637. _Nunc ratio quæ sit, per fauces montis ut Ætnæ_...

Ahora me propongo inquirir la causa de que el Etna por sus espantosas

fauces arroje torbellinos de fuego: no creas que la terrible tempestad

ardiente que abrasó los sicilianos campos fuese prevista por los

pueblos vecinos y que éstos después de contemplar el Cielo envuelto en

amenazadoras llamas y torbellinos de humo que henchían el espacio y con

sus horrores presagiaban una próxima ruina esperasen, aunque llenos de

temor, los sucesos que la Naturaleza les deparara.

Á fin de que puedas comprender esos fenómenos, será necesario que

estudies todo el orden natural en sus múltiples manifestaciones, que

medites reposadamente acerca de la Suma de todas las cosas y consideres

que la inmensidad del Cielo es apenas una partícula del Universo, como

el hombre es una molécula de nuestro mundo. Cuando te hayas penetrado

bien de estas verdades, muchos hechos naturales que hoy te admiran

dejarán de sorprenderte.

¿Quién de nosotros se extraña de que haya personas cuyos órganos

sean embargados por el ardor de la fiebre ó cuyos miembros padezcan

dolores sintomáticos de acerba enfermedad? De pronto los piés del

enfermo se entumecen; agudo malestar ataca sus dientes, invade sus

ojos; erisipela gangrenosa lentamente se apodera de su cuerpo y lo

quema: hechos de esta clase á nadie admiran, porque es general la

creencia de que emanaciones procedentes de muchos cuerpos, vapores

de la Tierra derivados y exhalaciones del aire engendran numerosos

males que al crecer y progresar causan funestos accidentes. Hay, pues,

motivos suficientes para afirmar que la Naturaleza, infinita como es

en la Tierra y en el Cielo, ha acumulado elementos en número bastante

para que en ocasiones puedan sacudir el mundo, producir tempestades en

el mar y en la Tierra, proveer de fuego el Etna é incendiar el Cielo.

De este modo se comprende bien que el celeste espacio pueda arder en

llamas como sucede en días tormentosos cuando, estrechada la cohesión

de las moléculas del agua, lluvias torrenciales inundan la Tierra.

Grande se considera ese incendio: también parece grande un río á aquel

que no haya visto otro mayor; grande parece un hombre, un árbol, un

cuerpo de cualquiera especie si no se conocen otros que los excedan en

tamaño; pero todos los seres y aun el Cielo, el mar y la Tierra no son

más que pequeñas partes de la Suma universal.

Voy ahora á explicar de qué modo el Etna, repentinamente irritado,

arroja llamas que suben al espacio desde los hornos encendidos en su

seno: la montaña del volcán no es una masa compacta; cavernas profundas

formadas entre enormes piedras la componen; esas cavernas están llenas

de viento, y por tanto, de aire, porque el viento no es más que el

aire violentamente agitado; cuando éste se inflama comunica su calor

á las piedras, á la Tierra, de donde rápidas llamas y fuego devorador

se elevan, hasta las gargantas de la montaña y por ellas salen para

invadir una extensión inmensa entre espeso y negro humo y piedras de

gran tamaño: no debe dudarse de que tanta fuerza desarrollada proviene

del viento inflamado.

Nótese además que esa montaña arranca de las proximidades del mar cuyas

olas van á batir el principio de su base; algunas de sus cavernas se

comunicarán con el lecho de las aguas y desde allí subirán hasta la

cima del encendido monte; por esas aberturas penetrarán vientos que

motivarán la formación de llamas, levantarán torbellinos de arenas,

desprenderán de las cuevas corpulentas rocas, y dispararán á las nubes

esa mezcla que sale de los abiertos cráteres, palabra griega que

equivale á las dos latinas de _bocas y fauces_.

Hay hechos cuya causa ocasional no puede precisarse, aunque desde luego

se comprende que estará entre varias conocidas; por ejemplo, si desde

cierta distancia vieses un hombre muerto en el suelo tendido, no podrás

afirmar con seguridad de acierto el motivo originario de la desgracia;

pensarás que la muerte habrá sido causada por hierro, frío, enfermedad

ó veneno, y solamente los testigos oculares de ella podrán determinar

entre esas causas posibles y necesarias la única verdadera: esta

observación tiene muchas aplicaciones.

Un caso á este propósito digno de atención nos ofrece en Egipto el

Nilo, único río que después de crecer en el verano se desborda y se

extiende por los campos: sin duda sus periódicas inundaciones han de

proceder de una de las causas que á continuación expongo:

Tal vez en la estación estival el viento aquilón sople en las bocas del

río en dirección contraria al curso de éste y al de los vientos etesios

que dominan durante la misma época del año en toda aquella región; en

este supuesto, las aguas, repelidas, acumuladas, llenarán sus cauces,

rebosarán de ellos é inundarán los campos: sirve de apoyo á este

aserto el hecho de que la corriente del viento Norte, que viene de las

constelaciones heladas, es opuesta á la dirección del río, que sigue

la del austro, originado en clima cuyos habitantes por la influencia

del extremado calor son negros.

Quizá en la desembocadura del río durante una época en que el mar

es agitado por fuertes vientos se acumulen montones de arena que

levanten en esa parte el lecho del Nilo, é impidan el curso libre de la

corriente y aun el desagüe de ésta.

Puede suceder que las nubes procedentes de las regiones septentrionales

en tiempos dados sean impelidas por los vientos etesios, hacia las

comarcas donde el río tiene sus fuentes, y acumuladas y condensadas

allí, por su propia gravedad descarguen abundantes lluvias.

Y, por último, es posible que las nieves de las altas etiópicas

montañas, derretidas por el calor del Sol cuando este astro dirige á la

Tierra más directamente sus rayos, sirvan para acrecentar el caudal del

Nilo.

Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura» · 第 292 / 302 题