[Footnote 1: See p. 70, note 1.]
El rey de Castilla[1] marchaba á la guerra de moros,[2] y para
combatir con los enemigos de la religión había apellidado en son de
guerra á todo lo más florido de la nobleza de sus reinos. Las
silenciosas calles de Toledo[3] resonaban noche y día con el marcial
rumor de los atabales y los clarines, y ya en la morisca puerta de
Visagra,[4] ya en la del Cambrón,[5] en la embocadura del antiguo
puente de San Martín,[6] no pasaba hora sin que se oyese el ronco
grito de los centinelas, anunciando la llegada de algún caballero que,
precedido de su pendón señorial y seguido de jinetes y peones, venía á
reunirse al grueso del ejército castellano.
[Footnote 1: See p. 34, note 1.]
[Footnote 2: moros = 'Moors.' The Arabs who conquered Mauritania in
the Seventh century converted the native race to Mohammedanism, and
it was this mixed population that entered Spain by Gibraltar in 71.
There they remained in almost constant warfare with the Christians
until they were finally defeated at Granada by the armies of
Ferdinand and Isabella and driven from Spain in 1492.
Toledo was entered by the Christians under Alfonso VI in 1085. From
this time on Christian arms began to prevail in the peninsula.]
[Footnote 3: Toledo. See p. 50, note 2.]
[Footnote 4: puerta de Visagra. The gate referred to here is the
_Puerta Visagra Antigua_, an ancient Arab gate of the ninth century,
a little to the west of the _Puerta Visagra Actual_, which latter
was not built until 1550. The old _Puerta Visagra_ is now blocked
up. It was through this gateway that Alfonso VI entered Toledo. "The
work is entirely Moorish, of the first period, heavy and simple,
with the triple arches so delightfully curved in horseshoe shape,
and the upper crenelated apertures." H. Lynch, _Toledo_, London,
1903, p. 297. Its name is probably from the Arabic, either from _Bâb
Shaqrâ_ (red gate) or _Bâb Sharâ_ (field-gate).]
[Footnote 5: la del Cambrón. The Puerta del Cambrón is one of the
three open gateways in the outer walls of Toledo to-day. "Entering
the city by the Bridge of San Martín, you front the gate of the
Cambrón, so called from the brambles that grew about that small,
charming, pinnacled edifice, which was built upon the spot of
Wamba's old gate in Alfonso VI's time, and was then completely
Moorish in style. In 1576 it was restored and took on its present
half renaissance, half classical aspect." Ib., p. 295.]
[Footnote 6: Puente de San Martín. "The imposing _Puente de San
Martín_, which spans the Tagus to the west of the town, was built in
1212 and renewed in 1390. It consists of five arches, that in the
center being about 100 ft. in height Each end is guarded by a
gate-tower.... The gorge of the Tagus here is very imposing."
Baedeker, _Spain and Portugal_ (1901), p. 150.]
El tiempo que faltaba para emprender el camino de la frontera y
concluir de ordenar las huestes reales, discurría en medio de fiestas
públicas, lujosos convites y lucidos torneos, hasta que, llegada al
fin la víspera del día señalado de antemano por S.A.[1] para la salida
del éjercito, se dispuso un postrer sarao, con el que debieran
terminar los regocijos.
[Footnote 1: S. A. Abbreviation for Su Alteza, 'His Highness,' a
title given to the kings of Spain down to the Austrian dynasty, and
now applied to princes and regents.]
La noche del sarao, el alcázar[1] de los reyes ofrecía un aspecto
singular. En los anchurosos patios, alrededor de inmensas hogueras, y
diseminados sin orden ni concierto, se veía una abigarrada multitud de
pajes, soldados, ballesteros y gente menuda, quienes, éstos aderezando
sus corceles y sus armas y disponiendolos para el combate; aquéllos
saludando con gritos ó blasfemias las inesperadas vueltas de la
fortuna, personificada en los dados del cubilete, los otros
repitiendo en coro el refrán de un romance de guerra, que entonaba un
juglar acompañado de la guzla; los de más allá comprando á un romero
conchas,[2] cruces y cintas tocadas en el sepulcro de Santiago,[3] ó
riendo con locas carcajadas de los chistes de un bufón, ó ensayando en
los clarines el aire bélico para entrar en la pelea, propio de sus
señores, ó refiriendo antiguas historias de caballerías ó aventuras de
amor, ó milagros recientemente acaecidos, formaban un infernal y
atronador conjunto imposible de pintar con palabras.
