1160. _Nunc quæ causa Deum per magnas numina gentes..._

No es difícil de explicar ahora la serie de ideas que llevaron á las

gentes á admitir en el mundo la intervención de dioses, en cuya honra,

y por cuyo temor los pueblos levantaron altares, establecieron ritos,

instituyeron ceremonias que forzosamente han de preceder y acompañar

al desarrollo de toda empresa; erigieron templos, dedicaron días de

fiesta, inventaron cultos. La raza humana en aquellos tiempos, aun

durante la vigilia, creía ver en todas partes egregias imágenes de

dioses que alcanzaban proporciones gigantescas bajo las ilusiones

del sueño, y á las cuales suponía dotadas ya de sensaciones, ya

de actividad, porque se le figuraba que movían los miembros y que

hablaban con arrogancia como correspondía á su majestuosa figura y

amplias fuerzas; les atribuía la inmortalidad, porque siempre se las

representaba con igual belleza y forma, y consideraba que los dioses no

habían de estar sujetos á mudanzas, porque á su volumen y resistencia

no habría poder capaz de producir daño; al mismo tiempo, la prole

humana tenía por muy felices á los dioses, porque los suponía exentos

del temor de la muerte y se imaginaba que habían de estar con agrado

entretenidos en labores maravillosas.

Cuando, además, consideraba el orden constante y regular del Cielo y

el cambio periódico de las estaciones y no sabía explicarse la causa

de esos fenómenos, hallaba cómodo el pensar que eran árbitros de la

Naturaleza unos dioses que disponían de todas las cosas á su antojo.

Y supuso colocada la residencia de esos dioses allá en las mismas

alturas donde entendía que el Sol y la Luna habitan y se mueven; donde

creía ver que surge la luz, nacen las sombras, se forman los meteoros,

giran las noctívagas estrellas, vuelan fuegos errantes, se condensan

las nubes, soplan los vientos, se forja el rayo y tienen su origen las

heladas nieves, los destructores granizos, las furiosas tempestades,

los horrísonos truenos que le parecían espantoso eco de las amenazas de

los dioses.

Infeliz especie humana, que atribuye tales hechos á seres imaginarios,

á los cuales considera influidos por acerbas iras. ¡Cuántos gemidos ha

arrancado, cuántas heridas ha abierto, cuántas lágrimas ha producido

á la descendencia de los hombres esa invención! La piedad no puede

consistir en cubrirse la cabeza con espesos velos, dar vueltas

alrededor de una estatua y visitar altares; ni tampoco en prosternarse

y levantar las manos ante los templos de los dioses, y menos en inundar

las aras con la sangre de cuadrúpedos, ni en hacer votos con juramento,

sino en observar atentamente con ánimo sereno los sucesos todos.

Cuando se levanta la vista y se contemplan los palacios celestiales

del Universo, las regiones etéreas tachonadas de estrellas rutilantes

y el movimiento regular del Sol y de la Luna, siente el pecho cierta

vaga inquietud que anubla la abrumada frente, porque se recela que

exista un alto poder capaz de gobernar á su gusto los astros; pero las

dudas que asaltan la mente engendradas son por la ignorancia, la cual

hace temer que el mundo haya tenido principio y tenga, por tanto, fin;

que sus murallas no puedan resistir el movimiento y los choques á que

están expuestas, y que, aun admitido un divino creador de la mansión

terrestre, ésta no pueda vencer las inmensas dificultades de una eterna

duración.

Y, además de lo dicho, ¿á quién no apoca el ánimo el espanto de los

dioses, y á quién no causa estremecimientos de pavor el trepidar de

la Tierra cuando ruge el estruendo formidable de horrísona tormenta

y retumba el rayo en los ámbitos del Cielo? ¿No se asustan en esas

ocasiones los pueblos y los individuos? Los soberbios reyes, por

el temor poseídos, ¿no se abrazan temblorosos á las imágenes de sus

dioses, de las que esperan que aplacen el momento en que hayan de

sufrir el temido castigo correspondiente á sus crímenes? Y cuando

viento impetuoso encrespa las ondas del mar y barre de la cubierta

de los buques las legiones y los elefantes que llevan, el jefe de la

flota, ¿no procura con súplicas, votos y promesas, aplacar la ira de

los dioses para que el viento deponga su furor, se calmen las olas y

el tiempo abonance? Pero clama en vano, y tal vez envuelto en agitado

torbellino sea lanzado sobre las rocas donde halle infausta muerte.

Parece, sin duda, que un poder oculto se burla de las preocupaciones

humanas y considera despreciables las hoces y las segures que los

hombres tienen en tanta estima[71]. Y si el hombre observa que bajo

sus piés la Tierra se estremece y que en ocasiones las ciudades se

convierten en ruinas, ¿tiene algo de extraño que de su propia debilidad

persuadido crea en poderes misteriosos de ilimitada fuerza que

gobiernen arbitrariamente el Universo?

[71] En opinión del traductor, Lucrecio se expresa aquí (versos

1232 á 1235 del canto V) en sentido irónico. Bayle, Gassendi,

Molière, Pongerville y Lima Leitao interpretan de otro modo el

pasaje transcrito.

Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura» · 第 279 / 302 题