No crea el lector que nos referimos á las bolitas de plomo que se
emplean, ora para matar animales de pluma, ora para limpiar las plumas
de acero.
Aludimos en la presente receta á los sencillos é inocentes pollos de la
perdiz, que se guisan del siguiente modo:
Primero compra uno manteca, ó la roba si fuere necesario, y en ella, una
vez que se haya liquidado á fuerza de lumbre y de reflexiones, se
rehogan los perdigones, cuidando de causarles las menos molestias
posibles.
Antes de que tomen color las avecillas (y son muy capaces de tomarlo
pronto) se les moja con caldo, salsa española y vino blanco, secándolas
después, si se quiere, con una toalla turca.
¿Saben ustedes lo que son tres cuartos de hora? Pues ése es el tiempo
necesario para que los perdigones cuezan, encargándoles que no se
apresuren en la cocción, pues habrá de ser lenta precisamente.
Después se dispone su solemne traslación á una fuente, á no ser que
ellos soliciten trasladarse por su pie, y se sirven á la mesa cubiertos
honestamente con su propia salsa.
Por regla general, se les come antes que los postres; pero si hay algún
caprichoso que prefiere tomarlos tras el café, no debe contrariársele.
Allá él.
Respecto á la otra clase de perdigones, ó sea los granos de plomo, sólo
son alimento de las escopetas de caza y no de los seres humanos, sin
duda por el mucho tiempo que tardarían en cocerse.
Sin embargo, algunas patronas los emplean todos los días con el nombre
de garbanzos.