Se machacan con ensañamiento y se pasan por el chico de las de Tamiz
varios filetes de pollo elegante, añadiéndoles igual cantidad de tocino
de cerdo natural y miga de pan en buen estado; y por cada 500 gramos de
pasta, dos huevos de gallina y dos decilitros de nata doble. (Esto de
doble no quiere decir que sean cuatro los decilitros. El que quiera
saber estos misterios de las natas que aprenda natación.)
Se baten bizarramente dos claras de huevo, se preparan los intestinos
(no los de los comensales) y se los ocupa con la pasta supradicha,
formando morcillas de 12 kilómetros[2] de longitud. Los extremos se
tocan, y después se atan, y se les da á las morcillas un baño de placer,
terminado el cual se las invita á que se retiren á descansar, no sin
haberlas pasado por agua fresca. Después se escurren, procurando evitar
la caída, se les da una vuelta por la parrilla para que se distraigan y,
por último, pasan á la mesa con resignación cristiana para que los
comensales se relaman con ellas, comiéndolas el fuero interno y echando
las tripas á un lado.