1009. _Indè casas postquam, ac pelles, ignemque parârunt..._

Tan pronto como fué conocido el uso de las chozas, de las pieles y del

fuego, y vivieron en mutuo consorcio una mujer y un hombre, y éstos

saborearon las honestas delicias del matrimonio y vieron prole de ellos

mismos formada, el linaje humano comenzó á adquirir suaves costumbres;

el fuego permitió que sobrellevaran las molestias del frío aquellos

que ya no podían sufrir los rigores del invierno bajo la techumbre del

cielo; Venus templó las rudezas y luego los hijos ablandaron fácilmente

la dura índole de los padres: en esta situación se creó amistad entre

los hombres que se habían establecido en lugares inmediatos, y fruto de

ella fué el respeto mutuo y la protección concedida á la debilidad de

las mujeres y de los niños, pues con voces inarticuladas y con gestos

debieron de convenir en que la conmiseración por conveniencia de todos

se debía otorgar á la flaqueza. Sin duda alguna este último acuerdo

no fué general, pero innegablemente fué observado con lealtad por los

más y los mejores, pues de lo contrario la raza humana se hubiera

extinguido y no habría llegado hasta nuestros días.

La Naturaleza enseñó á usar de la lengua para emitir diferentes

sonidos, y la necesidad sugirió la idea de dar nombres á las cosas,

como vemos que incita á los niños que aún no saben hablar para que

señalen con el dedo los objetos que desean. Cada ser experimenta

impulsos acomodados á las energías de que dispone; aún el novillo

no tiene astas y ya da topetazos inofensivos con la frente; los

cachorros de la pantera y de la leona, antes de que dispongan de uñas

y de dientes, tratan de morder y de rasgar; los hijuelos de todas

las aves ensayan temblorosos vuelos antes de que las alas auxilien

sus esfuerzos. Por tanto, sería locura el pensar que un solo hombre

pudiera denominar todas las cosas, y luego los otros no hicieran más

que imitarle; pues evidente es que si un hombre pudo articular palabras

y emitir varios sonidos, los otros hombres podrían hacer lo mismo en

igual tiempo.

Añadamos que si los hombres en sus relaciones no hubieran hecho uso

de palabras, no habrían llegado á conocer la importancia de ellas, y

por este motivo el que las hubiese inventado no habría podido llevar

adelante su proyecto en favor de un lenguaje. Ningún hombre tendría

fuerza bastante para hacer aprender á los otros los nombres que hubiera

querido aplicar á las cosas, ni habría podido hacerse entender por

medio de signos orales que los otros no conocían. Nadie prestaría

oídos y dedicaría su atención á lecciones explicadas con sonidos

completamente extraños, los cuales herirían sus órganos auditivos

inútilmente. Y ¿por qué ha de sorprendernos que la raza humana,

poseedora de órganos apropiados para significar las impresiones que

la afectan, haya designado con voces especiales todas y cada una de

las cosas que le rodean ó le interesan, cuando vemos que los animales

domésticos y aun las mismas fieras con gritos de inflexiones distintas

representan el dolor que los embarga, el miedo que los oprime, el gusto

que los seduce? Estos hechos están patentes para la observación: el

mastín, de formidables mandíbulas, cuando en un primer acceso de ira,

contraídos los labios, muestra los temibles dientes que castañetean,

lanza ladridos amenazadores que se diferencian mucho de los que emplea

en otras ocasiones para significar su alarma; y cuando acaricia á sus

cachorros, á los cuales da golpes con las patas desuñadas, lame con

languidez y muerde con dientes amorosos, también da gritos de alegría

que no pueden confundirse con los aullidos que deja oir en la soledad,

ni con los gañidos que emite cuando temeroso evita el látigo de su

dueño.

¿Relincha el caballo de igual modo cuando impulsado por ardoroso

instinto pasa con gallardo brío por entre las yeguas, ó cuando el

estrépito de las armas lo conmueve, ó cuando otra causa excita sus

miembros? Por último, los pájaros, las aves de toda clase, como el

halcón, el quebrantahuesos y el mergo que busca en las olas marinas

su necesario sustento, dan gritos diferentes según varían las

circunstancias en que se encuentran; el graznido que usan cuando toman

su alimento no es el mismo que emiten cuando porfiadamente defienden

una presa. También hay algunas aves que modifican su canto con arreglo

al estado atmosférico: se encuentran en ese caso la antigua especie de

la corneja y la grey del cuervo, los cuales, según dicen, crascitan

de modo especial para anunciar viento, lluvia ó tormentas. Y pues

los animales, aunque mudos sean, disponen de variedad de tonos en

la voz con arreglo á las impresiones que reciben, ¿por qué no ha de

considerarse natural el hecho de que los hombres hayan designado las

cosas diferentes con palabras diversas?

Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura» · 第 277 / 302 题