Tan pronto como fué conocido el uso de las chozas, de las pieles y del
fuego, y vivieron en mutuo consorcio una mujer y un hombre, y éstos
saborearon las honestas delicias del matrimonio y vieron prole de ellos
mismos formada, el linaje humano comenzó á adquirir suaves costumbres;
el fuego permitió que sobrellevaran las molestias del frío aquellos
que ya no podían sufrir los rigores del invierno bajo la techumbre del
cielo; Venus templó las rudezas y luego los hijos ablandaron fácilmente
la dura índole de los padres: en esta situación se creó amistad entre
los hombres que se habían establecido en lugares inmediatos, y fruto de
ella fué el respeto mutuo y la protección concedida á la debilidad de
las mujeres y de los niños, pues con voces inarticuladas y con gestos
debieron de convenir en que la conmiseración por conveniencia de todos
se debía otorgar á la flaqueza. Sin duda alguna este último acuerdo
no fué general, pero innegablemente fué observado con lealtad por los
más y los mejores, pues de lo contrario la raza humana se hubiera
extinguido y no habría llegado hasta nuestros días.
La Naturaleza enseñó á usar de la lengua para emitir diferentes
sonidos, y la necesidad sugirió la idea de dar nombres á las cosas,
como vemos que incita á los niños que aún no saben hablar para que
señalen con el dedo los objetos que desean. Cada ser experimenta
impulsos acomodados á las energías de que dispone; aún el novillo
no tiene astas y ya da topetazos inofensivos con la frente; los
cachorros de la pantera y de la leona, antes de que dispongan de uñas
y de dientes, tratan de morder y de rasgar; los hijuelos de todas
las aves ensayan temblorosos vuelos antes de que las alas auxilien
sus esfuerzos. Por tanto, sería locura el pensar que un solo hombre
pudiera denominar todas las cosas, y luego los otros no hicieran más
que imitarle; pues evidente es que si un hombre pudo articular palabras
y emitir varios sonidos, los otros hombres podrían hacer lo mismo en
igual tiempo.
Añadamos que si los hombres en sus relaciones no hubieran hecho uso
de palabras, no habrían llegado á conocer la importancia de ellas, y
por este motivo el que las hubiese inventado no habría podido llevar
adelante su proyecto en favor de un lenguaje. Ningún hombre tendría
fuerza bastante para hacer aprender á los otros los nombres que hubiera
querido aplicar á las cosas, ni habría podido hacerse entender por
medio de signos orales que los otros no conocían. Nadie prestaría
oídos y dedicaría su atención á lecciones explicadas con sonidos
completamente extraños, los cuales herirían sus órganos auditivos
inútilmente. Y ¿por qué ha de sorprendernos que la raza humana,
poseedora de órganos apropiados para significar las impresiones que
la afectan, haya designado con voces especiales todas y cada una de
las cosas que le rodean ó le interesan, cuando vemos que los animales
domésticos y aun las mismas fieras con gritos de inflexiones distintas
representan el dolor que los embarga, el miedo que los oprime, el gusto
que los seduce? Estos hechos están patentes para la observación: el
mastín, de formidables mandíbulas, cuando en un primer acceso de ira,
contraídos los labios, muestra los temibles dientes que castañetean,
lanza ladridos amenazadores que se diferencian mucho de los que emplea
en otras ocasiones para significar su alarma; y cuando acaricia á sus
cachorros, á los cuales da golpes con las patas desuñadas, lame con
languidez y muerde con dientes amorosos, también da gritos de alegría
que no pueden confundirse con los aullidos que deja oir en la soledad,
ni con los gañidos que emite cuando temeroso evita el látigo de su
dueño.
¿Relincha el caballo de igual modo cuando impulsado por ardoroso
instinto pasa con gallardo brío por entre las yeguas, ó cuando el
estrépito de las armas lo conmueve, ó cuando otra causa excita sus
miembros? Por último, los pájaros, las aves de toda clase, como el
halcón, el quebrantahuesos y el mergo que busca en las olas marinas
su necesario sustento, dan gritos diferentes según varían las
circunstancias en que se encuentran; el graznido que usan cuando toman
su alimento no es el mismo que emiten cuando porfiadamente defienden
una presa. También hay algunas aves que modifican su canto con arreglo
al estado atmosférico: se encuentran en ese caso la antigua especie de
la corneja y la grey del cuervo, los cuales, según dicen, crascitan
de modo especial para anunciar viento, lluvia ó tormentas. Y pues
los animales, aunque mudos sean, disponen de variedad de tonos en
la voz con arreglo á las impresiones que reciben, ¿por qué no ha de
considerarse natural el hecho de que los hombres hayan designado las
cosas diferentes con palabras diversas?