No se trata de prendas de vestir en mal uso, sino de un agradable guiso
que se hace del modo siguiente:
Se agarra una sartén por el mango, se la pone sobre una hornilla en
donde haya lumbre (porque si no daría, lo mismo ponerla sobre el
fregadero) y en dicho receptáculo se echa, con la sana intención de que
se derrita, una porción de manteca de trigo y de harina de cerdo ó
viceversa, añadiéndole hierbabuena, perejil (bueno también), ajos
picados y tres pimientos dulces sin rabo y sin josefinas. Se mezcla esto
con caldo y vino blanco y se mueve la mezcla hasta que los ajos digan
«basta». Entonces se agrega carne cocida y desmenuzada, no siendo
indispensable que este ingrediente sea un sobrante de comidas
anteriores, pues si bien suele aprovecharse para este guiso la carne
usada, más vale que sea nueva. Se le sazona con sal y se le deja freir á
sus anchas por espacio de veinte minutos. Después se sirve... y _pax
Christi_.
Este plato, inventado por Américo Vespucio, se recomienda por el abrigo
que presta al estómago. Al fin y al cabo es ropa, aunque deteriorada al
parecer.