[Footnote 1: el alcázar. The Alcazar (Arab, _al qaçr_, 'the castle')
"stands on the highest ground in Toledo. The site was originally
occupied by a Roman '_castellum_' which the Visigoths also used as a
citadel. After the capture of the city by Alfonso VI the Cid resided
here as 'Alcaide.' Ferdinand the Saint and Alfonso the Learned
converted the castle into a palace, which was afterwards enlarged
and strengthened by John II, Ferdinand and Isabella, Charles V, and
Philip II." (Baedeker, 1901, p. 152) It has been burned and restored
several times. The magnificent staircase is due to Charles V, whose
name the Alcazar sometimes bears.]
[Footnote 2: conchas = 'shells.' During the Middle Ages pilgrims
often ornamented their clothing with shells, particularly with
scallop-shells, to indicate doubtless that they had crossed the sea
to the Holy Shrine in Palestine; for this reason the scallops were
known as "pilgrim shells." See the _Encyclopedia Americana_
("Shell"). According to one of the legends the remains of St. James
were brought to Spain in a scallop-shell; hence the use of that
emblem by pilgrims to his sanctuary.]
[Footnote 3: Santiago = 'St. James,' the patron saint of Spain. A
legend of about the twelfth century tells us that the remains of St.
James the Greater, son of Zebedee, after he was beheaded in Judea,
were miraculously brought to Spain and interred in a spot whose
whereabouts was not known until in the ninth century a brilliant
star pointed out the place ('campus stellae'). The cathedral of
Santiago de Compostela was erected there, and throughout the Middle
Ages it was one of the most popular pilgrim-resorts in Christendom.]
Sobre aquel revuelto océano de cantares de guerra, rumor de martillos
que golpeaban los yunques, chirridos de limas que mordían el acero,
piafar de corceles, voces descompuestas, risas inextinguibles, gritos
desaforados, notas destempladas, juramentos y sonidos extraños y
discordes, flotaban á intervalos como un soplo de brisa armoniosa los
lejanos acordes de la música del sarao.
Éste, que tenía lugar en los salones que formaban el segundo cuerpo
del alcázar, ofrecia a su vez un cuadro, si no tan fantástico y
caprichoso, más deslumbrador y magnífico.
Por las extensas galerías que se prolongaban á lo lejos formando un
intrincado laberinto de pilastras esbeltas y ojivas caladas y ligeras
como el encaje, por los espaciosos salones vestidos de tapices, donde
la seda y el oro habían representado, con mil colores diversos,
escenas de amor, de caza y de guerra, y adornados con trofeos de armas
y escudos, sobre los cuales vertían un mar de chispeante luz un
sinnúmero de lámparas y candelabros de bronce, plata y oro, colgadas
aquéllas de las altísimas bóvedas, y enclavados éstos en los gruesos
sillares de los muros; por todas partes á donde se volvían los ojos,
se veían oscilar y agitarse en distintas direcciones una nube de damas
hermosas con ricas vestiduras, chapadas en oro, redes de perlas
aprisionando sus rizos, joyas de rubíes llameando sobre su seno,
plumas sujetas en vaporoso cerco á un mango de marfil, colgadas del
puño, y rostrillos de 'blancos encajes, que acariciaban sus mejillas,
ó alegres turbas de galanes con talabartes de terciopelo, justillos de
brocado y calzas de seda, borceguíes de tafilete, capotillos de mangas
perdidas y caperuza, puñales con pomo de filigrana y estoques de
corte, bruñidos, delgados y ligeros.
