Se coge un perol por las asas y en su fondo se deposita medio litro de
agua clara, es decir, de cualquier agua que no sea la del Lozoya;
quinientos gramos de azúcar, unas cortezas de limón del tiempo y un
huevo partido, con cascarón y clara. (La yema para el obispo.)
Á una voz de la cocinera, romperá todo esto á cocer, y cuando se la suba
á las barbas, ¡zas! el almíbar será sometido á la colación por un paño
fino y de educación esmerada.
En una vasija aparte se colocarán dos huevos y se batirán (no sabemos si
á pistola ó á sable). Inmediatamente se procederá á la limpieza del
perol, dejándole libre de residuos del almíbar y de moscas golosas;
vuélvese á echar en él el almíbar clarificado y por él van desfilando
uno á uno varios bizcochos anchos y pundonorosos, que previamente habrán
saludado en su vasija á los huevos batidos, teniendo sumo cuidado de que
no tomen mucho huevo ni mucho almíbar, pues el exceso de ambas cosas
podría mortificarlos.
Después de los referidos baños de placer, quedarán los bizcochos en
disposición de ser devorados, no sin haberlos rociado antes con canela
fina y haberles dado la unción con el almíbar que haya quedado
incólume.
Este postre es excelente, y prueba de ello es que en la real mesa de
Carlos V figuraba diariamente y que el propio Godofredo de Bullón, al
emprender la primera cruzada contra los moros, se zampó catorce
bizcochos y no cesó de relamerse durante su gloriosa expedición.