Ante todo se adquiere un manojo de huevos trigueros y media docena de
espárragos de gallina, ó viceversa. Aunque hay quien prefiere la parte
blanca de los espárragos á la parte verde, dando con ello señales de
enajenación mental, lo más corriente es que sean aprovechadas las
cabezas de los _asperges_, así como sus inmediatas prolongaciones, y
sean los tronchos despreciativamente arrojados á la basura.
Bien lavados y peinados los espárragos, oblígaseles á cocer mal que les
peso. Mientras ellos están entretenidos en esta operación, en la cual
intervienen los elementos del agua y del fuego (y aun del aire, si el
fuelle tiene que actuar), los huevos se cascan y se baten con entusiasmo
bélico en un plato de buen fondo. Al propio tiempo se coge una sartén
por buen sitio, se la llena de aceite y se la coloca sobre la lumbre,
previniéndola que habrá de engendrarse en su seno la tortilla objeto de
estas líneas.
En su punto el aceite, sazonados con sal los huevos y cocidos los
espárragos, comienza el lío. ¿Cómo? Vertiendo en la sartén aquéllos
mezclados con éstos y moviéndolo todo con una paletilla, ó mejor dicho
con una paleta pequeña, hasta trabarlo bien y hacerlo tortilla en forma
de submarino Peral.
Se la saca de la sartén, porque dejarla allí dentro sería una tontería,
y se la lleva á la mesa, en donde es devorada por los comensales
generalmente antes de los demás platos del almuerzo y rarísima vez
después del café.