Ahora trato de inquirir la ley de atracción que sobre el hierro ejerce
la piedra por los Griegos llamada magnética del nombre de la provincia
de Magnesia en que tiene su nacimiento; á los hombres causa admiración
el ver que varios trozos de la citada piedra forman una cadena de
anillos, que se sostienen por recíprocas atracciones, y que algunas
veces cinco piedras ó más, adheridas las unas á las otras, aunque
agitadas por el viento no se desunan: tan activa es la energía que
desarrollan.
Para explicar cierto orden de hechos hay que establecer algunos
principios elementales que faciliten los medios para llegar á la
posesión de la verdad: te pido, pues, que me concedas atento oído y
ánimo sereno.
Si vemos los cuerpos es porque de todos surgen emanaciones que se
extienden por nuestro alrededor, tocan nuestros ojos y determinan la
visión: de muchos se exhalan moléculas odoríferas como del agua se
desprende frío, del Sol calor y de las olas del mar el vapor saliginoso
que socava los edificios situados en la playa: las ondas sonoras nunca
dejan de impresionar nuestro oído; paladeamos el sabor de sal mientras
pasamos por las orillas de los mares, y nos incomoda el amargor del
ajenjo cuando asistimos á su preparación. Luego es indudable que todas
las cosas tienen desprendimientos moleculares que afectan nuestros
sentidos; y no hay quien no admita que alguna vez sufran intermitencias
esas emisiones, pues es un hecho que en todo momento la vista, el
olfato y el oído pueden impresionarse.
Repetiré ahora para auxiliar tu memoria que todos los cuerpos son
porosos como he demostrado al principio de la presente obra poética:
esta afirmación envuelve un dato fundamental para el conocimiento de
muchas verdades, y especialmente para la dilucidación del asunto que
voy ahora á tratar: necesario se hace, por tanto, que insista en la
prueba de que las moléculas componentes de todos los cuerpos están
separadas por pequeños intersticios. Por las bóvedas de las grutas
se filtra el agua gota á gota; en todas las partes de nuestro cuerpo
hay conductos para la transpiración; de nuestra piel brota la barba
y el vello; el alimento diluido en los conductos venosos lleva la
vida y el sostenimiento á todos los miembros y órganos del cuerpo
y no priva de su influencia ni aun á las uñas; el calor y el frío
se transmiten á través del bronce, y pasan la plata y el oro, como
puede comprobarse en vasos de uno de esos metales que tengamos en la
mano y en los que hayamos vertido cualquiera substancia líquida; los
sonidos y algunos olores fuertes atraviesan gruesos muros; el calor
y el frío traspasan las corazas de hierro que sirven para ceñir el
cuerpo; muchas enfermedades infecciosas penetran en nosotros por las
puertas de nuestros poros porque la Tierra y los aires están llenos
de corpúsculos que se insinúan en nosotros y nos dañan. Después de
fijarnos en esos detalles, convendremos en que ningún cuerpo carece
de poros. También sucede que las emanaciones de los seres no tienen
todas las mismas propiedades, y, por tanto, no producen igual efecto en
todos los cuerpos sobre los cuales obran: el Sol que seca y endurece
la tierra también derrite el hielo, liquida enormes témpanos de nieves
aglomerados en la cima de las montañas y disuelve la cera; el fuego que
licua el oro y el bronce, aprieta y condensa las carnes y las pieles;
el agua que endurece el hierro ablandado por el calor, ablanda la piel
y la carne por el calor endurecidas: el pino silvestre, cuyas hojas son
para las barbudas cabras manjar delicioso preferible al néctar y á la
ambrosía, para los hombres tiene insufrible sabor amargo: el cerdo huye
de la mejorana y de toda substancia olorosa como de venenos mortíferos
que á nosotros nos deleitan, y, por lo contrario, nosotros consideramos
abominable y repugnante el lodo que para el cerdo es delicioso baño, de
cuyo disfrute nunca se encuentra satisfecho.
Aún añadiré otra observación antes de entrar de lleno en el estudio del
asunto que me he propuesto poner en claro. Los innumerables poros que
en el cuerpo hay, por cuanto sirven para funciones diversas, han de
ser entre sí desemejantes: es innegable que todos los animales poseen
varios sentidos, cada uno de los cuales tiene su especial esfera de
actividad: la impresión del sonido se recibe en un propio órgano, en
otro la del gusto, en otro la del sabor, con arreglo á muy complejas
circunstancias; pero si es cierto que algunos simulacros atraviesan
las piedras, otros se introducen por los poros de la madera y otros,
como los del calor, pasan á través del oro, de la plata y del vidrio,
mientras hay muchos incapaces para comunicarse de ese modo, también
debe ser cierto que tan variadas apariencias de un mismo fenómeno en
una principalísima parte sean debidas, como ya en otra ocasión he
demostrado, á las diferencias de los huecos ó poros que la Naturaleza
deja abiertos entre las moléculas de todos los cuerpos. Conocidos estos
antecedentes, se nos muestra al descubierto la causa que origina la
atracción del hierro.
