904. _Quod superest, agere incipiam quo fœdere fiat..._

Ahora trato de inquirir la ley de atracción que sobre el hierro ejerce

la piedra por los Griegos llamada magnética del nombre de la provincia

de Magnesia en que tiene su nacimiento; á los hombres causa admiración

el ver que varios trozos de la citada piedra forman una cadena de

anillos, que se sostienen por recíprocas atracciones, y que algunas

veces cinco piedras ó más, adheridas las unas á las otras, aunque

agitadas por el viento no se desunan: tan activa es la energía que

desarrollan.

Para explicar cierto orden de hechos hay que establecer algunos

principios elementales que faciliten los medios para llegar á la

posesión de la verdad: te pido, pues, que me concedas atento oído y

ánimo sereno.

Si vemos los cuerpos es porque de todos surgen emanaciones que se

extienden por nuestro alrededor, tocan nuestros ojos y determinan la

visión: de muchos se exhalan moléculas odoríferas como del agua se

desprende frío, del Sol calor y de las olas del mar el vapor saliginoso

que socava los edificios situados en la playa: las ondas sonoras nunca

dejan de impresionar nuestro oído; paladeamos el sabor de sal mientras

pasamos por las orillas de los mares, y nos incomoda el amargor del

ajenjo cuando asistimos á su preparación. Luego es indudable que todas

las cosas tienen desprendimientos moleculares que afectan nuestros

sentidos; y no hay quien no admita que alguna vez sufran intermitencias

esas emisiones, pues es un hecho que en todo momento la vista, el

olfato y el oído pueden impresionarse.

Repetiré ahora para auxiliar tu memoria que todos los cuerpos son

porosos como he demostrado al principio de la presente obra poética:

esta afirmación envuelve un dato fundamental para el conocimiento de

muchas verdades, y especialmente para la dilucidación del asunto que

voy ahora á tratar: necesario se hace, por tanto, que insista en la

prueba de que las moléculas componentes de todos los cuerpos están

separadas por pequeños intersticios. Por las bóvedas de las grutas

se filtra el agua gota á gota; en todas las partes de nuestro cuerpo

hay conductos para la transpiración; de nuestra piel brota la barba

y el vello; el alimento diluido en los conductos venosos lleva la

vida y el sostenimiento á todos los miembros y órganos del cuerpo

y no priva de su influencia ni aun á las uñas; el calor y el frío

se transmiten á través del bronce, y pasan la plata y el oro, como

puede comprobarse en vasos de uno de esos metales que tengamos en la

mano y en los que hayamos vertido cualquiera substancia líquida; los

sonidos y algunos olores fuertes atraviesan gruesos muros; el calor

y el frío traspasan las corazas de hierro que sirven para ceñir el

cuerpo; muchas enfermedades infecciosas penetran en nosotros por las

puertas de nuestros poros porque la Tierra y los aires están llenos

de corpúsculos que se insinúan en nosotros y nos dañan. Después de

fijarnos en esos detalles, convendremos en que ningún cuerpo carece

de poros. También sucede que las emanaciones de los seres no tienen

todas las mismas propiedades, y, por tanto, no producen igual efecto en

todos los cuerpos sobre los cuales obran: el Sol que seca y endurece

la tierra también derrite el hielo, liquida enormes témpanos de nieves

aglomerados en la cima de las montañas y disuelve la cera; el fuego que

licua el oro y el bronce, aprieta y condensa las carnes y las pieles;

el agua que endurece el hierro ablandado por el calor, ablanda la piel

y la carne por el calor endurecidas: el pino silvestre, cuyas hojas son

para las barbudas cabras manjar delicioso preferible al néctar y á la

ambrosía, para los hombres tiene insufrible sabor amargo: el cerdo huye

de la mejorana y de toda substancia olorosa como de venenos mortíferos

que á nosotros nos deleitan, y, por lo contrario, nosotros consideramos

abominable y repugnante el lodo que para el cerdo es delicioso baño, de

cuyo disfrute nunca se encuentra satisfecho.

Aún añadiré otra observación antes de entrar de lleno en el estudio del

asunto que me he propuesto poner en claro. Los innumerables poros que

en el cuerpo hay, por cuanto sirven para funciones diversas, han de

ser entre sí desemejantes: es innegable que todos los animales poseen

varios sentidos, cada uno de los cuales tiene su especial esfera de

actividad: la impresión del sonido se recibe en un propio órgano, en

otro la del gusto, en otro la del sabor, con arreglo á muy complejas

circunstancias; pero si es cierto que algunos simulacros atraviesan

las piedras, otros se introducen por los poros de la madera y otros,

como los del calor, pasan á través del oro, de la plata y del vidrio,

mientras hay muchos incapaces para comunicarse de ese modo, también

debe ser cierto que tan variadas apariencias de un mismo fenómeno en

una principalísima parte sean debidas, como ya en otra ocasión he

demostrado, á las diferencias de los huecos ó poros que la Naturaleza

deja abiertos entre las moléculas de todos los cuerpos. Conocidos estos

antecedentes, se nos muestra al descubierto la causa que origina la

atracción del hierro.

