Más adelante se descubrieron el bronce, el oro, el hierro, la pesada
plata y la esencia del plomo cuando las ingentes selvas de los elevados
montes quedaron consumidas por el fuego, ya fuera éste prendido por el
rayo, bien propagado en las florestas por los guerreros para combatirse
los unos á los otros, ya encendido por hombres pacíficos deseosos de
convertir las selvas en prados y tierras de labor, ó quizá utilizado
por esos mismos para destruir las fieras, con cuyos despojos intentaran
enriquecerse, pues el foso y el fuego se emplearon en las empresas
venatorias antes de que se destinaran para ellas la engañadora red
y la ruidosa jauría. Como quiera que fuese, cuando las llamas con
chisporroteos crujientes devoraron los bosques y consumieron desde las
altas ramas hasta las profundas raíces de los árboles, la Tierra, lo
mismo que si hubiera sido cocida por el fuego, de sus abrasadas venas
produjo ríos de oro, de plata, de bronce y de plomo que se precipitaron
á los sitios cóncavos, donde, enfriados, ofrecieron color brillante,
lustre, gracia, y al solidificarse tomaron la forma de las cavidades
que los contenían. Al observar este último fenómeno, los hombres
tuvieron la idea de fundir los metales y hacer con ellos objetos de
distinta figura, después de batidos y adelgazados; de esta manera
llegaron á fabricar unas armas que sirvieron para ataque y defensa en
las batallas, otras para labrar las tierras y otras para serrar, pulir,
cortar, abrir á golpes, romper y taladrar. Quisieron hacer del oro y de
la plata el mismo uso que del bronce, pero inútilmente, porque ninguno
de esos metales tenía la dureza necesaria para el áspero trabajo á que
lo destinaban: por este motivo el bronce era muy estimado, mientras que
el oro se miraba como inútil, porque fácilmente se embotaba la punta
de las armas que se fundían con él; hoy, por lo contrario, el bronce
ha caído en depreciación, y el oro es tenido en alta estima. Así todo
muda en el tiempo: lo que un día estuvo en auge, al siguiente cayó en
descrédito; lo que una vez estuvo en olvido, otra vez fué muy celebrado
y de todos los hombres mereció alabanzas, honores y agasajos.
Ahora, mediante los datos que ya tienes, puedes comprender cómo se
llegó al uso del hierro: las primeras y más antiguas armas fueron las
manos, las uñas, los dientes, las piedras, las ramas de los árboles,
y, por último, las llamas y el fuego tan pronto como fueron conocidos:
poco tiempo después se descubrieron el hierro y el bronce, pero el
bronce fué primeramente utilizado porque se ofrecía en abundancia y
era fácil de trabajar: de bronce eran los instrumentos para labrar la
tierra, las armas usadas en los combates y las empleadas para llevar la
muerte por todos los sitios y proteger el hurto de ganados, pues los
hombres, desnudos é inermes, se veían en la precisión de ceder ante los
que llevaban armas. El hierro fué después convertido en espada; la hoz
de bronce perdió la preferencia; la tierra se trabajó con férreo arado,
y la voluble suerte de los combates fué encomendada al hierro.
Antes de que se usara el carro tirado por dos corceles montaban los
guerreros en caballos cuyos frenos dirigían con la mano izquierda
mientras con la derecha peleaban; después de la biga se inventaron la
cuadriga y los carros falcíferos; más adelante, el Cartaginés astuto
adiestró para los combates el torreado elefante de trompa anguina
que soporta las heridas y pone en dispersión á las turbas de Marte:
poco á poco la discordia acumuló medios destructores y la guerra se
hizo cada vez más horrorosa; en ella tomaron parte enfurecidos toros,
crueles jabalíes enseñados para atacar á los enemigos, y aun leones
poderosos usados por los Partos en las avanzadas de su ejército. Esos
terribles animales, sujetos por fuertes frenos y conducidos por
hombres convenientemente armados para moderar la bravura de las fieras,
cuando sentían la sangre humeante se enardecían, dispersaban los
ejércitos de un lado y de otro, sacudían la melena, y, sin que nadie
pudiese contenerlos, se lanzaban á la matanza; entonces los caballos,
aterrorizados con los rugidos, no obedecían al jinete, se revolvían
y en carrera desenfrenada huían hacia el campo enemigo. Las leonas
con furia corrían indistintamente de un ejército á otro, destruían
cuanto encontraban á su paso, atacaban por la espalda á sus víctimas,
y después de herirlas y de arrojarlas á tierra se entretenían en
despedazarlas con sus terribles dientes y sus corvas uñas. Los toros
embrocaban y pisoteaban á los jabalíes y amurcaban á los caballos,
á los cuales, todavía después de muertos embestían con rabia. Los
jabalíes, de prolongados colmillos, mataban á sus propios aliados, y
cuando las flechas teñidas en sangre se quebraban en su cuerpo, con
nueva irritación hacían destrozos entre infantes y caballeros: en vano
era que los corceles para evitar las dentelladas de esas fieras se
encabritaran, porque pronto sucumbían con las extremidades posteriores
destrozadas. Aun los mismos brutos domesticados, cuando se hallaban
en el foco de la batalla y de la furia, entre lamentos, gritos,
horrores, heridas, estrago, recobraban su olvidada ferocidad, y sin que
nadie pudiera sujetarlos se dispersaban, como vemos que los elefantes
gravemente heridos en las guerras de nuestros días, después de hacer
muchos destrozos en el ejército á que pertenecen, huyen despavoridos.
Así en los tiempos ya pasados sucedió, y así hoy ocurre; pero creo que
los hombres no habrán dejado quizá de presentir y de ver que tantos
desastres producen grandes sufrimientos, no sólo para los que han sido
sus causantes, sino también para las generaciones futuras. Y puedes
creer que este mal no ha de limitarse á nuestro mundo, sino á todos los
mundos formados con vario origen. Tal vez la fiereza revelada en esas
luchas no haya sido inspirada por el exclusivo deseo de la victoria,
sino por el instinto de propia defensa que mueve á hacer el mayor daño
posible al enemigo que fiado en su fuerza amenaza con la muerte.