Se coge un martillo y con él se rompen seis huevos de gallina, diciendo
después á las yemas y á las claras, respectivamente:
«Ustedes por allí,--vosotras por allá.»
Ó lo que es lo mismo, se separa á las unas de las otras. Á las yemas se
les echa dos onzas de azúcar en polvo cortés y fino. Á las claras no se
les echa polvo ninguno por esta vez.
Adquirida una espátula de madera (cosa sumamente fácil, pues en
cualquier parte hay espátulas), se comienza á mover con ella las
azucaradas yemas hasta que se muestren satisfechas por lo espesas y por
lo finas. Entonces, cuando menos lo esperan, ¡cataplum! se les bautiza
con una copa de coñac. (¡Líbreme Dios de copiar esta palabra tal y como
aparece en la receta original!)
No hacen falta más ingredientes. El intríngulis está en la confección.
Ante todo la cocinera procurará tener el horno fuerte, aunque sea á
costa de frotarle con emulsión Scott ó con hierro Bravais. Bate las
claras «asta» (así lo dice el original; como quien dice ¡cuerno!) hasta
que estén á punto de merengue, y sin encomendarse á Dios ni al diablo
las mezcla con las yemas, colocando la argamasa resultante en una fuente
de metal blanco (todo lo más blanco posible) untada previamente con
manteca de vacas taurinas. Con la hoja del cuchillo se arregla la pasta
en la fuente haciéndola que adopte cualquier forma caprichosa, como por
ejemplo: un paisaje de Suiza, una corrida de toros, el Concilio de
Trento, etc.; y sin más requilorios meterá la pasta en el horno la
cocinera, hasta que se le ponga doradita la parte de arriba y la de
abajo.
La tortilla, una vez que ha estado en el horno el tiempo preciso, se
siente orgullosa y se hincha mucho; entonces se la espolvorea con azúcar
para halagar su coquetería y se sirve inmediatamente á la mesa, debiendo
apresurarse los comensales á concluir con ella (no con la mesa), pues si
dejan que baje la hinchazón, más bien que una tortilla souflée creerán
que se comen una boina en mediano uso.