Pero no te engañes en el juicio que formes de las nubes, y considera
que desde aquí vemos su longitud y su anchura pero no su volumen
ni la distancia á que se hallan de nosotros; hay que representarse
las nubes como si fuesen masas enormes parecidas á montañas que se
transportaran de un lado á otro por el ímpetu de los vientos, ó se
acumulasen y comprimiesen en las alturas cuando el aire está encalmado:
podrás de este modo tener idea de la importancia de sus moles en las
cuales aparecen huecos que semejan cavernas abiertas en las rocas
aéreas: aquellas cavidades son ocupadas por el viento engendrador de
tempestades, el cual, como si no pudiera permanecer encerrado ruge
amenazador á manera de fiera cautiva, corre en todas direcciones,
produce dentro de las nubes espantosos ruidos, se traslada de una parte
á otra, extrae chispas de fuego del lugar en que se halla, las reune, y
en los cóncavos hornazos las agita hasta que rompe la nube y escapa con
brillantes ráfagas de luz.
También el relámpago con su color dorado y su velocidad extraordinaria
dirigida hacia la Tierra podrá originarse de la substancia formativa
de las nubes que estará mezclada con elementos ígneos, si bien cuando
las nubes están secas y tienen el color y el brillo de la llama deben
ese aspecto á la luz del Sol que las colora y les comunica alguna parte
del fuego que el astro luminoso esparce. Después, cuando el viento
reune las partículas de fuego dispersas y comprime las nubes, aquellas
partículas se escapan y presentan los colores brillantes de la llama.
Y aun solamente la rarefacción de las nubes puede originar la formación
del relámpago, porque el viento, al separarlas y disolverlas, de ellas
deriva los elementos capaces de producir fulgores; pero en este caso
el destello que se engendra no va acompañado por terrorífico tumulto.