Se adquiere un buen manojo de espárragos de intachable conducta. Se les
zambulle en un baño de agua y sal, rogándoles que cuezan tranquilamente,
pero no tanto que se desmoronen, pues han de quedar enteritos y
tiesecitos. Se los retira del agua, en la cual habrán estado en cueros,
sin traje de baño alguno; se los deja secos (no por medio del
asesinato), se les divorcia del miserable troncho, y se los conduce con
cariñosa solicitud á un honrado molde de hierro con galvana, ó sea
galvanizado, en donde yacerán del modo siguiente: Primero se pondrá en
el fondo una capa social de espárragos; encima otra capa de queso en
polvo con esclavina y embozos de pan rallado; sobre esta capa otra de
espárragos pundonorosos; encima otra de pan y queso como la antedicha, y
así sucesivamente.
Toda esta colección de capas, que al parecer constituye una prendería
española más bien que un plato italiano, se deposita para gratinarla en
un horno muy fuerte, ó mejor dicho, muy caliente (porque los hornos
suelen ser fuertecitos aunque estén frescos), y una vez gratinado al
horno el timbal, puede ser llevado á la mesa y proporcionar á los
comensales la felicidad suprema.