Primeramente, es necesario que de la piedra magnética se desprenda
una especie de fluido muy activo que tenga la propiedad de rarificar
el aire que media entre la misma piedra y la anilla ó cualquier otro
objeto de hierro; luego que de ese modo queda entre los dos cuerpos un
espacio vacío las exhalaciones de los elementos férricos se precipitan
en él y la anilla de que proceden seguirá la misma dirección. No hay
cuerpo que tenga sus moléculas más apretadas ni sus elementos más
estrechamente unidos que el hierro, cuya estructura, por lo densa, es
más inaccesible para el calor: por ese motivo no es de admirar que si
las partículas componentes de una anilla de hierro se dirigen hacia el
vacío, la anilla íntegra siga la misma ruta hasta encontrar la piedra
magnética á la cual quede unida por invisibles lazos. Las emanaciones
magnéticas forman alrededor de la piedra que las produce una especie
de circuito y quedan sujetos á su acción todos los cuerpos de hierro
que en él se hallen, los cuales, como no pueden por su propia gravedad
elevarse en las auras, han de recibir sucesivas impulsiones del aire.
Otro motivo hay que favorece la progresión y aumenta el movimiento de
la anilla, la cual, no bien se halla dentro del vacío formado por la
piedra magnética es empujada hacia adelante por las capas de aire que
la rodean; y como el mismo aire penetra también en los intersticios
del hierro, obra en la anilla de igual modo que el viento cuando
hincha las velas de un buque é impulsa la marcha de éste. Los cuerpos
contienen aire en sus poros; y ese fluido sutilísimo que permanece
oculto en el hierro, agitado por la influencia del imán que sobre la
anilla obra contribuirá también de varias maneras á que ésta siga la
dirección que la atrae.
Pero la piedra magnética unas veces atrae al hierro y otras lo rechaza:
en Samotracia tuve ocasión de ver una cubeta de bronce en la cual
habían introducido trozos y limaduras de hierro y encima de ellos
una piedra imán: el hierro se movía de un lado á otro como fugitivo
impaciente; parecía que el bronce había provocado una discordia entre
aquellos cuerpos: este fenómeno que observé quizá proviniera de que
las exhalaciones vaporosas del bronce habían ocupado los intersticios
del hierro antes de que las de la piedra de Magnesia hubieran podido
en ellos penetrar, y tal vez estas últimas pugnaran por apoderarse de
la substancia férrica y henchir su tejido: lo cierto es que mediante
la interposición del bronce el hierro siempre rechaza al imán, al cual
fácilmente se adhiere en otras circunstancias.
Y se comprende bien que la piedra magnética no atraiga á todos los
cuerpos: el oro, por su densidad, no es accesible á su influencia; la
madera tiene poros muy abiertos y por ellos pasan las emanaciones del
imán sin producir efecto; pero el hierro, con respecto á su textura, se
halla colocado entre aquellas dos substancias; y cuando está impregnado
en moléculas de bronce la piedra magnética lo rechaza.
Pero no todos los cuerpos son extraños á especiales uniones, y pudiera
citarte muchos casos de afinidad íntima entre cosas diferentes: la cal
sirve de lazo para juntar unas piedras con otras; con la pasta hecha
de piel de toro los trozos de madera se unen de tal modo, que podrán
romperse por cualquiera parte más bien que por los bordes adheridos
con auxilio de la cola; el jugo de la uva se mezcla muy bien con los
raudales cristalinos de murmuradoras fuentes, alianza que no puede
aquélla efectuar con la pez, que es muy pesada, ni con el aceite, que
es muy ligero; el color purpúreo del conchil se identifica notablemente
con la tela de lana, y no pueden separarse con el agua, aunque ésta
se emplease en la misma cantidad que los mares juntos contienen; el
oro y la plata perfectamente se incorporan; varias clases de cobre
con el plomo forman distintas especies de bronce. De muchos otros
enlaces y de otras varias aleaciones pudiera hablarte; pero considero
que una detenida relación de este género sería inútil y además te
produciría cansancio y enojo, cuando persigo el objeto de hablarte
poco para decirte mucho. La alianza de cuerpos que tienen prominencias
correspondientes á depresiones de otros afines resulta perfecta y
durable: también los cuerpos se ligan fuertemente por medio de anillos
ó de ganchos; y de esta manera última es como se establece la unión
entre las moléculas de la piedra de Magnesia y las del hierro.