Se coge un salmón de costumbres morigeradas (si se deja coger). Se le
quita la escama, cuidando de que no vuelva á escamarse ante las
desventuras que le aguardan. Se le pasa ligeramente por agua, para que
se acuerde de sus buenos tiempos. Se le corta en rodajas con todo el
mimo posible. Se le echa sal gorda y robusta, zumo de limón (sin
cerveza) y cinco minutos... (éstos no se le echan aunque lo parece)...
cinco minutos antes de servir el salmón, se introduce en manteca de
vacas fusionistas el dedo índice de la mano derecha (previamente lavado
con lejía Fénix) y se unta con él una fuente de metal, encima de la cual
se coloca el salmón, pues colocarlo debajo sería demasiado humillante.
Hecho esto, se conduce el salmón al horno, que se cerrará cinco minutos
antes de la salida del pez. Transcurrido este «lapsus» de tiempo, se
suelta al pescado y se le enseña el camino de la mesa, en donde los
comensales lo devorarán con avidez y con pan, respetando las espinas,
por ser de mala educación comerlas á la vista del público.