II

Al llegar la media noche, los reyes se retiraron á su camara. Terminó

el sarao y los curiosos de la plebe que aguardaban con impaciencia

este momento, formando grupos y corrillos en las avenidas del palacio,

corrieron á estacionarse en la cuesta del alcázar,[1] los miradores[2]

y el Zocodover.

[Footnote 1: la cuesta del alcázar. This is the name of the street

that leads from the Zocodover up to the height on which is situated

the Alcazar (see p. 61, note 3).]

[Footnote 2: miradores. See p. 51 note 2.]

Durante una ó dos horas, en las calles inmediatas á estos puntos reinó

un bullicio, una animación y un movimiento indescriptibles. Por todas

partes se veían cruzar escuderos caracoleando en sus corceles

ricamente enjaezados; reyes de armas con lujosas casullas llenas de

escudos y blasones: timbaleros vestidos de colores vistosos, soldados

cubiertos de armaduras resplandecientes, pajes con capotillos de

terciopelo y birretes coronados de plumas, y servidores de á pie que

precedían las lujosas literas y las andas cubiertas de ricos paños,

llevando en sus manos grandes hachas encendidas, á cuyo rojizo

resplandor podía verse á la multitud, que con cara atónita, labios

entreabiertos y ojos espantados, miraba desfilar con asombro á todo lo

mejor de la nobleza castellana, rodeada en aquella ocasión de un

fausto y un esplendor fabulosos.

Luego, poco á poco fué cesando el ruido y la animación; los vidrios de

colores de las altas ojivas del palacio dejaron de brillar; atravesó

por entre los apiñados grupos la última cabalgata; la gente del pueblo

á su vez comenzó á dispersarse en todas direcciones, perdiéndose entre

las sombras del enmarañado laberinto de calles obscuras, estrechas y

torcidas,[1] y ya no turbaba el profundo silencio de la noche más que

el grito lejano de vela de algún guerrero, el rumor de los pasos de

algún curioso que se retiraba el último, ó el ruido que producían las

aldabas de algunas puertas al cerrarse, cuando en lo alto de la

escalinata que conducía á la plataforma del palacio apareció un

caballero, el cual, después de tender la vista por todos lados como

buscando á alguien que debía esperarle, descendió lentamente hasta la

cuesta del alcázar, por la que se dirigie hacia el Zocodover.

[Footnote 1: torcidas. See p. 50, note 2.]

Al llegar á la plaza de éste nombre se detuvo un momento, y volvió á

pasear la mirada á su alrededor. La noche estaba obscura; no brillaba

una sola estrella en el cielo, ni en toda la plaza se veía una sola

luz; no obstante, allá á lo lejos, y en la misma dirección en que

comenzó á percibirse un ligero ruido como de pasos que iban

aproximándose, creyó distinguir el bulto de un hombre: era sin duda el

mismo á quien parecía[1] aguardaba con tanta impaciencia.

[Footnote 1: parecía is parenthetic in sense as used here.]

El caballero que acababa de abandonar el alcázar para dirigirse al

Zocodover era Alonso Carrillo, que en razón al puesto de honor que

desempeñaba cerca de la persona del rey, había tenido que acompañarle

en su cámara hasta aquellas horas. El que saliendo de entre las

sombras de los arcos[1] que rodean la plaza vino á reunírsele, Lope de

Sandoval. Cuando los dos caballeros se hubieron reunido, cambiaron

algunas frases en voz baja.

[Footnote 1: arcos. See p. 64, note 1.]

--Presumí que me aguardabas, dijo el uno.

--Esperaba que lo presumirías, contesto el otro.

--Y ¿á dónde iremos?

--Á cualquiera parte en que se puedan hallar cuatro palmos de terreno

donde revolverse, y un rayo de claridad que nos alumbre.

Terminado este brevísimo diálogo, los dos jóvenes se internaron por

una de las estrechas calles que desembocan en el Zocodover,

desapareciendo en la obscuridad como esos fantasmas de la noche, que

después de aterrar un instante al que los ve, se deshacen en átomos de

niebla y se confunden en el seno de las sombras.

Largo rato anduvieron dando vueltas á través de las calles de Toledo,

buscando un lugar á propósito para terminar sus diferencias; pero la

obscuridad de la noche era tan profunda, que el duelo parecía

imposible. No obstante, ambos deseaban batirse, y batirse antes que

rayase el alba; pues al amanecer debían partir las huestes reales, y

Alonso con ellas. Prosiguieron, pues, cruzando al azar plazas

desiertas, pasadizos sombríos, callejones estrechos y tenebrosos,

hasta que por último, vieron brillar á lo lejos una luz, una luz

pequeña y moribunda, en torno de la cual la niebla formaba un cerco de

claridad fantástica y dudosa.

