Debo ahora explicar de qué depende que el mar nunca aumente su volumen:
causa, en efecto, sorpresa á primera vista, la consideración de que el
caudal de aguas que en él penetra, ya procedente de ríos numerosos,
ya de tempestades, ora de lluvias, ora de manantiales, no determine
crecimiento en el Océano; pero se desvanece la admiración cuando se
observa que todas esas masas líquidas que en el mar se pierden con
relación á la importancia de éste son como una gota imperceptible.
En cambio, el calor del Sol evapora del mar una cantidad de agua no
pequeña; y si los rayos solares pronto dejan secos los vestidos mojados
sometidos á su influencia, ¿cuál no será el efecto que produzcan en
toda la dilatada extensión de los mares? Hemos, pues, de pensar que
el Sol, aunque débil se muestre, por más que en cada sitio del mar
produzca escasa evaporación, en el total del Océano ha de causar
enormes pérdidas.
También los vientos que barren toda la superficie de los mares han
de arrebatar á éstos alguna parte de su caudal: pues observamos que
durante una sola noche con su fuerte soplo secan los encharcados
caminos y endurecen el barro acuoso.
Te he informado igualmente de que las nubes se apoderan de una cantidad
de agua del mar, con la cual riegan todas las tierras cuando á impulso
de los vientos se deshacen en lluvias.
Y, por último, si la tierra es un cuerpo innegablemente poroso y está
en contacto con el mar, éste recibe de aquélla tributos que reponen
su caudal; también da á la tierra aguas que, bien por filtraciones,
bien por retrocesos abundantes, en los manantiales se acumulan, y ya
purificadas suben á la superficie y corren por los cauces que les
facilitan paso.