No vayan ustedes á creer que este plato es el manjar con que se
alimentan los marineros generalmente, ni se figuren tampoco que se trata
de la foca ó vaca marina. El nombre de «vaca á la marinera» tiene otra
procedencia que ahora no explico á los que lo ignoren porque dispongo de
poco tiempo y menos espacio, aparte de que tampoco lo sé yo.
Conténtese el lector con saber cómo se guisa el plato de referencia.
Se compran (ó se alquilan, según la fortuna del comensal) varios filetes
de cadera ó de solomillo. Se avisa á unos cuantos salteadores para que
acudan á saltearlos, y cuando estén bien doraditos (los filetes) se les
retira de la lumbre, operación que agradecen con todas sus fibras. En la
propia grasa de ellos se deposita cebolla repicada, sal, pimienta,
perejil y una cantidad microscópica de especias francesas, traducidas al
castellano.
Rehogado todo esto como lo manda la Santa Madre Iglesia, se le echa
media cucharada de harina, moviéndola para que no se agorulle, porque
eso está muy mal visto en las cacerolas cultas. Se añade un poca de
agua y se arrojan al líquido los filetes hasta que estén bien cocidos,
ó bien cosidos, como diría una sevillana que yo conozco.
Cinco minutos antes de servir el plato se descarga sobre él una nube de
alcaparras y como guarnición bien disciplinada se coloca alrededor de la
fuente un destacamento de pepinillos misteriosos.
El que coma este manjar y no se vuelva loco de gusto ni merece bien de
la patria, ni la estimación de sus conciudadanos, ni mucho menos la
gloria eterna.