Se llega uno en dos brincos al castañar más próximo, se llena de
castañas los bolsillos y regresa uno á su hogar con el sano propósito de
hacer el dulce cuyo título encabeza estas cortas pero honradas líneas.
Se extrae á las castañas de su estuche natural, ó lo que es lo mismo, se
las despoja de la cáscara, aun exponiéndolas á que se constipen, y se
las zambulle en un cacharro que previamente habrá sentado sus reales en
una hornilla provista de lumbre caliente.
Cuando las castañas se hayan enternecido mucho, se las desuella y se las
invita á pasar por un colador de buenos antecedentes.
Se pesa la pasta y se la mezcla con una cantidad de almíbar cuya
azucarada base pese otro tanto que la pasta, para que no se tengan
envidia ni se tomen rencor.
Á cada libra esterlina de castañas debe corresponder otra de azúcar
dulce y medio cuartillo de agua, que no sea de Loeches, y en la cual no
se haya lavado nadie todavía.
Durante media hora de reloj (precisamente de reloj) se mueve la mezcla
expresada sin manifestar cansancio, hasta que quede lo mismo que una
natilla incandescente, y una vez pasada, pesada y posada, se deposita en
tarros que no hayan tenido belladona ni otro marisco análogo, y
cubriéndolos con un papel sujeto con un cordelito, ó bien con una liga,
se dejan reposar hasta que llegue el feliz momento de que su contenido
sea devorado.
El dulce de castañas es excelente, y puede asegurarse que á quien se le
dé no se le da la castaña.
García del Castañar, Concha Castañeda, el general Castaños y el barón de
la Castaña han sido muy devotos del postre mencionado. ¡Naturalmente!