Después de haberse puesto bien con Dios, adquiere uno un litro de judías
recién descortezadas, y las zambulle mal que les pese dentro de una
cacerola llena de agua hirviendo, que es muy refrescante. Acompañadas de
25 gramos de sal, cocerán las judías suavemente durante un período de
tiempo que pase de diez minutos y no exceda de un trimestre. En un plato
aparte se mezclan 10 gramos de harina lacteada y 30 de manteca de cerdo
liberal, hasta que se forme una pasta que, cortada en varios pedazos,
irá á unirse con las judías en la cacerola, y allí esperará la llegada
de una comisión de perejil picado, zumo de limón patriótico, sal y
pimienta. Se arma en la cacerola un jollín culinario de mil demontres, y
cuando todos los ingredientes se han tranquilizado, se sirve el plato á
los comensales, quienes pasada la digestión, no pueden permanecer en
silencio.
Las judías les gustan mucho á los cristianos.
Pero no es conveniente que abusen de ellas.
Se llaman á la mayordoma estas judías porque las comía diariamente en la
Judea la señora del mayordomo de Poncio Pilato, la cual, según cuentan,
adquirió fama cantando por todas partes.