Lo más aflictivo y terrible en aquel período calamitoso, era que
todo el que se hallaba acometido por la dolencia, sabía desde luego
que iba á morir; y, como criminal sentenciado á la última pena, veía
de continuo ante sus ojos la amenaza de la muerte y perecía entre
desesperaciones y terrores. Numerosas víctimas hacía el contagio;
la enfermedad se propagaba fácilmente de unos individuos á otros;
aquellos que por miedo á la muerte huían de la vista de sus deudos
y amigos sucumbían también, pero sin recibir el menor socorro,
abandonados, lo mismo que ganado vacuno ó rebaño lanígero; y los que
auxiliaban á parientes y amigos y por decoro ó compasión entraban
en lucha con la pestilencia, entre dolores, quejas, lamentos y ayes
eran arrollados por la asoladora catástrofe, que de este modo la
vida se llevó de los mejores ciudadanos; muchos, después de haber
inhumado los restos de todas las personas de su estima, fatigados,
tristes, lacrimosos, dominados por el espanto, abatidos, cansados y
sin fuerzas, se tendían en el lecho donde, rendidos, se entregaban
á la muerte. En aquel tiempo no se veían por todos sitios más que
enfermos desesperados, cadáveres en montón, enlutados que arrastraban
su pena. Lo mismo el pastor de cualquiera clase de animales que el
robusto conductor del corvo arado eran vencidos por la epidemia, y
allá, ocultos en sus chozas, languidecían de dolores y de miseria
y espiraban. Revueltos yacían los cadáveres de los padres y de los
hijos: éstos daban el último suspiro sobre el cuerpo, inanimado ya,
de la madre ó del padre. El mayor contingente que á la enfermedad se
ofrecía era procedente de los campos, cuyos moradores, tan pronto como
experimentaban los primeros síntomas de la dolencia, se acogían á la
ciudad, en la cual la muerte hallaba juntas numerosas víctimas en todas
las casas.
Muchos hombres, tocados por la peste, morían en las calles; otros,
movidos por sed abrasadora, á rastras, con mil trabajos, llegaban á
las fuentes públicas donde bebían con ánimo de hartarse, pero antes
de conseguirlo, morían sofocados. Los caminos se hallaban invadidos
por enfermos, desfallecidos, moribundos, cubiertos de harapos y llenos
de podredumbres, con los huesos descarnados en algunos sitios y en
otros con la piel lívida, llena de llagas que manaban asqueroso pus y
ya con la corrosión misma de la tumba. Despojos impuros de la muerte
habían sido con profusión depositados en los alcázares de los dioses;
cadáveres en gran número eran llevados á los templos, cuyos guardas
á su antojo disponían de sus improvisados huéspedes sin tratar de
inquirir cuál fuese la religión y cuáles fueran los dioses de cada uno,
porque el dolor excedía á toda preocupación; las ceremonias fúnebres,
con tanto rigor observadas en otro tiempo, se habían dejado olvidadas:
la consternación era general; los habitantes, como dislocados, en todas
sus acciones daban pruebas de la perturbación que les trastornaba el
juicio; cada uno enterraba á sus parientes como podía; de hogueras
preparadas por unas familias, otras extrañas se apoderaban á viva
fuerza para sus difuntos, y entre clamores ingentes sostenían
sangrientos combates á fin de impedir que arrojaran de la pira los
cadáveres antes de que fueran consumidos por el fuego[77].
[77] Es probable que Lucrecio dejara sin terminar su poema, como
se advierte que lo dejó sin corregir.