184. _Nec tibi sit fraudi, quod nos infernè videmus..._

Pero no te engañes en el juicio que formes de las nubes, y considera

que desde aquí vemos su longitud y su anchura pero no su volumen

ni la distancia á que se hallan de nosotros; hay que representarse

las nubes como si fuesen masas enormes parecidas á montañas que se

transportaran de un lado á otro por el ímpetu de los vientos, ó se

acumulasen y comprimiesen en las alturas cuando el aire está encalmado:

podrás de este modo tener idea de la importancia de sus moles en las

cuales aparecen huecos que semejan cavernas abiertas en las rocas

aéreas: aquellas cavidades son ocupadas por el viento engendrador de

tempestades, el cual, como si no pudiera permanecer encerrado ruge

amenazador á manera de fiera cautiva, corre en todas direcciones,

produce dentro de las nubes espantosos ruidos, se traslada de una parte

á otra, extrae chispas de fuego del lugar en que se halla, las reune, y

en los cóncavos hornazos las agita hasta que rompe la nube y escapa con

brillantes ráfagas de luz.

También el relámpago con su color dorado y su velocidad extraordinaria

dirigida hacia la Tierra podrá originarse de la substancia formativa

de las nubes que estará mezclada con elementos ígneos, si bien cuando

las nubes están secas y tienen el color y el brillo de la llama deben

ese aspecto á la luz del Sol que las colora y les comunica alguna parte

del fuego que el astro luminoso esparce. Después, cuando el viento

reune las partículas de fuego dispersas y comprime las nubes, aquellas

partículas se escapan y presentan los colores brillantes de la llama.

Y aun solamente la rarefacción de las nubes puede originar la formación

del relámpago, porque el viento, al separarlas y disolverlas, de ellas

deriva los elementos capaces de producir fulgores; pero en este caso

el destello que se engendra no va acompañado por terrorífico tumulto.

Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura» · 第 286 / 302 题