Se pone uno el pañuelo á la cabeza, coge la cesta, se dirige á una
frutería de buena traza y allí escoge medio kilo de manzanas robustas y
sin alifafe alguno. Conducidas al hogar, les quita uno el pellejo, ya
con el cuchillo, ora con la murmuración despiadada. Cuando hayan quedado
desenfundadas y huérfanas de pipas, se las obliga á cocer en almíbar
claro hasta que se quieran tomar la molestia de hacerse una pasta, que,
si no resulta lo bastante espesa, puede quedarlo mediante la ingerencia
de un escuadrón de bizcochos despachurrados. Para untar el molde donde
ha de meterse á la tarta en cintura es preciso quemar previamente
azúcar, substancia que arde sin necesidad de ser rociada con petróleo.
Untado el molde, se echa la pasta dentro, pues echarla fuera acusaría
falta de juicio en la tartera, ó sea en la confeccionadora de la tarta.
Lleno ya el recipiente, se le hace tomar un baño de placer (sin ropa)
que, ó mucho me equivoco, ó es el tan reputado baño de María. Después se
saca del molde la pasta y se sirve con buenos modos.
La tarta de manzana constituye un postre muy estimable y su invención
data de los tiempos más remotos. Como que hay quien dice que la fruta
prohibida fué devorada, no al natural, sino en forma de tarta, por
nuestra madre Eva (q. e. p. d.).