Ahora te explicaré el origen de las epidemias que de improviso invaden
muchas veces algunas comarcas y causan horrible mortandad entre los
hombres y entre las bestias. En primer término, existen en el espacio,
como ya te he demostrado, muchísimos corpúsculos, de los cuales unos
son favorables á la vida y otros son auxiliares de la muerte. Cuando
estos últimos se congregan casualmente en gran número, inficionan el
aire y perturban la marcha regular de la existencia. Los gérmenes de
enfermedades pestilentes, ó vienen transportados por las nubes y las
tempestades, quizá desde lejanos climas, ó surgen del mismo país
mediante alteraciones producidas en el cielo y en la atmósfera, por
intempestivas lluvias y calores excesivos. ¿No has observado que los
productos de una región llevados á otra se resienten y se corrompen con
la mudanza de clima y de aguas? La influencia del aire es evidente: ¿es
el mismo el cielo británico y el de Egipto por donde el eje del mundo
se abate[75]? ¿Es igual la temperatura media del Ponto, y la que desde
las poblaciones gaditanas se extiende hasta los territorios en que el
calor del Sol ennegrece á la raza humana? Aunque esas cuatro regiones
se hallan expuestas á todos los vientos, bajo un mismo cielo, hay tanta
diferencia en el color y la fisonomía de sus respectivos habitantes,
como en las dolencias á que estos últimos están expuestos.
[75] Lucrecio entendía que el eje del mundo se levantaba hacia el
Norte y se bajaba en el Sur; y, por tanto, creía que en Egipto
comenzaba su declinación.
La elefantiasis es una molestia que domina en las proximidades del
Nilo, en medio del Egipto, y no en otra parte; en Ática se padecen
dolores de piernas, y en Acaya mal de ojos. De igual modo hay otros
muchos lugares que son propensos á varios dolores, sin duda por la
influencia del aire. Cuando éste, saturado ya de miasmas infectos,
forma corrientes que invaden algunas comarcas, se extienden por ellas
con lentitud como las nubes y corrompen su atmósfera; al llegar á la
nuestra, la inficiona, se la asimila, pero la hace extraña á nosotros
mismos.
El contagio de la nueva calamidad prontamente se apodera de las aguas,
se posesiona de los frutos de la tierra y de otras substancias que
sirven de alimento á los hombres y de pasto á los animales, y se
mezcla con el aire que nos vemos precisados á respirar, aun cuando
conozcamos el peligro de absorber el veneno que lo emponzoña. Con igual
energía que á los hombres, la pestilencia ataca á la especie bovina
y á los baladores rebaños. El mismo efecto nos produciría el aspirar
voluntariamente un aire viciado, que el apropiarnos por necesidad el
que la Naturaleza nos proporciona, dañado con substancias nocivas para
nuestra salud y para nuestra vida.
Una epidemia de esa clase causada por vapores mortíferos ocasionó
horribles estragos en Cecropia, y dejó desiertos sus campos y ciudades;
hizo su aparición en el centro de Egipto; por el aire atravesó el
espacio, por el mar recorrió las distancias, y se estableció en los
muros de Pandión, cuyos habitantes fueron víctimas de repugnante
dolencia ó de angustiosa muerte[76]. La enfermedad se iniciaba por
una intensa fiebre, á la que seguía fuerte dolor de cabeza; después
los ojos de los pacientes se entumecían é inflamaban, su laringe se
llenaba de úlceras que brotaban negra sangre y obstruían los conductos
de la voz; su lengua, intérprete del ánimo, rodeada por ensangrentada
costra purulenta, quedaba inmóvil aunque penetrada por dolor agudo;
con las secreciones ponzoñosas que se escurrían por el esófago de
los enfermos, éstos sentían que el mal se amparaba de su pecho, se
apoderaba de su corazón y entorpecía todos los hilos de la vida; su
boca exhalaba hedor no menos fétido que el de cadáveres corrompidos;
su alma carecía de fuerzas para manifestarse, y su cuerpo, como
desmadejado, parecía yacer tendido á las puertas de la muerte. Pero
