La velocidad del rayo, la potencia que desarrolla en su caída y la
rapidez con que ejerce su acción provienen de la energía natural de
sus elementos desde que se asociaron en el seno de la nube, energía
aumentada y desenvuelta en su lucha con el medio vaporoso en que se
hallaron: cuando la nube no puede resistir el redoblado empuje que
sobre sus paredes internas ejerce el fuego destructor, abre una salida
por donde el rayo se escapa como piedra lanzada por la catapulta.
No debe olvidarse que los elementos componentes del rayo han de ser
muy fríos y muy diminutos y sus efectos irresistibles supuesto que se
introducen por todas partes; no hay nada capaz de contener su marcha;
pero todos los cuerpos más pesados que el aire tienden á caer, y si á
esa propiedad se añaden los efectos de la impulsión, se comprenderá que
el rayo, mientras desciende, aumente su velocidad como si aumentara
su peso: de esta manera es fácil de explicarse que aquel meteoro con
energía poderosa destruya todos los obstáculos que para su marcha
encuentre en su camino.
Además, como la velocidad de los cuerpos que caen aumenta en proporción
al espacio recorrido, y el ímpetu de ellos crece á medida que se
hace mayor su velocidad, es evidente que el choque de esos mismos
cuerpos, de grandes alturas procedentes, ha de ser muy enérgico, porque
durante su carrera habrán logrado agregar á su masa muchos elementos
dispersos. Por consiguiente, el rayo podrá asimilarse del aire, durante
su descenso rápido, algunos principios que aumenten su potencia y su
velocidad. Conviene recordar que hay algunos cuerpos que permanecen
incólumes á la acción del rayo, pues como éste es fuego, se abre
su camino por los más imperceptibles poros y sólo destruye aquellos
cuerpos formados de moléculas que no se descomponen fácilmente y
reciben el choque de la exhalación: el bronce bajo su acción se funde
sin resistencia y el oro se liquida porque son metales compuestos de
cuerpos simples cuyos apretados lazos se desatan mediante la influencia
del calor.
Las regiones aéreas y la Tierra son frecuentemente agitadas por
fúlgidos fuegos en el otoño y durante los floridos y alegres días de la
primavera. No hay en el invierno condensación de calórico; no hay en el
estío vendavales ni acumulación de nubes; y en cambio en las estaciones
medias se reunen todas las condiciones apropiadas para la formación del
rayo: el calor y el frío se presentan en lucha, entablan discordia,
originan corrientes impetuosas de los aires y producen tormentas: la
primavera es la transición del frío al calor, ó bien el período en que
el frío y el calor combaten; el otoño, que es también la transición del
calor al frío, igualmente es otra época de lucha entre aquellos dos
estados de la temperatura; por ese motivo ambas estaciones se llaman de
guerra del año; y si épocas de guerra son, no ha de extrañarse que en
ellas los rayos y las borrascas perturben el espacio como consecuencia
de la discordia etérica mantenida por el fuego de un lado, y de otro
por los vientos y las nubes.