1087. _Nunc, ratio quæ sit morbis, aut unde repentè..._

Ahora te explicaré el origen de las epidemias que de improviso invaden

muchas veces algunas comarcas y causan horrible mortandad entre los

hombres y entre las bestias. En primer término, existen en el espacio,

como ya te he demostrado, muchísimos corpúsculos, de los cuales unos

son favorables á la vida y otros son auxiliares de la muerte. Cuando

estos últimos se congregan casualmente en gran número, inficionan el

aire y perturban la marcha regular de la existencia. Los gérmenes de

enfermedades pestilentes, ó vienen transportados por las nubes y las

tempestades, quizá desde lejanos climas, ó surgen del mismo país

mediante alteraciones producidas en el cielo y en la atmósfera, por

intempestivas lluvias y calores excesivos. ¿No has observado que los

productos de una región llevados á otra se resienten y se corrompen con

la mudanza de clima y de aguas? La influencia del aire es evidente: ¿es

el mismo el cielo británico y el de Egipto por donde el eje del mundo

se abate[75]? ¿Es igual la temperatura media del Ponto, y la que desde

las poblaciones gaditanas se extiende hasta los territorios en que el

calor del Sol ennegrece á la raza humana? Aunque esas cuatro regiones

se hallan expuestas á todos los vientos, bajo un mismo cielo, hay tanta

diferencia en el color y la fisonomía de sus respectivos habitantes,

como en las dolencias á que estos últimos están expuestos.

[75] Lucrecio entendía que el eje del mundo se levantaba hacia el

Norte y se bajaba en el Sur; y, por tanto, creía que en Egipto

comenzaba su declinación.

La elefantiasis es una molestia que domina en las proximidades del

Nilo, en medio del Egipto, y no en otra parte; en Ática se padecen

dolores de piernas, y en Acaya mal de ojos. De igual modo hay otros

muchos lugares que son propensos á varios dolores, sin duda por la

influencia del aire. Cuando éste, saturado ya de miasmas infectos,

forma corrientes que invaden algunas comarcas, se extienden por ellas

con lentitud como las nubes y corrompen su atmósfera; al llegar á la

nuestra, la inficiona, se la asimila, pero la hace extraña á nosotros

mismos.

El contagio de la nueva calamidad prontamente se apodera de las aguas,

se posesiona de los frutos de la tierra y de otras substancias que

sirven de alimento á los hombres y de pasto á los animales, y se

mezcla con el aire que nos vemos precisados á respirar, aun cuando

conozcamos el peligro de absorber el veneno que lo emponzoña. Con igual

energía que á los hombres, la pestilencia ataca á la especie bovina

y á los baladores rebaños. El mismo efecto nos produciría el aspirar

voluntariamente un aire viciado, que el apropiarnos por necesidad el

que la Naturaleza nos proporciona, dañado con substancias nocivas para

nuestra salud y para nuestra vida.

Una epidemia de esa clase causada por vapores mortíferos ocasionó

horribles estragos en Cecropia, y dejó desiertos sus campos y ciudades;

hizo su aparición en el centro de Egipto; por el aire atravesó el

espacio, por el mar recorrió las distancias, y se estableció en los

muros de Pandión, cuyos habitantes fueron víctimas de repugnante

dolencia ó de angustiosa muerte[76]. La enfermedad se iniciaba por

una intensa fiebre, á la que seguía fuerte dolor de cabeza; después

los ojos de los pacientes se entumecían é inflamaban, su laringe se

llenaba de úlceras que brotaban negra sangre y obstruían los conductos

de la voz; su lengua, intérprete del ánimo, rodeada por ensangrentada

costra purulenta, quedaba inmóvil aunque penetrada por dolor agudo;

con las secreciones ponzoñosas que se escurrían por el esófago de

los enfermos, éstos sentían que el mal se amparaba de su pecho, se

apoderaba de su corazón y entorpecía todos los hilos de la vida; su

boca exhalaba hedor no menos fétido que el de cadáveres corrompidos;

