No es difícil de explicar ahora la serie de ideas que llevaron á las
gentes á admitir en el mundo la intervención de dioses, en cuya honra,
y por cuyo temor los pueblos levantaron altares, establecieron ritos,
instituyeron ceremonias que forzosamente han de preceder y acompañar
al desarrollo de toda empresa; erigieron templos, dedicaron días de
fiesta, inventaron cultos. La raza humana en aquellos tiempos, aun
durante la vigilia, creía ver en todas partes egregias imágenes de
dioses que alcanzaban proporciones gigantescas bajo las ilusiones
del sueño, y á las cuales suponía dotadas ya de sensaciones, ya
de actividad, porque se le figuraba que movían los miembros y que
hablaban con arrogancia como correspondía á su majestuosa figura y
amplias fuerzas; les atribuía la inmortalidad, porque siempre se las
representaba con igual belleza y forma, y consideraba que los dioses no
habían de estar sujetos á mudanzas, porque á su volumen y resistencia
no habría poder capaz de producir daño; al mismo tiempo, la prole
humana tenía por muy felices á los dioses, porque los suponía exentos
del temor de la muerte y se imaginaba que habían de estar con agrado
entretenidos en labores maravillosas.
Cuando, además, consideraba el orden constante y regular del Cielo y
el cambio periódico de las estaciones y no sabía explicarse la causa
de esos fenómenos, hallaba cómodo el pensar que eran árbitros de la
Naturaleza unos dioses que disponían de todas las cosas á su antojo.
Y supuso colocada la residencia de esos dioses allá en las mismas
alturas donde entendía que el Sol y la Luna habitan y se mueven; donde
creía ver que surge la luz, nacen las sombras, se forman los meteoros,
giran las noctívagas estrellas, vuelan fuegos errantes, se condensan
las nubes, soplan los vientos, se forja el rayo y tienen su origen las
heladas nieves, los destructores granizos, las furiosas tempestades,
los horrísonos truenos que le parecían espantoso eco de las amenazas de
los dioses.
Infeliz especie humana, que atribuye tales hechos á seres imaginarios,
á los cuales considera influidos por acerbas iras. ¡Cuántos gemidos ha
arrancado, cuántas heridas ha abierto, cuántas lágrimas ha producido
á la descendencia de los hombres esa invención! La piedad no puede
consistir en cubrirse la cabeza con espesos velos, dar vueltas
alrededor de una estatua y visitar altares; ni tampoco en prosternarse
y levantar las manos ante los templos de los dioses, y menos en inundar
las aras con la sangre de cuadrúpedos, ni en hacer votos con juramento,
sino en observar atentamente con ánimo sereno los sucesos todos.
Cuando se levanta la vista y se contemplan los palacios celestiales
del Universo, las regiones etéreas tachonadas de estrellas rutilantes
y el movimiento regular del Sol y de la Luna, siente el pecho cierta
vaga inquietud que anubla la abrumada frente, porque se recela que
exista un alto poder capaz de gobernar á su gusto los astros; pero las
dudas que asaltan la mente engendradas son por la ignorancia, la cual
hace temer que el mundo haya tenido principio y tenga, por tanto, fin;
que sus murallas no puedan resistir el movimiento y los choques á que
están expuestas, y que, aun admitido un divino creador de la mansión
terrestre, ésta no pueda vencer las inmensas dificultades de una eterna
duración.
Y, además de lo dicho, ¿á quién no apoca el ánimo el espanto de los
dioses, y á quién no causa estremecimientos de pavor el trepidar de
la Tierra cuando ruge el estruendo formidable de horrísona tormenta
y retumba el rayo en los ámbitos del Cielo? ¿No se asustan en esas
ocasiones los pueblos y los individuos? Los soberbios reyes, por
el temor poseídos, ¿no se abrazan temblorosos á las imágenes de sus
dioses, de las que esperan que aplacen el momento en que hayan de
sufrir el temido castigo correspondiente á sus crímenes? Y cuando
viento impetuoso encrespa las ondas del mar y barre de la cubierta
de los buques las legiones y los elefantes que llevan, el jefe de la
flota, ¿no procura con súplicas, votos y promesas, aplacar la ira de
los dioses para que el viento deponga su furor, se calmen las olas y
el tiempo abonance? Pero clama en vano, y tal vez envuelto en agitado
torbellino sea lanzado sobre las rocas donde halle infausta muerte.
Parece, sin duda, que un poder oculto se burla de las preocupaciones
humanas y considera despreciables las hoces y las segures que los
hombres tienen en tanta estima[71]. Y si el hombre observa que bajo
sus piés la Tierra se estremece y que en ocasiones las ciudades se
convierten en ruinas, ¿tiene algo de extraño que de su propia debilidad
persuadido crea en poderes misteriosos de ilimitada fuerza que
gobiernen arbitrariamente el Universo?
[71] En opinión del traductor, Lucrecio se expresa aquí (versos
1232 á 1235 del canto V) en sentido irónico. Bayle, Gassendi,
Molière, Pongerville y Lima Leitao interpretan de otro modo el
pasaje transcrito.