El que quiera hacer este postre tiene que reunir, ante todo, abundante
Moka, aunque esto parezca una porquería á primera vista. Después debe
proceder á un concienzudo lavatorio de manos, á fin de que éstas puedan
intervenir por sí mismas y no por medio de representante en la
confección de la tarta.
¿Saben ustedes lo que viene á ser un cuarto de kilo de manteca de vacas?
Pues eso es precisamente lo que hay que batir con la mano y con el
azúcar que por clasificación le corresponda.
Cuando la manteca está ya bien batida, y aun abatida por causa de tanto
zarandeo, ¡cataplum! se la administra una ducha de café frío que, á ser
posible, esté tan cargado como yo lo suelo estar algunos días.
Sobre el poco fértil suelo de un molde hueco, y sobre las honradas
paredes del mismo, se colocan, cual baldosines enternecidos, unos
cuantos bizcochos de horma derecha. Encima de ellos se pone una capa de
pasta de café cuidando de impedir que se apolille; sobre la capa una
tanda de bizcochos, como si dijéramos, una tanda de valses, y así
sucesivamente, hasta que se acaben los ingredientes, pues todo se acaba
en este mundo.
Hecho esto, se saca del molde la tarta, y para que por la diferencia de
temperatura no se impresione y coja un catarro tártaro, se la cubre
amorosamente con una manteleta de almendra muy picada y rajas de
limoncillo párvulo.
Hay quien encuentra tan rico este manjar, que pierde la razón, y algunos
historiadores sostienen que la verdadera causa de la perturbación de
doña Juana la Loca fué el abuso de las tartas de café, pues la infeliz
hasta las tomaba en combinación con el cocido.