Se llega uno á Nápoles con objeto de comprar macarrones gordos. Sin
romperlos ni mancharlos y en medio de un buen caldo, los hace uno cocer
durante doce minutos y treinta segundos. Acto continuo se los escurre
con mucho mimo para no lastimarlos y se cobra un tomo de molde, ó mejor
dicho, se toma un molde de cobre, untado de manteca como todos los
moldes pundonorosos, y en sus paredes se colocan los macarrones en forma
de sierpe, quedando el centro dispuesto á recibir la agradable visita de
los siguientes elementos que constituyen un picadillo de primer orden:
Ternera cocida en cuadritos, pies de cerdo (con perdón), jamón del mismo
metal, gallina, pollo y repollo, lengua _culotée_, setas, una trufa
huérfana, sal, pimienta, perejil picado, raspaduras de nuez moscada y de
limón sin moscar, un vaso de salsa á la crema, queso de gallina y huevos
de Parma. Con todos estos ingredientes en plena revolución, se llena más
de la mitad del molde y el resto se ocupa militarmente con macarrones
belicosos. Sobre la última capa social de éstos se coloca una hoja de
papel de barba (por ser preferible al papel afeitado) y sobre la hoja
una tapadera de modestas aspiraciones.
Se carga con el equipaje y se le zambulle en el baño de nuestra amiga
doña María, siempre dispuesto á recibir manjares en sus irritadas
hondas. Transcurrida una hora larga (y aun ancha si se quiere) y á fin
de que el molde no pierda sus costumbres acuáticas, se le saca del baño
y se le lleva á una fuente, para servir su agradable contenido como
primer plato del almuerzo.
Hay quien lo comería como plato único.
Y no faltaría quien se conformara con el olor.
NOTAS 1.ª Cuando se habla de llenar el molde, entiéndase que es por la
parte de adentro, pues por fuera es muy difícil llenarlo.
2.ª Se llaman macarrones «á la inglesa», según unos porque nadie se
relame con tanta fruición al comerlos como los ingleses. Y según otros,
porque de resultas de tanto gasto en ingredientes caros, el que costea
este manjar se crea un número de _ingleses_ á perpetuidad que mete
miedo.