320. _Mobilitas autem fit fulminis, et gravis ictus..._

La velocidad del rayo, la potencia que desarrolla en su caída y la

rapidez con que ejerce su acción provienen de la energía natural de

sus elementos desde que se asociaron en el seno de la nube, energía

aumentada y desenvuelta en su lucha con el medio vaporoso en que se

hallaron: cuando la nube no puede resistir el redoblado empuje que

sobre sus paredes internas ejerce el fuego destructor, abre una salida

por donde el rayo se escapa como piedra lanzada por la catapulta.

No debe olvidarse que los elementos componentes del rayo han de ser

muy fríos y muy diminutos y sus efectos irresistibles supuesto que se

introducen por todas partes; no hay nada capaz de contener su marcha;

pero todos los cuerpos más pesados que el aire tienden á caer, y si á

esa propiedad se añaden los efectos de la impulsión, se comprenderá que

el rayo, mientras desciende, aumente su velocidad como si aumentara

su peso: de esta manera es fácil de explicarse que aquel meteoro con

energía poderosa destruya todos los obstáculos que para su marcha

encuentre en su camino.

Además, como la velocidad de los cuerpos que caen aumenta en proporción

al espacio recorrido, y el ímpetu de ellos crece á medida que se

hace mayor su velocidad, es evidente que el choque de esos mismos

cuerpos, de grandes alturas procedentes, ha de ser muy enérgico, porque

durante su carrera habrán logrado agregar á su masa muchos elementos

dispersos. Por consiguiente, el rayo podrá asimilarse del aire, durante

su descenso rápido, algunos principios que aumenten su potencia y su

velocidad. Conviene recordar que hay algunos cuerpos que permanecen

incólumes á la acción del rayo, pues como éste es fuego, se abre

su camino por los más imperceptibles poros y sólo destruye aquellos

cuerpos formados de moléculas que no se descomponen fácilmente y

reciben el choque de la exhalación: el bronce bajo su acción se funde

sin resistencia y el oro se liquida porque son metales compuestos de

cuerpos simples cuyos apretados lazos se desatan mediante la influencia

del calor.

Las regiones aéreas y la Tierra son frecuentemente agitadas por

fúlgidos fuegos en el otoño y durante los floridos y alegres días de la

primavera. No hay en el invierno condensación de calórico; no hay en el

estío vendavales ni acumulación de nubes; y en cambio en las estaciones

medias se reunen todas las condiciones apropiadas para la formación del

rayo: el calor y el frío se presentan en lucha, entablan discordia,

originan corrientes impetuosas de los aires y producen tormentas: la

primavera es la transición del frío al calor, ó bien el período en que

el frío y el calor combaten; el otoño, que es también la transición del

calor al frío, igualmente es otra época de lucha entre aquellos dos

estados de la temperatura; por ese motivo ambas estaciones se llaman de

guerra del año; y si épocas de guerra son, no ha de extrañarse que en

ellas los rayos y las borrascas perturben el espacio como consecuencia

de la discordia etérica mantenida por el fuego de un lado, y de otro

por los vientos y las nubes.

Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura» · 第 288 / 302 题