El agua de los pozos refresca en el verano porque el calor afloja
las tierras y por los dilatados poros de ésta da salida á los ígneos
elementos que ella misma encierra; por consiguiente, cuanto más denso
es el calor que en el suelo de un lugar se experimenta, más fresca está
el agua que en lo interior se oculta; y, por lo contrario, si el frío
oprime y contrae la superficie de un terreno, las moléculas de calor
extendidas por todas partes entran en los pozos donde permanecerán como
sujetas por compresión.
Cerca del templo de Júpiter Ammón hay un surtidor de agua que, según
vulgar opinión, es fría mientras brilla luz diurna y caliente por la
noche: ese manantial es objeto de admiración para los hombres capaces
de creer que oculto el Sol por debajo de la Tierra llena la fuente
con sus fuegos mientras la noche nos envuelve con sus sombras. Pero
la razón rechaza esa hipótesis; porque si el Sol, con la fuerza de
sus rayos, cuando está sobre nuestro horizonte no puede por contacto
directo calentar el agua, mucho menos lo podrá hacer cuando se halla
debajo de nosotros, y cuando tendría que atravesar con sus fulgores
una masa de espesor considerable: ¿pues no vemos que los rayos del Sol
apenas dan razón de su presencia á través de los muros de nuestras
casas? ¿Cuál será, pues, la causa productora de ese fenómeno? Sin duda
la tierra en que se halla ese manantial es más permeable que otras y
compuesta de moléculas más impresionables al calor; durante el tiempo
en que las tinieblas dominan, la tierra se enfría y se contrae como si
por la mano fuese apretada; entonces las moléculas de fuego se recogen
en el agua y comunican su calor á ésta, que á su vez lo transmite al
paladar y al tacto; y cuando el Sol naciente con sus rayos abre los
poros de la tierra, pasan por ésta las ígneas moléculas y el calor
escapa del agua; por este motivo es fresca durante el día la de aquella
fuente. Pero además debe notarse que el agua por la influencia del
calor se enrarece y pierde mediante la evaporación muchas partículas
ígneas que encierra, de igual modo que otras veces expulsa las de frías
nieves que en sí contiene, disuelve el hielo y desata los vínculos con
que éste la retuviera.
Un manantial hay cuyas aguas, aunque al tacto son frías, hacen arder
la estopa y encienden las hachas resinosas que en ellas se arrojen:
esas aguas deben contener una cantidad extraordinaria de principios
ígneos, y aun así, no tienen bastante actividad para calentar sus
raudales. Una especial influencia obliga á sus moléculas á elevarse
desde el fondo de la fuente á la superficie del agua y dispersarse en
los aires, como surtidor de agua dulce que brota en el mar y separa á
un lado las ondas salíferas. Hay, con efecto, regiones en que el mar
ofrece á los navegantes sedientos un surtidor de agua dulce, libre de
sal: de un modo parecido en aquellos otros sitios se escaparán de los
manantiales algunos elementos ígneos que sirvan para inflamar la estopa
y las teas, pues tanto la una como las otras se componen también de
partículas comburentes. ¿No has reparado que si á una lámpara apagada
aproximas una luz vuelve á encenderse aun antes de que ésta la toque?
¿No sucede lo mismo con la tea? Otros muchos cuerpos hay que arden
sólo por las exhalaciones del fuego y sin necesidad de ponerse en
contacto con éste: una cosa parecida á la que indico debe ocurrir en la
mencionada fuente.