Pero entre esta juventud brillante y deslumbradora, que los ancianos
miraban desfilar con una sonrisa de gozo, sentados en los altos
sitiales de alerce que rodeaban el estrado real llamaba la atención
por su belleza incomparable, una mujer aclamada reina de la hermosura
en todos los torneos y las cortes de amor de la época, cuyos colores
habían adoptado por emblema los caballeros más valientes; cuyos
encantos eran asunto de las coplas de los trovadores más versados en
la ciencia del gay saber; á la que se volvían con asombro todas las
miradas; por la que suspiraban en secreto todos los corazones,
alrededor de la cual se veían agruparse con afán, como vasallos
humildes en torno de su señora, los más ilustres vástagos de la
nobleza toledana, reunida en el sarao de aquella noche. Los que
asistían de continuo á formar el séquito de presuntos galanes de doña
Inés de Tordesillas, que tal era el nombre de esta celebrada
hermosura, á pesar de su carácter altivo y desdeñoso, no desmayaban
jamás en sus pretensiones; y éste, animado con una sonrisa que había
creído adivinar en sus labios; aquél, con una mirada benévola que
juzgaba haber sorprendido en sus ojos; el otro, con una palabra
lisonjera, un ligerísimo favor ó una promesa remota, cada cual
esperaba en silencio ser el preferido. Sin embargo, entre todos ellos
había dos que más particularmente se distinguían por su asiduidad y
rendimiento, dos que al parecer, si no los predilectos de la hermosa,
podrían calificarse de los más adelantados en el camino de su corazón.
Estos dos caballeros, iguales en cuna, valor y nobles prendas,
servidores de un mismo rey y pretendientes de una misma dama,
llamábanse Alonso de Carrillo el uno, y el otro Lope de Sandoval.
Ambos habían nacido en Toledo; juntos habían hecho sus primeras armas,
y en un mismo día, al encontrarse sus ojos con los de doña Inés, se
sintieron poseídos de un secreto y ardiente amor por ella, amor que
germinó algún tiempo retraído y silencioso, pero que al cabo comenzaba
á descubrirse y á dar involuntarias señales de existencia en sus
acciones y discursos.
En los torneos del Zocodover,[1] en los juegos florales de la corte,
siempre que se les había presentado coyuntura para rivalizar entre sí
en gallardía ó donaire, la habían aprovechado con afán ambos
caballeros, ansiosos de distinguirse á los ojos de su dama; y aquella
noche, impelidos sin duda por un mismo afán, trocando los hierros por
las plumas y las mallas por los brocados y la seda, de pie junto al
sitial donde ella se reclinó un instante después de haber dado una
vuelta por los salones, comenzaron una elegante lucha de frases
enamoradas é ingeniosas, ó epigramas embozados y agudos.
[Footnote 1: El Zocodover. A small, quaint, three-cornered plaza,
with two sides straight and the third curved, surrounded by
buildings with rough arcades shading the shops on the ground floor.
It used to be the scene of tournaments and bull-fights, as well as
being the market-place, as it is to-day. "The life of the city then
(after the Christian conquest), as now, spread from the Zocodover,
word of inexplicable charm, said to be Arabian and to signify 'Place
of the Beasts.' Down the picturesque archway, cut in deep yellow
upon such a blue as only southern Europe can show at all seasons, a
few steps lead you to the squalid ruin where Cervantes slept, ate
and wrote the _Ilustre Fregona_. So exactly must it have been in the
day Cervantes suffered and smiled, offering to his mild glance just
such a wretched and romantic front." H. Lynch, _op. cit._, pp.
119-120]
Los astros menores de esta brillante constelación, formando un dorado
semicírculo en torno de ambos galanes, reían y esforzaban las
delicadas burlas; y la hermosa, objeto de aquel torneo de palabras,
aprobaba con una imperceptible sonrisa los conceptos escogidos ó
llenos de intención, que, ora salían de los labios de sus adoradores,
como una ligera onda de perfume que halagaba su vanidad, ora partían
como una saeta aguda que iba á buscar para clavarse en él, el punto
más vulnerable del contrario, su amor propio.
Ya el cortesano combate de ingenio y galanura comenzaba á hacerse de
cada vez más crudo; las frases eran aún corteses en la forma, pero
breves, secas, y al pronunciarlas, si bien las acompañaba una ligera
dilatación de los labios, semejante á una sonrisa, los ligeros
relámpagos de los ojos imposibles de ocultar, demostraban que la
cólera hervía comprimida en el seno de ambos rivales.
La situación era insostenible. La dama lo comprendió así, y
levantándose del sitial se disponía á volver á los salones, cuando un
nuevo incidente vino á romper la valla del respetuoso comedimiento en
que se contenían los dos jóvenes enamorados. Tal vez con intención,
acaso por descuido, doña Inés había dejado sobre su falda uno de los
perfumados guantes, cuyos botones de oro se entretenía en arrancar uno
á uno mientras duró la conversación. Al ponerse de pie, el guante
resbaló por entre los anchos pliegues de seda, y cayó en la alfombra.