Habían llegado á la calle del Cristo,[1] y la luz que se divisaba en

uno de sus extremes parecía ser la del farolillo que alumbraba en

aquella época, y alumbra aún, á la imagen que le da su nombre. Al

verla, ambos dejaron escapar una exclamación de júbilo, y apresurando

el paso en su dirección, no tardaron mucho en encontrarse junto al

retablo en que ardía. Un arco rehundido en el muro, en el fondo del

cual se veía la imagen del Redentor enclavado en la cruz y con una

calavera al pie; un tosco cobertizo de tablas que lo defendía de la

intemperie, y el pequeño farolillo colgado de una cuerda que lo

iluminaba débilmente, vacilando al impulse del aire, formaban todo el

retablo, alrededor del cual colgaban algunos festones de hiedra que

habían crecido entre los obscuros y rotos sillares, formando una

especie de pabellón de verdura.

[Footnote 1: la calle del Cristo. The street mentioned here is one

known up to the year 1864 as _la Calle del Cristo de la Calavera_ or

_la Calle de la Calavera_, but which bears to-day the name of _la

Cuesta del Pez_. It terminates near a little square which is called

to-day _Plazuela de Abdon de Paz_, but which earlier bore the name

of _Plazuela de la Cruz de la Calavera_. Miraculous tales are

related of several of the images of Christ in Toledo, of the _Cristo

de la Luz_, of the _Cristo de la Vega_, and others, as well as of

the image we have to deal with here.]

Los caballeros, después de saludar respetuosamente la imagen de

Cristo, quitándose los birretes y murmurando en voz baja una corta

oración, reconocieron el terreno con una ojeada, echaron á tierra sus

mantos, y apercibiéndose mutuamente para el combate y dándose la señal

con un leve movimiento de cabeza, cruzaron los estoques. Pero apenas

se habían tocado los aceros y antes que ninguno de los combatientes

hubiese podido dar un solo paso ó intentar un golpe, la luz se

apagó[1] de repente y la calle quedó sumida en la obscuridad más

profunda. Como guiados de un mismo pensamiento y al verse rodeados de

repentinas tinieblas, los dos combatientes dieron un paso atrás,

bajaron al suelo las puntas de sus espadas y levantaron los ojos hacia

el farolillo, cuya luz, momentos antes apagada, volvió á brillar de

nuevo al punto en que hicieron ademán de suspender la pelea.

[Footnote 1: la luz se apagó. Espronceda describes effectively a

similar miraculous extinguishing and relighting of a lamp before a

shrine, in Part IV of his _Estudiante de Salamanca_:

La moribunda lámpara que ardía

Trémula lanza su postrer fulgor,

Y en honda obscuridad, noche sombría

La misteriosa calle encapotó.

Al pronunciar tan insolente ultraje

La lámpara del Cristo se encendió:

Y una mujer velada en blanco traje,

Ante la imagen de rodillas vió.

Y al rostro la acerca, que el cándido lino

Encubre, con ánimo asaz descortés;

Mas la luz apaga viento repentino,

Y la blanca dama se puso de pie.]

--Será alguna ráfaga de aire que ha abatido la llama al pasar, exclamó

Carrillo volviendo á ponerse en guardia, y previniendo con una voz á

Lope, que parecía preocupado.

Lope dió un paso adelante para recuperar el terreno perdido, tendió el

brazo y los aceros se tocaron otra vez; mas al tocarse, la luz se

tornó á apagar por sí misma, permaneciendo así mientras no se

separaron los estoques.

--En verdad que esto es extraño, murmuró Lope mirando al farolillo,

que espontaneamente habia vuelto á encenderse, y se mecía con lentitud

en el aire, derramando una claridad trémula y extraña sobre el

amarillo craneo de la calavera colocada a los pies de Cristo.

--¡Bah! dijo Alonso, será que la beata encargada de cuidar del farol

del retablo sisa á los devotos y escasea el aceite, por lo cual la

luz, proxima á morir, luce y se obscurece á intervalos en señal de

agonía; y dichas estas palabras, el impetuoso joven tornó á colocarse

en actitud de defensa. Su contrario le imitó; pero esta vez, no tan

sólo volvió á rodearlos una sombra espesisima é impenetrable, sino que

al mismo tiempo hirió sus oídos el eco profundo de una voz misteriosa,

semejante á esos largos gemidos del vendaval que parece que se queja y

articula palabras al correr aprisionado por las torcidas, estrechas y

tenebrosas calles de Toledo.

Que dijo aquella voz medrosa y sobrehumana, nunca pudo saberse; pero

al oirla ambos jóvenes se sintieron poseídos de tan profundo terror,

que las espadas se escaparon de sus manos, el cabello se les erizó, y

por sus cuerpos, que estremecía un temblor involuntario, y por sus

frentes pálidas y descompuestas, comenzó á correr un sudor frío como

el de la muerte.

La luz, por tercera vez apagada, por tercera vez volvió á resucitar, y

las tinieblas se disiparon.

--¡Ah! exclamó Lope al ver á su contrario entonces, y en otros días su

mejor amigo, asombrado como él, y como él pálido é inmóvil; Dios no

quiere permitir este combate, porque es una lucha fratricida; porque

un combate entre nosotros ofende al cielo, ante el cual nos hemos

jurado cien veces una amistad eterna. Y esto diciendo se arrojó en los

brazos de Alonso, que le estrechó entre los suyos con una fuerza y una

efusión indecibles.

Legends, Tales and Poems · 第 70 / 145 题