216. _Quod superest, quali naturâ prædita constent..._

Los efectos del rayo dan á conocer la naturaleza de éste: la violencia

que lleva en su caída, el destrozo que ocasiona en los cuerpos con

que choca, el vapor sulfúreo de que satura la atmósfera por el sitio

que recorre, son indicios de fuego y no signos de viento ni de agua.

Al caer incendia los tejados de las casas y luego la llama que en

ellos se levanta quema los edificios: en la Naturaleza se forma el

rayo de los más sutiles elementos ígneos existentes, los cuales fuerza

tienen bastante para que nada los pueda resistir; el rayo atraviesa,

como el sonido, los más sólidos muros, traspasa los metales, funde

instantáneamente el oro y el bronce, impresiona de tal modo los vasos

llenos de vino, que obliga á éste á disiparse porque las paredes de la

vasija se relajan, sus poros se agrandan y por ellos los elementos del

vino se escapan fácilmente, efecto que no podría seguramente producir

el Sol en el espacio de muchos años; ¡tanto en potencia calórica y en

actividad el rayo excede al Sol!

Ahora, acerca de la formación del rayo y del ímpetu con que destroza

de un solo golpe las torres, arruina los edificios, arranca techos y

vigas, desmocha y demuele monumentos levantados por los hombres, deja

exánimes á éstos, mata ganados y hace otras cosas de este género, voy á

hablar; y sin detenerme en promesas entro desde luego en el asunto.

En las nubes amontonadas y condensadas allá á grandes alturas se forma

el rayo; así es que no hay motivo para recelar de él ó temerlo cuando

el Cielo está sereno ó ligeramente intranquilo; y la experiencia nos lo

testifica: pero cuando las nubes se ennegrecen y se acumulan en toda

la extensión de la atmósfera, crecen las tinieblas, el aqueronte llena

todas las cavidades del Cielo, pavorosa noche nos llena de temor y el

miedo nos embarga, entonces la tempestad se prepara y el rayo comienza

á formarse.

Negra nube se resuelve en copiosa lluvia como río de pez del cielo

descendido que en abundantes ondas al mar se precipita; allá á

distancia densas tinieblas se extienden acompañadas por tempestades,

y con ellas, rayos, huracanes, fuegos, terribles remolinos, y en la

Tierra las gentes asustadas, transidas de temor, buscan refugio en

sus casas; debemos creer que el volumen de las nubes que por encima

de nosotros se forma es tal que deja la Tierra á obscuras y con su

extraordinaria mole tapa la luz del Sol: en la Tierra no caería tan

enorme cantidad de agua, bastante para llenar los campos y los ríos, si

la etérea región no hubiera sido invadida por las nubes.

Todo, pues, está lleno de elementos ígneos y aéreos, y por este motivo

en todas partes se oyen roncos truenos y se ven los esplendores del

relámpago, pues según ya te he dicho, elementos innumerables de fuego

que se dilatan y se encienden con el Sol, llenan algunas cavidades

de las nubes, y cuando el viento empuja á éstas, las arroja unas

sobre otras y las oprime, también segrega de ellas una cantidad de

corpúsculos de fuego, con los cuales se confunde: así el huracán

estalla y en fragua ardiente el rayo se forja.

El viento se inflama de uno de estos dos modos: ó bien por causa de la

rapidez con que se mueve, ó bien porque roza con el fuego; cuando este

hecho ocurre, ya por causa de su propio movimiento, ya por el contacto

del fuego, el rayo se completa, rasga las nubes desde la parte alta á

la inferior, esplendor instantáneo ilumina el cielo con luz sulfúrea

que deslumbra á los mortales, y con rudo estruendo el trueno ruge como

si la bóveda celeste se derrumbara sobre la Tierra; una trepidación

sacude nuestro globo, y por todo el espacio en repercusión repetida

se transmite el estruendo, propagado por las nubes en contacto: sigue

fuerte aguacero, como si el Cielo se deshiciera en lluvia, ó como si un

nuevo diluvio sobre nosotros viniera; ¡tanto es el terror que producen

el soplar furioso del viento, el rasgarse de las nubes, el correr

impetuoso del encendido rayo!

Puede ocurrir que una corriente de aire en su rápida carrera encuentre

una voluminosa nube poseedora del rayo, la rompa con su violencia, y de

este modo abra libre paso á un torbellino de fuego al que llamamos rayo

en nuestra lengua. Y sucesivamente acontecerá lo mismo con otras nubes

al impulso de los vientos.

También puede suceder que el viento, desprovisto de calor durante

su carrera, se inflame después de perder en su curso partículas

groseras que en sí contenga y no puedan atravesar las auras, y después

de apropiarse elementos ígneos que mezclados á los de su propia

composición produzcan fuego; como vemos que acontece con los cuerpos

glandiformes de plomo lanzados con violencia á largas distancias y

que en su veloz marcha dejan elementos fríos, y de otros cálidos se

apoderan.

Quizá la violencia de mismo choque excite el fuego, aun cuando en

su primer impulso esté frío el viento, ya que éste por su propio

ímpetu puede producir moléculas de fuego y extraerlas, además, de

otro cuerpo con el que se ponga en contacto: de igual modo que de un

pedernal golpeado con hierro se arrancan chispas, y aun cuando el metal

se halle frío el choque es suficiente para que de él broten ígneas

partículas, así también el impulso de los vientos podrá ser bastante

para que los objetos que reciban su acción se inflamen si contienen

moléculas apropiadas. Sería una temeridad el decir que el viento, capaz

de recorrer inmensas distancias, por su propia naturaleza ha de ser

necesariamente frío; aunque no se inflamara en su curso, al término de

su carrera debería llegar, cuando menos, entibiado por el calor.

Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura» · 第 287 / 302 题