Pasados algunos minutos, durante los cuales ambos jovenes se dieron
toda clase de muestras de amistad y cariño, Alonso tomó la palabra, y
con acento conmovido aún por la escena que acabamos de referir,
exclamó, dirigiendose á su amigo:
--Lope, yo se que amas á doña Inés; ignoro si tanto como yo, pero la
amas. Puesto que un duelo entre nosotros es imposible, resolvámonos á
encomendar nuestra suerte en sus manos. Vamos en su busca; que ella
decida con libre albedrío cuál ha de ser el dichoso, cuál el infeliz.
Su decisión será respetada por ambos, y el que no merezca sus favores
mañana saldrá con el rey de Toledo, é irá á buscar el consuelo del
olvido en la agitación de la guerra.
--Pues tú lo quieres, sea; contestó Lope.
Y el uno apoyado en el brazo del otro, los dos amigos se dirigieron
hacia la catedral,[1] en cuya plaza,[2] y en un palacio del que ya no
quedan ni aún los restos, habitaba doña Inés de Tordesillas.
[Footnote 1: la catedral. See p. 55, note 1.]
[Footnote 2: plaza. There is a small square in front of the
cathedral, called to-day the _Plaza de_ (or _del_) _Ayuntamiento_.]
Estaba á punto de rayar el alba, y como algunos de los deudos de doña
Inés, sus hermanos entre ellos, marchaban al otro día con el ejército
real, no era imposible que en las primeras horas de la mañana pudiesen
penetrar en su palacio.
Animados con esta esperanza, llegaron, en fin, al pie de la gótica
torre[1] del templo; mas al llegar á aquel punto, un ruido particular
llamó su atención, y deteniéndose en uno de los ángulos, ocultos entre
las sombras de los altos machones que flanquean los muros, vieron, no
sin grande asombro, abrirse el balcón del palacio de su dama, aparecer
en él un hombre que se deslizó hasta el suelo con la ayuda de una
cuerda, y, por último, una forma blanca, doña Inés sin duda, que
inclinándose sobre el calado antepecho, cambió algunas tiernas frases
de despedida con su misterioso galán.
[Footnote 1: la gotica torre. See p. 55, note i.]
El primer movimiento de los dos jóvenes fué llevar las manos al puño
de sus espadas; pero deteniéndose como heridos de una idea súbita,
volvieron los ojos á mirarse, y se hubieron de encontrar con una cara
de asombro tan cómica, que ambos prorrumpieron en una ruidosa
carcajada, carcajada que, repitiéndose de eco en el silencio de la
noche, resonó en toda la plaza y llego hasta el palacio.
Al oirla, la forma blanca desapareció del balcón, se escuchó el ruido
de las puertas que se cerraron con violencia, y todo volvió á quedar
en silencio.
Al día siguiente, la reina, colocada en un estrado lujosísimo, veía
desfilar las huestes que marchaban á la guerra de moros, teniendo á su
lado las damas más principales de Toledo. Entre ellas estaba doña Inés
de Tordesillas, en la que aquel día, como siempre, se fijaban todos
los ojos; pero según á ella le parecía advertir, con diversa expresión
que la de costumbre. Diriase que en todas las curiosas miradas que á
ella se volvían, retozaba una sonrisa burlona.
Este descubrimiento no dejaba de inquietarla algo, sobre todo teniendo
en cuenta las ruidosas carcajadas que la noche anterior había creído
percibir á lo lejos y en uno de los ángulos de la plaza, cuando
cerraba el balcón y despedia á su amante; pero al mirar aparecer entre
las filas de los combatientes, que pasaban por debajo del estrado
lanzando chispas de fuego de sus brillantes armaduras, y envueltos en
una nube de polvo, los pendones reunidos de las casas de Carrillo y
Sandoval; al ver la significativa sonrisa que al saludar á la reina le
dirigieron los dos antiguos rivales que cabalgaban juntos, todo lo
adivinó, y la púrpura de la vergüenza enrojeció su frente, y brilló en
sus ojos una lágrima de despecho.