1240. _Quod superest, æs, atque aurû, ferrûque repertû est..._

Más adelante se descubrieron el bronce, el oro, el hierro, la pesada

plata y la esencia del plomo cuando las ingentes selvas de los elevados

montes quedaron consumidas por el fuego, ya fuera éste prendido por el

rayo, bien propagado en las florestas por los guerreros para combatirse

los unos á los otros, ya encendido por hombres pacíficos deseosos de

convertir las selvas en prados y tierras de labor, ó quizá utilizado

por esos mismos para destruir las fieras, con cuyos despojos intentaran

enriquecerse, pues el foso y el fuego se emplearon en las empresas

venatorias antes de que se destinaran para ellas la engañadora red

y la ruidosa jauría. Como quiera que fuese, cuando las llamas con

chisporroteos crujientes devoraron los bosques y consumieron desde las

altas ramas hasta las profundas raíces de los árboles, la Tierra, lo

mismo que si hubiera sido cocida por el fuego, de sus abrasadas venas

produjo ríos de oro, de plata, de bronce y de plomo que se precipitaron

á los sitios cóncavos, donde, enfriados, ofrecieron color brillante,

lustre, gracia, y al solidificarse tomaron la forma de las cavidades

que los contenían. Al observar este último fenómeno, los hombres

tuvieron la idea de fundir los metales y hacer con ellos objetos de

distinta figura, después de batidos y adelgazados; de esta manera

llegaron á fabricar unas armas que sirvieron para ataque y defensa en

las batallas, otras para labrar las tierras y otras para serrar, pulir,

cortar, abrir á golpes, romper y taladrar. Quisieron hacer del oro y de

la plata el mismo uso que del bronce, pero inútilmente, porque ninguno

de esos metales tenía la dureza necesaria para el áspero trabajo á que

lo destinaban: por este motivo el bronce era muy estimado, mientras que

el oro se miraba como inútil, porque fácilmente se embotaba la punta

de las armas que se fundían con él; hoy, por lo contrario, el bronce

ha caído en depreciación, y el oro es tenido en alta estima. Así todo

muda en el tiempo: lo que un día estuvo en auge, al siguiente cayó en

descrédito; lo que una vez estuvo en olvido, otra vez fué muy celebrado

y de todos los hombres mereció alabanzas, honores y agasajos.

Ahora, mediante los datos que ya tienes, puedes comprender cómo se

llegó al uso del hierro: las primeras y más antiguas armas fueron las

manos, las uñas, los dientes, las piedras, las ramas de los árboles,

y, por último, las llamas y el fuego tan pronto como fueron conocidos:

poco tiempo después se descubrieron el hierro y el bronce, pero el

bronce fué primeramente utilizado porque se ofrecía en abundancia y

era fácil de trabajar: de bronce eran los instrumentos para labrar la

tierra, las armas usadas en los combates y las empleadas para llevar la

muerte por todos los sitios y proteger el hurto de ganados, pues los

hombres, desnudos é inermes, se veían en la precisión de ceder ante los

que llevaban armas. El hierro fué después convertido en espada; la hoz

de bronce perdió la preferencia; la tierra se trabajó con férreo arado,

y la voluble suerte de los combates fué encomendada al hierro.

Antes de que se usara el carro tirado por dos corceles montaban los

guerreros en caballos cuyos frenos dirigían con la mano izquierda

mientras con la derecha peleaban; después de la biga se inventaron la

cuadriga y los carros falcíferos; más adelante, el Cartaginés astuto

adiestró para los combates el torreado elefante de trompa anguina

que soporta las heridas y pone en dispersión á las turbas de Marte:

poco á poco la discordia acumuló medios destructores y la guerra se

hizo cada vez más horrorosa; en ella tomaron parte enfurecidos toros,

crueles jabalíes enseñados para atacar á los enemigos, y aun leones

poderosos usados por los Partos en las avanzadas de su ejército. Esos

terribles animales, sujetos por fuertes frenos y conducidos por

hombres convenientemente armados para moderar la bravura de las fieras,

cuando sentían la sangre humeante se enardecían, dispersaban los

ejércitos de un lado y de otro, sacudían la melena, y, sin que nadie

pudiese contenerlos, se lanzaban á la matanza; entonces los caballos,

aterrorizados con los rugidos, no obedecían al jinete, se revolvían

y en carrera desenfrenada huían hacia el campo enemigo. Las leonas

con furia corrían indistintamente de un ejército á otro, destruían

cuanto encontraban á su paso, atacaban por la espalda á sus víctimas,

y después de herirlas y de arrojarlas á tierra se entretenían en

despedazarlas con sus terribles dientes y sus corvas uñas. Los toros

embrocaban y pisoteaban á los jabalíes y amurcaban á los caballos,

á los cuales, todavía después de muertos embestían con rabia. Los

jabalíes, de prolongados colmillos, mataban á sus propios aliados, y

cuando las flechas teñidas en sangre se quebraban en su cuerpo, con

nueva irritación hacían destrozos entre infantes y caballeros: en vano

era que los corceles para evitar las dentelladas de esas fieras se

encabritaran, porque pronto sucumbían con las extremidades posteriores

destrozadas. Aun los mismos brutos domesticados, cuando se hallaban

en el foco de la batalla y de la furia, entre lamentos, gritos,

horrores, heridas, estrago, recobraban su olvidada ferocidad, y sin que

nadie pudiera sujetarlos se dispersaban, como vemos que los elefantes

gravemente heridos en las guerras de nuestros días, después de hacer

muchos destrozos en el ejército á que pertenecen, huyen despavoridos.

Así en los tiempos ya pasados sucedió, y así hoy ocurre; pero creo que

los hombres no habrán dejado quizá de presentir y de ver que tantos

desastres producen grandes sufrimientos, no sólo para los que han sido

sus causantes, sino también para las generaciones futuras. Y puedes

creer que este mal no ha de limitarse á nuestro mundo, sino á todos los

mundos formados con vario origen. Tal vez la fiereza revelada en esas

luchas no haya sido inspirada por el exclusivo deseo de la victoria,

sino por el instinto de propia defensa que mueve á hacer el mayor daño

posible al enemigo que fiado en su fuerza amenaza con la muerte.

Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura» · 第 280 / 302 题