Los efectos del rayo dan á conocer la naturaleza de éste: la violencia
que lleva en su caída, el destrozo que ocasiona en los cuerpos con
que choca, el vapor sulfúreo de que satura la atmósfera por el sitio
que recorre, son indicios de fuego y no signos de viento ni de agua.
Al caer incendia los tejados de las casas y luego la llama que en
ellos se levanta quema los edificios: en la Naturaleza se forma el
rayo de los más sutiles elementos ígneos existentes, los cuales fuerza
tienen bastante para que nada los pueda resistir; el rayo atraviesa,
como el sonido, los más sólidos muros, traspasa los metales, funde
instantáneamente el oro y el bronce, impresiona de tal modo los vasos
llenos de vino, que obliga á éste á disiparse porque las paredes de la
vasija se relajan, sus poros se agrandan y por ellos los elementos del
vino se escapan fácilmente, efecto que no podría seguramente producir
el Sol en el espacio de muchos años; ¡tanto en potencia calórica y en
actividad el rayo excede al Sol!
Ahora, acerca de la formación del rayo y del ímpetu con que destroza
de un solo golpe las torres, arruina los edificios, arranca techos y
vigas, desmocha y demuele monumentos levantados por los hombres, deja
exánimes á éstos, mata ganados y hace otras cosas de este género, voy á
hablar; y sin detenerme en promesas entro desde luego en el asunto.
En las nubes amontonadas y condensadas allá á grandes alturas se forma
el rayo; así es que no hay motivo para recelar de él ó temerlo cuando
el Cielo está sereno ó ligeramente intranquilo; y la experiencia nos lo
testifica: pero cuando las nubes se ennegrecen y se acumulan en toda
la extensión de la atmósfera, crecen las tinieblas, el aqueronte llena
todas las cavidades del Cielo, pavorosa noche nos llena de temor y el
miedo nos embarga, entonces la tempestad se prepara y el rayo comienza
á formarse.
Negra nube se resuelve en copiosa lluvia como río de pez del cielo
descendido que en abundantes ondas al mar se precipita; allá á
distancia densas tinieblas se extienden acompañadas por tempestades,
y con ellas, rayos, huracanes, fuegos, terribles remolinos, y en la
Tierra las gentes asustadas, transidas de temor, buscan refugio en
sus casas; debemos creer que el volumen de las nubes que por encima
de nosotros se forma es tal que deja la Tierra á obscuras y con su
extraordinaria mole tapa la luz del Sol: en la Tierra no caería tan
enorme cantidad de agua, bastante para llenar los campos y los ríos, si
la etérea región no hubiera sido invadida por las nubes.
Todo, pues, está lleno de elementos ígneos y aéreos, y por este motivo
en todas partes se oyen roncos truenos y se ven los esplendores del
relámpago, pues según ya te he dicho, elementos innumerables de fuego
que se dilatan y se encienden con el Sol, llenan algunas cavidades
de las nubes, y cuando el viento empuja á éstas, las arroja unas
sobre otras y las oprime, también segrega de ellas una cantidad de
corpúsculos de fuego, con los cuales se confunde: así el huracán
estalla y en fragua ardiente el rayo se forja.
El viento se inflama de uno de estos dos modos: ó bien por causa de la
rapidez con que se mueve, ó bien porque roza con el fuego; cuando este
hecho ocurre, ya por causa de su propio movimiento, ya por el contacto
del fuego, el rayo se completa, rasga las nubes desde la parte alta á
la inferior, esplendor instantáneo ilumina el cielo con luz sulfúrea
que deslumbra á los mortales, y con rudo estruendo el trueno ruge como
si la bóveda celeste se derrumbara sobre la Tierra; una trepidación
sacude nuestro globo, y por todo el espacio en repercusión repetida
se transmite el estruendo, propagado por las nubes en contacto: sigue
fuerte aguacero, como si el Cielo se deshiciera en lluvia, ó como si un
nuevo diluvio sobre nosotros viniera; ¡tanto es el terror que producen
el soplar furioso del viento, el rasgarse de las nubes, el correr
impetuoso del encendido rayo!
Puede ocurrir que una corriente de aire en su rápida carrera encuentre
una voluminosa nube poseedora del rayo, la rompa con su violencia, y de
este modo abra libre paso á un torbellino de fuego al que llamamos rayo
en nuestra lengua. Y sucesivamente acontecerá lo mismo con otras nubes
al impulso de los vientos.
También puede suceder que el viento, desprovisto de calor durante
su carrera, se inflame después de perder en su curso partículas
groseras que en sí contenga y no puedan atravesar las auras, y después
de apropiarse elementos ígneos que mezclados á los de su propia
composición produzcan fuego; como vemos que acontece con los cuerpos
glandiformes de plomo lanzados con violencia á largas distancias y
que en su veloz marcha dejan elementos fríos, y de otros cálidos se
apoderan.
Quizá la violencia de mismo choque excite el fuego, aun cuando en
su primer impulso esté frío el viento, ya que éste por su propio
ímpetu puede producir moléculas de fuego y extraerlas, además, de
otro cuerpo con el que se ponga en contacto: de igual modo que de un
pedernal golpeado con hierro se arrancan chispas, y aun cuando el metal
se halle frío el choque es suficiente para que de él broten ígneas
partículas, así también el impulso de los vientos podrá ser bastante
para que los objetos que reciban su acción se inflamen si contienen
moléculas apropiadas. Sería una temeridad el decir que el viento, capaz
de recorrer inmensas distancias, por su propia naturaleza ha de ser
necesariamente frío; aunque no se inflamara en su curso, al término de
su carrera debería llegar, cuando menos, entibiado por el calor.