376. _Hoc est igniferi naturam fulminis ipsam..._

Cuando se indaga sin prevenciones es fácil conocer las causas del

ignífero rayo y sus efectos; pero nada se aprende con las inútiles

canturías del fanatismo tirreno que pretende averiguar intenciones

de misteriosos númenes mediante la observación de la llama del fuego

y de la forma con que el rayo penetra en el muro y sale de él por el

opuesto lado, y aun supone vaticinar lo porvenir por las circunstancias

concurrentes en aquel meteoro.

Porque si es Júpiter ó cualquiera de los otros dioses el autor del

terrorífico estruendo que hace temblar la bóveda celeste y de los rayos

que por todas partes caen, ¿por qué estos últimos no se dirigen contra

los criminales que impunemente cometen infamias sin que el fuego divino

les traspase el pecho, castigo que serviría de ejemplaridad para los

mortales, y en cambio el hombre justo que nunca ha hecho el menor daño

y no tiene falta alguna que expiar se encuentra muchas veces envuelto

en llamas y devorado por el fuego del Cielo? y ¿por qué en ocasiones

caen los rayos en lugares desiertos y se pierde su acción? ¿será para

que se ejerciten y den luego certeros golpes? y ¿por qué el Padre

divino se ha de entretener en disparar dardos que se embotan en la

tierra y no los reserva para lanzarlos contra sus enemigos? ¿por qué

el mismo Júpiter jamás en tiempo tranquilo fulmina rayos ni produce

truenos? ¿acaso condensa las nubes para bajar en ellas y disparar

sus dardos con más certera puntería? entonces ¿para qué los hace

caer algunas veces en el mar y con ellos traspasa las ondas, líquido

insensible, cuerpo acuoso?

Pero si quiere que precavidos evitemos el rayo ¿por qué no permite

que los hombres lo vean cuando es lanzado? Y si quiere sorprendernos

desprevenidos ¿por qué lo arroja en ocasiones en que podemos evitarlo?

¿por qué permite que se extienda la obscuridad y haya estruendos

y ruido precursores? ¿Y puedes creer que al mismo tiempo dispare

rayos con direcciones diversas, ya que es conocido el hecho de que

simultáneamente caigan en distintos sitios? Luego, indudablemente, la

misma razón hay para que á diferentes lugares bajen rayos al mismo

tiempo como para que llueva á la vez en varias regiones.

Finalmente, ¿qué argumentos serán bastantes para justificar la

resolución de los númenes, si de ellos depende que el rayo destroce

templos, soberbios edificios que para honra suya fueron erigidos, y

caigan por tierra sus primorosas estatuas, destinadas exclusivamente

para su culto? ¿por qué especialmente ataca el rayo las alturas, según

puede comprobarse por los vestigios que de ellos siempre se encuentran

en la cima de las montañas?

Por lo expuesto fácil es comprender la formación de los torbellinos

ígneos que desde las nubes al mar descienden, y á los cuales dieron los

Griegos el nombre de serpientes de fuego, por su aspecto; figuran á

veces columnas que parecen poner en comunicación las nubes y los mares

y se ven rodeados de numerosas olas movidas por viento huracanado;

los buques sorprendidos por el meteoro corren grave peligro: cuando

la violencia del viento no es bastante para romper las nubes que lo

envuelve, se extiende poco á poco hacia la parte inferior en forma de

columna que descansa en el mar, ó como una masa que mediante la tensión

conseguida por un brazo poderoso, desde las nubes llegara hasta las

olas y por ellas se esparciera. Cuando el viento consigue penetrar en

la nube con ella desciende y se introduce en las olas, que se agitan

y revuelven horriblemente; la nube lo sigue en todos sus movimientos

y cuando la masa que ambos forman se apodera del Océano, levanta

espantoso huracán en el cual parece que el mar hierve con estrépito

extraordinario.

Pero también ocurre que el torbellino del viento después que contribuye

para que en los aires se junten los elementos que forman la nube, en

ésta se envuelve, y en la Tierra forma una columna como la tromba

marina: la nube cuando llega hasta las planicies se resuelve en huracán

terrible, en viento fuerte que todo lo arrasa á su paso: verdad es que

en la Tierra son raros estos meteoros porque las montañas oponen á los

vientos innumerables obstáculos, en tanto que son frecuentes en los

mares porque su plana superficie deja á los vientos campo libre.

Se forman las nubes cuando muchos cuerpos ásperos que vuelan

diseminados por la región del Cielo se asocian de repente, y á pesar de

su débil ligadura forman un tejido apretado. Al principio constituyen

solamente ligeras nubes, pero éstas se reunen, se estrechan, se

acumulan, é influidas por la acción del viento producen una tempestad.

Observa, además, que mientras más elevadas son las montañas, más

obscurecida con una especie de vapor amarillento se nos presenta su

cima, sin duda porque las nubes en el primer momento de su formación

no son para nosotros perceptibles hasta que el viento las condensa;

y cuando se reunen en número considerable, se aglomeran y desde los

húmedos vértices de las montañas se elevan y se extienden por las

aéreas planicies; la razón nos hace, por tanto, comprender que son más

ventosos los sitios más elevados, y fácilmente podemos comprobar la

verdad de este aserto si ascendemos á elevados montes.

De la amplia superficie de los mares la Naturaleza segrega un crecido

número de corpúsculos, como lo testifica la saliginosa humedad que se

apodera de los trajes colocados en la playa: esos cuerpos que del mar

proceden en forma de vapores también contribuyen á la composición de

las nubes; de la misma sangre se desprende vapor acuoso; de los ríos y

de la Tierra surgen emanaciones cálidas que se elevan, invaden el Cielo

y forman espesas nubes que por las ondas etéreas son impelidas para

abajo y condensadas, y de esto modo el azul del Cielo queda obscurecido.

Puede también suceder que partículas propias de nubes y tempestades

vengan de otros mundos para reunirse á las del nuestro; pues ya he

demostrado que los cuerpos simples son innumerables, que son eternos,

y que dotados están de suma agilidad, condición esta última por la

cual en poco tiempo recorren un dilatado espacio: no te sorprenderá

seguramente, el hecho de que las tempestades se desaten y las tinieblas

se extiendan, desde el lugar en que empiezan á condensarse por las

tierras llanas, por los montes y por el mar, supuesto que los elementos

encuentran expeditas las entradas y las salidas por la mediación del

fluido etéreo que forma para las moléculas aéreas como una especie de

canales conductores.

Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura» · 第 289 / 302 题