Para que en silencio no te quede alguna duda, te diré desde luego que
el rayo pudo proporcionar fuego á los mortales y ser el foco de llamas
que nosotros utilizamos, como aún hoy vemos que á veces en la Tierra
arden muchos cuerpos encendidos por el rayo formado en las alturas;
pero también observamos que largas ramas de copudos árboles azotados
por el viento rozan con otras ramas de árboles vecinos, y de empeñada
colisión, entre unas y otras sostenida, brotan centellas luminosas que
llevan el incendio á la arboleda; pudo, pues, el fuego tener también
este origen.
El Sol nos enseñó á cocer y á ablandar las substancias dedicadas para
nuestras comidas, porque los hombres notaron que los rayos del astro
luminoso maduran los frutos de la Tierra; y desde que adquirieron
ese conocimiento introdujeron en las costumbres y en los alimentos
sucesivos cambios para los cuales el fuego sirvió de motivo fundamental.
Los señores comenzaron á edificar ciudades y á erigir castillos que les
sirviesen para defensa y para refugio: los ganados y los campos fueron
distribuidos, y en el reparto obtuvieron beneficio los hombres que
sobresalían por su belleza, por su fuerza ó por su ingenio, que fueron
en el comienzo de las sociedades los únicos signos de distinción:
fué después inventada la riqueza, y apareció el oro que asumió todo
valimiento y todo honor; pues sabido es que la belleza y la fuerza se
rinden humildes ante el poder convencional del oro.
Regla de conducta debe ser para el hombre que arregla su vida á los
dictados de la razón el considerar que las mayores riquezas consisten
en la moderación y en la justicia; no es pobre el que poco desea.
Hombres hay, no obstante, que hacen depender su tranquilidad y su
fortuna de la opulencia y del poder; ¡error grave!: tan numeroso es
el concurso de los que aspiran á obtener riquezas, que se ha hecho
difícil y peligrosa la empinada senda que á ellas conduce, y aun muchas
veces los que alcanzan sus alturas sirven de blanco á los dardos de
la envidia que los precipita, con desprecio, al Tártaro profundo. Más
vale obedecer en paz que gobernar en guerra. Dignos de lástima son
los que envueltos en sudor y en sangre luchan ciegos en la estrecha
vía de la ambición; no comprenden que la envidia, como el rayo, ataca
principalmente los puntos elevados, y como se guían por ajeno parecer,
ajustan sus actos más á lo que oyen que á sus propios pensamientos. Así
los hombres son y han sido siempre, y así en lo sucesivo habrán de ser.
Pero después de las matanzas hechas por los reyes, la majestad de
ellos, sus tronos, sus cetros, y los adornos ensangrentados con que
la frente cubrían fueron arrojados al suelo, escarnecidos y pisoteados
por las multitudes, porque llega un día en que se conculca aquello que
en el anterior por miedo se adoraba; el poder volvió entonces á los
pueblos, y como todos los hombres no podían gobernar, se eligieron
algunos magistrados que ejercieran esa función, y se dictaron órdenes,
á las cuales, por conveniencia general, todos los individuos de las
tribus se hubieron de someter, pues cansados de vivir entre violencias,
odios é inquietudes, estimaron agradable el yugo de la ley como
garantía del derecho. Terribles eran los resultados de las meditadas
venganzas (que nuestras justas leyes no toleran), y los hombres,
ansiosos de salir de aquella situación de zozobras y desconfianzas,
establecieron penas y castigos que engendran temores. La injusticia y
la iniquidad caen en sus propios lazos; sus efectos revierten á los que
las producen, pues no hay descanso ni reposo para aquel que infringe
las leyes sociales, el cual, por más que se oculte de los dioses y de
los hombres, vivirá siempre con recelo de que su delito se divulgue,
supuesto que han existido muchos malvados que durante el sueño ó en el
delirio de la fiebre de aguda enfermedad han declarado los crímenes
que hubieran cometido y que habían sabido ocultar durante muchos años.