1227 _á_ 1283. _Illud in his rebus miserandum et magnopere unum..._

Lo más aflictivo y terrible en aquel período calamitoso, era que

todo el que se hallaba acometido por la dolencia, sabía desde luego

que iba á morir; y, como criminal sentenciado á la última pena, veía

de continuo ante sus ojos la amenaza de la muerte y perecía entre

desesperaciones y terrores. Numerosas víctimas hacía el contagio;

la enfermedad se propagaba fácilmente de unos individuos á otros;

aquellos que por miedo á la muerte huían de la vista de sus deudos

y amigos sucumbían también, pero sin recibir el menor socorro,

abandonados, lo mismo que ganado vacuno ó rebaño lanígero; y los que

auxiliaban á parientes y amigos y por decoro ó compasión entraban

en lucha con la pestilencia, entre dolores, quejas, lamentos y ayes

eran arrollados por la asoladora catástrofe, que de este modo la

vida se llevó de los mejores ciudadanos; muchos, después de haber

inhumado los restos de todas las personas de su estima, fatigados,

tristes, lacrimosos, dominados por el espanto, abatidos, cansados y

sin fuerzas, se tendían en el lecho donde, rendidos, se entregaban

á la muerte. En aquel tiempo no se veían por todos sitios más que

enfermos desesperados, cadáveres en montón, enlutados que arrastraban

su pena. Lo mismo el pastor de cualquiera clase de animales que el

robusto conductor del corvo arado eran vencidos por la epidemia, y

allá, ocultos en sus chozas, languidecían de dolores y de miseria

y espiraban. Revueltos yacían los cadáveres de los padres y de los

hijos: éstos daban el último suspiro sobre el cuerpo, inanimado ya,

de la madre ó del padre. El mayor contingente que á la enfermedad se

ofrecía era procedente de los campos, cuyos moradores, tan pronto como

experimentaban los primeros síntomas de la dolencia, se acogían á la

ciudad, en la cual la muerte hallaba juntas numerosas víctimas en todas

las casas.

Muchos hombres, tocados por la peste, morían en las calles; otros,

movidos por sed abrasadora, á rastras, con mil trabajos, llegaban á

las fuentes públicas donde bebían con ánimo de hartarse, pero antes

de conseguirlo, morían sofocados. Los caminos se hallaban invadidos

por enfermos, desfallecidos, moribundos, cubiertos de harapos y llenos

de podredumbres, con los huesos descarnados en algunos sitios y en

otros con la piel lívida, llena de llagas que manaban asqueroso pus y

ya con la corrosión misma de la tumba. Despojos impuros de la muerte

habían sido con profusión depositados en los alcázares de los dioses;

cadáveres en gran número eran llevados á los templos, cuyos guardas

á su antojo disponían de sus improvisados huéspedes sin tratar de

inquirir cuál fuese la religión y cuáles fueran los dioses de cada uno,

porque el dolor excedía á toda preocupación; las ceremonias fúnebres,

con tanto rigor observadas en otro tiempo, se habían dejado olvidadas:

la consternación era general; los habitantes, como dislocados, en todas

sus acciones daban pruebas de la perturbación que les trastornaba el

juicio; cada uno enterraba á sus parientes como podía; de hogueras

preparadas por unas familias, otras extrañas se apoderaban á viva

fuerza para sus difuntos, y entre clamores ingentes sostenían

sangrientos combates á fin de impedir que arrojaran de la pira los

cadáveres antes de que fueran consumidos por el fuego[77].

[77] Es probable que Lucrecio dejara sin terminar su poema, como

se advierte que lo dejó sin corregir.

Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura» · 第 297 / 302 题