¡La catedral de Toledo![1] Figuraos un bosque de gigantes palmeras de
granito que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y
magnífica, bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha
prestado el genio, toda una creación de seres imaginarios y reales.
[Footnote 1: La catedral de Toledo. The construction of the Toledo
Cathedral is essentially of the thirteenth century, although it was
not finished until 1493. The exterior of this vast church, with its
great doors, rose-windows, and beautiful Gothic towers, the northern
one of which (295 ft.) has alone been finished, is of surpassing
grandeur and beauty, and nothing could be more sumptuous or more
impressive than its interior. "And should time be short for detailed
inspection, it is this general effect of immense naves, of a forest
of columns and of jeweled windows that we carry away, feeling too
small amidst such greatness of form and incomparable loveliness of
lights for the mere expression of admiration." Hannah Lynch,
_Toledo_, London, 1903, pp. 150-151.]
Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan y
confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las
ojivas; donde lucha y se pierde con la obscuridad del santuario el
fulgor de las lámparas.
Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de nuestra
religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático como sus parábolas,
y todavía no tendréis una idea remota de ese eterno monumento del
entusiasmo y la fe de nuestros mayores, sobre el que los siglos ban
derramado á porfía el tesoro de sus creencias, de su inspiration y de
sus artes.
En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del misticismo, y
un santo horror que defiende sus umbrales contra los pensamientos
mundanos y las mezquinas pasiones de la tierra.
La consunción material se alivia respirando el aire puro de las
montañas; el ateísmo debe curarse respirando su atmosfera de fe.
Pero si grande, si imponente se presenta la catedral á nuestros ojos á
cualquier hora que se penetra en su recinto misterioso y sagrado,
nunca produce una impresión tan profunda como en los días en que
despliega todas las galas de su pompa religiosa, en que sus
tabernáculos se cubren de oro y pedrería, sus gradas de alfombra y sus
pilares de tapices.
Entonces, cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil lámparas
de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso, y las voces
del coro, y la armonía de los órganos y las campanas de la torre
estremecen el edificio desde sus cimientos más profundos hasta las más
altas agujas que lo coronan, entonces es cuando se comprende, al
sentirla, la tremenda majestad de Dios que vive en él, y lo anima con
su soplo y lo llena con el reflejo de su omnipotencia.
El mismo día en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir, se
celebraba en la catedral de Toledo el último de la magnífica octava de
la Virgen.[1]
[Footnote 1: octava de la Virgen. The eight days during which is
solemnized the principal fête of the Virgin, August 15-22. See p.
52, note 3.]
La fiesta religiosa había traído á ella una multitud inmensa de
fieles; pero ya ésta se había dispersado en todas direcciones; ya se
habían apagado las luces de las capillas y del altar mayor, y las
colosales puertas del templo habían rechinado sobre sus goznes para
cerrarse detrás del último toledano, cuando de entre las sombras, y
pálido, tan pálido como la estatua de la tumba en que se apoyo un
instante mientras dominaba su emoción, se adelantó un hombre que vino
deslizándose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero. Allí la
claridad de una lámpara permitía distinguir sus facciones.
Era Pedro.
¿Que había pasado entre los dos amantes para que se arrastrara al fin
á poner por obra una idea que sólo el concebirla había erizado sus
cabellos de horror? Nunca pudo saberse.
Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar á cabo su criminal
propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el
sudor que corría en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su
pensamiento.
La catedral estaba sola, completamente sola, y sumergida en un
silencio profundo.
No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores
confusos: chasquidos de madera tal vez, ó murmullos del viento, ó
¿quién sabe? acaso ilusión de la fantasía, que oye y ve y palpa en su
exaltación lo que no existe, pero la verdad era que ya cerca, ya
lejos, ora á sus espaldas, ora á su lado mismo, sonaban como sollozos
que se comprimen, como roce de telas que se arrastran, como rumor de
pasos que van y vienen sin cesar.
Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino, llego á la verja, y
subió la primera grada de la capilla mayor.[1] Alrededor de esta
capilla están las tumbas de los reyes,[2] cuyas imágenes de piedra,
con la mano en la empuñadura de la espada, parecen velar noche y día
por el santuario á cuya sombra descansan todos por una eternidad.
[Footnote 1: la primera ... mayor. There are three steps that lead
up to the chapel, which is separated from the transept to-day by a
magnificent reja (screen or grating), dating from 1548, and is
filled with treasures of art.]
[Footnote 2: los reyes. Alfonso VII, the Infante Don Pedro de
Aguilar (son of Alfonso XI), Sancho III, and Sancho IV are buried
here.]
--¡Adelante! murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecía que
sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus
cabellos se erizaron de horror: el suelo de la capilla lo formaban
anchas y obscuras losas sepulcrales.
Por un momento creyó que una mano fría y descarnada le sujetaba en
aquel punto con una fuerza invencible. Las moribundas lámparas, que
brillaban en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las
sombras, oscilaron á su vista, y oscilaron las estatuas de los
sepulcros y las imágenes del altar, y osciló el templo todo con sus
arcadas de granito y sus machones de sillería.
--¡Adelante! volvió á exclamar Pedro como fuera de sí, y se acercó al
ara, y trepando por ella subió hasta el escabel de la imagen. Todo
alrededor suyo se revestía de formas quiméricas y horribles; todo era
tinieblas y luz dudosa, más imponente aún que la obscuridad. Sólo la
Reina de los cielos, suavemente iluminada por una lámpara de oro,
parecía sonreir tranquila, bondadosa, y serena en medio de tanto
horror.
Sin embargo, aquella sonrisa muda é inmóvil que le tranquilizara[1] un
instante, concluyó por infundirle temor; un temor más extraño, más
profundo que el que hasta entonces había sentido.
[Footnote 1: tranquilizara. See p.16, note 3.]
Tornó empero á dominarse, cerró los ojos para no verla, extendió la
mano con un movimiento convulsivo y le arrancó la ajorca de oro,
piadosa ofrenda de un santo arzobispo; la ajorca de oro cuyo valor
equivalía á una fortuna.[2]
[Footnote 2: equivalía á una fortuna. The jewels of this Virgin,
presents for the most part from crowned heads and high church
dignitaries, are in fact of immense value.]
Ya la presea estaba en su poder: sus dedos crispados la oprimían con
una fuerza sobrenatural, sólo restaba huir, huir con ella: pero para
esto era preciso abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver, de ver la
imagen, de ver los reyes de las sepulturas, los demonios de las
cornisas, los endriagos de los capiteles, las fajas de sombras y los
rayos de luz que semejantes á blancos y gigantescos fantasmas, se
movían lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores
temerosos y extraños.
Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se escapó
de sus labios.
La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con
luengos y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos, y
ocupaban todo el ámbito de la iglesia, y le miraban con sus ojos sin
pupila.
Santos, monjas, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes, cenobitas
y villanos, se rodeaban y confundían en las naves y en el altar. Á sus
pies oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus
tumbas, los arzobispos de mármol que él había visto otras veces,
inmóviles sobre sus lechos mortuorios, mientras que arrastrándose por
las losas, trepando por los machones, acurrucados en los doseles,
suspendidos de las bóvedas, pululaban como los gusanos de un inmenso
cadáver, todo un mundo de reptiles y alimañas de granito, quimericos,
deformes, horrorosos.
Ya no pudo resistir más. Las sienes le latieron con una violencia
espantosa; una nube de sangre obscureció sus pupilas, arrojó un
segundo grito, un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó desvanecido
sobre el ara.
Cuando al otro día los dependientes de la iglesia le encontraron al
pie del altar, tenía aún la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos
aproximarse, exclamó con una estridente carcajada:
--¡Suya, suya!
El infeliz estaba loco.