Primero se hace amistad con un cerdo decentito y se le pregunta si lleva
en el interior su liviano correspondiente. En caso afirmativo, se le
extrae con mimo una libra de dicho liviano, y colocando esta apreciable
entraña sobre un tajo purísimo, se la pica de un modo desesperado,
valiéndose para ello de cualquier instrumento cortante, como un
cuchillo, una lengua viperina, etc., etc.
Una vez apurada la suerte de pica, se deja quieta la pasta resultante
para que descanse y se reanime. Mientras tanto se coge una sartén por el
mango y en ella se deposita una cucharada de manteca para que tenga la
bondad de freirse y aguardar la llegada del liviano picado, que se hará
sitio entre las mantecosas hondas con un lucido acompañamiento de
pimentón ruborizado y cal y arena, digo, sal y harina.
Cuando todo ello esté frito, se le agasaja con una salsita, que deberá
estar legalmente constituída por un puñado de almendras descamisadas, un
vivero de perejil, una tostadita frita, chiquitita y bonita y un ajo de
cuerpo entero, disuelto en caldo para mayor honra y gloria del Señor.
Se invita á todos estos ingredientes á que cuezan, y en cuando han
adquirido un espesor decoroso, se les ofrece un descanso temporal.
Llegada la hora feliz, se presenta en la mesa el manjar que habiendo
nacido liviano ha pasado á la categoría de chanfaina; y con este nombre
y con sendos tenedores, se lo almuerzan los comensales, que no podrán
prescindir de relamerse, ni ocultar sus vivas ansias de repetir, en el
buen sentido de la palabra.