Ahora me propongo inquirir la causa de que el Etna por sus espantosas
fauces arroje torbellinos de fuego: no creas que la terrible tempestad
ardiente que abrasó los sicilianos campos fuese prevista por los
pueblos vecinos y que éstos después de contemplar el Cielo envuelto en
amenazadoras llamas y torbellinos de humo que henchían el espacio y con
sus horrores presagiaban una próxima ruina esperasen, aunque llenos de
temor, los sucesos que la Naturaleza les deparara.
Á fin de que puedas comprender esos fenómenos, será necesario que
estudies todo el orden natural en sus múltiples manifestaciones, que
medites reposadamente acerca de la Suma de todas las cosas y consideres
que la inmensidad del Cielo es apenas una partícula del Universo, como
el hombre es una molécula de nuestro mundo. Cuando te hayas penetrado
bien de estas verdades, muchos hechos naturales que hoy te admiran
dejarán de sorprenderte.
¿Quién de nosotros se extraña de que haya personas cuyos órganos
sean embargados por el ardor de la fiebre ó cuyos miembros padezcan
dolores sintomáticos de acerba enfermedad? De pronto los piés del
enfermo se entumecen; agudo malestar ataca sus dientes, invade sus
ojos; erisipela gangrenosa lentamente se apodera de su cuerpo y lo
quema: hechos de esta clase á nadie admiran, porque es general la
creencia de que emanaciones procedentes de muchos cuerpos, vapores
de la Tierra derivados y exhalaciones del aire engendran numerosos
males que al crecer y progresar causan funestos accidentes. Hay, pues,
motivos suficientes para afirmar que la Naturaleza, infinita como es
en la Tierra y en el Cielo, ha acumulado elementos en número bastante
para que en ocasiones puedan sacudir el mundo, producir tempestades en
el mar y en la Tierra, proveer de fuego el Etna é incendiar el Cielo.
De este modo se comprende bien que el celeste espacio pueda arder en
llamas como sucede en días tormentosos cuando, estrechada la cohesión
de las moléculas del agua, lluvias torrenciales inundan la Tierra.
Grande se considera ese incendio: también parece grande un río á aquel
que no haya visto otro mayor; grande parece un hombre, un árbol, un
cuerpo de cualquiera especie si no se conocen otros que los excedan en
tamaño; pero todos los seres y aun el Cielo, el mar y la Tierra no son
más que pequeñas partes de la Suma universal.
Voy ahora á explicar de qué modo el Etna, repentinamente irritado,
arroja llamas que suben al espacio desde los hornos encendidos en su
seno: la montaña del volcán no es una masa compacta; cavernas profundas
formadas entre enormes piedras la componen; esas cavernas están llenas
de viento, y por tanto, de aire, porque el viento no es más que el
aire violentamente agitado; cuando éste se inflama comunica su calor
á las piedras, á la Tierra, de donde rápidas llamas y fuego devorador
se elevan, hasta las gargantas de la montaña y por ellas salen para
invadir una extensión inmensa entre espeso y negro humo y piedras de
gran tamaño: no debe dudarse de que tanta fuerza desarrollada proviene
del viento inflamado.
Nótese además que esa montaña arranca de las proximidades del mar cuyas
olas van á batir el principio de su base; algunas de sus cavernas se
comunicarán con el lecho de las aguas y desde allí subirán hasta la
cima del encendido monte; por esas aberturas penetrarán vientos que
motivarán la formación de llamas, levantarán torbellinos de arenas,
desprenderán de las cuevas corpulentas rocas, y dispararán á las nubes
esa mezcla que sale de los abiertos cráteres, palabra griega que
equivale á las dos latinas de _bocas y fauces_.
Hay hechos cuya causa ocasional no puede precisarse, aunque desde luego
se comprende que estará entre varias conocidas; por ejemplo, si desde
cierta distancia vieses un hombre muerto en el suelo tendido, no podrás
afirmar con seguridad de acierto el motivo originario de la desgracia;
pensarás que la muerte habrá sido causada por hierro, frío, enfermedad
ó veneno, y solamente los testigos oculares de ella podrán determinar
entre esas causas posibles y necesarias la única verdadera: esta
observación tiene muchas aplicaciones.
Un caso á este propósito digno de atención nos ofrece en Egipto el
Nilo, único río que después de crecer en el verano se desborda y se
extiende por los campos: sin duda sus periódicas inundaciones han de
proceder de una de las causas que á continuación expongo:
Tal vez en la estación estival el viento aquilón sople en las bocas del
río en dirección contraria al curso de éste y al de los vientos etesios
que dominan durante la misma época del año en toda aquella región; en
este supuesto, las aguas, repelidas, acumuladas, llenarán sus cauces,
rebosarán de ellos é inundarán los campos: sirve de apoyo á este
aserto el hecho de que la corriente del viento Norte, que viene de las
constelaciones heladas, es opuesta á la dirección del río, que sigue
la del austro, originado en clima cuyos habitantes por la influencia
del extremado calor son negros.
Quizá en la desembocadura del río durante una época en que el mar
es agitado por fuertes vientos se acumulen montones de arena que
levanten en esa parte el lecho del Nilo, é impidan el curso libre de la
corriente y aun el desagüe de ésta.
Puede suceder que las nubes procedentes de las regiones septentrionales
en tiempos dados sean impelidas por los vientos etesios, hacia las
comarcas donde el río tiene sus fuentes, y acumuladas y condensadas
allí, por su propia gravedad descarguen abundantes lluvias.
Y, por último, es posible que las nieves de las altas etiópicas
montañas, derretidas por el calor del Sol cuando este astro dirige á la
Tierra más directamente sus rayos, sirvan para acrecentar el caudal del
Nilo.