Primeramente, es necesario que de la piedra magnética se desprenda

una especie de fluido muy activo que tenga la propiedad de rarificar

el aire que media entre la misma piedra y la anilla ó cualquier otro

objeto de hierro; luego que de ese modo queda entre los dos cuerpos un

espacio vacío las exhalaciones de los elementos férricos se precipitan

en él y la anilla de que proceden seguirá la misma dirección. No hay

cuerpo que tenga sus moléculas más apretadas ni sus elementos más

estrechamente unidos que el hierro, cuya estructura, por lo densa, es

más inaccesible para el calor: por ese motivo no es de admirar que si

las partículas componentes de una anilla de hierro se dirigen hacia el

vacío, la anilla íntegra siga la misma ruta hasta encontrar la piedra

magnética á la cual quede unida por invisibles lazos. Las emanaciones

magnéticas forman alrededor de la piedra que las produce una especie

de circuito y quedan sujetos á su acción todos los cuerpos de hierro

que en él se hallen, los cuales, como no pueden por su propia gravedad

elevarse en las auras, han de recibir sucesivas impulsiones del aire.

Otro motivo hay que favorece la progresión y aumenta el movimiento de

la anilla, la cual, no bien se halla dentro del vacío formado por la

piedra magnética es empujada hacia adelante por las capas de aire que

la rodean; y como el mismo aire penetra también en los intersticios

del hierro, obra en la anilla de igual modo que el viento cuando

hincha las velas de un buque é impulsa la marcha de éste. Los cuerpos

contienen aire en sus poros; y ese fluido sutilísimo que permanece

oculto en el hierro, agitado por la influencia del imán que sobre la

anilla obra contribuirá también de varias maneras á que ésta siga la

dirección que la atrae.

Pero la piedra magnética unas veces atrae al hierro y otras lo rechaza:

en Samotracia tuve ocasión de ver una cubeta de bronce en la cual

habían introducido trozos y limaduras de hierro y encima de ellos

una piedra imán: el hierro se movía de un lado á otro como fugitivo

impaciente; parecía que el bronce había provocado una discordia entre

aquellos cuerpos: este fenómeno que observé quizá proviniera de que

las exhalaciones vaporosas del bronce habían ocupado los intersticios

del hierro antes de que las de la piedra de Magnesia hubieran podido

en ellos penetrar, y tal vez estas últimas pugnaran por apoderarse de

la substancia férrica y henchir su tejido: lo cierto es que mediante

la interposición del bronce el hierro siempre rechaza al imán, al cual

fácilmente se adhiere en otras circunstancias.

Y se comprende bien que la piedra magnética no atraiga á todos los

cuerpos: el oro, por su densidad, no es accesible á su influencia; la

madera tiene poros muy abiertos y por ellos pasan las emanaciones del

imán sin producir efecto; pero el hierro, con respecto á su textura, se

halla colocado entre aquellas dos substancias; y cuando está impregnado

en moléculas de bronce la piedra magnética lo rechaza.

Pero no todos los cuerpos son extraños á especiales uniones, y pudiera

citarte muchos casos de afinidad íntima entre cosas diferentes: la cal

sirve de lazo para juntar unas piedras con otras; con la pasta hecha

de piel de toro los trozos de madera se unen de tal modo, que podrán

romperse por cualquiera parte más bien que por los bordes adheridos

con auxilio de la cola; el jugo de la uva se mezcla muy bien con los

raudales cristalinos de murmuradoras fuentes, alianza que no puede

aquélla efectuar con la pez, que es muy pesada, ni con el aceite, que

es muy ligero; el color purpúreo del conchil se identifica notablemente

con la tela de lana, y no pueden separarse con el agua, aunque ésta

se emplease en la misma cantidad que los mares juntos contienen; el

oro y la plata perfectamente se incorporan; varias clases de cobre

con el plomo forman distintas especies de bronce. De muchos otros

enlaces y de otras varias aleaciones pudiera hablarte; pero considero

que una detenida relación de este género sería inútil y además te

produciría cansancio y enojo, cuando persigo el objeto de hablarte

poco para decirte mucho. La alianza de cuerpos que tienen prominencias

correspondientes á depresiones de otros afines resulta perfecta y

durable: también los cuerpos se ligan fuertemente por medio de anillos

ó de ganchos; y de esta manera última es como se establece la unión

entre las moléculas de la piedra de Magnesia y las del hierro.

Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura» · 第 295 / 302 题