Al verle caer, todos los caballeros que formaban su brillante comitiva
se inclinaron presurosos á recogerle,[1] disputándose el honor de
alcanzar un leve movimiento de cabeza en premio de su galantería.
[Footnote 1: le. This use of the accusative _le_ instead of _lo_,
when the object is not personal, is sanctioned by the Spanish
Academy. See _Gramática de La Lengua Castellana por La Real Academia
Española_, nueva edición, Madrid, 1901, p. 241.]
Al notar la precipitación con que todos hicieron el ademán de
inclinarse, una imperceptible sonrisa de vanidad satisfecha asomó á
los labios de la orgullosa doña Inés, que después de hacer un saludo
general á los galanes que tanto empeño mostraban en servirla, sin
mirar apenas y con la mirada alta y desdeñosa, tendió la mano para
recoger el guante en la dirección que se encontraban Lope y Alonso,
los primeros que parecían haber llegado al sitio en que cayera.[1] En
efecto, ambos jóvenes habían visto caer el guante cerca de sus pies;
ambos se habían inclinado con igual presteza á recogerle,[2] y al
incorporarse cada cual le[2] tenía asido por un extremo. Al verlos
inmóviles, desafiándose en silencio con la mirada, y decididos ambos á
no abandonar el guante que acababan de levantar del suelo, la dama
dejó escapar un grito leve é involuntario, que ahogó el murmullo de
los asombrados espectadores, los cuales presentían una escena
borrascosa, que en el alcázar y en presencia del rey podría
calificarse de un horrible desacato.
[Footnote 1: _cayera_. See p. 16, note 3.]
[Footnote 2: le. See p. 66, note 1.]
No obstante, Lope y Alonso permanecían impasibles, mudos, midiéndose
con los ojos, de la cabeza á los pies, sin que la tempestad de sus
almas se revelase más que por un ligero temblor nervioso, que agitaba
sus miembros como si se hallasen acometidos de una repentina fiebre.
Los murmullos y las exclamaciones iban subiendo de punto; la gente
comenzaba á agruparse en torno de los actores de la escena; doña Inés,
ó aturdida ó complaciéndose en prolongarla, daba vueltas de un lado á
otro, como buscando donde refugiarse y evitar las miradas de la gente,
que cada vez acudía en mayor número. La catástrofe era ya segura; los
dos jóvenes habían ya cambiado algunas palabras en voz sorda, y
mientras que con la una mano sujetaban el guante con una fuerza
convulsiva, parecían ya buscar instintivamente con la otra el puño de
oro de sus dagas, cuando se entreabrió respetuosamente el grupo que
formaban los espectadores, y apareció el Rey.
Su frente estaba serena; ni había indignación en su rostro, ni cólera
en su ademán.
Tendió una mirada alrededor, y esta sola mirada fué bastante para
darle á conocer lo que pasaba. Con toda la galantería del doncel más
cumplido, tomó el guante de las manos de los caballeros que, como
movidas por un resorte, se abrieron sin dificultad al sentir el
contacto de la del monarca, y volviéndose á doña Inés de Tordesillas
que, apoyada en el brazo de una dueña,[1] parecía próxima á
desmayarse, exclamó, presentándolo, con acento, aunque templado,
firme:
[Footnote 1: dueña = 'duenna,' an elderly woman who occupies a
position midway between that of governess and companion to young
Spanish women.]
--Tomad, señora, y cuidad de no dejarle[1] caer en otra ocasión, donde
al devolvérosle,[2] os lo devuelvan manchado en sangre.
[Footnote 1: le. See p. 66, note 1.]
[Footnote 2: le. See p. 66, note 1.]
Cuando el rey terminó de decir estas palabras, doña Inés, no
acertaremos á decir si á impulsos de la emoción, ó por salir más
airosa del paso, se había desvanecido en brazos de los que la
rodeaban.
Alonso y Lope, el uno estrujando en silencio entre sus manos el
birrete de terciopelo, cuya pluma arrastraba por la alfombra, y el
otro mordiéndose los labios hasta hacerse brotar la sangre, se
clavaron una mirada tenaz é intensa.
Una mirada en aquel lance equivalía á un bofetón, á un guante arrojado
al rostro, á un desafío á muerte.