luego sobrevenían aflicciones y tormentos nuevos, estertores profundos,
gemidos redoblados por el día y por la noche, rigidez en los miembros,
nerviosas contracciones, extenuación, abatimiento, fatigas; los
pacientes no tenían mucho calor en su piel, y sus extremidades estaban
templadas, y eso no obstante, su cuerpo lleno de profundas llagas,
parecía rojo, como si lo hubiese invadido la erisipela; fuego interior
consumía á los desdichados, y les penetraba los huesos; en su estómago,
como si fuese encendida hornaza, ardía llama devoradora; les abrumaba
el peso de las ropas, y se exponían desnudos al frío y al aire;
algunos, impelidos por el ardor que les quemaba las entrañas, en su
furor desesperado se precipitaban á helados ríos; otros, rabiosamente,
con la boca abierta, se arrojaban á los pozos, como si quisieran
beberse toda el agua que en ellos encontraran, aun cuando la sed que
sufrían tan insaciable era con un torrente como con la que pudiera
contener un pequeño vaso; el malestar no les permitía punto de reposo;
sus miembros se rendían abatidos; ningún bienestar les proporcionaba
la medicina, que ante la epidemia se declaraba impotente; faltos de
sueño, movían con frenesí los ojos desencajados, sufrían mortales
angustias, horror y espanto perturbadores de la mente, ira y tristeza
manifestadas con fruncimientos de cejas y convulsiones del rostro,
zumbido en los oídos, respiración anhelante, sudor que les bañaba el
cuello, tos violenta que entre ahogos les arrancaba tenues y escasos
esputos de color amarillento y de sabor salado, retorsiones de las
manos, temblor intenso, frío helado, que desde los piés avanzaba poco
á poco hasta dominar el tronco. Ya en el último período, los enfermos
tenían la nariz comprimida y afilada, los ojos y las sienes hundidos,
la piel fría y dura, los labios estirados, el semblante horroroso. Y
en ese estado morían; á los ocho ó diez días de enfermedad exhalaban
el último suspiro. Si alguno de los atacados podía librarse de la
muerte, porque sus abiertas llagas supurasen todo el humor corrompido
que en ellas se contenía, ó porque expulsara abundante cantidad de
negras materias excrementicias, al cabo, en una próxima recaída perdía
la existencia; de la nariz le brotaba sangre fétida, penosos dolores
de cabeza le torturaban, y de este modo sus fuerzas se extinguían.
Si la hemorragia se contenía pronto, la dolencia aparecía en los
nervios, se extendía á los miembros todos, y se fijaba especialmente
en los órganos de la generación; algunos enfermos, guiados por el
instinto de conservar la vida, entregaban al cortante hierro la parte
de su cuerpo elegida por el mal; unos perdían la característica de
su viril sexo, otros las manos, otros los piés; ¡tan grande era el
horror que la muerte inspiraba! Había personas que perdían totalmente
sus facultades intelectuales, y ni aun siquiera conservaban idea de
su propia personalidad. Aunque los cadáveres quedaban insepultos y
yacían amontonados, ni los cuadrúpedos ni las aves de rapiña se les
aproximaban por no poder resistir el pestilente olor que despedían;
si los tocaba algún animal, éste era en el acto víctima de la muerte:
ni ave alguna osaba mostrarse á la luz del día, ni las fieras dejaban
por las noches el obscuro bosque; la epidemia había debilitado á todas
y mataba á muchas; los perros, animales fieles, caían abatidos en las
calles, y entre fatigas y horribles tormentos, quedaban sin vida, que
la dolencia les arrebataba. Los cadáveres eran sacados sin pompa alguna
de las casas. No había remedio conocido contra el mal; la medicina que
había asegurado á unos enfermos el goce de la vida y el disfrute de la
luz del Sol, precipitaba la ruina de otros.
[76] La peste de Atenas, con sujeción á los datos que se hallan
en el segundo libro de Tucídides, es descrita magistralmente por
Lucrecio, que dió á Virgilio el modelo para pintar la peste de
los animales en el tercer libro de sus _Geórgicas_.