su alma carecía de fuerzas para manifestarse, y su cuerpo, como

desmadejado, parecía yacer tendido á las puertas de la muerte. Pero

luego sobrevenían aflicciones y tormentos nuevos, estertores profundos,

gemidos redoblados por el día y por la noche, rigidez en los miembros,

nerviosas contracciones, extenuación, abatimiento, fatigas; los

pacientes no tenían mucho calor en su piel, y sus extremidades estaban

templadas, y eso no obstante, su cuerpo lleno de profundas llagas,

parecía rojo, como si lo hubiese invadido la erisipela; fuego interior

consumía á los desdichados, y les penetraba los huesos; en su estómago,

como si fuese encendida hornaza, ardía llama devoradora; les abrumaba

el peso de las ropas, y se exponían desnudos al frío y al aire;

algunos, impelidos por el ardor que les quemaba las entrañas, en su

furor desesperado se precipitaban á helados ríos; otros, rabiosamente,

con la boca abierta, se arrojaban á los pozos, como si quisieran

beberse toda el agua que en ellos encontraran, aun cuando la sed que

sufrían tan insaciable era con un torrente como con la que pudiera

contener un pequeño vaso; el malestar no les permitía punto de reposo;

sus miembros se rendían abatidos; ningún bienestar les proporcionaba

la medicina, que ante la epidemia se declaraba impotente; faltos de

sueño, movían con frenesí los ojos desencajados, sufrían mortales

angustias, horror y espanto perturbadores de la mente, ira y tristeza

manifestadas con fruncimientos de cejas y convulsiones del rostro,

zumbido en los oídos, respiración anhelante, sudor que les bañaba el

cuello, tos violenta que entre ahogos les arrancaba tenues y escasos

esputos de color amarillento y de sabor salado, retorsiones de las

manos, temblor intenso, frío helado, que desde los piés avanzaba poco

á poco hasta dominar el tronco. Ya en el último período, los enfermos

tenían la nariz comprimida y afilada, los ojos y las sienes hundidos,

la piel fría y dura, los labios estirados, el semblante horroroso. Y

en ese estado morían; á los ocho ó diez días de enfermedad exhalaban

el último suspiro. Si alguno de los atacados podía librarse de la

muerte, porque sus abiertas llagas supurasen todo el humor corrompido

que en ellas se contenía, ó porque expulsara abundante cantidad de

negras materias excrementicias, al cabo, en una próxima recaída perdía

la existencia; de la nariz le brotaba sangre fétida, penosos dolores

de cabeza le torturaban, y de este modo sus fuerzas se extinguían.

Si la hemorragia se contenía pronto, la dolencia aparecía en los

nervios, se extendía á los miembros todos, y se fijaba especialmente

en los órganos de la generación; algunos enfermos, guiados por el

instinto de conservar la vida, entregaban al cortante hierro la parte

de su cuerpo elegida por el mal; unos perdían la característica de

su viril sexo, otros las manos, otros los piés; ¡tan grande era el

horror que la muerte inspiraba! Había personas que perdían totalmente

sus facultades intelectuales, y ni aun siquiera conservaban idea de

su propia personalidad. Aunque los cadáveres quedaban insepultos y

yacían amontonados, ni los cuadrúpedos ni las aves de rapiña se les

aproximaban por no poder resistir el pestilente olor que despedían;

si los tocaba algún animal, éste era en el acto víctima de la muerte:

ni ave alguna osaba mostrarse á la luz del día, ni las fieras dejaban

por las noches el obscuro bosque; la epidemia había debilitado á todas

y mataba á muchas; los perros, animales fieles, caían abatidos en las

calles, y entre fatigas y horribles tormentos, quedaban sin vida, que

la dolencia les arrebataba. Los cadáveres eran sacados sin pompa alguna

de las casas. No había remedio conocido contra el mal; la medicina que

había asegurado á unos enfermos el goce de la vida y el disfrute de la

luz del Sol, precipitaba la ruina de otros.

[76] La peste de Atenas, con sujeción á los datos que se hallan

en el segundo libro de Tucídides, es descrita magistralmente por

Lucrecio, que dió á Virgilio el modelo para pintar la peste de

los animales en el tercer libro de sus _Geórgicas_.

Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura» · 第 296 / 302 题