1090. _Illud in his rebus tacitus ne fortè requiras..._

Para que en silencio no te quede alguna duda, te diré desde luego que

el rayo pudo proporcionar fuego á los mortales y ser el foco de llamas

que nosotros utilizamos, como aún hoy vemos que á veces en la Tierra

arden muchos cuerpos encendidos por el rayo formado en las alturas;

pero también observamos que largas ramas de copudos árboles azotados

por el viento rozan con otras ramas de árboles vecinos, y de empeñada

colisión, entre unas y otras sostenida, brotan centellas luminosas que

llevan el incendio á la arboleda; pudo, pues, el fuego tener también

este origen.

El Sol nos enseñó á cocer y á ablandar las substancias dedicadas para

nuestras comidas, porque los hombres notaron que los rayos del astro

luminoso maduran los frutos de la Tierra; y desde que adquirieron

ese conocimiento introdujeron en las costumbres y en los alimentos

sucesivos cambios para los cuales el fuego sirvió de motivo fundamental.

Los señores comenzaron á edificar ciudades y á erigir castillos que les

sirviesen para defensa y para refugio: los ganados y los campos fueron

distribuidos, y en el reparto obtuvieron beneficio los hombres que

sobresalían por su belleza, por su fuerza ó por su ingenio, que fueron

en el comienzo de las sociedades los únicos signos de distinción:

fué después inventada la riqueza, y apareció el oro que asumió todo

valimiento y todo honor; pues sabido es que la belleza y la fuerza se

rinden humildes ante el poder convencional del oro.

Regla de conducta debe ser para el hombre que arregla su vida á los

dictados de la razón el considerar que las mayores riquezas consisten

en la moderación y en la justicia; no es pobre el que poco desea.

Hombres hay, no obstante, que hacen depender su tranquilidad y su

fortuna de la opulencia y del poder; ¡error grave!: tan numeroso es

el concurso de los que aspiran á obtener riquezas, que se ha hecho

difícil y peligrosa la empinada senda que á ellas conduce, y aun muchas

veces los que alcanzan sus alturas sirven de blanco á los dardos de

la envidia que los precipita, con desprecio, al Tártaro profundo. Más

vale obedecer en paz que gobernar en guerra. Dignos de lástima son

los que envueltos en sudor y en sangre luchan ciegos en la estrecha

vía de la ambición; no comprenden que la envidia, como el rayo, ataca

principalmente los puntos elevados, y como se guían por ajeno parecer,

ajustan sus actos más á lo que oyen que á sus propios pensamientos. Así

los hombres son y han sido siempre, y así en lo sucesivo habrán de ser.

Pero después de las matanzas hechas por los reyes, la majestad de

ellos, sus tronos, sus cetros, y los adornos ensangrentados con que

la frente cubrían fueron arrojados al suelo, escarnecidos y pisoteados

por las multitudes, porque llega un día en que se conculca aquello que

en el anterior por miedo se adoraba; el poder volvió entonces á los

pueblos, y como todos los hombres no podían gobernar, se eligieron

algunos magistrados que ejercieran esa función, y se dictaron órdenes,

á las cuales, por conveniencia general, todos los individuos de las

tribus se hubieron de someter, pues cansados de vivir entre violencias,

odios é inquietudes, estimaron agradable el yugo de la ley como

garantía del derecho. Terribles eran los resultados de las meditadas

venganzas (que nuestras justas leyes no toleran), y los hombres,

ansiosos de salir de aquella situación de zozobras y desconfianzas,

establecieron penas y castigos que engendran temores. La injusticia y

la iniquidad caen en sus propios lazos; sus efectos revierten á los que

las producen, pues no hay descanso ni reposo para aquel que infringe

las leyes sociales, el cual, por más que se oculte de los dioses y de

los hombres, vivirá siempre con recelo de que su delito se divulgue,

supuesto que han existido muchos malvados que durante el sueño ó en el

delirio de la fiebre de aguda enfermedad han declarado los crímenes

que hubieran cometido y que habían sabido ocultar durante muchos años.

Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura» · 第 278 / 302 题