Forma y comienza á

elevarla.

[Footnote 1: introito. "In the ancient Church a psalm was sung or

chanted immediately before the Collect, Epistle, and Gospel. As this

took place while the priest was entering within the septum or rails

of the altar, it acquired the name of Introitus or Introit." Walter

F. Hook, _Church Dict._, London, Murray, 1887, p. 407.]

[Footnote 2: Evangelio = Gospel.' "The First Council of Orange in

441, and that of Valentia in Spain, ordered the Gospel to be read

after the Epistle and before the offertory." Addis and Arnold,

'_Catholic Dict._, London, 1884, p. 380.]

[Footnote 3: ofertorio. The offertory or "service of song while the

oblations were collected and received is of ancient date. St.

Augustine speaks of the singing of hymns at the oblation." Walter F.

Hook, _Church Dict._, p. 540. The offertory is said immediately

after the _Creed_, and before the Preface and Sanctus.]

Una nube de incienso que se desenvolvía en ondas azuladas llenó el

ámbito de la iglesia; las campanillas repicaron con un sonido

vibrante, y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las teclas del

órgano.

Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde majestuoso

y prolongado, que se perdío poco á poco, como si una ráfaga de aire

hubiese arrebatado sus últimos ecos.

Á este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la

tierra al cielo, respondió otro lejano y suave que fué creciendo,

creciendo hasta convertirse en un torrente de atronadora armonía.

Era la voz de los ángeles, que atravesando los espacios, llegaba al

mundo.

Después comenzaron á oirse como unos himnos distantes que entonaban

las jerarquías de serafines; mil himnos á la vez, que al confundirse

formaban uno solo, que, no obstante, era no más el acompañamiento de

una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de

misteriosos ecos, como un jirón de niebla sobre las olas del mar.

Luego fueron perdiéndose unos cantos, después otros; la combinación se

simplificaba. Ya no eran más que dos voces, cuyos ecos se confundían

entre sí; luego quedó una aislada, sosteniendo una nota brillante como

un hilo de luz.... El sacerdote inclinó la frente, y por encima de su

cabeza cana y como á tráves de una gasa azul que fingía el humo del

incienso, apareció la Hostia á los ojos de los fieles. En aquel

instante la nota que maese Pérez sostenía trinando, se abrió, se

abrió, y una explosión de armonía gigante estremeció la iglesia, en

cuyos ángulos zumbaba el aire comprimido, y cuyos vidrios de colores

se estremecían en sus angostos ajimeces.

De cada una de las notas que formaban aquel magnífico acorde, se

desarrolló un tema; y unos cerca, otros lejos, éstos brillantes,

aquellos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas y las

frondas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos, cantaban

cada cual en su idioma un himno al nacimiento del Salvador.

La multitud escuchaba atónita y suspendida. En todos los ojos había

una lágrima, en todos los espíritus un profundo recogimiento.

El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus manos, porque Aquél que

levantaba en ellas, Aquél á quien saludaban hombres y arcángeles era

su Dios; era su Dios, y le parecía haber visto abrirse los cielos y

trasfigurarse la Hostia.[1]

[Footnote 1: trasfigurarse la Hostia. See p. 101, note 2.]

El órgano proseguía sonando; pero sus voces se apagaban gradualmente,

como una voz que se pierde de eco en eco, y se aleja, y se debilita al

alejarse, cuando de pronto sonó un grito en la tribuna, un grito

desgarrador, agudo, un grito de mujer.

El órgano exhalo un sonido discorde y extraño, semejante á un sollozo,

y quedó mudo.

La multitud se agolpo á la escalera de la tribuna, hacia la que,

arrancados de su éxtasis religioso, volvieron la mirada con ansiedad

todos los fieles.

--¿Qué ha sucedido? ¿qué pasa? se decían unos á otros, y nadie sabía

responder, y todos se empeñaban en adivinarlo, y crecía la confusión,

y el alboroto comenzaba á subir de punto, amenazando turbar el orden y

el recogimiento propios de la iglesia.

--¿Qué ha sido eso? preguntaban las damas al asistente, que, precedido

de los ministriles, fué uno de los primeros á subir á la tribuna, y

que, pálido y con muestras de profundo pesar, se dirigía al puesto en

donde le esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la

causa de aquel desorden.

--¿Qué hay?

--Que maese Pérez acaba de morir.

En efecto, cuando los primeros fieles, después de atropellarse por la

escalera, llegaron á la tribuna, vieron--al pobre organista caído de

boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún vibraba

sordamente, mientras su hija, arrodillada á sus pies, le llamaba en

vano entre suspiros y sollozos.

Legends, Tales and Poems · 第 76 / 145 题